
EL PROTESTANTISMO
COMPARADO CON EL CATOLICISMO
y sus relaciones con la civilización europea
TOMO I
Autor : Jaime Balmes – España - 1842
Capítulos I al XV de un total de LXXIII
EL
PROTESTANTISMO COMPARADO CON EL CATOLICISMO EN SUS RELACIONES CON
Balmes comprendió mejor que
ningún otro español moderno el pensamiento de su nación, le tornó por lema, y
toda su obra está encaminada a formar, en religión, en filosofía, en ciencias sociales,
en política. Durante su vida, por desgracia tan breve, pero tan rica y tan armónica,
fue, sin hipérbole, el doctor y el maestro de sus conciudadanos. España entera
pensó con él, y su magisterio continuó después de la tumba. ¡A cuántos preservaron
sus libros del contagio de la incredulidad! ¡En cuántos entendimientos encendió
la primera llama de las ciencias especulativas! ¡A cuántos mostró por primera
vez los principios cardinales del Derecho público, las leyes de
La filosofía moderna, aun en lo
que tiene de huís opuesto a la doctrina de nuestro pensador, el idealismo
kantiano y sus derivaciones en Fichte y Schelling (puesto que de Hegel alcanzó
poca noticia) entraron en España principalmente por las exposiciones y críticas
de Balmes, que fueron razonadas y concienzudas dentro de lo que él pudo leer.
Su vigoroso talento analítico suplió en parte las deficiencias de la desinformación,
y le hizo adivinar la trascendencia de algunos sistemas que sólo pudo conocer
en resumen y como en cifra.
No poseía la lengua alemana, ni
apenas la inglesa: tuvo que valerse de las primeras traducciones francesas, que
distaban mucho de
ser buenas y completas; si con tan pobres recursos alcanzó tanto, calcúlese qué
impulso hubiera dado a nuestra enseñanza filosófica, viviendo algunos años más.
; ¡Qué distinta hubiera sido nuestra suerte si el primer explorador intelectual
de Alemania, el primer viajero filósofo que nos trajo noticias directas de las
universidades del Rin, hubiese sido D. Jaime Balmes y no D. Julián Sanz del
Río! Con el primero hubiéramos tenido una moderna escuela de filosofía española,
en que el genio nacional, enriquecido con todo lo bueno y sano de otras partes,
y trabajando con originalidad sobre su propio fondo, se hubiese incorporado en
la corriente europea, para volver a elaborar, como en, mejores días, algo
sustantivo y cristiano.
Con el segundo caímos bajo el yugo de una
secta lóbrega y estéril, servilmente adicta a la palabra de un solo maestro,
tan famoso entre nosotros como olvidado en su patria.
Para su, gloria, Balmes hizo
bastante. "Consuininatus in brevi explevit tenzpora multa". Fue el
único filósofo español de la pasada centuria cuya palabra llegó viva y eficaz a
nuestro pueblo, y le sirvió de estímulo y acicate para pensar. Fue el único que
se dejó entender de todos, porque profesaba aquel género de filosofía activa,
que desde el gran moralista cordobés es nota característica del pensamiento de
la raza. No fue un pirro metafísico, un solitario de la ciencia, sino un combatiente
intelectual, un admirable polemista.
Sus facultades analíticas
superaban a las sintéticas: quizá eso ha dejado una construcción filosófica que
pueda decirse enteramente suya, pero tiene extraordinaria novedad en los detalles
y en las aplicaciones.
Santo Tomás, Descartes,
Leibnitz, la escuela escocesa, muy singularmente combinados, son los
principales elementos que integran la «Filosofía fundamental",
y, sin embargo, este libro es un organismo viviente, no un mecánico
sincretismo. Balmes se asimila con tanto vigor al pensamiento ajeno, que vuelve
a crearle, le infunde vida propia y personal y le hace servir para nuevas teorías.
Ocasiones hay en que parece
llegar a las alturas del genio, sobre todo cuando su fe religiosa y su talento
metafísico concurren a una misma demostración. Pero estos relámpagos no son frecuentes:
lo que sobresale en él es la pujanza dialéctica, el grande arte de la controversia,
gire en manos tan honradas corno las suyas no degenera nunca en logomaquia ni
en sofistería.
No es la "Filosofía
fundamental", a pesar de su título, un tratado completo de la ciencia primera,
sino una serie de disertaciones metafísicas, a cuyo orden y enlace habría gire
poner algunos reparos. Pero tal como está parece un prodigio si se considera
que fue escrita por un autor de treinta años y en el ambiente menos propicio a
la serena y elevada especulación intelectual, como lo era el de España al salir
de la primera guerra civil.
Y no sólo conserva esta
superioridad respecto de los raquíticos arbolillos que luego hemos visto
levantarse trabajosamente de nuestro agostado suelo, sino que hace buena figura
en los anales de la ciencia, al lado o enfrente de las filosofías incompletas
y transitorias que entonces escribían los pensadores de raza latina: la de
Cousin y Jouf froy, en Francia; las de Galuppi, Rosmini y Gioberti en Italia,
obras todas más caducas hoy que la de nuestro doctor ausetano.
Balmes escribió antes de la
restauración escolástica, y sólo en sentido muy lato puede decirse que su
libro pertenezca a ella, porque en realidad es una independiente manifestación
del espiritualismo cristiano. Pero no cabe duda que conocía profundamente la
doctrina de Santo Tomás, y que la había tenido por primero y nunca olvidado
texto.
Exponiéndola y vindicándola, no sólo en la
esfera ideológica, sino en lo tocante a la filosofía de las leyes, hizo más por
el tomismo que muchos tomistas de profesión, y mereció el nombre de discípulo
del Doctor Angélico más que muchos serviles repetidores de los artículos de la
"Suma"; aunque se apartase de ella en puntos importantes, aunque
interpretase otros conforme a la mente de Suárez y otros grandes maestros de la
escolástica española, aunque hiciese a la filosofía cartesiana concesiones que
hoy nos parecen excesivas.
Lo que había de perenne y
fecundo en la enseñanza tradicional de las escuelas cristianas tomó forma
enteramente moderna en sus libros. Si hubiese alcanzado los progresos de las
ciencias biológicas, ocuparía en el movimiento filosófico actual una posición
análoga a la de la moderna escuela de Lovaina, de la cual es indudable precursor.
Como padre de una nueva ciencia
en muchas cosas distinta de
Otros hubo muy dignos de
recuerdo en varias partes de España y aun en
Balmes parece un pobre escritor
comparado con el regio estilo de Donoso, pero a envejecido mucho menos que él,
aun en la parte política. Sus obras enseñan y persuaden, las de Donoso recrean
y a veces deslumbran, pero dada edifican, y a él se debieron principalmente los
rumbos peligrosos que siguió el tradicionalismo español durante mucho tiempo.
Balmes hizo cuanto pudo para
divulgar la ciencia filosófica y hacerla llegar a las inteligencias más
humildes. Sus tratados elementales, demasiado elementales par las condiciones
del público a quien se dirigía, no son indignos de su nombre, especialmente el
de Ética y Teodicea; pero su gloria como filósofo popular es "El Criterio", una especie de juguete literario que pueden entender hasta los
niños, una lógica familiar amenizada con ejemplos y caracteres, una higiene del
espíritu formulada en sencillas reglas, un código de sensatez y cordura, que
bastaría a la mayor parte de los hombres para recorrer sin grave tropiezo el
camino de la vida. Las cualidades de fino observador y moralista ingenioso que
había en Balmes campean en este librito, que puede oponerse sin desventaja a
los mejores de pensamientos, máximas y consejos de que andan ufanas otras
literaturas, con la ventaja de tener "El Criterio" un plan riguroso y
didáctico, en medio de la ligereza de su forma y de la extrema variedad de sus
capítulos.
Con ser Balmes filósofo tan
señalado, todavía vale mas como apologista de la religión católica contra
incrédulos y disidentes. Prescindo de las "Cartas
a un escéptico", de los excelentes artículos de "
El instinto certero de los
lectores no se ha equivocado sobre la verdadera trascendencia de la obra de
Balmes, cuyo título no da exacta idea de su contenido. No es una refutación
directa del Protestantismo ni una historia de sus evoluciones, asunto de poco
interés en España, donde la teología protestante es materia de pura erudición,
que entonces sólo cultivaba algún bibliófilo excéntrico, como don Luis Usoz.
Balmes había estudiado a los grandes controversistas católicos, especialmente a
Belarmino y Bossuet, pero le fueron inaccesibles los primitivos documentos de
No hay, pues, que buscar en el
libro lo que su autor no pudo ni quiso poner. Las grandes demostraciones apologéticas
de la doctrina ortodoxa contra sus disidentes han nacido donde debían nacer, es
decir, en las escuelas católicas de Alemania e Inglaterra, únicas que conocen a
fondo el enemigo a quien combaten y con quien parten el campo. Un libro como la
"Simbólica" de Moehler, hubiera sido imposible en España, y para nada
hubiera servido. Los liberales del tiempo de Balmes no habían pasado de las
"Ruinas de Palmira", y cualquier cosa podían ser, menos protestantes.
El fracaso de la romántica
propaganda del célebre misionero bíblico Jorge Borrow, que se vio reducido a
buscar adeptos entre los presidiarios y los gitanos y acabó por traducir el
Evangelio de San Lucas al "caló", basta para evidenciarlo. Balmes,
entendimiento positivo y práctico, conocía el estado de su pueblo y no luchaba
con enemigos imaginarios. Sólo como un mero fermento de incredulidad podía
obrar el protestantismo sobre la masa española, y aun este riesgo parecería entonces
muy lejano.
El adversario que verdaderamente
combate Balmes en aquel libro, sin salir del Campo de
El que por espíritu sectario o
por estrechez de criterio pretendió borrar de la historia de la civilización europea
el nombre de España no parecía muy calificado para ser maestro de españoles,
y, sin embargo, aconteció todo lo contrario. Ese primer curso de Historia de
Refutar algunos puntos capitales
de estas "Lecciones", ya en lo que toca a la acción civilizadora de
Pero el plan se fue agrandando en su mente, y
Guizot y el protestantismo vinieron a quedar en segundo término. Así, lo que
había empezado con visos de polémica adquirió solidez y consistencia de obra
doctrinal, y se convirtió en uno de los más excelentes tratados de Filosofía de
Los capítulos que Balmes dedica
a analizar la noción del "individualismo" y el sentimiento de la
dignidad personal, que Guizot consideraba característico de los invasores
germánicos; las páginas de noble elevación donde expone la obra santa de
Pero tampoco incurre en error
grave, y "El Protestantismo", mas que ninguna de sus obras,
manifiesta una lectura extensa y bien digerida, que no se pierde en fútiles
pormenores y sabe interpretar los hechos verdaderamente significativos en la
historia del linaje humano, mostrando no vulgar conocimiento de las fuentes.
Contiene, además, esta obra
insigne un caudal de Materiales apologéticos, que pueden considerarse como
estudios y disertaciones sueltas, aunque todos tengan natural cabida dentro del
vasto programa que Balmes fue desenvolviendo con tan serena y majestuosa amplitud.
Uno de los temas que con más
extensión y acierto trata, hasta el punto de formar por sí solo una tercera
parte de la obra, es
No puede decirse que la admirable doctrina de
Santo Tomás sobre el concepto de la ley, sobre el origen del poder civil y su
transmisión a las sociedades, estuviese olvidada, puesto que entre otros la
había expuesto y defendido con gran penetración y notable vigor dialéctico el
dominico sevillano Fr. Francisco Alvarado.
Pero ni los liberales ni los absolutistas
habían querido entenderla, y con sus opuestas exageraciones, fanáticamente
profesadas, habían llenado de nieblas los entendimientos y de saña los
corazones.
Balmes tuvo la gloria de
restablecer la verdadera noción jurídica que es uno de los mejores timbres de
Balmes, que en este punto se enlaza con la
ciencia nacional más que en ningún otro, reivindica estos precedentes y los de
otros varios políticos y moralistas españoles. Entre los modernos ninguno
mostró tanto tino como él en acomodar la doctrina escolástica "de
legibus" y "de justitia et jure" a las condiciones didácticas
del tiempo presente, y en concordarla con las ideas de otros publicistas, no
tan apartadas corno pudiera creerse de aquella sabiduría tradicional.
Balmes, que en ciencias sociales
tuvo intuiciones y presentimientos que rayan con el genio, no era un político
meramente especulativo: era también un gran ciudadano, que intervino con su
palabra y su consejo en los más arduos negocios de su tiempo y ejerció cierta especie
de suave dominio sobre muy nobles y cultivadas inteligencias. No era hombre de
partido, pero fue el oráculo de un grupo de hombres de buena voluntad, de
españoles netos que, venidos de opuestos campos, aceptaban, no una transacción
sino una fusión de derechos, una legalidad que amparando a todos hiciese imposible
la renovación de la guerra civil y trajese la paz a los espíritus. La fórmula
de Balmes no triunfó, acaso por ser prematura, pero de la pureza de sus móviles
e intenciones no dudó nadie, ni tampoco de la habilidad con que condujo aquella
memorable campaña. No falta quien lamente que en ella emplease tanta parte de
su energía mental para cosechar al fin desengaños y sinsabores que
entristecieron sus últimos anos.
Hay quien opina que Balmes hubiese filosofado
más y mejor si no hubiera pensado tanto en la boda del Conde de Montemolín y
en otros negocios del momento. Pero no reparan los que tal dicen, que Balmes no
era de aquella casta de pensadores que se embebecen en el puro intelectualismo,
sino de aquellos otros que hacen descender la filosofía a las moradas de los
hombres y ennoblecen el arte de gobernar enlazándole con los primeros
principios.
Fichte fue mas grande en sus
"Discursos a la nación alemana" después de la derrota de Jena que en
su trascendental idealismo. La metafísica de Balmes no fue obstáculo para que
su política tuviese una base real y positiva, en la cual consiste su fuerza.
Sus conclusiones son análogas a las de la escuela histórica que ya contaba
prosélitos en Cataluña cuando él comenzó a escribir, pero desciende de mas alto
origen y bien se ve que no han sido elaboradas al tibio calor de la erudición
jurídica.
Otros habían penetrado mucho mas adelante que
él en el examen de las antiguas instituciones nacionales: bastaría el gran
nombre de Martínez Marina para probarlo. Pero la pasión política les ofuscó a
veces en la interpretación, haciéndoles confundir la libertad antigua con la
moderna y la democracia privilegiada del municipio con el dogma de la
soberanía del pueblo. Balmes, que conocía mucho menos el texto de las franquicias
de los siglos medios, entendió mejor el sentido de nuestra constitución interna,
aunque a veces le formulase con demasiado apresuramiento.
Como periodista político Balmes
no ha sido superado en España si se atiende a la firmeza y solidez de sus
convicciones, a la honrada gravedad de su pensamiento, al brío de su argumentación,
a los recursos fecundos y variados, pero siempre de buena ley, que empleaba en
sus polémicas, donde no hay una frase ofensiva para nadie.
Su gloria sería tan indiscutible
corno lo es la de Larra en el periodismo literario y satírico si le hubiese
acompañado el don del estilo, el admirable talento de prosista que encumbra a
Larra sobre todos sus coetáneos. Los artículos de Balmes son un tesoro de ideas
que no se han agotado todavía, pueden considerarse además corno la historia
verídica y profunda de su tiempo; pero la forma es redundante, monótona, descuidada.
La prosa de Balmes tiene el gran mérito de ser
extraordinariamente clara, pero carece de condiciones artísticas, no tiene
color ni relieve. Suponen algunos que esto procede de que no escribía en su
lengua nativa y tenía que vaciar su pensamiento en un molde extraño. Pero creo
que se equivocan, porque precisamente las cualidades que más le faltan son el
nervio y la concentración sentenciosa, que son característica de los autores
genuinamente catalanes, sea cualquiera la lengua en que hayan expresado sus
conceptos. Balmes hablaba y escribía con suma facilidad la castellana y nunca
había empleado otro instrumento de comunicación científica, fuera del latín de
las escuelas. Tiene muchas incorrecciones, pero la mayor parte no son resabios
provinciales (como entonces se decía), sino puros galicismos, en que incurrían
tanto o más que él los escritores castellanos de mas nombradía en aquel tiempo,
salvo cuatro o cinco que por especial privilegio o por la índole particular de
sus estudios salieron casi inmunes del contagio. Balmes procuró depurar su
lenguaje, y en parte lo consiguió, con la lectura de nuestros clásicos,
especialmente de Cervantes y Fr. Luís de Granada, cuyas obras frecuentó mucho;
pero no llegó a adquirir, ni era posible, las dotes estéticas que le faltaban.
Tuvo además la desgracia de
prendarse, en la literatura contemporánea, de los modelos menos adecuados a su índole reposada
y austera, y cuando quiere construir prosa poética a estilo de Chateaubriand o
de Lamennais fracasa irremediablemente. Pero en sus obras la retórica es lo que
menos importa, y sólo en prueba de imparcialidad se nota esto.
Fue el Dr. D. Jaime Balmes varón recto y piadoso, de intachable pureza, de costumbres
verdaderamente sacerdotales, de sincera modestia que no
excluía la conciencia del propio valer ni la firmeza en sus dictámenes; meditabundo
y contemplativo, pero no ensimismado; algo esquivo en el trato de gentes, pero
pródigo de, sus afectos en la intimidad de sus verdaderos amigos que
naturalmente fueron pocos; tolerante y benévolo con las personas, pero inflexible
con el error; operario incansable de la ciencia hasta el pinito de haber dado
al traste con su salud, que nunca fue muy robusta; previsor y cuidadoso de sus
intereses, no por avaricia, como fingieron sus émulos, sino por el justo anhelo
de conquistar con su honrado trabajo la independencia de su pensamiento y de
su pluma, que jamás cedieron a ninguna sugestión extraña. Su vida interior, que
fue grande, se nutría con la oración y con la lectura de libros espirituales,
sobre todo con la del Kempis, que revisaba diariamente.
Tal fue, aunque dibujado por mí
en tosca semblanza, el grande hombre cuyo primer aniversario conmemoramos hoy. Quiera Dios que
su inteligencia simpática y generosa continúe velando sobre esta España que
tanto amó, que le debió la mejor parte de su pensamiento en el siglo XIX y que
por él vio renacer sus antiguas glorias filosóficas.
MARCELINO MENENDEZ Y PELAYO
Estas
páginas de Menéndez y Pelayo, que hemos juzgado el mejor prefacio para esta edición,
forman parte de un discurso que pronunciara el ilustre polígrafo santanderino en la sesión de
clausura del Congreso Internacional de Apologética, celebrado el 11 de
septiembre de 1910. (N. del E.).
P RÓ L O G O
ENTRE los muchos y gravísimos males que han sido el
necesario resultado de las hondas revoluciones modernas, figura un bien sumamente
precioso para la ciencia, y que probablemente no será estéril para el linaje
humano: la afición a los estudios que tienen por objeto al hombre y la sociedad.
Tan recios han sido los sacudimientos, que la tierra, por decirlo así, se ha
entreabierto bajo nuestras plantas; y la inteligencia humana, que poco antes
marchaba altiva y desvanecida sobre una carroza triunfal, no oyendo más que
vítores y aplausos, y como abrumada de laureles, se ha estremecido también, se
ha detenido en su carrera, y absorta en un pensamiento grave, y dominada por un
sentimiento profundo, se ha dicho a sí misma: ¿quién soy?, ¿de dónde salí?,
¿cuál es mi destino?
De aquí es que han vuelto a recobrar su alta
importancia las cuestiones religiosas; de manera que mientras se las creía
disipadas por el soplo del indiferentismo, o reducidas a muy pequeño espacio
por el sorprendente desarrollo de los intereses materiales, por el progreso de
las ciencias naturales y exactas, y por la pujanza siempre creciente de los
debates políticos, se ha visto que lejos de estar ahogadas bajo la inmensa
balumba que parecía oprimirlas, se han presentado de nuevo con toda su
grandeza, con su forma gigantesca, sentadas en la cúspide de la sociedad, con
la cabeza en el cielo y los pies en el abismo.
En esta disposición de los espíritus, era natural
que llamase su atención la revolución religiosa del siglo XVI; y que se
preguntase qué es lo que había hecho esa revolución en pro de la causa de la
humanidad. Desgraciadamente, se han padecido en esta parte equivocaciones de
cuantía; o bien por mirarse los hechos a través del prisma de las
preocupaciones de secta, o por considerarlos tan sólo por lo que presentaban
en su superficie: y así se ha llegado a asegurar que los reformadores del
siglo XVI contribuyeron al desarrollo de las ciencias, de las artes, de la
libertad de los pueblos, y de todo cuanto se encierra en la palabra
civilización, y que así dispensaron a las sociedades europeas un señalado
beneficio.
¿Qué dice sobre esto la historia?, ¿qué enseña la
filosofía? Bajo el aspecto religioso, bajo el social, bajo el político y el
literario, ¿qué es lo que deben a la reforma
del siglo XVI el individuo y la sociedad? ¿Marchaba bien Europa bajo la sola
influencia del Catolicismo? Éste, ¿embargaba en nada el movimiento de la
civilización?
He aquí lo que me he propuesto
examinar en esta obra. Cada época tiene sus necesidades; y fuera de desear que
todos los escritores católicos se convenciesen de que una de las más
imperiosas en la actualidad es el analizar a fondo ese linaje de cuestiones:
Ballarmino y Bossuet trataron las materias conforme a las necesidades de su tiempo;
nosotros debemos tratarlas cual lo exigen las necesidades del nuestro.
Conozco la inmensa amplitud de
las cuestiones que arriba he indicado; así no me lisonjeo de poder dilucidarlas
cual ellas demandan: como quiera, emprendo mi camino con el aliento que inspira
el amor a la verdad; cuando mis fuerzas se acaben me sentaré tranquilo,
aguardando que otro que las tenga mayores dé cumplida cima a tan importante
tarea. Dr Jaime Balmes 1842
INDICE
CAPÍTULO
PRIMERO: Naturaleza y nombre del
Protestantismo.
CAPÍTULO
PRIMERO: Naturaleza y nombre del Protestantismo.
Ruidoso en su origen, llamó
desvíe luego la atención de
Engreído con las consideraciones
y razonamientos, tomaba bríos su osadía y se acrecentaba su pujanza; exasperado
con las medidas coercitivas, o las resistía abiertamente, o se replegaba y
concentraba para empezar de nuevo sus ataques con más furiosa violencia; y de
la misma discusión, de las mismas investigaciones críticas, de todo aquel
aparato erudito y científico que se desplegó para defenderle o combatirle, de
todo se servía tonto de vehículo para propagar su espíritu y difundir sus
máximas.
Creando nuevos y pingües
intereses, se halló escudado por protectores poderosos; mientras convidando con
los más vivos alicientes todo linaje de pasiones, las levantaba en su favor, poniéndolas
en la combustión más espantosa. Echaba mano alternativamente de la astucia o de
la fuerza, de la seducción o de la violencia, según a ello se brindaban las
varias ocasiones y circunstancias; y empeñado en abrirse paso en todas direcciones,
o rompiendo las barreras o salvándolas, no paraba hasta alcanzar en los países
que iba ocupando el arraigo que necesitaba para asegurarse estabilidad y
duración.
Logróle así en efecto; y a más de los vastos establecimientos que adquirió, y conserva todavía
en Europa, fue llevado en seguida a otras partes del mundo, e inoculado en las
vena de pueblos sencillos e incautos.
Para apreciar en su justo valor
un hecho, para abarcar cumplidamente sus relaciones, deslindándolas como sea
menester señalando a cada una su lugar, e indicando su mayor o menor importancia,
es necesario examinar si seria dable descubrir el principio constitutivo del
hecho; o al menos, si se puede notar algún rasgo característico que pintado,
por decirlo así, en su fisonomía, nos revele su íntima naturaleza.
Difícil tarea por cierto, al tratar
de hechos de tal género y tamaño como es el que nos ocupa; ya por la variedad
de los aspectos que se ofrecen, ya por
la muchedumbre de relaciones que se cruzan y enmarañan. En tales materias, amontónanse
con el tiempo un gran número de opiniones, que como es natural han buscado
todas, sus argumentos para apoyarse; y así se encuentra el observador con
tantos y tan varios objetos, que se ofusca, se abruma .y se confunde: y si se
empeña en mudar de lugar por colocarse en un punto de, vista más.
A propósito, halla esparcidos
por el suelo tanta abundancia de materiales, que le obstruyen el paso; o
cubriendo el verdadero camino, le extravían en su marcha.
Con sólo dar una mirada al
Protestantismo, ora se le considere, en su estado actual, ora en las varias
fases de su historia, siéntese desde luego la suma dificultad de encontrar en
él nada de constante, nada que pueda señalarse como su principio constitutivo:
porque incierto en sus creencias las modifica de continuo, y las varía de mil
maneras; vago en sus miras, y fluctuante en sus deseos, ensaya todas las
formas, tantea todos los caminos, y sin que alcance jamás, una existencia bien
determinada, sigue siempre con paso mal seguro nuevos rumbos, no logrando otro
resultado que enredarse en más intrincados laberintos.
Los
controversistas católicos le han perseguido y acosado en todas direcciones;
pero si les preguntáis con qué resultado, os dirán que han tenido que
habérselas con un nuevo Proteo, que próximo a recibir un golpe le eludía,
cambiando de forma. Y en efecto, si se quiere atacar al Protestantismo en sus
doctrinas, no se sabe adónde dirigirse; porque no se sabe nunca cuáles son éstas,
y aun él propio lo ignora; pudiendo decirse que bajo este aspecto el
Protestantismo es invulnerable, porque invulnerable es lo que carece de cuerpo.
Esta es la razón de no haberse encontrado arma más
a propósito para combatirle que la empleada por el ilustre Obispo de Meaux: tú
varías, y lo que varía no es la verdad.
Arma muy temida por el Protestantismo, y por
cierto digna de serlo;
pues que todas las transacciones que se empleen para eludir su golpe, sólo
sirven para serle más certero y más recio. ¡Qué pensamiento tan cabal el de
grande hombre! El solo título de la obra debió hacer temblar los protestantes;
es
VER NOTA 1
Esta variedad, que no debe
mirarse como extraña en el Protestantismo, antes sí como natural y muy propia,
al paso que nos indica de él no está en posesión de la verdad, nos revela también
que el principio que le mueve y le agita, no es un principio de vida, sino un elemento disolvente.
Hasta ahora siempre se le ha
pedido en vano que asentase en alguna parte el pie, y presentase un cuerpo
uniforme y compacto; y en vano será también pedírselo en adelante porque
vano es pedir asiento fijo a lo que está fluctuando en la vaguedad de los
aires, y mal puede formarse un cuerpo compacto por medio de un elemento, que
tiende de continuo a separar las partes disminuyendo siempre su afinidad, y
comunicándoles vivas fuerzas para repelerse y rechazarse.
Bien se deja entender que estoy
hablando del examen privado en materias de fe; ya sea que para el fallo se
cuente con la sola luz de la razón, o con particulares inspiraciones del
cielo. Si algo puede encontrarse de constante en el Protestantismo, es este
espíritu de examen; es el sustituir a la autoridad pública y legítima el dictamen
privado: esto se encuentra siempre junto al Protestantismo, mejor diremos en lo
más íntimo de su seno; éste es el único punto de contacto de todos los
protestantes, el fundamento de su semejanza; y es bien notable que se verifica
todo esto a veces sin su designio, a veces contra su expresa voluntad.
Pésimo y funesto como es
semejante principio, si al menos los Corifeos del Protestantismo le hubieran
proclamado como seña de combate, apoyándole empero siempre con su doctrina, y
sosteniéndole con su conducta, hubieran sido consecuentes en el error; y al
verlos caer de precipicio en precipicio, se habría conocido que era efecto de
un final sistema, pero que bueno o malo, era al menos un. sistema.
Pero ni esto siquiera: y examinando las palabras y hechos de los primeros novadores,
se nota que, si bien echaron .mano de ese funesto principio, fue
para resistir a la autoridad que los estrechaba; pero por lo demás nunca
pensaron en establecerle completamente. Trataron
sí de derribar la autoridad legítima, pero con el fin de usurpar ellos el
mando: es decir, que siguieron la conducta de los revolucionarios de todas
clases, tiempos y países; quieren echar al suelo el poder existente para colocarse
ellos en su lugar.
Nadie ignora hasta qué punto
llevaba Lutero su frenética intolerancia; no pudiendo sufrir ni en sus
discípulos, ni en los demás, la menor contradicción a cuanto le pluguiese a él
establecer, sin entregarse a los más locos arrebatos, sin permitirse los más
soeces dicterios. Enrique VIII, el fundador en Inglaterra de lo que se llama independencia
del pensamiento, enviaba
al cadalso a cuantos no pensaban; como él; y a instancias de Calvino fue quemado
vivo en Ginebra Miguel Servet.
Llamo tan particularmente la
atención sobre este punto, porque (me parece muy importante el hacerle): el
hombre es muy orgulloso, y al oír que se deja como sentado ante los novadores
del siglo XVI proclamaron la independencia
del pensamiento, sería posible que algunos incautos tomaran por
aquellos corifeos un secreto interés, ni brindo sus violentas peroratas como
la expresión de un arranque generoso, y contemplando sus esfuerzos como dirigidos
a la vindicación de los derechos del entendimiento.
Sépase, pues, para no olvidarse
jamás, que aquellos hombres proclamaban el principio del libre
examen sólo para escudarse
contra la legítima autoridad; pero, que en seguida trataban (le imponer a los
demás el yugo de las doctrinas que ellos se habían forjado. Se proponían
destruir la autoridad emanada de Dios, y sobre las ruinas de ella establecer la
suya propia.
Doloroso es verse precisado a
presentar las pruebas de esta aserción; ¡no porque no se ofrezcan en
abundancia, sino porque si se debe echar mano de las mas seguras e
incontestables, hay que recordar palabras y, hechos, que si cubren
de oprobio a los fundadores del Protestantismo, tampoco es grato el traerlos a
la memoria; porque al pronunciar tales cargos la frente se ruboriza, y al
consignarlos en un escrito parece que el error se ensancha [ii]
VER NOTA 2
Mirado en globo el
Protestantismo, sólo se descubre en él un informe conjunto de innumerables
sectas, todas discordes entre sí, y acordes solo en un punto: ellos protestan contra
la autoridad de
Luteranos, calvinistas,
zuinglianos, anglicanos, socinianos, arminianos, anabaptistas, y la interminable
cadena que podría recordar, son nombres que muestran plenamente la estrechez y
mezquindad del círculo en que se encierran sus sectas: basta pronunciarlos para
notar que no hay en ellos nada de genialidad y nada de grande. A quien conozca
medianamente la religión cristiana, parece que esto debería bastarle para
convencerse que estas sectas no son verdaderamente cristianas; pero lo
singular, lo más notable, es lo que ha
sucedido con respecto a encontrar un nombre general.
Recorred su
historia, y veréis que tantea varios, pero ninguno le cuadra en encerrándose en
ellos algo de positivo, algo de cristiano ; pero al ensayar uno como recogido
al acaso en
En el vago espacio señalado por
este nombre todas las sectas se acomodan, todos los errores tienen cabida:
negad con los luteranos el libre albedrío, renovad con los arminianos los errores
de Pelagio, admitid la presencia real con los unos, desechadla luego con los
Zwinglianos y calvinistas; si queréis negad con los socinianos la divinidad de
Jesucristo, adheríos a los episcopales o a los
puritanos, daos si os viniere en gana a las extravagancias de
los cuákeros, todo esto nada importa, no dejáis por ello de ser
protestantes porque todavía protestáis contra la autoridad de
Es ése un espacio tan anchuroso
del que apenas podréis salir por grandes que sean vuestros extravíos: es todo
el vasto terreno que descubrís en saliendo fuera de las puertas de
PERO ¿cuáles fueron las causas de que apareciese en
Europa el Protestantismo, y de que tomase tanta extensión e incremento? Digna;
es por cierto tal cuestión de ser examinada con mucho detenimiento, ya por la
importancia que encierra, ya también porque llamándonos a investigar el origen
de semejante plaga, nos guía al lugar más a propósito para que podamos
formarnos una idea más cabal de la naturaleza y relaciones de ese fenómeno, tan
observado como mal definido.
Cuando a efectos de la
naturaleza y tamaño del Protestantismo se trata de señalarles sus causas, es
poco conforme a razón el recurrir a hechos de poca importancia; ya porque lo
sean de suyo, o porque estén limitados a determinados lugares y circunstancias.
Es un error el suponer que de causas muy pequeñas
pudiesen resultar efectos muy grandes; pues que, si bien es verdad que las
cosas grandes tienen a veces su principio en las pequeñas, también lo es que no
es lo mismo principio que causa, y que el principiar una cosa por otra, y el
ser causada por ella, son expresiones de significado muy diferente. Una leve
chispa produce tal vez un espantoso incendio; pero es porque encuentra
abundancia de materias inflamables.
Lo
que es general ha de tener causas generales, lo que es muy duradero y arraigado,
causas muy duraderas y profundas. Ésta es una ley constante, así en el orden
moral como en el físico, pero ley, cuyas aplicaciones son muy difíciles,
particularmente en el orden moral; pues en él a veces están las cosas grandes
encubiertas con velos tan modestos, está cada efecto enlazado con tantas
causas, y por medio de tan delicadas hebras y tan complicada contextura, que al
ojo más atento y perspicaz, o se le escapa enteramente, o se le pasa como cosa
liviana y de poco resultado, lo que tenía tal vez la mayor importancia e
influjo; y al contrario, andan las cosas pequeñas tan cubiertas de oropel, tan
adornadas y relumbrantes, tan acompañadas de ruidoso cortejo, que es muy fácil
que engañen al hombre, ya muy propenso de suyo a juzgar por meras apariencias.
Insistiendo
en los principios que acabo de asentar, no puedo inclinarme a dar mucha
importancia, ni a la rivalidad excitada por la predicación de las indulgencias,
ni a las demasías que pudieran cometer en esta materia algunos subalternos;
pudo todo esto ser una ocasión, un pretexto, una señal de combate, pero en sí
era muy poca cosa para poner en conflagración el mundo. Aunque tal vez sea más plausible, no es sin embargo más puesto en
razón, el buscar "las, causas del nacimiento y extensión del Protestantismo
en el carácter y circunstancias de los primeros novadores.
Pondérase
con énfasis la fogosa violencia de los escritos y palabras de Lutero; y se
hace notar cuán a propósito eran para inflamar el ánimo de los pueblos,
Arrastrarlos en pos de los nuevos errores e inspirarles un encarnizado odio contra
Pondérase con énfasis la fogosa
violencia de los escritos y palabras de Lutero; y se hace notar cuán a propósito
eran para inflamar el ánimo de los pueblos, arrastrarlos en pos de los nuevos
errores e inspirarles un encarnizado odio contra
En efecto: si miramos con
imparcialidad a aquellos hombres, nada encontraremos en ellos de tan singular
que no se halle con igualdad o
con exceso, en casi todas las cabezas
de secta. Sus talentos, si erudición, su saber, todo ha pasado ya por el crisol
de la crítica y ni entre los católicos ni entre los protestantes, se halla ya nadie instruido e imparcial, que no tenga por
exageraciones de partida, las desmedidas alabanzas que se les habían tributado.
Bajo todo aspecto ya se los
considera sólo en la clase de aquellos hombres turbulentos, que reúnen las circunstancias
necesarias para provoca trastornos.
Desgraciadamente, la historia de todos tiempos y países y la experiencia de
cada día nos enseñan que esos hombres son cosa muy común, y que aparecen
dondequiera que una funesta combinación de circunstancias ofrezca ocasión
oportuna.
Cuando se ha querido buscar
otras causas, que por su extensión e importancia estuvieran más en proporción
con el Protestantismo, se han señalado comúnmente dos: la necesidad
de una reforma, y
el espíritu de libertad. Había muchos abusos, han dicho
algunos, se descuidó la reforma legítima, y este descuido provocó la revolución".
El entendimiento humano estaba en cadenas, han
dicho otros, quiso quebrantarlas; y el Protestantismo no fue otra cosa que un esfuerzo extraordinario
en nombre de la libertad un vuelo atrevido del pensamiento humano".
Por cierto que a esas opiniones no
puede tachárselas que señalen causas pequeñas y cuya influencia se circunscriba
a breve espacio; y hasta en ambas se encuentra algo que es muy a propósito para
atraerles prosélitos.
Ponderando la una la necesidad de una
reforma abre anchuroso campo para reprender la inobservancia de las leyes y la
relajación de las costumbres; y esto excita siempre simpatías en el corazón del
hombre indulgente cuando se trata de los deslices propios pero severo e
inexorable con los ajenos; y pronunciando la otra las deslumbradoras palabras
de libertad de atrevido vuelo del espíritu puede estar siempre segura de
hallar dilatado eco pues que éste no falta jamás a la palabra que lisonjea el
orgullo.
No trato yo de
negar la necesidad que a la sazón había de una reforma; convengo en que
era necesaria; bastándome para esto el dar una ojeada a la historia el escuchar
los sentidos lamentos de grandes hombres mirados por
Sin embargo y a pesar de todo
esto no puedo Inclinarme a dar a los abusos tanta influencia en el nacimiento del
Protestantismo como le han atribuido muchos; y a decir verdad me parece muy mal
resuelta la cuestión siempre que para señalar la verdadera causa del mal se
insiste mucho sobre los funestos resultados que habían de traer consigo los
abusos; así como por otra parte no me satisfacen las palabras de libertad y
de atrevido vuelo del pensamiento.
Lo diré paladinamente: por más respeto que se merezcan algunos de los
hombres que han dado tanta importancia a los abusos por más consideraciones que
tenga a los talentos de otros que han apelado al espíritu de libertad ni en
unos ni en otros encuentro aquel análisis filosófico e histórico a la par que
no se aparta del terreno de los hechos sino que los examina y alumbra mostrando
la íntima naturaleza de cada uno sin descuidar su enlace y encadenamiento.
Se ha divagado tanto en la
definición del Protestantismo y en el señalamiento de sus causas por no haberse
advertido que no es más que un hecho común a todos los siglos de la historia
de
Desenvolveré este pensamiento no
echando mano de raciocinios aéreos
que sólo estriben en suposiciones gratuitas sino apelando a hechos que nadie
podrá contestar. Es innegable que el principio de sumisión a la autoridad en materias
de fe ha encontrado siempre mucha resistencia por parte del espíritu humano. No
es éste el lugar de señalar las causas de esta resistencia, causas que en el
curso de esta obra me propongo analizar; me basta por ahora consignar el hecho
y recordar a quien lo pusiere en duda
que la historia de
Conforme a la variedad de tiempos y países el
hecho ha presentado diferentes fases: ora haciendo entrar en torpe mezcolanza
el judaísmo y el cristianismo: ora combinando con la doctrina de Jesucristo los
sueños de los orientales, ora alterando la pureza del dogma católico con las
cavilaciones, y sutilezas del sofista griego: es decir presentando diferentes aspectos
según ha sido diferente el estado del espíritu humano.
No ha dejado empero este hecho
de tener dos caracteres generales que han manifestado bien a las claras que el
origen es el mismo a pesar de ser
tan vario el resultado en su
naturaleza y objeto. Estos caracteres son: el odio
a la autoridad de
Bien claro es que si en cada
siglo se había visto nacer alguna secta que se oponía a la autoridad de
Me parece que si el siglo XVI hubiera sido una
excepción de la regla general tendríamos actualmente una cuestión bien difícil
de resolver y sería: ¿cómo fue posible que no apareciese en aquel siglo ninguna
secta? Pues bien: una vez nacido en el siglo XVI un error cualquiera sea cual
fuere su origen su ocasión y pretexto; luego que se haya reunido en torno de la nueva enseña una
porción de prosélitos veo ya el Protestantismo en toda su extensión en toda su
trascendencia con todas sus divisiones y subdivisiones con toda su audacia y
energía para desplegar un ataque general contra cuantos puntos de dogma y de
disciplina se enseñen y observen en
En vez de Lutero de Zuinglio de
Calvino poned si os place a Arrio a Nestorio a Pelagio; en lugar de los errores
de aquéllos enseñad si queréis los de éstos: todo será indiferente porque todo
tendrá un mismo resultado.
El error excitará desde luego
simpatías encontrará defensores acalorará entusiastas se extenderá se propagará
con la rapidez de un incendio se dividirá luego y tornarán sus chispas direcciones
muy diferentes; todo se defenderá con aparato de erudición y de saber variarán
de continuo las creencias se formularán mil profesiones de fe se cambiará o
anonadará la liturgia y se harán mil trozos los lazos de la disciplina: es decir
tendréis el Protestantismo.
¿Y cómo es que en el siglo XVI haya
de tornar el mal tanta gravedad tanta extensión y trascendencia? Porque la
sociedad de entonces es muy diferente de todas las anteriores y lo que en
otras épocas pudiera causar un incendio parcial había de acarrear en ésta una
conflagración espantosa.
Componíase
Tal es el espíritu humano tal su
volubilidad tanto el apego que cobra fácilmente a toda clase de innovaciones
tal el placer que siente en abandonar los antiguos rumbos para seguir otros
nuevos que una vez levantada la enseña del error era imposible que no se
agrupasen muchos en torno de ella. Sacudido el yugo de la autoridad en países
donde era tan vasta tan activa la investigación donde fermentaban tantas
discusiones donde bullían tantas ideas donde germinaban todas las ciencias ya
no era dable que el vago espíritu del hombre se mantuviera fijo en ningún
punto y debían por precisión pulular un hormiguero de sectas marchando cada uno
por su camino a merced a sus ilusiones y caprichos.
Aquí no hay medio: las naciones civiles o
serán católicas o recorrerán todas las fases del error; o se mantendrán
aferradas al áncora de la autoridad o desplegarán un ataque general contra ella
combatiéndola en sí misma y en cuanto enseña o prescribe. El hombre cuyo entendimiento
está despejado claro o vive tranquilo en las apacibles regiones de la verdad o
la busca desasosegado e inquieto; y como estribando en principios falsos siente
que no está firme el terreno que está mal segura y vacilante su planta, cambia
continuamente de lugar saltando de error en error, de abismo en abismo. El vivir en medio de errores y estar satisfecho de ellos y trasmitirlos
de generación en generación sin hacer modificación ni mudanza es propio de
aquellos pueblos que vegetan en la ignorancia y envilecimiento: allí el
espíritu no se mueve porque duerme.
Colocado el observador en este
punto de vista descubre el Protestantismo tal cual es en sí; y como domina
completamente la posición ve cada cosa en su lugar y puede por tanto apreciar
su verdadero tamaño descubrir sus relaciones estimar su influencia y explicar
sus anomalías.
Entonces situados los hombres en
su lugar comparados con el vasto conjunto de los hechos aparecen en el cuadro
como figuras muy pequeñas que podrían muy bien ser sustituidas por otras que
nada importa que estuvieran un poco más acá o un POCO más allá que era indiferente
que tuviesen esta o aquella forma este o aquel colorido; y entonces salta a los
ojos que al entretenerse mucho en ponderar la energía de carácter la fogosidad
y audacia de Lutero, la literatura de Melanchon, el talento sofístico de Calvino
y otras cosas semejantes es desperdiciar el tiempo y no explicar nada.
Y en efecto: ¿qué eran todos
esos hombres y otros corifeos? ¿Tenían acaso algo de extraordinario? ¿No eran
por ventura tales como se les encuentra con frecuencia en todas partes? Algunos
de ellos ni excedieron siquiera de la raya de medianos; y de casi todos puede asegurarse que si no
hubieran tenido celebridad funesta la hubieran tenido muy escasa. Pues ¿por qué
hicieron tanto? Porque encontraron un montón de combustible y le pegaron fuego:
ya veis que esto no es muy difícil; y sin embargo ahí está todo el misterio.
Cuando veo a Lutero loco de orgullo precipitarse en aquellos delirios y extravagancias
que tanto lamentaban sus propios amigos cuando le veo insultar groseramente a
cuantos le contradicen; indignarse contra todo lo que no se humilla en su
presencia; cuando le oigo vomitar aquel
torrente de dicterios soeces de palabras inmundas apenas me causa otra
impresión que la de lástima: este hombre que tiene la singular ocurrencia de llamarse Notharius
Dei des varía tiene medio perdido el
juicio y no es extraño porque ha soplado y con su soplo se ha manifestado un
terrible incendio;
Es que había un almacén de
pólvora y su soplo le ha aproximado una chispa; y el insensato que en su
ceguera no lo advierte dice en su delirio: muy poderoso soy;
mirad mi soplo es abrasador poner en
conflagración el mundo.
Y los abusos ¿qué influencia
tuvieron si no abandonamos el mismo punto de vista en que nos hemos colocado
veremos que dieron tal vez alguna ocasión, que suministraron algún pábulo pero que
están muy lejos de haber ejercido la influencia que se les ha atribuido. Y no
es porque trate ni de negarlos ni de excusarlos; no es porque no haga el debido
caso de los lamentos de grandes hombres; pero no es lo mismo llorar un mal que
señalar y analizar su influencia.
El varón justo que levanta su
voz contra el vicio del ministro del santuario devorado por el celo de
Sea lo que fuere de todo esto
bien claro es que ateniéndonos a lo que dejarnos firmemente asentado
con respecto al origen y naturaleza del Protestantismo no pueden señalarse
como principal causa de él los abusos; y que cuando más pueden
indicarse como ocasiones y pretextos.
Si así no fuere sería menester decir que en
Esto no tiene réplica; el caso
es el mismo; y si se alegare la extensión que ha tenido el Protestantismo y su
propagación rápida recordaré que esto se verificó también con respecto a otras
sectas; reproduciré lo que decía San Jerónimo
de los estragos del arrianismo: Gimió el orbe entero
y asombróse de verse arriano. Que si algo más se quisiere citar con respecto al Protestantismo
bastante se lleva evidenciado que lo que tiene de característico todo lo debe
no a los abusos sino a la época en que nació.
Lo dicho hasta aquí es bastante para
que pueda formarse concepto de la influencia que los abusos pudieron ejercer;
pero como este asunto ha dado tanto que hablar y prestado origen á muchas equivocaciones
será bien antes de pasar más adelante detenerse todavía en esta importante
materia fijando en cuanto cabe las ideas, separando lo verdadero de lo falso lo
cierto de lo incierto.
Que
los siglos medios se habían introducido abusos deplorables que la corrupción de
costumbres era mucha y que era necesaria
una reforma es cierto e indudable. Por lo que toca a los siglos XI y XII
tenemos de esta triste verdad testigos tan intachables como San Pedro Damián,
San Gregorio VII y San Bernardo. Algunos
siglos después si bien se habían corregido mucho los abusos todavía eran
de consideración bastando para convencernos de esta verdad los lamentos de los
varones respetables que anhelaban por reforma; distinguiéndose muy particularmente
el cardenal Julián en las terribles palabras con que se dirigía al Papa Eugenio
IV representándole los desórdenes del clero principalmente del de Alemania.
Confesada
paladinamente la verdad pues no creo que la causa del Catolicismo necesite para su defensa del
embozo y de la mentira resolveré en pocas palabras algunas cuestiones importantes.
¿Quién tenía la culpa de que se
hubiesen introducido tamaños desordenes? ¿Era la corte de Roma? ¿Eran los
obispos? Creo que sólo se la debe achacar a la calamidad
de los tiempos. Para un hombre sensato
bastará recordar que en Europa se habían consumado los hechos siguientes:
·
la disolución del
viejo y corrompido imperio romano;
·
la irrupción e inundación
de los bárbaros del Norte;
·
fluctuación y las guerras
de éstos entre sí y con los demás pueblos por espacio de largos siglos;
·
el establecimiento y el
predominio del feudalismo con todos sus inconvenientes y males con todas sus
turbulencias y desastres;
·
la invasión de los sarracenos y su ocupación
de una parte considerable de Europa.
La ignorancia la corrupción a
relajación de la disciplina ¿no debía ser el resultado natural necesario de
tanto trastorno?
La sociedad eclesiástica ¿podía
menos que resentirse profundamente de esa disolución y de ese
aniquilamiento de la sociedad civil? ¿Podía no
participar de los males de ese horroroso caos en que se
hallaba envuelta
¿Faltó nunca en
Este solo hecho prueba ya mucho;
pero prescindiré de él para llamar al atención sobre otro más notable menos
sujeto a cuestiones menos tachable de exageración y que no puede decirse
limitado a éste o aquel individuo sino que es la verdadera expresión del espíritu
que animaba el cuerpo de
Hablo de la incesante reunión de
concilios en que se reprobaban y condenaban los abusos y se inculcaba la
santidad de costumbres y la observancia de la disciplina. Afortunadamente este
hecho consolador está fuera de toda duda; está patente a los ojos de todo el
mundo bastando para convencerse de él el haber abierto una vez siquiera algún
libro de historia eclesiástica o alguna colección de concilios. Es sobremanera
digno este hecho de llamar la atención y aun puede añadirse que quizá no se ha
advertido toda la importancia que encierra.
En efecto: si observamos las
otras sociedades repararemos que a medida que las ideas o las costumbres
cambian van modificando rápidamente las leyes; y si éstas les son muy contrarias
en poco tiempo las hacen callar, las arrollan o las echan por el suelo. Pero en
La simonía y la incontinencia
eran los dos vicios dominantes; pues bien abrid las colecciones de los
concilios y por dondequiera los encontraréis anatematizados. Jamás se vio tan prolongada, tan constante, tan tenaz lucha del
derecho contra el hecho; jamás como entonces se vio por espacio de largos siglos a
la ley colocada cara a cara contra las pasiones desencadenadas; y mantenerse
allí firme inmóvil sin dar un paso atrás sin permitirles tregua ni descanso
hasta haberlas sojuzgado.
Y no fue inútil esa constancia
esa santa tenacidad: y así es que a principios del siglo XVI es decir en la
época del nacimiento del Protestantismo vemos que los abusos eran incomparablemente
menores que las costumbres se habían mejorado mucho que la disciplina había
adquirido vigor y que se la observaba con bastante regularidad.
El tiempo de las declamaciones
de Lutero no era el tiempo calamitoso llorado por San Pedro Damián y por San
Bernardo: el caos se había desembrollado mucho; la luz el orden y la regularidad
se iban difundiendo rápidamente; y por prueba incontestable de que no yacía en
tanta ignorancia y corrupción como se quería ponderar. Podía
Es menester no olvidar la situación en que se
había encontrado
Bossuet en su Historia
de las variaciones después
de haber hecho una clasificación del diferente espíritu que guiaba a los
hombres que habían intentado una reforma antes del siglo XVI y después de citar
las amenazadoras palabras del cardenal Julián dice: "Así es como en
el siglo XV ese cardenal, el hombre más grande de su tiempo deploraba los males
previendo sus funestas consecuencias; de manera que parece haber pronosticado
los que Lutero iba a causar a toda la cristiandad empezando por Alemania: y no
se engañó al creer que el no haber cuidado de la
reforma y el aumento del odio contra el clero iba a
producir una secta más temible para
De estas palabras se infiere que
el ilustre obispo de Meaux encontraba una de las principales causas del
Protestantismo en no haberse hecho a tiempo la reforma legítima. No se crea por
esto que Bossuet excuse en lo más mínimo a los corifeos del protestantismo ni
que trate de poner en salvo las intenciones de los novadores; antes al contrario los
coloca en la clase de los reformadores turbulentos que lejos de favorecer la
verdadera reforma deseada por los hombres sabios y prudentes sólo servían para hacerla más difícil introduciendo
con sus malas doctrinas el espíritu de desobediencia de cisma y de herejía.
A pesar de la autoridad de
Bossuet no puedo inclinarme a dar tanta importancia a los abusos que los mire
como una de las principales causas del Protestantismo; y no es necesario repetir
lo que en apoyo de mi opinión he dicho antes.
Pero no será fuera del caso
advertir que mal pueden apoyarse en la autoridad de Bossuet los que intenten
sincerar las intenciones de los primeros reformadores pues que el ilustre
prelado es el primero en suponerlos altamente culpables y en reconocer que si
bien existían los abusos nunca tuvieron los novadores la intención de corregirlos
antes sí de valerse de este pretexto para apartarse de la fe de
Y a la verdad ¿cómo sería
posible atribuir a los primeros reformadores el espíritu de una
verdadera reforma cuando casi todos cuidaron de desmentirlo con su vergonzosa
conducta? Si al menos se hubieran
entregado a un riguroso ascetismo si con la austeridad de sus costumbres
hubiesen condenado la relajación de que se lamentaban entonces podríamos
sospechar si sus mismos extravíos fueron efecto de un celo exagerado si fueron
arrebatados al mal por un exceso de amor al bien; pero ¿sucedió algo de semejante?
Oigan lo que dice sobre el
particular un testigo de vista, un hombre que por cierto no puede ser tildado
de fanático un hombre que guardó con los primeros corifeos del Protestantismo
tantas consideraciones y miramientos que no pocos lo han calificado de
culpable: es Erasmo que hablando con su acostumbrada
gracia y malignidad dice así: "Según parece la
reforma viene a parar a la secularización de algunos frailes y al casamiento de
algunos sacerdotes: y esa gran tragedia se termina al fin por un suceso muy
cómico pues que todo se desenlaza como en las comedias por un casamiento".
Esto manifiesta hasta la
evidencia cuál era el verdadero espíritu de los novadores del siglo XVI N que
lejos de intentar la enmienda de los abusos se proponían más bien agravarlos.
En esta parte la simple consideración
de los hechos ha guiado a M. Guizot por el camino de la verdad cuando no
admite la opinión de aquéllos que pretenden que "la reforma había sido una
tentativa concebida y ejecutada con el solo designio de reconstituir una
iglesia pura la iglesia primitiva; ni una simple mira de mejora religiosa ni el
fruto de una utopía de humanidad y de verdad". (Historia
general de la civilización europea Lección 22).
Tampoco será difícil ahora el
apreciar en su justo valor el mérito de la explicación que ha dado de este
fenómeno el escritor que acabo de citar. "La reforma dice
M. Guizot fue un esfuerzo extraordinario en nombre de la libertad, una insurrección
de la inteligencia humana".
Este esfuerzo nació según el
mismo autor de la vivísima actividad que desplegaba el espíritu
humano y del estado de inercia en que había caído
Como lo que coarta la libertad
de pensar tal como la entiende aquí M. Guizot y como la entienden los
protestantes es la autoridad en materias de fe infiérese que
el levantamiento de la inteligencia debía ser seguramente contra esa autoridad:
es decir que aconteció la
sublevación del entendimiento porque él marchaba y
Sea cual fuere la disposición de
ánimo de M. Guizot con respecto a los dogmas de
Si
pues el levantamiento de la inteligencia se hizo por esta causa nada tuvo
Como
si M. Guizot hubiese sentido la propia flaqueza de sus raciocinios, presenta
los pensamientos en grupo en tropel; hace desfilar a los ojos del lector; diferentes
órdenes de ideas sin cuidar de clasificaciones ni deslindes para que la variedad
distraiga y la mezcla confunda. En efecto: a juzgar por el contexto de su discurso
no parece que entienda aplicar a
Supuesto que en esta parte
presenta una incoherencia de ideas que parece no debíamos esperar de su claro
entendimiento incoherencia que a muchos se les haría recio de creer me es indispensable
copiar literalmente sus propias palabras y en ellas aprenderemos que nada hay
más incoherente que los grandes talentos una vez colocados en una posición
falsa.
"Había caído
¿Cómo es posible que M. Guizot no advirtiese
que nada señalaba aquí que tuviese relación con la libertad del pensamiento
nada que no fuera de un orden muy diferente? El haberse disminuido el influjo
político de la corte de Roma y el conservar aún ella sus pretensiones el no
pertenecerle ya la dirección de la sociedad europea y el conservar ella su
pompa e importancia exterior ¿significa acaso otra cosa que las rivalidades que
pudieron existir con respecto a asuntos políticos? ¿Y cómo pudo olvidar M.
Guizot que poco antes había dicho que el señalar como causa del Protestantismo
la rivalidad de los soberanos con el poder eclesiástico
no le parecía fundado
ni muy filosófico ni en correspondiente proporción
con la extensión e importancia de este suceso?
Si
algunos creyesen que aun cuando todo esto no tuviera relación directa con la
libertad del pensamiento no obstante se provocó la sublevación intelectual con
la intolerancia que manifestaba a la sazón la corte de Roma: "No es verdad
les responderá M. Guizot que en el siglo XVI la corte de Roma fuese muy
tiránica: no es verdad que los abusos propiamente dichos fuesen entonces más
numerosos y más graves de lo que hasta aquella época habían sido. Al contrario
nunca quizás el gobierno
eclesiástico se había mostrado mas condescendiente y tolerante más dispuesto a dejar marchar
todas las cosas mientras no se cuestionase sobre su poder mientras se le reconociesen
aun dejándolos sin ejercicio los derechos que tenía mientras se le asegurase la
misma existencia se le pagasen los mismos tributos.
De
este modo el gobierno eclesiástico hubiera dejado tranquilo al espíritu humano
si el espíritu humano hubiese querido hacer otro tanto con respecto a él".
Es
decir que no parece sino que M. Guizot se olvidó completamente de que asentaba
todos esos antecedentes para manifestar que la reforma protestante había sido
un grande esfuerzo en nombre de la libertad un levantamiento
de la inteligencia humana: pues
que nada nos alega nada recuerda - que se opusiese a esta libertad; y aun si
algo pudiera provocar el levantamiento como habría sido la intolerancia
la crueldad el no dejar tranquilo al
espíritu humano va nos ha dicho M. Guizot que el gobierno eclesiástico en el
siglo XVI no era tiránico antes bien era condescendiente tolerante y que de su parte hubiera dejado
tranquilo al espíritu humano.
A la vista de tales datos es
evidente que el esfuerzo extraordinario en
nombre de la libertad de pensar es en boca de M. Guizot una palabra vaga indefinible; y al proferirla parece
que se propuso cubrir con brillante velo la cuna del Protestantismo aun a
expensas de la consecuencia en sus propias opiniones.
Desechó las rivalidades políticas y apela
luego a ellas; no da importancia a la influencia de los abusos no los juzga por
verdadera causa y se olvida que en la lección antecedente había asentado que si
se hubiera hecho a tiempo una reforma legal tan oportuna y necesaria
tal vez se hubiera evitado la
revolución religiosa; traza un cuadro en que se propone presentar puntos de
contraste con esta libertad quiere alzarse a consideraciones generales elevadas
que abarquen la posición y las relaciones de la inteligencia y se detiene en la
pompa y aparato exterior recuerda las rivalidades
políticas y abatiendo su
vuelo hasta desciende al terreno de los tributos.
Esa incoherencia de ideas esa
debilidad de raciocinio ese olvido de los propios asertos sólo podrá parecer
extraño a quien esté más acostumbrado a admirar el vuelo de los grandes talentos
que a estudiar la historia de sus aberraciones.
Cabalmente M. Guizot se hallaba
en tal posición que es muy difícil no equivocarse y deslumbrarse; porque si es
verdad que el caminar rastreramente sobre los hechos individuales trae el inconveniente
de circunscribir la vista y de conducir al observador a la colección de una
serie de hechos aislados más bien que a la formación de un cuerpo de ciencia
también es cierto que divagando el espíritu por un inmenso espacio donde haya
de abarcar muchos y muy variados hechos en todo sus aspectos y relaciones corre
peligro de alucinarse a cada paso también es cierto que la demasiada
generalidad suele rayar en hipotética y fantástica; que no pocas veces
alzándose con inmoderado vuelo el entendimiento para descubrir mejor el
conjunto de los objetos llega a no verlos como son en sí quizás hasta los
pierde enteramente de vista; y por eso es menester que los más elevados
observadores recuerden con frecuencia el dicho de Bacón: no alas sino plomo.
M. Guizot tenia demasiada
imparcialidad para que pudiese menos de confesar la exageración con que habían
sido abultados los abusos; además tenía mucha filosofía para desconocer que no
eran causa suficiente para producir un efecto tamaño; y hasta el sentimiento de
su propia dignidad y decoro no le permitió mezclarse con esa turba bulliciosa y
descomedida que clama sin cesar contra la crueldad y la intolerancia; y así es
que en esta parte hizo un esfuerzo para hacer justicia a
Pero desgraciadamente sus
prevenciones contra
A no ser así hubiera visto sin
duda que si bien la principal causa del Protestantismo se halla en el espíritu
humano no era necesario recurrir a parangones injustos; no hubiera caído en la
incoherencia que acabamos de ver hubiera encontrado la raíz del hecho en el
propio carácter del espíritu cristiano y hubiera explicado su gravedad y
trascendencia con sólo recordar la naturaleza posición y circunstancias de las
sociedades en cuyo centro apareció.
Habría notado que no hubo allí
un esfuerzo extraordinario sino una
simple repetición de lo acontecido en cada siglo; un fenómeno común que tomó
un carácter especial a cansa de la particular disposición de la atmósfera que
le rodeaba.
Este modo de considerar el
Protestantismo como un hecho común agrandado empero y extendido a causa de las
circunstancias de la sociedad en que nació me parece tan filosófico como poco
reparado: y así presentaré otra proposición que nos suministrará juntamente
razones y ejemplos. Tal es el estado de las sociedades modernas de tres siglos
a esta parte que todos los hechos que en ellas se verifiquen han de tomar un
carácter de generalidad y por tanto de gravedad que los ha de distinguir de los
mismos hechos verificados empero en otras épocas en que era diferente el
estado de las sociedades.
Dando una ojeada a la historia
antigua observaremos que todos los
hechos tenían cierto aislamiento por el cual ni eran tan provechosos cuando
eran buenos ni tan nocivos cuando eran malos. Cartago, Roma, Lacedemonia,
Atenas y todos esos pueblos antiguos más o menos adelantados en la carrera de
la civilización siguen cada cual su camino; pero siempre de una manera particular:
las ideas las costumbres las formas políticas se sucedían unas a otras pero no
se descubre esa reafluencia de las ideas de un pueblo sobre las ideas de otro
pueblo de las costumbres del uno sobre las costumbres del otro ese espíritu
propagador que tiende a confundirlos a todos en un mismo centro: por manera que
excepto el caso de violenta conmixtión se conoce muy bien que podrían los
pueblos antiguos estar largo tiempo muy cercanos conservando íntegramente cada
uno sus propias fisonomías sin experimentar a causa del contacto considerables
mudanzas.
Observad empero cuán de otra
manera sucede en Europa: una revolución en un
país afecta todos los otros, una idea salida
de una escuela pone en agitación a los pueblos y en alarma a los gobiernos:
nada hay aislado todo se generaliza todo se propaga tomando con la misma expansión
una fuerza terrible.
He aquí por qué no es posible
estudiar la historia de un pueblo sin que se presenten en la escena todos los
pueblos no es posible estudiar la historia de una ciencia de un arte sin que se
compliquen desde luego cien relaciones con otros objetos que no son ni
científicos ni artísticos: y es porque todos los pueblos se asimilan todos los
objetos se enlazan todas les relaciones se abarcan y se cruzan; he aquí por
qué no hay un asunto en un país en que no tomen interés y aun parte si es
posible todos los demás: y he aquí por qué concretándonos a la política es y
será siempre una idea sin aplicaciones la de no intervención; pues no
se ha visto jamás que cada cual no procure intervenir en todos los negocios que
le interesan.
Estos
ejemplos tomados de los órdenes políticos literarios y artísticos me parecen
muy a propósito para dar a entender mi idea sobre lo que ha sucedido con
respecto al orden religioso; y si bien despojan al Protestantismo de ese manto
filosófico con que se le ha querido cubrir aun en su cuna; si le quitan todo
derecho a suponerse como un pensamiento que lleno de previsión y de proyectos
grandiosos encerraba grandes destinos tampoco rebajan en nada su gravedad y su
extensión, en nada limitan el hecho antes sí indican la verdadera causa que se
haya presentado con aspecto tan imponente.
Desde el punto de vista que
acabo de señalar todo se descubre en su verdadero tamaño: los Hombres apenas
figuran casi desaparecen; los abusos se ofrecen como son, ocasiones y pretextos;
los planes vastos, las ideas altas y generosas los esfuerzos de independencia
se reducen a suposiciones arbitrarias; el cebo de las depredaciones, la
ambición, las rivalidades de los soberanos, juegan como causas más o menos
influyentes pero siempre en un orden secundario: ninguna causa se exclusa sólo
que se las coloca a todas en su lugar no se permite la exageración de su influencia
y señalándose una principal no deja de mirarse el Hecho como de tal naturaleza,
que en su nacimiento y desarrollo debieron
de obrar un sinnúmero de agentes.
Y cuando se llega a una cuestión capital en la
materia cuando se pregunta la causa del odio de la exasperación que han
manifestado los sectarios contra Roma; cuando se pregunta si esto no revela
algunos grandes abusos de su parte si no hace sospechar su sinrazón se
puede responder tranquilamente: que siempre se ha visto que las olas en la
tormenta braman furiosas contra la roca inmóvil que les resiste.
Tan lejos estoy de atribuir a
los abusos la influencia que muchos les han asignado con respecto al nacimiento
y desarrollo del Protestantismo que estoy convencido de que por más reformas
legales que se hubieran hecho por más condescendiente que se hubiera manifestado
la autoridad eclesiástica en acceder a demandas y exigencias de todas clases
hubiera acontecido poco más o menos la misma desgracia.
Es necesario haber reparado bien
poco en la extrema inconstancia y movilidad del espíritu humano, y haber
estudiado muy poco su historia para desconocer que era ésta una aquellas grandes
calamidades que sólo Dios por providencia especial es bastante a
evitarlas. [v]
VER NOTA 5
Se ha observado como cosa muy
admirable la duración de
Llamo muy particularmente la
atención sobre este punto: los hombres pensadores; y estoy seguro de que aun
cuando yo no acierte a desenvolver cual merece este pensamiento encontrarán
aquí un germen de muy graves reflexiones. Tal vez se acomodará también este
modo de mirar
Nadie que haya saludado la
historia de las letras me podrá negar que en todos tiempos haya tenido
Prescindiendo ahora de los
caracteres de divinidad que la distinguen y considerándola únicamente como una
escuela o una secta cualquiera puede asegurarse que presenta en el hecho que
acabo de consignar un fenómeno tan extraordinario que ni es posible hallarle
semejante en otra parte ni es dable explicarle como comprendido en el orden
regular de las cosas.
Seguramente que no es nuevo en
la historia del espíritu humano el que una doctrina más o menos razonable haya
sido profesada algún tiempo por un cierto número de hombres ilustrados y
sabios: este espectáculo lo hemos presenciado en las sectas filosóficas
antiguas y modernas; pero que una doctrina se haya sostenido por espacio de
muchos siglos conservando adictos a ella a sabios de todos tiempos y países y
sabios por otra parte muy discordes en sus opiniones particulares muy
diferentes en costumbres muy opuestos tal vez en intereses y muy divididos por
sus rivalidades este fenómeno es
nuevo, es único sólo se encuentra en
Exigir fe unidad en la doctrina
y fomentar de continuo la enseñanza y provocar la discusión sobre toda clase
de materias; incitar y estimular el examen de los mismos cimientos en que estriba
la fe preguntando para ello a las lenguas antiguas a los monumentos de los
tiempos más remotos a los documentos de la historia a los descubrimientos de
las ciencias observadoras a las lecciones de las mas elevadas y analíticas;
presentarse siempre con generosa confianza en medio de esos grandes liceos donde
una sociedad rica de talentos y de saber reúne como en focos de luz todo cuanto
le han legado los tiempos anteriores y lo demás que ella ha podido reunir con
sus trabajos he aquí lo que ha hecho siempre y está haciendo todavía
Los que miran el Catolicismo
como tina de tantas sectas que han aparecido sobre la tierra será menester que
busquen algún hecho que se parezca a éste; será menester que nos expliquen cómo
Los que inclinan respetuosamente
sus frentes al oír la palabra salida del Vaticano los que abandonan su propio parecer
para sujetarse a lo que les dicta un
hombre que se apellida Papa no son tan sólo los sencillos e
ignorantes; miradlos bien: en sus frentes
altivas descubriréis el sentimiento de sus propias fuerzas y en sus ojos vivos
y penetrantes veréis que se trasluce la llama del genio que oscila en su mente.
En ellos reconoceréis a los
mismos que han ocupado los primeros puestos de las academias europeas que han
llenado el mundo con la fama de sus nombres transmitidos a las generaciones
venideras entre corrientes de oro. Recorred la historia de todos los tiempos
viajad por todos los países del orbe y si encontráis en ninguna parte un conjunto
tan extraordinario el saber unido con la fe el genio sumiso a la autoridad la
discusión hermanada con la unidad presentadle: habréis hecho un descubrimiento
importante habréis ofrecido a la ciencia un nuevo fenómeno que explicar; ¡ah!
esto os será imposible bien lo sabéis; y por esto apelaréis a nuevos efugios
por esto procuraréis oscurecer con cavilaciones la luz de una observación que
sugiere una razón imparcial y hasta al sentido común la legítima consecuencia
de que en
"Estos hechos dirán los
adversarios son ciertos; las reflexiones que sobre ellos se han emitido no
dejan de ser deslumbradoras; pero bien analizada la materia desaparecerán todas
las dificultades que pueden presentarse por la extrañeza que causa el haberse
verificado en
Si bien se mira cuanto hasta
aquí se lleva alegado sólo prueba que en
Esto una vez conocido se ha
establecido el principio de sumisión y se le ha conservado invariablemente: he
aquí explicado el fenómeno; en esto no negaremos que haya sabiduría profunda
que haya un plan vasto, un sistema singular pero nada podréis inferir en pro de
la divinidad del Catolicismo".
Esto es lo que se responderá
porque es lo único que se puede responder; pero fácil es de notar que a pesar
de esa respuesta queda la dificultad en todo su vigor. Resulta siempre en claro
que hay una sociedad sobre la tierra que por espacio de 18
siglos ha sido siempre dirigida por un principio constante y fijo; una sociedad
que ha logrado que se adhiriesen a este principio hombres eminentes de todos
los tiempos y países y por tanto permanece siempre en pie todo el embarazo que
ofrecen a los adversarios las siguientes preguntas:
1)
¿Cómo es que sólo
2)
¿Cómo es que a sólo ella se le haya ocurrido tal
pensamiento?
3)
¿Cómo es que si ha ocurrido a otra secta ninguna lo
haya podido poner en planta?
4)
¿Cómo es que todas las sectas filosóficas hayan
desaparecido unas en pos de otras y
5)
¿Cómo es que las otras religiones si han querido
conservar alguna unidad han tenido siempre que huir de la luz y esquivar la discusión
y envolverse en negras sombras?;
6)
¿Y que la Iglesia haya siempre conservado su unidad buscando la luz y no ocultando
sus libros no escaseando la enseñanza sino fundando por todas partes colegios
universidades y demás establecimientos donde pudiesen reunirse y concentrarse
todos los resplandores de la erudición y del saber?
No basta decir que hay un
sistema, un plan: la dificultad está en la misma existencia de ese sistema, de
ese plan; la dificultad está en explicar cómo se han podido concebir y
ejecutar.
Si se tratase de pocos hombres
reunidos en ciertas circunstancias en determinados tiempos y países para la
ejecución de un proyecto limitado a breve espacio no
habría aquí nada de particular; pero se trata de 18 siglos se
trata de
todos los países de las circunstancias mas variadas mas diferentes
mas opuestas; se trata de hombres que no han podido avenirse ni concertarse.
¿Cómo se explica todo esto?
Si no es más que un sistema, un
plan humano ¿qué hay de misterioso en esa ciudad de Roma que así
reúne en torno suyo a tantos hombres ilustres de todos tiempos y países? Si el
pontífice de Roma no es más que el jefe de una secta
1)
¿cómo
es que de tal modo alcanza a fascinar el mundo?
2)
¿Se
habría visto jamás un mago que ejecutase extrañeza más estupenda?
3)
¿No
hace ya mucho tiempo que se declama contra su despotismo religioso?
4)
¿Por
qué pues no ha habido otro hombre que le haya arrebatado el cetro?
5)
¿Por
qué no se ha erigido otra cátedra que disputase a la suya la preeminencia y se
mantuviese en igual esplendor y poderío?
6)
¿Es
acaso por su poder material?
Es
muy limitado; y no podría medir sus armas con ninguna potencia de Europa. ¿Es
por el carácter particular por la ciencia por las virtudes de los hombres que
han ocupado el solio pontificio? Pero ¿cómo es posible que en el espacio de 18
siglos no hayan tenido infinita variedad los caracteres de los Papas y muy
diferentes graduaciones su ciencia y sus virtudes?
A
quien no sea católico, y no viere en el pontífice romano al Vicario de
Jesucristo aquella piedra sobre la cual edificó
Al
comparar M. Guizot el Protestantismo con
En
las palabras de M. Guizot notaremos que sintió como todos los grandes hombres
del Protestantismo el vacío inmenso que hay en esas sectas y la fuerza y
robustez que entraña la religión católica; notaremos que no pudo eximirse de la
regla general de los grandes ingenios, regla que son prueba los mas explícitos
testimonios consignados en los escritos de los hombres mas eminentes que ha
tenido la reforma protestante.
Después
de haber notado M. Guizot la inconsecuencia con que procedió el Protestantismo y
su falta de buena organización en la sociedad intelectual continúa: "No se han sabido
hermanar todos los derechos y necesidades de la tradición con las pretensiones
de la libertad. Y eso proviene sin duda que la reforma no ha
comprendido y aceptado plenamente ni sus principios ni sus
efectos".
¡Qué religión será ésa que ni
comprende ni acepta plenamente sus principios ni sus efectos!
¿Salió jamás de boca humana condenación
más terminante de la reforma?
¿Cómo
podrá pretender el derecho de dirigir ni al hombre ni a la sociedad? ¿Pudo
decirse jamás otro tanto de las sectas filosóficas antiguas y modernas? "He
ahí ese aire de inconsecuencia continúa M Guizot que ha tenido la reforma y el espíritu limitado que ha manifestado circunstancias
que han prestado armas y ventajas a sus adversarios. Sabían éstos bien lo que
deseaban y lo que hacían partían de principios fijos y marchaban hasta sus últimas
consecuencias. Nunca ha habido un gobierno más consecuente y sistemático que el
de
¿Y
de dónde trae su origen este sistema tan consecuente? Cuando es tanta la
inconstancia y la volubilidad del espíritu del hombre: ¿este sistema,
consecuencia y principios fijos nada dicen a la filosofía, al buen sentido?
Al reparar en esos terribles
elementos de disolución que tienen su
origen en el espíritu del hombre y que tanta fuerza han adquirido en las sociedades modernas; al notar cómo
destrozan y pulverizan todas las escuelas filosóficas todas las instituciones religiosas
sociales y políticas pero sin alcanzar a
abrir una brecha en las doctrinas del Catolicismo sin alterar ese sistema tan
fijo y consecuente ¿nada se inferirá en favor de la religión católica?
Decir que
En una sociedad formada de
hombres en un gobierno manejado por hombres que cuenta 18 siglos de duración,
se extiende a todos los países, se dirige al salvaje en sus bosques, al bárbaro
en su tienda, al hombre civilizado en medio de las ciudades más populosas; que
cuenta entre sus hijos al pastor que se cubre con el pellico, al rústico
labrador, al poderoso magnate; que hace resonar igualmente su palabra al oído
del hombre sencillo ocupado en sus mecánicas tareas como al del sabio que
encerrado en su gabinete está absorto en trabajos profundos; un gobierno como
éste tener como ha dicho M. Guizot siempre
una idea fija una voluntad eterna y guardar una conducta regular y coherente ¿no es su apología más
victoriosa no es su panegírico más elocuente no es una prueba de que encierra en
su seno algo de misterioso?
Mil veces he contemplado con
asombro ese estupendo prodigio: mil veces he fijado mis ojos sobre ese árbol
inmenso que extiende sus ramas desde el Oriente al Occidente desde el Aquilón
al Mediodía: le veo cobijando con su sombra a tantos y tan diferentes pueblos y
encuentro descansando tranquilamente debajo de ella la inquieta frente del
Genio.
En Oriente en los primeros
siglos de haber aparecido sobre la tierra esa religión divina en medio de la
disolución que se había apoderado de todas las sectas veo que se agolpan para
escuchar su palabra los filósofos mas ilustres; y en Grecia en Asia en las
márgenes del Nilo en todos esos países donde hormigueaba poco antes un sinnúmero
de sectas veo que se levanta de repente una generación de hombres grandes,
ricos de erudición, de saber y de elocuencia y todos acordes en la unidad
de la doctrina católica.
En
Occidente cuando se va a precipitar sobre el caduco imperio una muchedumbre de
bárbaros que se presentan a lo lejos como negra nube que asoma en el horizonte
preñada de calamidades y desastres en medio de un
pueblo sumergido en la corrupción de
costumbres y olvidado completamente de su antigua grandeza veo a los únicos
hombres que pueden apellidarse dignos herederos del nombre romano buscar un
asilo a su austeridad de costumbres en el retiro de los templos y pedir a la
religión sus inspiraciones para conservar el antiguo saber y enriquecerle y
agrandarle.
Lléname
de admiración y asombro el encontrar al talento sublime al digno heredero del
genio de Platón que después de haber preguntado por la verdad a todas las
escuelas y sectas, después de haber recorrido todos los errores con briosa
osadía, con indomable independencia se siente al fin dominado por la autoridad
de
En
los tiempos modernos desfilan delante de mis ojos esa serie de hombres grandes
que brillaron en los siglos de León X y de Luís XIV: veo perpetuarse esa
ilustre raza aun al través del calamitoso siglo XVIII; y en el XIX veo que se
levantan también nuevos atletas que después de haber acosado el error en todas
direcciones van a colgar sus trofeos a las puertas de
¡Qué prodigio es éste! ¡Dónde se
ha visto jamás una escuela, secta o una religión semejante! Todo lo estudian de
todo disputan a todo responden todo lo saben pero siempre acordes en la unidad
de doctrina siempre sumisos a la autoridad siempre inclinando respetuosamente
sus frentes siempre humillándolas en obsequio de la fe; esas frentes donde
brilla el saber e imprime sus rasgos el sentimiento de noble independencia de
donde salen tan generosos arranques.
¿No os parece descubrir un nuevo
mundo planetario donde globos luminosos ruedan en vastas órbitas por la inmensidad
del espacio pero atraídos por una misteriosa fuerza hacia el centro del
sistema? Fuerza que no les permite el extravío sin quitarles pero nada ni de la
magnitud de su molécula ni de la grandiosidad de movimiento antes inundándolos
de luz y dando a su marcha regularidad majestuosa [vi]
VER NOTA 6
ESA IDEA fija esa voluntad entera ese
plan tan sabio y constante ese sistema tan trabado esa conducta tan regular y coherente
ese marchar siempre con seguro paso hacia objeto y fin determinado ese
admirable conjunto reconocido y confesado por M. Guizot y que tanto honra a
Se ha querido apropiar el
principio de examen privado en materias de fe y algunos de sus adversarios tal
vez no se han resistido mucho a adjudicárselo por no reconocer en él otro elemento
que pudiera llamarse constitutivo; y además por reparar que si de haber
engendrado tal principio quisiera gloriarse sería semejante a aquellos padres
insensatos que labran su propia ignominia haciendo gala de tener hijos de
pésima índole y díscolos en conducta.
Es falso sin embargo que tal
principio sea hijo suyo; antes al contrario más bien podría decirse que el
principio de examen ha engendrado al Protestantismo pues que este principio se halla
ya en el seno de todas las sectas y se le reconoce como germen de todos los
errores: por manera que al proclamar los protestantes
el examen privado no hicieron más que ceder a la necesidad que es común a todas
las sectas separadas de
Nada hubo en esto de plan nada
de previsión nada de sistema: la simple resistencia a la autoridad de
"El derecho de examinar lo
que debe creerse dice una famosa dama protestante (De lallelmagzre par Madame Staél 4e. partie
chap. 2) es el principio fundamental del Protestantismo. No lo entendían
así los primeros reformadores; creían poder fijar las columnas del espíritu
humano en los términos de sus propias
luces; pero mal podían esperar7 que sus decisiones fuesen
recibidas como infalibles cuando elle negaban este género de autoridad a la
religión católica".
Semejante resistencia por parte
de ellos sólo sirvió a manifestar que no abrigaba ninguna de aquellas ideas que
si extravían el entendimiento muestra ... al menos en cierto modo la generosidad
y nobleza del corazón; y c ellos no podrá decir el entendimiento humano que le
descaminase con la mira de hacerle andar
con mayor libertad. "La revolución religiosa del siglo XVI dice M. Guizot no conoció los
verdaderos principios de la libertad intelectual; emancipada del pensamiento
todavía se empeñaba en gobernarlo por medio de la ley".
Pero en vano lucha el hombre
contra la fuerza entrañada por misma naturaleza de las cosas; en vano fue que el
Protestantismo quisiera poner límites a la extensión del principio de examen y
que a veces levantase tan alto la voz y aun descargase su brazo con tal fuerza
que no parecía sino que trataba de aniquilarle.
El espíritu del examen privado
estaba en su mismo seno, allí perseveraba y desenvolvía, allí obraba aun a
pesar suyo; no tenía medio el Protestantismo: o echarse en brazos de la autoridad
es decir reconocer su extravío o dejar al principio disolvente que ejerciera su
acción haciendo desaparecer de entre las
sectas separadas hasta la sombra la religión de Jesucristo y viniendo a poner
el cristianismo en la clase de las escuelas filosóficas.
Dado una vez el grito de
resistencia a autoridad de
Los grandes talentos nunca se
han hallado bien con el Protestantismo; siempre han encontrado en él un inmenso
vacío: y por esta causa se los ha visto propender o a la irreligión o a la unidad
católica.
El tiempo, ese gran juez de
todas las opiniones, ha venido a confirmar el acierto de tan tristes
pronósticos y actualmente han llegado ya las cosas a tal extremo que es
necesario o estar muy escaso de instrucción o tener muy limitados alcances para
no conocer que la religión
cristiana tal como la explican los protestantes
es una opinión y no más;
es un sistema formado de mil partes incoherentes y que pone el cristianismo al
nivel de las escuelas filosóficas.
Y nadie debe extrañar que
parezca aventajarse algún tanto a ellas y conserve ciertos rasgos que dan a su
fisonomía algo que no se encuentra en lo que es puramente excogitado por el
entendimiento del hombre; ¿sabéis de dónde nace todo esto?
Nace de aquella sublimidad de la
doctrina de aquella santidad de moral que más o menos desfiguradas resplandecen
siempre en todo cuanto conserva algún vestigio de la palabra de Jesucristo.
Pero el endeble resplandor que queda luchando con las sombras después que ha
desaparecido del horizonte el astro luminoso no puede compararse con la luz del
día; las sombras avanzan se extienden y ahogando el débil reflejo acaban por
sumir la tierra en oscuridad tenebrosa.
Tal es la doctrina del
Cristianismo entre los protestantes: con sólo dar una ojeada a sus sectas se
conoce que ni son meramente filosóficas ni tienen los caracteres de religión
verdadera: el Cristianismo está entre ellas sin una autoridad y por esto parece
un viviente separado de su elemento un árbol secado en su raíz; por esto presenta
la fisonomía pálida y desfigurada de un semblante que no está ya animado por el
soplo de vida.
Habla el Protestantismo de la fe
y su principio fundamental la hiere de muerte; ensalza el Evangelio; y el mismo
principio hace vacilar su autoridad pues que la deja abandonada al discernimiento
del hombre; y si pondera la santidad y pureza de la moral de Jesucristo ocurre
desde luego que en algunas de las sectas disidentes se les despoja de su
divinidad y que todas podrían hacerlo muy bien sin faltar al único principio
que les sirve de punto de apoyo.
Y una vez negada o puesta en
duda la divinidad de Jesucristo queda cuando más colocado en la clase de los
grandes filósofos y legisladores pierde la autoridad necesaria para dar a sus
leyes aquella augusta sanción que tan respetables las hace a los mortales, no
puede imprimirles aquel sello que tanto las eleva sobre todos los pensamientos
humanos y no se ofrecen ya sus
consejos sublimes como otras tantas lecciones que fluyen de los labios de la
sabiduría increada.
Quitando al espíritu humano el
punto de apoyo de una autoridad ¿en qué podrá afianzarse? ¿No queda abandonado
a merced de sus sueños y delirios? ¿No se le abre de nuevo la tenebrosa e intrincada
senda de interminables disputas que condujo a un caos a los filósofos de las
antiguas escuelas?
Aquí no hay réplica y en esto
andan acordes la razón y la experiencia: sustituido a la autoridad de
La duda del pirronismo, la
indiferencia serán entonces el patrimonio de los talentos más aventajados; las
teorías vanas los sistemas hipotéticos los sueños formarán el entretenimiento
de los sabios comunes; la superstición y las monstruosidades serán el pábulo de
los ignorantes.
Y entonces ¿qué habría
adelantado la humanidad? ¿Qué habría hecho el Cristianismo sobre la tierra?
Afortunadamente para el humano linaje no ha quedado la religión cristiana
abandonada al torbellino de las sectas protestantes; y en la autoridad de
Si así no fuera ¿adónde habría ya parado? La sublimidad
de sus dogmas la sabiduría de sus preceptos la unción de sus consejos ¿serían
acaso más que bellos sueños contados en lenguaje encantador por un sabio
filósofo?
Sí es preciso repetirlo: sin la
autoridad de
Colocada en la serie de los
pensamientos puramente humanos deberá someterse a nuestro fallo como las demás
opiniones de los hombres en el tribunal de la filosofía, podrá sostener sus
doctrinas como mas o menos razonables pero siempre tendrá la desventaja de
habernos querido engañar de habérsenos presentado como divina cuando no era más
que humana; y al empezarse la discusión sobre la verdad de su sistema de
doctrinas siempre tendrá en contra de sí una terrible presunción cual es el que
con respecto a su origen habrá sido un impostora.
Gloríanse los protestantes de la
independencia de su entendimiento y achacan a la religión católica el que viola
los derechos más sagrados pues que exigiendo sumisión ultraja la dignidad del
hombre cuando se declama en este sentido
vienen muy a propósito las exageraciones sobre las fuerzas de nuestro
entendimiento y no se necesita más que echar mano de algunas imágenes seductoras
pronunciando las palabras de atrevido vuelo de hermosas alas y otras semejantes para dejar
completamente alucinados a los lectores vulgares.
Goce enhorabuena de sus derechos
el espíritu del hombre gloríese de poseer la centella divina que apellidamos
entendimiento recorra ufano la naturaleza y observando los demás seres que le rodean
note con complacencia la inmensa altura a que sobre todos ellos se encuentra elevado;
colóquese en el centro de las obras con que ha embellecido su morada y señale
como nuestras de su grandeza y poder las transformaciones que se ejecutan
donde quiera que estampare su huella llegando a fuerza de inteligencia y de
gallarda osadía a dirigir y señorear la naturaleza; mas por reconocer la dignidad
y elevación de nuestro espíritu mostrándonos agradecidos al beneficio que nos
ha dispensado el Criador ¿deberemos llegar hasta el extremo de olvidar nuestros
defectos y debilidad?
¿A qué engañarnos a nosotros mismos
queriendo persuadirnos de que sabemos lo que en realidad ignoramos? ¿A qué
olvidar la inconstancia y volubilidad de nuestro espíritu? ¿A qué disimularnos
que en muchas materias aun de aquéllas que son objeto de las ciencias humanas
se abruma y confunde nuestro entendimiento y que hay mucho de ilusión en
nuestro saber mucho de hiperbólico en la ponderación de los adelantos de
nuestros conocimientos? ¿No viene un día a desmentir lo que asentamos otro día?
¿No viene de continuo el curso de los tiempos burlando todas nuestras
previsiones deshaciendo nuestros planes y manifestando lo aéreo de nuestros proyectos?
¿Qué nos han dicho en todos tiempos
aquellos genios privilegiados a quienes fue concedido descender hasta los cimientos
de nuestras ciencias alzarse con brioso vuelo hasta la región de las más
sublimes inspiraciones y tocar por decirlo así los confines del espacio que
puede recorrer el entendimiento humano?
Sí los grandes sabios de todos
tiempos después de haber tanteado los senderos más ocultos de la ciencia después
de haberse arrojado a seguir los rumbos más atrevidos que en el orden moral y
físico se presentaban a su actividad y osadía en el anchuroso mar de las investigaciones
todos vuelven de sus viajes llevando en su fisonomía aquella expresión de
desagrado fruto natural de muy vivos desengaños; todos nos dicen que se ha
deshojado a su vista una bella ilusión que se ha desvanecido como una sombra la
hermosa imagen que tanto los hechizaba; todos refieren que en el momento en
que se figuraban que iban a entrar en un cielo inundado de luz han descubierto
con espanto una región de tinieblas lean conocido con asombro que se hallaban
en una nueva ignorancia.
Y por esta causa todos a una
miran con tanta desconfianza las fuerzas del entendimiento: ellos que tienen
un sentimiento íntimo que no les deja dudar que las fuerzas del suyo exceden a
las de los otros Hombres. "Las ciencias dice profundamente Pascal tienen
dos extremos que se tocan: el primero es la pura ignorancia natural en que se
encuentran los hombres al nacer; el otro es aquél en que se hallan las grandes
almas que habiendo recorrido todo lo que los hombres pueden saber encuentran
que no saben nada".
El Catolicismo dice al hombre: "tu entendimiento es muy flaco y en muchas cosas necesita un
apoyo y una guía" y
el Protestantismo le dice: "la luz te rodea
marcha por do quieras no hay para ti mejor guía que tú mismo". ¿Cuál de las dos religiones
está de acuerdo con las lecciones de
Ya no debe pues parecer extraño
que los talentos más grandes que ha tenido el Protestantismo todos hayan
sentido cierta propensión a la religión católica y que no haya podido ocultárseles
la profunda sabiduría que se encierra en el pensamiento de sujetar en algunas
materias el entendimiento humano al fallo de una autoridad irrecusable. Y en
efecto: mientras se encuentre una autoridad que en su origen en su
establecimiento en su conservación en su doctrina y conducta reúna todos los títulos
que puedan acreditarla de divina ¿qué adelanta el entendimiento con no querer
sujetarse a ellas? ¿Qué alcanza divagando a merced de sus ilusiones en gravísimas
materias siguiendo caminos donde no encuentra otra cosa que recuerdos de extravíos
escarmientos y desengaños?
Si tiene el espíritu del hombre
un concepto demasiado alto de sí mismo estudie su propia historia y en ella
verá palpará que abandonado a sus solas fuerzas tiene muy poca garantía de
acierto. Fecundo en sistemas inagotable en cavilaciones tan rápido en concebir
un pensamiento como poco a propósito para madurarle; semillero de ideas que nacen
hormiguean y se destruyen unas a otras como los insectos que rebullen en un
lago; alzándose tal vez en alas de sublime inspiración y arrastrándose luego
como el reptil que surca el polvo con su pecho; tan hábil e impetuoso para
destruir las obras ajenas como incapaz de dar a las suyas una construcción
sólida y duradera; empujado por la violencia de las pasiones desvanecido por el
orgullo abrumado confundido por tanta
variedad de objetos como se le presentan en todas direcciones deslumbrado por
tantas luces falsas y engañosas apariencias; abandonado enteramente a sí mismo el espíritu humano presenta la imagen de
una centella inquieta y vivaz que recorre sin rumbo fijo la inmensidad de los
cielos traza en su varío y rápido curso mil extrañas figuras siembra en el
rastro de su huella mil chispas
relumbrantes encanta un momento la vista con su resplandor su agilidad y sus
caprichos y desaparece luego en la oscuridad sin dejar en la inmensa extensión
de su camino una ráfaga de luz para esclarecer las tinieblas de la noche.
Ahí está la historia de nuestros conocimientos: en
ese inmenso depósito donde se hallan en confusa mezcla las verdades y los errores
la sabiduría y la necedad el juicio y la locura; ahí se encontrarán abundantes
pruebas de lo que acabo de afirmar: ellas saldrán en mi abono si se quisiera
tacharme de haber recargado el cuadro
.[vii] VER NOTA 7
TANTA verdad es lo que acabo de decir sobre la debilidad
del humano entendimiento que aun prescindiendo del aspecto religioso es muy notable
que la próvida mano del Criador ha depositado en el fondo de nuestra alma un
preservativo contra la excesiva volubilidad de nuestro espíritu: y preservativo
tal que sin él se hubieran pulverizado todas las instituciones sociales o más
bien no se hubieran jamás planteado; sin él las ciencias no hubieran dado jamás
un paso; y si llegase jamás a desaparecer del corazón del hombre el individuo y
la sociedad quedarían sumergidos en el caos.
Hablo de cierta inclinación a deferir a la
autoridad; del instinto de fe digámoslo
así instinto que merece ser examinado con mucha detención si se quiere conocer
algún tanto el espíritu del hombre estudiar con provecho la historia de su
desarrollo y progresos encontrar las causas de muchos fenómenos extraños descubrir
hermosísimos puntos de vista que ofrece bajo este aspecto la religión católica
y palpar en fin lo limitado y poco filosófico del pensamiento que dirige el Protestantismo.
Ya se ha observado muchas veces que no es posible acudir
a las primeras necesidades ni dar curso a los negocios mas comunes sin la deferencia
a la autoridad de la palabra de otros sin la fe; y fácilmente se echa de ver
que sin esa fe desaparecería todo el caudal de la historia y de la experiencia;
es decir que se hundiría el fundamento de todo saber.
Importantes como son estas observaciones y muy a propósito
para demostrar lo infundado del cargo que se hace a la religión católica por
sólo exigir fe no son ellas sin embargo las que llaman ahora mi atención
tratando como trato de presentar la materia bajo otro aspecto de colocar la
cuestión en otro terreno donde ganará la verdad en amplitud e interés sin
perder nada de su inalterable firmeza.
Recorriendo la historia de los conocimientos humanos
y echando una ojeada sobre las opiniones de nuestros contemporáneos se nota
constantemente que aun aquellos hombres que más se precian de espíritu de
examen y de libertad de pensar apenas son otra cosa que el eco de opiniones
ajenas. Si se examina atentamente ese grande aparato que tanto ruido mete en el
mundo con el nombre de ciencia se notará que en el fondo encierra una gran
parte de autoridad; y al momento que en él se introdujera un espíritu de examen
enteramente libre aun con respecto a aquellos puntos que sólo pertenecen al
raciocinio se hundiría en su mayor parte el edificio científico y serían muy pocos
los que quedarían en posesión de sus misterios. Ningún ramo de conocimientos se
exceptúa de esta regla general por mucha que sea la claridad y exactitud de que
se gloríe.
Ricas como
son en evidencia de principios rigurosas en sus deducciones abundantes en
observaciones y experimentos las ciencias naturales y exactas ¿no descansan
acaso muchas de sus verdades en otras verdades más altas para cuyo conocimiento
ha sido necesaria aquella delicadeza de observación aquella sublimidad de
cálculo aquella ojeada perspicaz y penetrante a que alcanza tan sólo un número
de hombres muy reducido?
Cuando Newton arrojó en medio del mundo científico
el fruto de sus combinaciones profundas ¿cuántos eran entre sus discípulos los
que pudieran lisonjearse de estribar en convicciones propias aun hablando de
aquéllos que a fuerza de mucho trabajo habían llegado a comprender algún tanto
al grande hombre? Habían seguido al matemático en sus cálculos se habían enterado
del caudal de datos y experimentos que exponía a sus consideraciones el
naturalista y habían escuchado las reflexiones con que apoyaba sus aserciones y
conjeturas el filósofo: creían de esta manera hallarse plenamente convencidos
y no deber en su asenso nada a la autoridad sino únicamente a la fuerza de la
evidencia y de las razones: ¿sí?
Pues haced que desaparezca entonces el nombre de Newton
haced que el ánimo se despoje de aquella honda impresión causada por la palabra
de un hombre que se presenta con un descubrimiento extraordinario y que para
apoyarle despliega un tesoro de saber que revela un genio prodigioso; quitad
repito la sombra de Newton y veréis que en la mente de su discípulo los principios
vacilan los razonamientos pierden mucho de su encadenamiento y exactitud las
observaciones no se ajustan tan bien con los hechos; y el hombre que se creyera
tal vez un examinador completamente imparcial un pensador del todo independiente
conocerá sentirá cuán sojuzgado se Hallaba por la fuerza de la autoridad por el
ascendiente del genio; conocerá sentirá que en muchos puntos tenía asenso mas
no convicción y que en vez de ser un filósofo enteramente libre era un
discípulo dócil y aprovechado.
Apélese confiadamente al testimonio no de los
ignorantes no de aquéllos que han desflorado ligeramente los estudios científicos
sino de los verdaderos sabios de los que han consagrado largas vigilias a los
varios ramos del saber: invíteselos a que se concentren dentro de sí mismos a
que examinen de nuevo lo que apellidan sus convicciones científicas; y que se
pregunten con entera calma y desprendimiento si aun en aquellas materias en
que se conceptúan más aventajados no sienten repetidas veces sojuzgado su entendimiento
por el ascendiente de algún autor de primer orden y no han de confesar que si a
muchas cuestiones de las que tienen más estudiadas les aplicasen con rigor el
método de Descartes se hallarían con más creencias que convicciones.
Así ha sucedido siempre y siempre sucederá así: esto tiene raíces
profundas en la íntima naturaleza de nuestro espíritu y por lo mismo no tiene
remedio. Ni tal vez conviene que lo tenga; tal vez entra en
esto mucho de aquel instinto cíe conservación que Dios con admirable sabiduría
ha esparcido sobre la sociedad; tal vez sirve de fuerte correctivo a tantos
elementos de. disolución como ésta abriga en su seno.
Malo es en verdad muchas veces malo es y muy malo
que el hombre vaya en pos de la huella de otro hombre; no es raro el que se
vean por esta causa lamentables extravíos; pero peor fuera aún que el hombre
estuviera siempre en actitud de resistencia contra todo otro hombre para que no
le pudiese engañar y que se generalizase por el mundo la filosófica manía de
querer sujetarlo todo a riguroso examen: ¡pobre sociedad entonces! ¡Pobre hombre!
¡Pobres ciencias si cundiese a todos los ramos el espíritu de riguroso de
escrupuloso de independiente examen!
Admiro el genio de Descartes reconozco los grandes
beneficios que ha dispensado a las ciencias pero he pensado más de una vez que
si por algún tiempo pudiera generalizarse su método de duda se hundiría de
repente la sociedad; y aun entre los sabios entre los filósofos imparciales me
parece que causaría grandes estragos; por lo menos es cierto que en el mundo
científico se aumentaría considerablemente el número de los orates.
Afortunadamente no hay peligro de que así suceda; y
si el hombre tiene cierta tendencia a la locura más o menos graduada también
posee un fondo de buen sentido de que no le es posible desprenderse; y la
sociedad cuando se presentan algunos individuos de cabeza volcánica que se
proponen convertirla en delirante o les contesta con burlona sonrisa o si se
deja extraviar por un momento vuelve luego en sí y rechaza con indignación a
aquéllos que la habían descaminado.
Para quien conozca a fondo el espíritu humano serán
siempre despreciables vulgaridades esas fogosas declamaciones contra las preocupaciones
del vulgo contra esa docilidad en seguir a otro hombre contra esa facilidad en
creerlo todo sin haber examinado nada. Como si en esto de preocupaciones en
esto de asentir a todo sin examen hubiera muchos hombres que no fueran vulgo
como si las ciencias no estuvieran llenas de suposiciones gratuitas como si en
ellas no hubiera puntos flaquísimos sobre los cuales estribamos buenamente cual
en firmísimo e inalterable apoyo.
El derecho de posesión y de prescripción es otra de
las singularidades que ofrecen las ciencias y es bien digno de notarse que sin
haber tenido jamás esos nombres haya sido reconocido este derecho con tácito
pero unánime consentimiento. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo? Estudiad la
historia de las ciencias y encontraréis a cada paso confirmada esta verdad. En
medio de las eternas disputas que han dividido a los filósofos ¿cuál es la
causa de que una doctrina antigua haya opuesto tanta resistencia a una doctrina
nueva y diferido por mucho tiempo y tal vez impedido completamente su restablecimiento?
Es porque la antigua estaba ya en posesión es porque
se hallaba robustecida con el derecho de prescripción: no importa que no se
usaran esos nombres el resultado era el mismo; y por esta razón los inventores
se han visto muchas veces menospreciados o contrariados cuando no perseguidos.
Es preciso confesarlo por más que a ello se resista
nuestro orgullo y por más que se hayan de escandalizar algunos sencillos admiradores
de los progresos de las ciencias: muchos han sido esos progresos anchuroso es
el campo por donde se ha espaciado el entendimiento humano vastas las órbitas
que ha recorrido y admirables las obras con que ha dado una prueba de sus
fuerzas; pero en todas estas cosas hay siempre una
buena parte de exageración hay mucho que cercenar sobre todo cuando el nombre de
ciencia se refiere a las relaciones morales.
De semejantes ponderaciones nada puede deducirse
para probar que nuestro entendimiento sea capaz de marchar con entera agilidad
y desembarazo por toda clase de caminos; nada puede deducirse que contradiga el
hecho que hemos establecido de que el entendimiento del hombre está sometido
casi siempre aunque sin advertirlo a la autoridad de otro hombre.
En cada época se presentan algunos pocos poquísimos entendimientos
privilegiados que alzando su vuelo sobre todos los demás les sirven de guía en
las diferentes carreras: se precipita tras ellos una numerosa turba que se
apellida sabia y con los ojos fijos en la enseña enarbolada va siguiendo
afanosa los pasos del aventajado caudillo. Y ¡cosa singular! todos claman por
la independencia en la marcha todos se precian de seguir aquel rumbo nuevo como
si ellos le hubieran descubierto como si avanzaran en él guiados únicamente
por su propia luz e inspiraciones.
Las necesidades la afición u otras circunstancias
nos conducen a dedicarnos a este o aquel ramo de conocimientos; nuestra
debilidad nos está diciendo de continuo que no nos es dada la fuerza creatriz;
y ya que no podemos ofrecer nada propio ya que nos sea imposible abrir un nuevo
camino nos lisonjeamos de que nos cabe una parte de gloria siguiendo la enseña
de algún ilustre caudillo: y en medio de tales sueños llegamos tal vez a persuadirnos
de que no militamos bajo la bandera de nadie que sólo rendimos homenaje a nuestras convicciones cuando en realidad
no somos más que prosélitos de doctrinas ajenas.
En esta parte el sentido común es más cuerdo que nuestra enfermiza
razón; y así es que el lenguaje (esta misteriosa expresión
de las cosas donde se encuentra tanto fondo de verdad y exactitud sin saber
quién se lo ha comunicado) nos hace una severa reconvención por tan orgulloso
desvanecimiento; y a pesar nuestro llama las cosas por sus nombres
clasificándonos a nosotros y a nuestras opiniones del modo que corresponde
según el autor a quien hemos seguido por guía. La historia de las ciencias ¿es
acaso más que la historia de los combates de una escasa porción de aventajados
caudillos?
Recórranse los tiempos antiguos y modernos
extiéndase la vista a los varios ramos de nuestros conocimientos y se verá un
cierto número de escuelas planteadas por algún sabio de primer orden dirigidas
luego por otro que por sus talentos haya sido digna de sucederle; y durando así
hasta que cambiadas las circunstancias falta de espíritu de vida muere
naturalmente la escuela o presentándose algún hombre audaz animado de
indomable espíritu de independencia la ataca y la destruye para asentar sobre
sus ruinas nueva cátedra del modo que a él le viniera en talante.
Cuando Descartes destronó a Aristóteles ¿no se
colocó por de pronto en su lugar? La turba de filósofos que blasonaban de independientes
pero cuya independencia era desmentida por el título que llevaban de Cartesianos
eran semejantes a los pueblos que en tiempo de revueltas aclaman
libertad y destronan al antiguo monarca para someterse después al hombre
bastante osado que recoja el cetro y la diadema que yacen abandonados al pie
del antiguo solio.
Créese en nuestro siglo como se creyó ya en el
anterior que marcha el entendimiento humano con entera independencia; y a
fuerza de declamar contra la autoridad en materias científicas a fuerza de
ensalzar la libertad del pensamiento se ha llegado a formar la opinión de que pasaron
ya los tiempos en que la autoridad de un hombre valía algo y que ahora ya no
obedece cada sabio sino a sus propias e íntimas convicciones. Allégase a todo
esto que desacreditados los sistemas y las hipótesis se ha desplegado grande
afición al examen y análisis de los hechos y esto ha contribuido a que se figuren
muchos que no sólo ha desaparecido completamente la autoridad en las ciencias
sino que hasta ha llegado a hacerse imposible.
A primera vista bien pudiera esto parecer verdad;
pero si damos en torno de nosotros una atenta mirada notaremos que no se ha
logrado otra cosa sino aumentar algún tanto el número de los jefes y reducir la
duración de su mando.
Éste es verdadero tiempo de revueltas y tal vez de
revolución literaria científica
semejante en un todo a la política en que se imaginan los pueblos que disfrutan
más libertad sólo porque ven el mando distribuido en mayor número de manos y
porque tienen más anchura para deshacerse con frecuencia de los gobernantes
haciendo pedazos como a tiranos a los que antes apellidaran padres y
libertadores; bien que después de su primer arrebato dejan el campo libre para
que se presenten otros hombres a ponerles un freno tal vez un poco más
brillante pero no menos recio y molesto.
A más de los ejemplos que nos ofrecería en
abundancia la historia de las letras de un siglo a esta parte ¿no vemos ahora
mismo unos nombres sustituidos a otros nombres unos directores del
entendimiento humano sustituidos a otros directores?
En el terreno de la política donde al parecer más
debiera campear el espíritu de libertad ¿no son contados los hombres que
marchan al frente? ¿No los distinguimos tan claro como a los generales de
ejércitos en campaña? En la arena parlamentaria ¿vemos acaso otra cosa que dos
a tres cuerpos de combatientes que hacen sus evoluciones a las órdenes del respectivo
caudillo con la mayor regularidad y disciplina?
¡Oh! ¡cuán bien comprenderán estas verdades aquéllos
que se hallan elevados a tal altura! Ellos que conocen nuestra flaqueza ellos
que saben que para engañar a los hombres bastan por lo común las palabras ellos
habrán sentido mil veces asomar en sus labios la sonrisa cuando al contemplar engreídos
el campo de sus triunfos al verse rodeados de una turba preciada de inteligente
que los admiraba y aclamaba con entusiasmo habrían oído a algunos de sus más
fervientes y más devotos prosélitos cual blasonaban de ilimitada libertad de
pensar de completa independencia en las opiniones y en los votos.
Tal es el hombre: tal nos le muestran la historia y
la experiencia de cada día. La inspiración del genio, esa fuerza sublime que
eleva el entendimiento de algunos seres privilegiados ejercerá siempre no sólo
sobre los sencillos e ignorantes sino también sobre el común de los sabios una
acción fascinadora.
¿Dónde está pues el ultraje que hace a la razón humana la religión
católica cuando al propio tiempo que le presenta los títulos que prueban su
divinidad le exige la fe?
Esa fe que el hombre dispensa tan fácilmente a otro
hombre en todas materias aun en aquéllas en que más presume de sabio ¿no podrá
prestarla sin mengua de su dignidad a
Con esto
¿hace acaso más
Ya que el hombre
tiene esa irresistible tendencia a seguir los pasos de otro ¿no hace un gran
beneficio a la humanidad
EN CONTRA de la autoridad que trata de ejercer su jurisdicción
sobre el entendimiento se alegará sin duda el adelanto de las sociedades; y el
alto grado de civilización y cultura a que han llegado las naciones modernas
se producirá como un título de justicia para lo que se apellida emancipación
del entendimiento. A mi juicio está tan distante esta réplica de tener algo de
sólido está tan mal cimentada sobre el hecho en que pretende apoyarse que antes
bien del mayor adelanto de la sociedad debiera inferirse la necesidad más urgente
de una regla viva tal como lo juzgan indispensable los católicos.
Decir que las sociedades en su infancia y
adolescencia hayan podido necesitar esa autoridad como un freno saludable pero
que este freno se ha hecho inútil y degradante cuando el entendimiento ha
llegado a mayor desarrollo es desconocer completamente la relación que tienen
con los diferentes estados de nuestro entendimiento los objetos sobre que versa
semejante autoridad.
La verdadera idea de Dios el origen el destino y la
norma de conducta del hombre y todo el conjunto de medios que Dios le ha
proporcionado para llegar a su alto fin he aquí los objetos sobre que versa la
fe y sobre los cuales pretenden los católicos la necesidad de una regla
infalible; sosteniendo que a no ser así no fuera dable evitar los más
lamentables extravíos ni poner la verdad a cubierto de las cavilaciones
humanas.
Esta sencilla consideración bastará para convencer
que el examen privado sería mucho menos peligroso en pueblos poco adelantados
en la carrera de la civilización que no en otros que hayan ya adelantado mucho
en ella. En un pueblo cercano a su infancia hay naturalmente un gran fondo de
candor y sencillez disposiciones muy favorables para que recibiera con docilidad
las lecciones esparcidas en el sagrado Texto saboreándose en las de fácil comprensión
y humillando su frente ante la sublime oscuridad de aquellos lugares que Dios
ha querido encubrir con el velo del misterio.
Hasta su misma posición crearía en cierto modo una autoridad;
pues como no estuviera aún afectado por el orgullo y la manía del saber se
habría reducido a muy pocos el examinar el sentido de las revelaciones hechas
por Dios al hombre y esto produciría naturalmente un punto céntrico de donde
dimanara la enseñanza.
Pero sucede muy de otra manera en un pueblo adelantado
en la carrera del saber; porque la extensión de los conocimientos a mayor
número de individuos aumentando el orgullo y la volubilidad multiplica y
subdivide las sectas en infinitas fracciones y acaba por trastornar todas las
ideas y por corromper las tradiciones más puras.
El pueblo cercano a su infancia como está exento de
la vanidad científica entregado a sus ocupaciones sencillas y apegado a sus
antiguas costumbres escucha con docilidad y respeto al anciano venerable que
rodeado de sus hijos y nietos refiere con tierna emoción la historia y los consejos
que él a su vez había recibido de sus antepasados; pero cuando la sociedad ha
llegado a mucho desarrollo cuando debilitado el respeto a los padres de
familia se ha perdido la veneración a las canas cuando nombres pomposos aparatos
científicos grandes bibliotecas hacen formar al hombre un gran concepto de la
fuerza de su entendimiento cuando la multiplicación y actividad de las comunicaciones
esparcen a grandes distancias las ideas y haciéndolas fermentar por medio del
calor que adquieren con el movimiento les dan aquella fuerza mágica que señorea
los espíritus; entonces es precisa indispensable una autoridad que siempre viva
siempre presente siempre en disposición de acudir adonde lo exija la necesidad
cubra con robusta égida el sagrado depósito de las verdades independientes de
tiempos y climas sin cuyo conocimiento flota eternamente el hombre a merced de
sus errores y caprichos y marcha con vacilante paso desde la cuna al sepulcro;
aquellas verdades sobre las cuales está asentada la sociedad como sobre
firmísimo conocimiento que una vez conmovido pierde su aplomo el edificio
oscila se desmorona y se cae a pedazos.
La historia
literaria y política de Europa de tres siglos a esta parte nos ofrece
demasiadas pruebas de lo que acabo de decir; siendo de lamentar que cabalmente
estalló la revolución religiosa en el momento en que debía ser más fatal:
porque encontrando a las sociedades agitadas por la actividad que desplegaba
el espíritu humano quebrantó el dique cuando era necesario robustecerle.
Por cierto que no es saludable apocar en demasía a
nuestro espíritu achacándole defectos que no tenga o exagerando aquéllos de
que en realidad adolece; pero tampoco es conveniente engreírle sobradamente
ponderando más de lo que es justo el alcance de sus fuerzas: esto a más que
serle muy dañoso en diferentes sentidos es muy poco favorable a su mismo
adelanto; y aun si bien se mira es poco conforme al carácter grave y circunspecto
que ha de ser uno de los distintivos de la verdadera ciencia.
Que la ciencia si ha de ser digna de este nombre no
ha de ser tan pueril que se muestre ufana y vanidosa por aquello que en
realidad no le pertenece como propiedad suya: es menester que no desconozca
los limites que la circunscriben y que tenga bastante generosidad y candidez
para confesar su flaqueza.
Un hecho hay en la historia de las ciencias que al
propio tiempo que revela la intrínseca debilidad del entendimiento hace palpar
lo mucho que entra de lisonja en los desmedidos elogios que a veces se le
prodigan; infiriéndose de aquí cuán arriesgado sea el abandonarle del todo a
sí mismo sin ningún género de guía.
Consiste este hecho en las sombras que se van encontrando
a medida que nos acercamos a la investigación de los secretos que rodean los
primeros principios de las ciencias: por manera que aun hablando de las que más
nombradía tienen por su verdad evidencia y exactitud en llegando a profundizar
hasta sus cimientos parece que se encuentra un terreno poco firme poco seguro y
vacilante retrocede temeroso de descubrir alguna cosa que lanzara la
incertidumbre y la duda sobre aquellas verdades en cuya evidencia se había
complacido.
No participo yo del malhumor de Hobbes contra las
matemáticas y entusiasta como soy de sus adelantos y profundamente convencido
como estoy de las ventajas que su estudio acarrea a las demás ciencias y a la
sociedad mal pudiera tratar ni de disminuir su mérito ni de disputarles ninguno
de los títulos que las ennoblecen; pero ¿quién diría que ni ellas se exceptúan
de la regla general? ¿Faltan acaso en ellas puntos débiles senderos tenebrosos?
Por cierto que al exponerse los primeros principios
de estas ciencias consideradas en toda su abstracción y al deducir las
proposiciones más elementales camina el entendimiento por un terreno llano
desembarazado donde ni se ofrece siquiera la idea de que pueda ocurrir el más
ligero tropiezo.
Prescindiré ahora de las sombras que hasta sobre
este camino podrían esparcir la ideología y la metafísica si se presentasen a
disputar sobre algunos puntos aun buscando su apoyo en los escritos de
filósofos aventajados; pero ciñéndonos al círculo en que naturalmente se
encierran las matemáticas.
¿Quién de los versados en ellas ignora que avanzando
en sus teorías se encuentran ciertos puntos donde el entendimiento tropieza
con una sombra donde a pesar de tener a la vista la demostración y de haberla
empleado en todas sus partes se halla como fluctuante sintiendo un no sé qué
de incertidumbre de que apenas acierta a darse cuenta a sí propio?
¿Quién no ha experimentado que a veces después de
dilatados raciocinios al divisar la verdad se halla uno como si hubiera
descubierto la luz del día pero después de haber andado largo trecho a oscuras
por un camino cubierto?
Fijando entonces vivamente la atención sobre
aquellos pensamientos que divagan por la mente como exhalaciones momentáneas
sobre aquellos movimientos casi imperceptibles que en tales casos nacen y
mueren de continuo en nuestra alma se nota que el entendimiento en medio de sus
fluctuaciones extiende la mano sin advertirlo al áncora que le ofrece la
autoridad ajena y que para asegurarse hace desfilar delante de sus ojos las
sombras de algunos matemáticos ilustres; y el corazón cómo que se alegra de que
aquello esté ya enteramente fuera de duda por haberlo visto de una misma manera
una serie de hombres grandes.
¿Y qué? ¿Se sublevará tal vez la ignorancia y el
orgullo contra semejantes reflexiones? Estudiad esas ciencias o cuando menos
leed su historia y os convenceréis de que también se encuentran en ellas
abundantes pruebas de la debilidad del entendimiento del hombre.
La portentosa invención de Newton y Leibnitz ¿no
encontró en Europa numerosos adversarios? ¿No necesitó para solidarse bien el
que pasara algún tiempo y que la piedra de toque de las aplicaciones viniese a
manifestar la verdad de los principios y la exactitud de los raciocinios?
¿Y creéis por ventura que si ahora se presentara de
nuevo esa invención en el campo de las ciencias hasta suponiéndola pertrechada
de todas las pruebas con que se la ha robustecido y rodeada de aquella luz con
que la han bañado tantas aclaraciones creéis por ventura repito que no
necesitaría también de algún tiempo para que afirmada digámoslo así con el
derecho de prescripción alcanzase en sus dominios la tranquilidad y sosiego de
que actualmente disfruta?
Bien se deja sospechar que no les ha de caber a las
demás ciencias escasa parte de esa incertidumbre que trae su origen de la misma
flaqueza del espíritu humano; y como quiera que en cuanto a ellas apenas me
parece posible que haya quien trate de contradecirlo pasaré a presentar algunas
consideraciones sobre el carácter peculiar de las ciencias morales.
Tal vez no se ha reparado bastante que no hay
estudio más engañoso que el de las verdades morales; y le llamo engañoso porque
brindando al investigador con una facilidad aparente le empeña en pasos en que
apenas se encuentra salida.
Son como aquellas aguas tranquilas que manifiestan
poca profundidad un fondo falso pero que encierran un insondable abismo.
Familiarizados nosotros con su lenguaje desde la más
tierna infancia viendo en rededor nuestro sus continuas aplicaciones sintiendo
que se nos presentan como de bulto y hallándonos con cierta facilidad de hablar
de repente sobre muchos de sus puntos nos persuadimos con ligereza de que
tampoco nos ha de ser difícil un estudio profundo de sus más altos principios y
de sus relaciones más delicadas; y ¡cosa admirable! apenas salimos de la esfera
del sentido común apenas tratamos de desviarnos de aquellas expresiones
sencillas las mismas que balbucientes pronunciábamos en el regazo de nuestra
madre nos hallamos en el más confuso laberinto.
Entonces si el entendimiento se abandona a sus cavilaciones
si no escucha la voz del corazón que la habla con tanta sencillez como elocuencia
si no templa aquella fogosidad que le comunica en orgullo si con loco
desvanecimiento no atiende a lo que le prescribe el cuerdo buen sentido llega
hasta el exceso de despreciar el depósito de aquellas tan saludables como necesarias
verdades que conserva la sociedad para irlas trasmitiendo de generación en
generación; y marchando solo a tientas en medio de las densas tinieblas acaba
por derrumbarse en aquellos precipicios de extravagancias y delirios de que la
historia de las ciencias nos ofrece tan repetidos y lamentables ejemplos.
Si bien se observa se nota una cosa semejante en
todas las ciencias; porque el Criador ha querido que no nos faltaran aquellos
conocimientos que nos eran necesarios para el uso de la vida y para llegar a
nuestro destino; pero no ha querido complacer nuestra curiosidad descubriéndonos
verdades que para nada nos eran necesarias. Sin embargo en algunas materias ha
comunicado al entendimiento cierta facilidad que le hace capaz de enriquecer de
continuo sus dominios;
68 pero en orden a las verdades morales le
ha dejado en una esterilidad completa: lo que necesitaba saber o se lo ha
grabado con caracteres muy sencillos e inteligibles en el fondo de su corazón o
se lo ha consignado de un modo muy expreso y terminante en el sagrado Texto
mostrándole una regla fija en la autoridad de
Algunos ideólogos modernos reclamarán tal vez contra
reflexiones semejantes y mostrarán en contra de esta aserción al fruto de sus
trabajos analíticos. "Cuando no se
había descendido al análisis de los hechos dirán ellos cuando se divagaba entre
sistemas aéreos y se recibían palabras sin examen ni discernimiento entonces
pudiera ser verdad todo esto; pero ahora cuando las ideas de bien y mal moral
las hemos aclarado nosotros tan completamente que hemos deslindado lo que había
en ellas de preocupación y de filosofía que hemos asentado todo el sistema de
moral sobre principios tan sencillos como son el placer y el dolor que hemos
dado en estas materias ideas tan claras como son las varias sensaciones que nos causa una naranja; ahora decir todo
esto es ser ingrato con las ciencias es desconocer el fruto de nuestros
sudores".
Ni me son
desconocidos los trabajos de algunos nuevos ideólogo-moralistas ni la engañosa
sencillez con que desenvuelven sus teorías dando a las más difíciles materias
un aspecto de facilidad y llaneza que al parecer debe de estar todo al alcance
de las inteligencias más limitadas: no es éste el lugar a propósito para
examinar esas teorías esas investigaciones analíticas; observaré no obstante
que a pesar de tanta sencillez no parece que vaya en pos de
ellos ni la sociedad ni la ciencia; y que sus opiniones sin embargo de
ser recientes son ya viejas.
Y no es extraño: porque fácilmente había de ocurrir
que a pesar de su positivismo si puedo valerme de esta palabra son tan
hipotéticos esos ideólogos como muchos de los antecesores a quienes ellos
motejan y desprecian. Escuela pequeña y de espíritu limitado que sin estar en posesión
de la verdad no tiene siquiera aquella belleza con que hermosean a otras los
brillantes sueños de grandes hombres: escuela orgullosa y alucinada que cree
profundizar un hecho cuando le oscurece y afianzarle sólo porque le asevera; y
que en tratándose de relaciones morales se figura que analiza el corazón sólo
porque le descompone y diseca.
Si tal es nuestro entendimiento si tanta
es su flaqueza con respecto a todas las ciencias si tanta es su esterilidad en
los conocimientos morales que no ha podido adelantar un ápice sobre lo que le
ha enseñado bondadosa Providencia ¿qué beneficio ha hecho el Protestantismo a
las sociedades modernas quebrantando la fuerza de la autoridad única capaz de
poner un dique a lamentables extravíos? [ix] VER NOTA 9
Indiferencia y fanatismo: dos extremos opuestos acarreados a
RECHAZADA por el
Protestantismo la autoridad de
Extraño parecerá quizás enlace semejante y que extravíos tan opuestos
puedan dimanar de un mismo origen y sin embargo nada hay más cierto; viniendo
en esta parte los ejemplos de la historia a confirmar las lecciones de la
filosofía. Apelando el Protestantismo al solo hombre en las materias religiosas
no le quedaban sino dos medios de hacerlo: o suponerle inspirado del cielo el
descubrimiento de la verdad o sujetar todas las verdades religiosas al examen
de la razón: es decir o la inspiración o la filosofía.
El someter las verdades
religiosas al fallo de la razón debía acarrear tarde o temprano la indiferencia
así como la inspiración particular o el espíritu privado había de engendrar el
fanatismo.
Hay
en la historia del espíritu humano un hecho universal y constante y es su vehemente
inclinación a imaginar sistemas que prescindiendo completamente de la realidad
de las cosas ofrezcan tan sólo la obra de un ingenio que se ha propuesto
apartarse del camino común y abandonarse libremente al impulso de sus propias
inspiraciones.
La
historia de la filosofía apenas presenta otros cuadros que la repetición perenne de este fenómeno; y en
cuanto cabe en las otras materias no ha dejado de reproducirse bajo una u otra
forma.-
Concebida una idea singular mírala el entendimiento
con aquella predilección exclusiva y ciega con que suele un padre distinguir a
sus hijos; y desenvolviéndola con esta preocupación amolda en ella todos los
hechos y le ajusta todas las reflexiones. Lo que en un principio no era más que
un pensamiento ingenioso y extravagante pasa luego a ser un germen del cual
nacen vastos cuerpos de doctrina; y si es ardiente la cabeza donde ha brotado
ese pensamiento si está señoreada por un corazón lleno de fuego el calor provoca
la fermentación y ésta el fanatismo propagador de todos los delirios.
Se acrecienta singularmente el peligro cuando el
nuevo sistema versa sobre materias religiosas o se roza con ellas por relaciones
muy inmediatas; entonces las extravagancias del espíritu alucinado se
transforman en inspiraciones del cielo la fermentación del delirio en una llama
divina la manía de singularizarse en vocación extraordinaria.
El orgullo no pudiendo sufrir oposición se desboca
furioso contra todo lo que encuentra establecido; e insultando la autoridad
atacando todas las instituciones y despreciando las personas disfraza la más
grosera violencia con el manto del celo y encubre la ambición con el nombre del
apostolado.
Más alucinado a veces que seductor el miserable
maniático llega quizás a persuadirse profundamente de que son verdaderas sus
doctrinas y de que ha oído la palabra del cielo; y presentando en el fogoso
lenguaje de la demencia algo de singular y extraordinario trasmite a sus
oyentes una parte de su locura adquiere en breve un considerable número de
prosélitos.
No son a la verdad muchos los capaces de representar
el primer papel en esa escena de locura pero desgraciadamente los hombres son
demasiado insensatos para dejarse arrastrar por el primero que se arroje
atrevido a acometer la empresa; pues que la historia y la experiencia harto nos
tienen enseñado que para fascinar un gran número de hombres basta una palabra y
que para formar un partido por malvado por extravagante por ridículo que sea no
se necesita más que levantar una bandera.
Ahora que se ofrece la oportunidad quiero dejar
consignado aquí un hecho que no sé que nadie le haya observado: y es que
En las fuertes y
dilatadas luchas que contra él ha sostenido ha logrado poner de manifiesto su
incurable locura ha desenvuelto todos sus pliegues y le ha mostrado en todas
sus fases; recogiendo en la historia de las herejías un riquísimo caudal de
hechos un cuadro muy interesante donde se halla retratado el espíritu humano en
sus verdaderas dimensiones en su fisonomía característica en su propio
colorido: cuadro de que se aprovechará sin duda el genio a quien esté reservada
la grande obra que está todavía por hacer: la verdadera historia del espíritu humano [x] VER NOTA 10
Tocante a
extravagancias y delirios del fanatismo por cierto que no está nada escasa la
historia de Europa de tres siglos a esta parte: monumentos quedan todavía
existentes y por dondequiera que dirijamos nuestros pasos encontraremos que
las sectas fanáticas nacidas en el seno del Protestantismo y originadas de su
principio fundamental han dejado impresa una huella de sangre: Nada
pudieron contra el torrente devastador ni la violencia de carácter de Lutero ni
los furibundos esfuerzos con que se oponía a cuantos enseñaban doctrinas
diferentes de las suyas: a unas impiedades sucedieron presto otras impiedades;
a unas extravagancias otras extravagancias; a un fanatismo otro fanatismo;
quedando luego la falsa reforma fraccionada en tantas sectas todas a cual más
violentas cuantas fueron las cabezas que a la triste fecundidad de engendrar un
sistema reunieron un carácter bastante resuelto para enarbolar una bandera.
Ni era posible que de otro modo sucediese; porque
cabalmente a más del riesgo que traía consigo el dejar solo al espíritu humano
encarado con todas las cuestiones religiosas había una circunstancia que debía
acarrear resultados funestísimos: hablo de la interpretación de los libros santos
encomendada al espíritu privado.
Se manifestó entonces con toda evidencia que el
mayor abuso es el que se hace de lo mejor; y que ese libro inefable donde se halla
derramada tanta luz para el entendimiento tantos consuelos para el corazón es
altamente dañoso al espíritu soberbio que a la terca resolución de resistir a
toda autoridad en materias de fe añada la ilusoria persuasión de que
No cabe mayor desacierto que el cometido por los
corifeos del Protestantismo al poner
Bien es verdad que no quedaba otro medio al Protestantismo
y que todos los obstáculos que oponía a la entera libertad en la interpretación
del sagrado Texto eran para él una inconsecuencia chocante una apostasía de sus
propios principios un desconocimiento de su origen; pero esto mismo es su más
terminante condenación: porque ¿cuáles son los títulos ni de verdad ni de santidad
que podrá presentarnos una religión que en su principio fundamental envuelve el
germen de las sectas más fanáticas y más dañosas a la sociedad?
Difícil fuera reunir en breve espacio tantos hechos
tantas reflexiones tan convincentes pruebas en contra de ese error capital del
Protestantismo como ha reunido un mismo protestante.
Es OCallaghan y no dudo que el lector me quedará
agradecido de que transcriba aquí sus palabras; dice así: "Llevados los
primeros reformadores de su espíritu de oposición a
Impacientes por minar la base de la jurisdicción
papal sostuvieron sin limitación alguna que cada individuo tiene indisputable
derecho a interpretar
"El juicio privado de Muncer descubrió en
El juicio privado
creyó también haber descubierto en
Pero si la criminal locura de los paisanos extranjeros
aflige a los amigos de la humanidad y de una piedad razonable por cierto que no
es a propósito para consolarlos la historia de Inglaterra durante un largo
espacio del siglo XVII. En ese período de tiempo se levantó una gran muchedumbre
de fanáticos ora juntos ora unos en pos de otros embriagados de doctrinas
extravagantes y de pasiones dañinas desde el feroz delirio de Fox hasta la metódica
locura de Barclay desde el formidable fanatismo de Cromwell hasta la necia
impiedad de Praise-God-Barebones. La piedad la razón y el buen sentido
parecían desterrados del mundo y se habían puesto en su lugar una extravagante
algarabía, un frenesí religioso un celo insensato: todos citaban
Se sostenía
con mucho rigor que era conveniente abolir el sacerdocio y la dignidad real;
pues que los sacerdotes eran los servidores de Satanás y los reyes eran los
delegados de
A la sazón estaba en su mayor auge el entusiasmo por
la oración la predicación y la lectura de los Libros Santos; todos oraban todos
predicaban todos leían pero nadie escuchaba. Las mayores atrocidades se las
justificaba por
Estos hechos
históricos han asombrado con frecuencia a los hombres de bien y consternado a
las almas piadosas; pero demasiado embebido el lector en sus propios
sentimientos olvida la lección encerrada en esta terrible experiencia a saber:
que
"La masa del linaje HUMANO
ha de contentarse con recibir de otro sus instrucciones y no le es
dado acercarse a los manantiales de la ciencia. Las verdades mas importantes en
medicina en jurisprudencia en física en matemáticas ha de recibirlas de
aquéllos que las beben en los primeros manantiales; y por lo que toca al
cristianismo en general se ha constantemente seguido el mismo método y siempre
que se le ha dejado hasta cierto punto la sociedad se ha conmovido
hasta sus cimientos".
No necesitan comentarios esas
palabras de OCallaghan: y por cierto que no se las podrá tachar ni de hiperbólicas
ni de declamatorias no siendo más que una sencilla y verídica narración de
hechos harto sabidos.
El solo recuerdo de ellos
debería ser bastante para convencer de los peligros que consigo trae el poner
Cuando el Protestantismo no
hubiera cometido otro yerro que éste bastaría ya para que se reprobase se condenase
a sí propio pues que no hace otra cosa una religión que asienta un principio
que la disuelve a ella misma.
Para apreciar en esta parte el
desatiento con que procede el Protestantismo y la posición falsa y arriesgada
en que se ha colocado con respecto al espíritu humano no es necesario ser teólogo
ni católico; basta haber leído
Un
libro que encerrando en breve cuadro el extenso espacio de cuatro mil años y
adelantándose hasta las profundidades del más lejano porvenir comprende el
origen y destinos del hombre y del universo; un libro que tejiendo la historia
particular de un pueblo escogido abarca en sus narraciones y profecías las
revoluciones de los grandes imperios; un libro en que los magníficos retratos
donde se presentan la pujanza y el lujoso esplendor de los monarcas de Oriente
se encuentran al lado de la fácil pincelada que nos describe la sencillez de
las costumbres domésticas o el candor e inocencia de un pueblo en la infancia.
Un
libro donde narra el historiador vierte tranquilamente el sabio sus sentencias
predica el apóstol enseña y disputa el doctor; un libro donde un profeta
señoreado por el espíritu divino truena contra la corrupción y extravío de un
pueblo anuncia las terribles venganzas del Dios de Sinaí, llora inconsolable el
cautiverio de sus hermanos y la devastación y soledad de su patria cuenta en
lenguaje peregrino sublime los magníficos espectáculos que se desplegaron a sus
ojos en momentos de arrobo en que al través de velos sombríos de figuras
misteriosas de emblemas oscuros de apariciones enigmáticas viera desfilar ante
su vista los grandes sucesos de la sociedad y las catástrofes de la naturaleza;
Un
libro o más bien un conjunto de libros donde reinan todos los estilos y campean
los más variados tonos donde se hallan derramadas y entremezcladas la majestad
épica y la sencillez pastoril el fuego lírico y la templanza didáctica la
marcha grave y sosegada de la narración histórica y la rapidez y viveza del
drama; un conjunto de libros escritos en diferentes épocas y países en varias
lenguas en circunstancias las más singulares y extraordinarias ¿cómo podrá
menos de trastocar la cabeza orgullosa que recorre a tientas sus páginas
ignorando los climas los tiempos las leyes los usos y costumbres; abrumada de
alusiones que la confunden de imágenes que la sorprenden cíe idiotismos que la
oscurecen oyendo hablar en idioma moderno al hebreo o al griego que escribieron
allá en siglos muy remotos?
¿Qué
efectos ha de producir ese conjunto de circunstancias creyendo el lector que
INJUSTICIA fuera tachar una religión de falsa sólo porque en su
seno hubieran aparecido fanáticos: esto equivaldría a desecharlas todas; pues que
no sería dable encontrar una que estuviese exenta de semejante plaga.
No está el mal en que se presenten fanáticos en
medio de una religión sino en que ella los forme en que los incite al fanatismo
o les abra para él anchurosa puerta. Si bien se mira en el fondo del corazón
humano hay un germen abundante de fanatismo y la historia del hombre nos
ofrece de ello tan abundantes pruebas que apenas se encontrará hecho que deba
ser reconocido como más indudable.
Fingid una ilusión cualquiera contad la visión más
extravagante forjad el sistema más desvariado; pero tened cuidado de bañarlo
todo con un tinte religioso y estad seguros de que no os faltarán prosélitos
entusiastas que tomarán a pecho el sostener vuestros dogmas el propagarlos y
que se entregarán a vuestra causa con una mente ciega y un corazón de fuego; es
decir tendréis bajo vuestra bandera una porción de fanáticos.
Algunos filósofos han gastado largas páginas en
declamar contra el fanatismo y como que se han empeñado en desterrarle del
mundo ora dando a los hombres empalagosas lecciones filosóficas ora empleando
contra el monstruo toda la fuerza de una oratoria fulminante. Bien es
verdad que a la palabra fanatismo le han señalado una extensión
tan lata que han comprendido bajo esta denominación toda clase de religiones;
pero yo creo sin embargo que aun cuando se hubieran ceñido a combatir el
verdadero fanatismo habrían hecho harto mejor si no fatigándose tanto hubiesen
gastado algún tiempo en examinar esta materia con espíritu analítico tratándola
después de atento examen sin preocupación con madurez y templanza.
Por lo mismo que veían que éste era un achaque del
espíritu humano escasas esperanzas podían tener si es que fueran filósofos
cuerdos y sesudos de que con razones y elocuencia alcanzaran a desterrar del
mundo al malhadado monstruo; pues que hasta ahora no sé yo
que la filosofía haya sido parte a remediar ninguna de aquellas graves
enfermedades que son como el patrimonio del humano linaje.
77 Entre tantos
yerros como ha tenido la filosofía del siglo XVIII ha sido uno de los más capitales
la manía de los tipos: de la naturaleza del hombre de la sociedad de todo se ha
imaginado un tipo allá en su mente; todo ha debido acomodarse a aquel tipo y
cuanto no ha podido doblegarse para ajustarse al molde todo ha sufrido tal
descarga filosófica que al menos no ha quedado impune por su poca flexibilidad.
¿Pues qué? ¿Podrá negarse que haya fanatismo en el
mundo? Y mucho. ¿Podrá negarse que sea un mal? Y muy grave. ¿Cómo se podrá extirpar?
De ninguna manera. ¿Cómo se podrá disminuir su extensión atenuar su fuerza
refrenar su violencia? Dirigiendo bien al hombre. Entonces ¿no será con la
filosofía? Ahora lo veremos.
¿Cuál es el origen del fanatismo? Antes es necesario
fijar el verdadero sentido de esta palabra. Se entiende por fanatismo tomado en su
acepción más lata una viva exaltación del ánimo fuertemente señoreado por
alguna opinión o falsa o exagerada. Si la opinión es verdadera encerrada en sus
justos límites entonces no cabe el fanatismo; y si alguna vez lo hubiere será
con respecto a los medios que se emplean en defenderla; pero entonces ya
existirá también un juicio errado en cuanto se cree que la opinión verdadera
autoriza para aquellos medios; es decir que habrá error a exageración.
Pero si la opinión fuere verdadera los medios de
defenderla legítimos y la ocasión oportuna entonces no hay fanatismo por grande
que sea la exaltación del ánimo por viva que sea su efervescencia por vigorosos
que sean los esfuerzos que se hagan por costosos que sean los sacrificios que
se arrostren; entonces habrá entusiasmo en el ánimo y heroísmo en la acción
pero fanatismo no; de otra manera los héroes de todos tiempos y países
quedarían afeados con la mancha de fanáticos.
Tomado el fanatismo con toda esta generalidad se
extiende a cuantos objetos ocupan al espíritu humano; y así hay fanáticos en
religión en política y hasta en ciencias y literatura; no obstante el
significado más propio de la palabra fanatismo no sólo atendiendo a su valor
etimológico sino también usual es cuando se aplica a materias religiosas; y por
esta causa el solo nombre de fanático sin ninguna añadidura expresa
un fanático en religión; cuando al contrario si se le aplica con respecto a
otras materias debe andar acompañado con el apuesto que las califiquen así se dice:
fanáticos políticos fanáticos en literatura y otras expresiones por este tenor.
78 No cabe duda que en tratándose de materias
religiosas tiene el hombre una propensión muy notable a dejarse dominar de una
idea a exaltarse de ánimo en favor de ella a trasmitirla a cuantos le rodean a
propagarla luego por todas partes llegando con frecuencia a empeñarse en
comunicarla a los otros aunque sea con las mayores violencias.
Hasta cierto punto se verifica también el mismo
hecho en las materias no religiosas; pero es innegable que en las religiosas adquiere
el fenómeno un carácter que le distingue de cuanto acontece en esfera
diferente. En cosas de religión adquiere el alma del hombre una nueva fuerza
una energía terrible una expansión sin límites: para él no hay dificultades no
hay obstáculos no hay embarazos de ninguna clase: los intereses materiales
desaparecen enteramente los mayores padecimientos se hacen lisonjeros los
tormentos son nada la muerte misma es una ilusión agradable.
El hecho es vario según lo es la persona en quien se
verifica según lo son las ideas y costumbres del pueblo en medio del cual se
realiza; pero en el fondo es el mismo: y examinada la cosa en su raíz se halla
que tienen un mismo origen las violencias de los sectarios de Mahoma que las extravagancias
de los discípulos de Fox.
Acontece en esta pasión lo propio que en las demás
que si producen los mayores males es sólo porque se extravían de su objeto
legítimo o se dirigen a él por medios que no están de acuerdo con lo que dictan
la razón y la prudencia: pues que bien observado el fanatismo no es más que el sentimiento religioso extraviado; sentimiento
que el hombre lleva consigo desde la cuna hasta el sepulcro y que se encuentra
como esparcido por la sociedad en todos los períodos de su existencia.
Hasta ahora ha sido siempre vano el empeño de hacer
irreligioso al hombre: uno que otro individuo se ha entregado a los desvaríos
de una irreligión completa pero el linaje humano protesta sin cesar contra ese
individuo que ahoga en su corazón el sentimiento religioso. Como este sentimiento
es tan fuerte tan vivo tan poderoso a ejercer sobre el hombre una influencia
sin límites apenas se aparta de su objeto legítimo apenas se desvía del sendero
debido cuando ya produce resultados funestos: pues que se combinan desde luego
dos causas muy a propósito para los mayores desastres como son: absoluta ceguera del entendimiento y una irresistible
energía en la voluntad.
Cuando se ha declamado
contra el fanatismo buena parte de los protestantes y filósofos no se han
olvidado de prodigar ese apodo a
Sin duda que
Esos extravíos de la mente esos sueños de delirio
que nutridos y avivados con el tiempo arrastran al hombre a las mayores extravagancias
y hasta a los más horrorosos crímenes se apagan por lo común en su mismo origen
cuando existe en el fondo del alma el saludable convencimiento de la propia
debilidad y el respeto y sumisión a una autoridad infalible: y a que a veces no
se logre sofocar el delirio en su nacimiento se queda al menos aislado circunscrito
a una porción de hechos más o menos verosímiles pero dejando intacto el
depósito de la verdadera doctrina y sin quebrantar aquellos lazos que unen y
estrechan a todos los fieles como miembros de un mismo cuerpo.
¿Se trata de revelaciones de visiones de profecías
de éxtasis? Mientras todo esto tenga un carácter privado y no se extienda a
las verdades de fe
Pero si toman las cosas un carácter más grave, si el
visionario entra en explicaciones sobre algunos puntos de doctrina, veréis
desde luego que se despierta el espíritu de vigilancia:
Si ésta no escucha si no quiere seguir más que sus
caprichos entonces la separa del rebaño la declara como lobo y de allí en
adelante el error y el fanatismo ya no se hallan en ninguno que desee
perseverar en el seno de
Por cierto que no dejarán los protestantes de echar
en cara a los católicos la muchedumbre de visionarios que ha tenido
"Los solos fundadores de las
órdenes religiosas dirán ellos ¿no ofrecen acaso el espectáculo de una serie
de fanáticos que alucinados ellos mismos ejercían sobre los demás con su
palabra y ejemplo la influencia más fascinadora que jamás se haya visto?"
Como no es éste el lugar de tratar por extenso el
punto de las comunidades religiosas cosa que me propongo hacer en otra parte
de esta obra me contentaré con observar que aun dando por supuesto que todas
las visiones y revelaciones de nuestros santos y las inspiraciones del cielo
con que se creían favorecidos los fundadores de las órdenes religiosas no
pasaran de pura ilusión nada tendrían adelantado los adversarios para achacar
a
Por de pronto ya se echa de ver que en lo tocante a
visiones de un particular mientras se circunscriban a la esfera individual
podrá haber allí ilusión y si se quiere fanatismo; pero no será el fanatismo
dañoso a nadie y nunca alcanzará a acarrear trastornos a la sociedad. Que una
pobre mujer se crea favorecida con particulares beneficios del cielo; que se
figure oír con frecuencia la palabra de
Y los fundadores de las órdenes religiosas ¿qué
muestras nos dan de fanatismo? Aun cuando prescindiéramos del profundo respeto
que se merecen sus virtudes y de la gratitud con que debe corresponderles la
humanidad por los beneficios inestimables que le han dispensado; aun cuando
diéramos por supuesto que se engañaron en todas sus inspiraciones podríamos
apellidarlos ilusos mas no fanáticos.
En efecto: nada encontramos en ellos ni de frenesí
ni de violencia; son hombres que desconfían de sí mismos que a pesar de creerse
llamados por el cielo para algún grande objeto no se atreven a poner manos a la
obra sin haberse postrado antes a los pies del Sumo Pontífice sometiendo a su
juicio las reglas en que pensaban cimentar la nueva orden pidiéndole sus luces
sujetándose dócilmente a su fallo y no realizando nada sin haber obtenido su
licencia.
¿Qué
semejanza hay pues de los fundadores de las órdenes religiosas con esos fanáticos
que arrastran en pos de sí una muchedumbre de furibundos que matan destruyen
por todas partes dejando por doquiera regueros de sangre y de ceniza?
En los fundadores de las órdenes religiosas vemos a
un hombre que dominado fuertemente por una idea se empeña en llevarla a cabo
aun a costa de los mayores sacrificios; pero vemos siempre una idea fija desenvuelta
en un plan ordenado teniendo a la vista algún objeto altamente religioso y
social; y sobre todo vemos ese plan sometido al juicio de una autoridad
examinado con madura discusión y enmendado o retocado según parece más conforme
a la prudencia.
Para un filósofo imparcial sean cuales fueren sus
opiniones religiosas podrá haber en todo esto más o menos ilusión más o menos
preocupación más o menos prudencia y acierto; pero fanatismo no de ninguna
manera porque nada hay aquí que presente semejante carácter VER
NOTA 12
[xii]
La incredulidad y la indiferencia religiosa acarreadas a
EL FANATISMO de secta nutrido y avivado en Europa por la inspiración
privada del Protestantismo es ciertamente una llaga muy profunda y de mucha
gravedad; pero no tiene sin embargo un carácter tan maligno y alarmante como la
incredulidad y la indiferencia religiosa: males funestos que las sociedades
modernas tienen que agradecer en buena parte a la pretendida reforma. Radicados
en el mismo principio que es la base del Protestantismo ocasionados y provocados
por el escándalo de tantas y tan extravagantes sectas que se apellidan
cristianas empezaron a manifestarse con síntomas de gravedad ya en el mismo
siglo XVI. Andando el tiempo llegaron a extenderse de un modo terrible
filtrándose en todos los ramos científicos y literarios comunicando su expresión
y sabor a los idiomas y poniendo en
peligro todas las conquistas que en pro de la civilización y cultura había
hecho por espacio de muchos siglos el linaje humano.
En el mismo siglo XVI en el mismo calor de las
disputas y guerras religiosas encendidas por el Protestantismo cundía la incredulidad
de un modo alarmante; y es probable que sería más común de lo que aparentaba
pues que no era fácil quitarse de repente la máscara cuando poco antes estaban
tan profundamente arraigadas las creencias religiosas. Es muy
verosímil que andaría disfrazada la incredulidad con el manto de la reforma; y
que ora alistándose bajo la bandera de una secta ora pasando a la de otra
trataría de enflaquecerlas a todas para levantar su trono sobre la ruina
universal de las creencias.
No es necesario ser muy lógico para pasar del Protestantismo
al Deísmo; y de éste al Ateísmo no hay más que un paso; y es imposible que al
tiempo de la aparición de los nuevos errores no hubiese muchos hombres
reflexivos que desenvolviesen el sistema hasta sus últimas consecuencias.
La religión cristiana tal como la conciben los
protestantes es una especie de sistema filosófico más o menos razonable; pues
que examinada a fondo pierde el carácter de divina; y en tal caso ¿cómo podrá
señorear un ánimo que a la reflexión y a las meditaciones reúna espíritu de independencia?
Y a decir verdad una sola ojeada sobre el comienzo
del Protestantismo debía de arrojar hasta el escepticismo religioso a todos los
hombres que no siendo fanáticos no estaban por otra parte aferrados con el
áncora de la autoridad de
Esto es lo que dictaba al padre del célebre Montaigne el
simple buen sentido pues aunque sólo alcanzó los primeros principios de
83 Por aquellos
tiempos era menester andar con cuidado en manifestarse ateo o indiferente aun
entre los mismos protestantes; pero aun cuando sea fácil sospechar que no todos
los incrédulos tendrían el atrevimiento de Gruet por cierto que no ha de costar
trabajo el dar crédito al célebre toledano Chacón cuando al empezar el último
tercio del siglo XVI decía que "la herejía de los ateístas de los que nada creen andaba muy válida en
Francia y en otras partes".
Seguían ocupando la atención de todos los sabios de
Europa las controversias religiosas y entretanto la gangrena de la incredulidad
avanzaba de un modo espantoso; por manera que al promediar el siglo XVII se
conoce que el mal se presentaba bajo un aspecto alarmante. ¿Quién no ha leído
con asombro los profundos pensamientos de Pascal sobre la indiferencia en
materias de Religión? ¿Quién no ha percibido en ellos aquel acento conmovido
que nace de la viva impresión causada en el ánimo por la presencia de un mal
terrible?
Se conoce que a la sazón estaban ya muy adelantadas
las cosas y que la incredulidad se hallaba muy cercana a poder presentarse como
una escuela que se colocara al lado de las demás que se disputaban la
preferencia en Europa. Con más o menos disfraz ya se había presentado desde
mucho tiempo en el Socinianismo; pero esto no era bastante porque el
Socinianismo llevaba al menos el nombre de una secta religiosa y la irreligión
empezaba a sentirse demasiado fuerte para que no pudiera apellidarse ya con su
propio nombre.
El último tercio del siglo XVII nos presenta una
crisis muy notable con respecto a la religión: crisis que tal vez no ha sido
bien reparada pero que se dió a conocer por hechos muy palpables. Esta crisis
fue un cansancio de las disputas religiosas marcada en dos tendencias diametralmente
opuestas y sin embargo muy naturales: la una hacia el Catolicismo la otra hacia el Ateísmo.
Bien sabido es cuánto se había disputado hasta
aquella época sobre la religión: las controversias religiosas eran el gusto
dominante bastando decir que no formaban solamente la ocupación favorita de
los eclesiásticos así católicos como protestantes sino también de los sabios seculares
habiendo penetrado esa afición hasta en los palacios de los príncipes y reyes.
Tanta controversia debía naturalmente descubrir el
vicio radical del Protestantismo; y no pudiendo mantenerse firme el entendimiento
en un terreno tan resbaladiza había de esforzarse en salir de él o bien
llamando en su apoyo el principio de la autoridad o bien abandonándose al
ateísmo o a una completa indiferencia.
84 Estas dos tendencias se hicieron sentir de una
manera nada equívoca; y así es que mientras Bayle creía
Conocidas son de todos los eruditos las
contestaciones que mediaron entre el luterano Molano abate de Lockum y Cristóbal
obispo de Tyna y después de Neustad y para que no faltase un monumento del
carácter grave que habían tomado las negociaciones se conserva aún la correspondencia
motivada por este asunto entre dos hombres de los más insignes que se contaban
en Europa en ambas comuniones: Bossuet y Leibnitz.
No había llegado aún el feliz momento y consideraciones
políticas que debieran desaparecer a la vista de tamaños intereses ejercieron maligna
influencia sobre la grande alma de Leibnitz para que no conservara en el curso
de la discusión y de las negociaciones aquella sinceridad y buena fe y aquella
elevación de miras con que el parecer había comenzado.
Aunque no surtiese buen efecto la negociación el
solo haberse entablado indica ya bastante que era muy grande el vacío
descubierto en el Protestantismo cuando los dos hombres más célebres de su
comunión Molano y Leibnitz se atrevían ya a dar pasos tan adelantados y sin duda
debían de ver en la sociedad que los rodeaba abundantes disposiciones para la
reunión al gremio de
Alléguese a todo esto la declaración de la
universidad luterana de Helmstad en favor de la religión católica y las nuevas
tentativas hechas a favor de la reunión por un príncipe protestante que se
dirigió al Papa Clemente XI y tendremos vehementes indicios de que
Pero el Eterno en la altura de sus designios lo
tenía destinado de otra manera; y permitiendo que la corriente de los espíritus
tomase la dirección más extraviada y perversa quiso castigar al hombre con el
fruto de su orgullo.
No fue la
propensión a la unidad la que dominó en el siglo inmediato sino el gusto por una
filosofía escéptica indiferente con respecto a todas las religiones pero muy
enemiga en particular de la católica.
Cabalmente a la sazón se combinaban influencias muy
funestas para que la tendencia hacia la unidad pudiese alcanzar su objeto; eran
ya innumerables las fracciones en que se habían dividido y subdividido las
sectas protestantes; y esto si bien es verdad que debilitaba al Protestantismo
sin embargo estando él como estaba difundido por la mayor parte de Europa
había inoculado el germen de la duda religiosa en la sociedad europea; y como
no quedaba ya verdad que no hubiera sufrido ataques ni cabía imaginar error ni
desvarío que no tuviera sus apóstoles y prosélitos era muy peligroso que
cundiera en los ánimos aquel cansancio y desaliento que viene siempre en pos
de los grandes esfuerzos hechos inútilmente para la consecución de un objeto y
aquel fastidio que se engendra con interminables disputas y chocantes
escándalos.
Para colmo de infortunio para llevar al más alto
punto el cansancio y fastidio sobrevino una nueva desgracia que produjo los
más funestos resultados. Combatían con gran denuedo y con notable ventaja los
adalides del Catolicismo contra las innovaciones religiosas de los protestantes;
las lenguas la historia la crítica la filosofía todo cuanto tiene de más
precioso de más rico y brillante el humano saber todo se había desplegado con
el mayor aparato en esa gran palestra; y los grandes hombres que por doquiera
se veían figurar en los puestos más avanzados de los defensores de
Protestando siempre la sumisión y la obediencia pero
sin someterse ni obedecer jamás; resistiendo siempre a la autoridad de
86 Luchaban empero de vez en
cuando con los enemigos declarados de
Faltaba ese nuevo escándalo para
que acabasen de extraviarse los ánimos y para que la gangrena fatal que iba
cundiendo por la sociedad europea se desarrollase con la mayor rapidez
presentando los síntomas más terribles y alarmantes.
Tanto disputar sobre la religión
tanta muchedumbre y variedad de sectas tanta animosidad entre los adversarios
que figuraban en la arena debieron por fin disgustar de la religión misma a
aquéllos que no estaban aferrados en el áncora de la autoridad; y para que la
indiferencia pudiera erigirse en sistema el ateísmo en dogma y la impiedad en
moda sólo faltaba un hombre bastante laborioso para recoger reunir y presentar
en cuerpo los infinitos materiales que andaban dispersos en tantas obras; que
supiera bañarlos con un tinte filosófico acomodado al gusto que empezaba a
cundir entonces comunicando al sofisma y a la declamación aquella fisonomía
seductora aquel giro engañoso aquel brillo deslumbrador que aun en medio de los
mayores extravíos se encuentran siempre en las producciones del genio.
Este
hombre se presentó: era Bayle;
y el ruido que metió en el mundo
su célebre Diccionario y el curso que tuvo desde luego manifestaron bien a
las claras que el autor había sabido comprender toda la oportunidad del
momento.
El Diccionario de Bayle es una de aquellas obras que aun prescindiendo de
su mayor o menor mérito científico y literario forman no obstante mas notable
época; porque se recoge en ellas el fruto de lo pasado y se desenvuelven con
toda claridad los pliegues de un extenso porvenir. En tales casos no figura el
autor tanto por su mérito como por haberse sabido colocar en el verdadero
puesto para ser el representante de ideas que de antemano estaban ya muy
esparcidas en la sociedad por más que anduvieran fluctuantes sin dirección fija
como marchando al acaso.
El solo nombre del autor
recuerda entonces una vasta historia porque él es la personificación de ella. La publicación de la obra de Bayle puede mirarse como la inauguración solemne de la cátedra de incredulidad
en medio de Europa.
Los sofistas del siglo XVIII tuvieron a la
mano un abundante repertorio para proveerse de toda clase de hechos y argumentos;
y para que nada faltase para que pudieran rehabilitarse los cuadros envejecidos
avivarse los colores anublados y esparcirse por doquiera los encantos de la
imaginación y las agudezas del ingenio; para que no faltara a la sociedad un
director que la condujera por un sendero cubierto de flores hasta el borde del
abismo apenas había descendido Bayle al sepulcro ya brillaba sobre el horizonte
literario un mancebo cuyos grandes talentos competían con su malignidad y
osadía: Voltaire.
Necesario ha sido conducir al
lector hasta la época que acabo de apuntar porque tal vez no se hubiera imaginado
la influencia que tuvo el Protestantismo en engendrar y arraigar en Europa la
irreligión el ateísmo y esa indiferencia fatal que tantos daños acarrea a las
sociedades modernas.
No es mi ánimo el tachar de
impíos a todos los protestantes y reconozco gustoso la entereza y tesón con que
algunos de sus sabios mas ilustres se han opuesto al progreso de la impiedad.
No ignoro que los hombres adoptan a veces un
principio cuyas consecuencias rechazan y que entonces sería una injusticia el
colocarlos en la misma clase de aquéllos que defienden a las claras esas mismas
consecuencias; pero también sé que por más que se resistan los protestantes a
confesar que su sistema conduzca al ateísmo no deja por ello de ser muy cierto:
pueden exigirme que yo no culpe en este punto sus intenciones mas no quejarse
de que haya desenvuelto hasta las últimas consecuencias su principio fundamental no desviándome nunca de lo que nos
enseñan acordes la filosofía y la historia.
Bosquejar ni siquiera rápidamente lo que sucedió en
Europa desde la época de la aparición de Voltaire sería trabajo por cierto bien
inútil pues que son tan recientes los hechos y andan tan vulgares los escritos
sobre esa materia que si quisiera entrar en ella difícilmente podría evitar la
nota de copiante. Llenaré pues más cumplidamente mi objeto presentando algunas
reflexiones sobre el estado actual de la religión en los dominios de la
pretendida reforma.
En medio de tantos sacudimientos y trastornos en el
vértigo comunicado a tantas cabezas cuando han vacilado los cimientos de todas
las sociedades cuando se han arrancado de cuajo las más robustas y arraigadas
instituciones cuando la misma verdad católica sólo ha podido sostenerse con el
manifiesto auxilio de la diestra del Omnipotente fácil es calcular cuán mal
parado debe de estar el flaco edificio del Protestantismo expuesto como todo lo
demás a tan recios y duraderos ataques.
Nadie ignora las innumerables sectas que hormiguean
en toda la extensión de
Por manera que el verdadero estado del
Protestantismo me parece viva y exactamente retratado en la peregrina
ocurrencia de J. Heyer ministro protestante: que publicó en 1818 una obra que
se titula Ojeada sobre las confesiones de fe y
no sabiendo cómo desentenderse de los embarazos que para los protestantes
presenta la adopción de un símbolo propone un expediente muy sencillo que por
cierto allana todas las dificultades y es: desecharlos todos.
El único medio que tiene de conservarse el
Protestantismo es falsear en cuanto le sea posible su principio fundamental: es
decir apartar a los pueblos de la vía de examen haciendo que permanezcan
adheridos a las creencias que se les han trasmitido con la educación y no
dejándoles que adviertan la inconsecuencia en que caen cuando se someten a la
autoridad de un simple particular mientras resisten a la autoridad de
Esta difusión de
QUEDANDO demostrada hasta la evidencia la intrínseca
debilidad del Protestantismo ocurre naturalmente una cuestión: ¿cómo es que
siendo tan flaco por el vicio radical de su constitución misma no haya desaparecido
completamente?
Llevando un germen de muerte en su propio seno ¿cómo
ha podido resistir a dos adversarios tan poderosos como la religión católica
por una parte y la irreligión y el ateísmo por otra? Para satisfacer
cumplidamente a esa pregunta es necesario considerar el Protestantismo bajo dos
aspectos: o bien en cuanto significa una creencia determinada o bien en cuanto
expresa un conjunto de sectas que teniendo la mayor diferencia entre sí están
acordes en apellidarse cristianas en conservar alguna sombra de cristianismo desechando
empero la autoridad de
Es menester considerarle bajo estos dos aspectos ya
que es bien sabido que sus fundadores no sólo se empeñaron en destruir la
autoridad y los dogmas de
Harto queda evidenciada esta verdad con lo
que llevo expuesto sobre sus variaciones y su estado actual en los varios
países de Europa; viniendo el tiempo a confirmar cuán equivocados anduvieron
los pretendidos reformadores cuando se imaginaron poder fijar las
columnas de Hércules del espíritu humano según la expresión de una escritora protestante:
madame de Staél.
Y en efecto las doctrinas de
Lutero y de Calvino ¿quién las defiende ahora? ¿quién respeta los lindes que
ellos prefijaron? Entre todas las iglesias protestantes ¿hay alguna que se dé a
conocer por su celo ardiente en la conservación de estos o de aquellos dogmas?
¿cuál es el protestante que no se ría de la divina misión de Lutero y que crea que
el Papa es el Anticristo? ¿Quién entre ellos vela por la pureza de la doctrina?
¿quién califica los errores? ¿quién se opone al torrente de las sectas? ¿El
robusto acento de la convicción el celo de la verdad se deja percibir ya ni en
sus escritos ni en sus púlpitos? ¡Qué diferencia más notable cuando se comparan
las iglesias protestantes con
Preguntadla sobre sus creencias
y oiréis de la boca del sucesor de San Pedro de Gregorio XVI lo mismo que oyó
Lutero de la boca de León X: y cotejad la doctrina de León X con la de sus
antecesores y os hallaréis conducidos por la vía recta siempre por un mismo
camino hasta los apóstoles hasta Jesucristo. ¿Intentáis impugnar un dogma?
¿enturbiáis la pureza de la moral? La voz de los antiguos padres tronará
contra vuestros extravíos: y estando en el siglo XIX creeréis que se han
alzado de sus tumbas los antiguos Leones y Gregorios.
Si es flaca vuestra voluntad
encontraréis indulgencia; si es grande vuestro mérito se os prodigarán consideraciones;
si es elevada vuestra posición social se os tratará con miramiento; pero si
abusando de vuestros talentos queréis introducir alguna novedad en la doctrina
si valiéndoos de vuestro poderío queréis exigir alguna capitulación en materias
de dogma si para evitar disturbios prevenir escisiones conciliar los ánimos demandáis
una transacción o al menos una explicación ambigua: eso
izo jamás os responderá
el sucesor de San Pedro; eso no jamás: la fe es un depósito sagrado que nosotros no podemos
alterar: la verdad es inmutable es una; y a la voz del Vicario
de Jesucristo que desvanecerá todas vuestras esperanzas se unirán las voces de
nuevos Atanasios Naciancenos Ambrosios Jerónimos y Agustinos.
Siempre la misma firmeza en la
misma fe siempre la misma invariabilidad siempre la misma energía para conservar
intacto el depósito sagrado para defenderle contra los ataques del error para
enseñarle en toda su pureza a los fieles para transmitirle sin mancha a las
generaciones venideras.
¿Será
eso obstinación ceguera fanatismo? ¡Ah! El transcurso de 18 siglos las revoluciones
de los imperios los trastornos más espantosos la mayor variedad de ideas y costumbres
las persecuciones de las potestades de la tierra las tinieblas de la
ignorancia, los embates de
las pasiones, las luces de las ciencias ¿nada hubiera
sido bastante para alumbrar esa ceguera ablandar esa terquedad enfriar ese
fanatismo?
Sin
duda que un protestante pensador uno de aquéllos que sepan elevarse sobre las
preocupaciones de la educación al fijar la vista en ese cotejo cuya veracidad y
exactitud no podrá menos de reconocer si es que tenga instrucción sobre la
materia; sentirá vehementes dudas sobre la verdad de la enseñanza que ha
recibido; y que deseará cuando menos examinar de cerca ese prodigio que tan de
bulto se presenta en
A pesar de la disolución que ha
cundido de un modo tan espantoso entre las sectas protestantes a pesar de que
en adelante irá cundiendo todavía más no obstante hasta que llegue el momento
de reunirse los disidentes a
Desenvolvamos con alguna extensión
estos pensamientos. ¿Por qué los pueblos protestantes no se hundirán
enteramente en la irreligión y en el ateísmo o en la indiferencia?
Porque todo esto puede suceder
con respecto a un individuo mas no con respecto a un pueblo. A fuerza de lecturas
corrompidas de meditaciones extravagantes de esfuerzos continuados puede uno
que otro individuo sofocar los más vivos sentimientos de su corazón acallar los
clamores de su conciencia y desentenderse de las preciosas amonestaciones del
sentido común; pero un pueblo no: un pueblo conserva siempre un gran fondo de
candor y docilidad que en medio de los más funestos extravíos y aun de los crímenes
más atroces le hace prestar atento oído a las inspiraciones de la naturaleza.
Por más corrompidos que sean los hombres en sus costumbres son siempre pocos
los que de propósito han luchado mucho consigo mismos para arrancar de sus corazones
aquel abundante germen de buenos sentimientos aquel precioso semillero de
buenas ideas con que la mano próvida del Criador ha cuidado de enriquecer
nuestras almas.
La expansión del fuego de las
pasiones produce es verdad lamentables desvanecimientos tal vez explosiones terribles;
pero pasado el calor el hombre vuelve a entrar en sí mismo y deja de nuevo
accesible su alma a los acentos de la razón y de la virtud.
Estudiando con atención la
sociedad se nota que por fortuna es poco abundante aquella casta de hombres que
se hallan como pertrechados contra los asaltos de la verdad y del bien; que
responden con una frívola cavilación a las reconvenciones del buen sentido que
oponen un frío estoicismo a las más dulces y generosas inspiraciones de la naturaleza
y que ostentan como modelo de filosofía de firmeza y de elevación de alma la
ignorancia la obstinación y la aridez de un corazón helado. El común de los
hombres es más sencillo más cándido más natural; y por tanto mal puede avenirse
con un sistema de ateísmo o de indiferencia. Podrá semejante sistema
señorearse del orgulloso ánimo de algún sabio soñador podrá cundir como una convicción
muy cómoda en las disposiciones de la mocedad; en tiempos muy revueltos podrá
extenderse a un cierto círculo de cabezas volcánicas; pero establecerse
tranquilamente en medio de una sociedad formar su estado normal eso no sucederá
jamás.
No mil veces no: un individuo
puede ser irreligioso; la familia y la sociedad no lo serán jamás. Sin una base
donde pueda encontrar su asiento el edificio social sin una idea grande matriz
de donde nazcan las de razón virtud justicia obligación derecho ideas todas tan
necesarias a la existencia y conservación de la sociedad como la sangre y el nutrimento
a la vida del individuo la sociedad desaparecería; y sin los dulcísimos lazos
con que traban a los miembros de la familia las ideas religiosas sin la celeste
armonía que esparcen sobre todo el conjunto de sus relaciones la familia deja
de existir o cuando más es un nudo grosero momentáneo semejante en un todo a la
comunicación de los brutos.
Afortunadamente ha favorecido
Dios a todos los seres con un maravilloso instinto de conservación y guiadas
por ese instinto la familia y la sociedad rechazan indignadas aquellas ideas
degradantes que secando con su maligno aliento todo jugo de vida quebrantando
todos los lazos y trastornando toda economía las harían retrogradar de golpe
hasta la más abyecta barbarie y acabarían por dispersar sus miembros como al
impulso del viento se dispersan los granos de arena por no tener entre sí ni
apego ni enlace.
Ya
que no la consideración del hombre y de la sociedad al menos las repetidas
lecciones de la experiencia debieran haber desengañado a ciertos filósofos de
que las ideas y sentimientos grabados en el corazón por el dedo del Autor de la
naturaleza no son para desarraigados con declamaciones y sofismas; y si
algunos efímeros triunfos han podido alguna vez engreírlos dándoles exageradas
esperanzas sobre el resultado de sus esfuerzos el curso de las ideas y de los
sucesos han venido luego a manifestarles que cuando cantaban alborozados su
triunfo se parecían al insensato que se lisonjeara de haber desterrado del
mundo el amor maternal porque hubiese llegado a desnaturalizar el corazón de
algunas madres.
La sociedad y cuenta que no digo
el pueblo ni la plebe la sociedad si no es religiosa será supersticiosa si no
cree cosas razonables las creerá extravagantes si no tiene una religión bajada
del cielo la tendrá forjada por los hombres; pretender lo contrario es un
delirio; luchar contra esa tendencia es luchar contra una ley eterna;
esforzarse en contenerla es interponer una débil mano para detener el curso de
un cuerpo que corre con fuerza inmensa: la mano desaparece y el cuerpo sigue
su curso. Llámesela superstición fanatismo seducción todo podrá ser bueno para
desahogar el despecho de verse burlado pero no es mas que amontonar nombres y
azotar el viento.
Siendo como es la religión una
verdadera necesidad tenernos ya la explicación de un fenómeno que nos ofrecen
la historia y la experiencia: y es que la religión nunca desaparece enteramente;
y que en llegando el caso de una mudanza las dos religiones rivales luchan más
o menos tiempo sobre el mismo terreno ocupando progresivamente la una los
dolnonios que va conquistando de la otra. De aquí sacaremos también que para
desaparecer enteramente el Protestantismo sería necesario que se pusiese en su
lugar alguna otra religión; ). que no siendo esto posible durante la civilización
actual a menos que no sea la católica irán siguiendo las sectas protestantes
ocupando con más o menos variaciones el país que han conquistado.
Y en efecto en el estado actual
de la civilización de las sociedades protestantes ¿es acaso posible que ganen terreno
entre ellas ni las necedades del Alcorán ni las groserías de la idolatría?
Derramado como está el espíritu
del Cristianismo por las venas de las sociedades modernas impreso su sello en
todas las partes de la legislación esparcidas sus luces sobre todo linaje de
conocimientos mezclado su lenguaje con todos los idiomas reguladas por sus preceptos
las costumbres marcada su fisonomía hasta en los hábitos y modales rebosando de
sus inspiraciones todos los monumentos de genio comunicado su gusto a todas las
bellas artes; en una palabra filtrado por decirlo así el Cristianismo en todas
las partes de esa civilización tan grande tan variada y fecunda de que se
glorían las sociedades modernas
¿Cómo era posible que
desapareciese hasta el nombre de una religión que a su venerable antigüedad
reúne tantos títulos de gratitud tantos lazos tantos recuerdos? ¿Cómo era posible
que encontrara acogida en medie de las sociedades cristianas ninguna de esas
otras religiones que a primera vista muestran desde luego el dedo del Hombre;
que a primera vista manifiestan como distintivo un sello grosero donde está
escrito degradación y envilecimiento?
Aun cuando el principio fundamental
del Protestantismo zape los cimientos de la religión cristiana por más que
desfigure su belleza y rebaje su majestad sublime; sin embargo con tal que se
conserven algunos vestigios de cristianismo con tal que se conserve la idea que
éste nos da de Dios y algunas máximas de su moral estos vestigios valen mas se
elevan a mucho mayor altura que todos los sistemas filosóficos que todas las
otras religiones de la tierra.
He aquí por qué ha conservado el
Protestantismo alguna sombra de religión cristiana: no es otra la causa sino
que era imposible que desapareciese del todo el nombre cristiano atendido el
estado de las naciones que tomaron parte en el cisma; y he aquí cómo no debemos
buscar la razón en ningún principio de vida entrañado por la pretendida
reforma. Añádanse a todo esto los esfuerzos de la política el natural apego de
los ministros a sus propios intereses el ensanche con que lisonjea al orgullo
la falta de toda autoridad los restos de preocupaciones antiguas el poder de la
educación y otras causas semejantes y se tendrá completamente resuelta la
cuestión; y no parecerá nada extraño que vaya siguiendo el Protestantismo ocupando
muchos de los países en que por fatales combinaciones alcanzó establecimiento
y arraigo.
No HAY mejor
prueba de la profunda debilidad entrañada por el Protestantismo considerado
como cuerpo de doctrina que la escasa influencia que ha ejercido sobre la civilización
europea por medio de sus doctrinas positivas. Llamo doctrinas positivas
aquéllas en que ha procurado establecer un dogma propio y de esta manera las
distingo de las demás que podríamos llamar negativas porque no consisten en
otra cosa que en la negación de la autoridad.
Estas últimas como muy
conformes a la inconstancia y volubilidad del espíritu humano han encontrado
acogida; pero las demás no: todo ha desaparecido con sus autores todo se ha sepultado
en el olvido. Si algo se ha conservado
de cristianismo entre los
protestantes ha sido solamente aquello que era indispensable para que la
civilización europea no perdiera enteramente su naturaleza s- carácter; por manera
que aquellas doctrinas que tenían una tendencia demasiado directa a desnaturalizar
completamente esa civilización la civilización las ha rechazado mejor diremos
las ha despreciado.
Hay en esta parte un hecho muy
digno de llamar la atención y en que sin embargo quizás no se haya reparado y
es lo acontecido con respecto a la doctrina de los primeros novadores relativa
a la libertad humana. Bien sabido es que uno de los primeros y más capitales
errores de Lutero y Calvino consistía en negar el libre albedrío; hallándose
consignada esta su funesta enseñanza en las obras que de ellos nos han quedado.
Esta doctrina parece que debía conservarse con crédito entre los protestantes y
que debía ser sostenida con tesón pues que regularmente así acontece cuando se
trata de aquellos errores que han servido como de primer núcleo para la formación
de tina secta. Parece además que habiendo alcanzado el Protestantismo tanta extensión
y arraigo en varias naciones de Europa esa doctrina fatalista debía también
influir mucho en la legislación de las naciones protestantes y ¡cosa admirable! nada
de esto ha sucedido: y las costumbres
europeas la han despreciado la legislación no la ha tomado por base y la
sociedad no se ha dejado dominar ni dirigir por un principio que zapaba todos
los cimientos de la moral y que si hubiese sido aplicado a las costumbres y a
la legislación hubiera reemplazado la civilización y dignidad europeas con la
barbarie y abyección musulmana.
96
Sin duda que no han faltado individuos corrompidos por tan funesta doctrina sin
duda que no han faltado sectas más o menos numerosas que la han reproducido; y
no puede negarse tampoco que sean de mucha consideración las llagas abiertas
por ella a la moralidad de algunos pueblos.
Pero es cierto también que en la
generalidad de la gran familia europea los gobiernos los tribunales la administración
la legislación las ciencias las costumbres no han dado oídos a esa horrible
enseñanza de Lutero en que se despoja al hombre de su libre albedrío en que se
hace a Dios autor del pecado en que se descarga sobre el Criador toda la
responsabilidad de los delitos de la criatura humana en que se le presenta
como un tirano pues que se afirma que sus preceptos son imposibles en que se
confunden monstruosamente las ideas de bien y de mal y se embota el estímulo
de toda virtud asegurando que basta la fe para salvarse que todas las obras de
los justos son pecados.
La razón pública el buen sentido
las costumbres se pusieron en este punto de parte del Catolicismo; y los mismos
pueblos que abrazaron en teoría religiosa esas funestas doctrinas las
desecharon por lo común en la práctica: porque era demasiado profunda la impresión
que en esos puntos capitales les había dejado la enseñanza católica porque era
demasiado vivo el instinto de civilización que de las doctrinas católicas se
había comunicado a la sociedad europea.
Así fue como
Así fue como el Papa condenando
esos errores de Lutero que formaban el núcleo del naciente Protestantismo dio el grito de
alarma contra una irrupción de barbarie en el orden de las ideas salvando de
esta manera la moral las leyes el orden público la sociedad; así fue como el Vaticano
conservó la dignidad del hombre asegurándole el noble sentimiento de la
libertad en el santuario de la conciencia; así fue como
Reflexionad sobre esas grandes
verdades entendedlas bien vosotros que habláis de las disputas religiosas con
esa fría indiferencia con esos visos de burla y de compasión como si nunca se
tratase de otra cosa que de frivolidades de escuela. Los pueblos izo viven
de solo paz: viven también de ideas de
máximas que convertidas en jugo o les comunican grandeza vigor y lozanía o los
debilitan los postran los condenan a la nulidad y al embrutecimiento. Tended la
vista por la faz del globo recorred los períodos de la historia de la humanidad
comparad tiempos con tiempos naciones con naciones y veréis que dando
Resumamos lo dicho: el principio
esencial del Protestantismo es un principio disolvente ahí está la causa de sus
variaciones incesantes ahí está la causa de su disolución y aniquilamiento.
Como religión particular ya no
existe porque no tiene ningún dogma propio ningún carácter positivo ninguna
economía nada de cuanto se necesita para formar un ser: es una verdadera negación.
Todo lo que se encuentra en él que pueda apellidarse positivo no es más que
vestigios ruinas todo está sin fuerza sin acción sin espíritu de vida.
No puede mostrar un edificio que
haya levantado por su mano no puede colocarse en medio de esas obras inmensas
entre las cuales puede situarse con tanta gloria el Catolicismo y decir: esto es mío. El Protestantismo puede sólo sentarse
en medio de espantosas ruinas; y de ellas sí que puede decir
con toda verdad: yo las he amontonado.
98 Mientras pudo durar el fanatismo de esta secta mientras
ardía la llamarada encendida por fogosas declamaciones y avivada por funestas
circunstancias desplegó cierta fuerza que si bien no manifestaba la verdadera
robustez mostraba al menos la convulsiva energía del delirio. Pero su época
pasó la acción del tiempo ha dispersado los elementos que daban pábulo al
incendio; y por más que se haya trabajado por acreditar
No deben causarnos ilusión esos
esfuerzos que actualmente parece hacer de nuevo: quien obra en ello no es el
Protestantismo en vida; es la falsa filosofía tal vez la política quizás el mezquino
interés que toman su nombre se disfrazan con su manto; y sabiendo cuán a
propósito es. para excitar disturbios provocar escisiones y disolver
las sociedades van recogiendo el agua de los charcos que han quedado manchados
con su huella impura seguros de que será un violento veneno para dar la muerte al
pueblo incauto que llegue a beber de la dorada copa con que pérfidamente se le
brinda.
Pero en vano se esfuerza el
débil mortal en luchar contra la diestra del Omnipotente: Dios no abandonará su
obra; y por más que el hombre forcejee por más que se empeñe en remedar la obra
del Altísimo no podrá borrar los caracteres eternos que distinguen el error de
la verdad. La verdad es de suyo fuerte robusta; y como es el conjunto de las
mismas relaciones de los seres que se enlaza se traba fuertemente con ellos y no
son parte a desasirla ni los esfuerzos de los hombres ni los trastornos de los
tiempos.
El error mentida imagen de los
grandes lazos que vinculan la compacta masa del universo se tiende sobre sus
usurpados dominios como un informe conjunto de ramos mal trabados que no
reciben jamás el jugo de la tierra que tampoco le comunican verdor ni frescura
y sólo sirven de red engañosa tendida a los pasos del caminante.
¡Pueblos incautos! No os
seduzcan ni aparatos brillantes ni palabras pomposas ni una actividad mentida:
la verdad es cándida modesta y confiada porque es pura y fuerte; el error es
hipócrita y ostentoso porque es falso y débil. La verdad es una mujer hermosa
que desprecia el afectado aliño porque conoce su belleza; el error se atavía se
pinta violenta su talle porque es feo descolorido sin expresión de vida en su
semblante sin gracia ni dignidad en su forma.
¿Admiráis tal vez su actividad y
sus trabajos? Sabed que sólo es fuerte cuando es el núcleo de una facción o la
bandera de un partido; sabed que entonces es rápido en su acción violento en
sus medios es un meteoro funesto que fulgura truena y desaparece dejando en pos
de sí la oscuridad la destrucción y la muerte; la verdad es el astro del día
despidiendo tranquilamente su luz vivísima y saludable fecundando con suave
calor la naturaleza y derramando por todas partes vida alegría y hermosura.
99
Examen de los efectos que produciría en España el Protestantismo.
Estado actual de las ideas irreligiosas. Triunfos de la religión. Estado actual
de la ciencia y de la literatura. Situación de las sociedades modernas. Conjeturas
sobre su porvenir y sobre la futura influencia del Catolicismo. Sobre las probabilidades
de la introducción del Protestantismo en España.
PARA APRECIAR en su justo
valor el efecto que pueden producir sobre la sociedad española doctrinas
protestantes será bien dar una ojeada al actual estado de las ideas religiosas
en Europa. A pesar del vértigo intelectual que es uno de los caracteres
dominantes de la época es un hecho indudable que el espíritu de incredulidad y
de irreligión ha perdido mucho de su fuerza; y que en la parte que desgraciadamente
le queda de existencia es reas bien transformado en indiferentismo que no
conservando aquella índole sistemática de que se hallaba revestido en el pasado
siglo.
Con el tiempo se gastan todas las declamaciones
los apodos fastidian las continuas repeticiones fatigan; irritase el ánimo con
la intolerancia y la mala fe de los partidos descúbrense el vacío de los
sistemas la falsedad de las opiniones lo precipitado de los juicios lo inexacto
de los raciocinios; andando el tiempo van publicándose datos que ponen de
manifiesto las solapadas intenciones lo engañoso de las palabras la mezquindad
de las miras lo maligno y criminal de los proyectos; y al fin se restablece en
su imperio la verdad recobran las cosas sus propios nombres toma otra dirección
el espíritu público y lo que antes se encontraba inocente y generoso se
presenta como culpable y villano; y rasgados los fementidos disfraces muéstrase
la mentira rodeada de aquel descrédito que debiera haber sido siempre su único
patrimonio.
Las ideas irreligiosas como
todas aquéllas que pululan en sociedades muy adelantadas no quisieron ni
pudieron mantenerse en el recinto de la especulación e invadiendo los dominios
de la práctica quisieron señorear todos los ramos de administración y de política.
El trastorno que debían producir en la sociedad debía serles fatal a ellas
mismas: porque no hay cosa que ponga más de manifiesto los defectos y vicios de
un sistema y sobre todo que más desengañe a los hombres que la piedra de toque
de la experiencia.
Yo no sé qué facilidad tiene
nuestro entendimiento para concebir un objeto bajo muchos aspectos y qué
fecundidad funesta para apoyar con un sinnúmero de sofismas las mayores extravagancias;
pues que en tratándose de apelar a la disputa apenas puede la razón
desentenderse de las cavilaciones del sofisma. Pero en llegando a la
experiencia todo se cambia: el ingenio enmudece sólo hablan los hechos; y si la
experiencia se ha verificado en grande y sobre objetos de mucho interés o de
alta importancia difícil es que pueda ofuscarse con especiosas razones la
convincente elocuencia de los resultados.
Y de aquí es que observamos a
cada paso que un hombre que haya adquirido grande experiencia llega a poseer
cierto tacto tan delicado y seguro que a la sola exposición de un sistema señala
con el dedo todos sus inconvenientes: la inexperiencia fogosa confiada apela a
las razones, al aparato de doctrinas; pero el buen sentido, el precioso, el
raro inapreciable buen sentido inunda cuerdamente la cabeza, encoge
tranquilamente los hombros y dejando escapar una ligera sonrisa abandona seguro
sus predicciones a la prueba del tiempo.
No es necesario ponderar ahora
los resultados que han tenido en la práctica aquellas doctrinas cuya divisa era
la incredulidad; tanto se ha dicho ya sobre esto que quien emprenda el tocarlo
de nuevo corre mucho riesgo de pasar plaza de insulso declamador.
Bastará decir que aun aquellos
hombres que por principios por intereses recuerdos u otras causas como que
pertenecen aún al siglo pasado se han visto precisados a modificar sus doctrinas
a limitar los principios a paliar las proposiciones a retocar los sistemas a
templar el calor y el arrebato de las invectivas; y que queriendo dar una
muestra de su aprecio y veneración a aquellos escritores que formaron las
delicias de su juventud dicen con indulgente tono "que aquellos hombres
eran grandes sabios pero que eran sabios de gabinete": como si en
tratándose de hechos y de práctica lo que se llama sabiduría de mero gabinete
no fuese una peligrosa ignorancia.
Como quiera lo cierto es que de
estos ensayos ha resultado el proyecto de desacreditarse la irreligión como
sistema; y que los pueblos la miran si no con horror al menos con desvío y desconfianza.
Los trabajos científicos
provocados en todos los ramos por la irreligión que con locas esperanzas había
creído que los cielos dejarían de cantar la gloria del Señor que la tierra
desconocería a aquél que le dió su cimiento y que la naturaleza toda levantaría
su testimonio contra Dios que le dió el ser y la animó con la vida han hecho desaparecer
el divorcio que con escándalo se iba introduciendo entre la religión y las
ciencias y los acentos del antiguo hombre de la tierra de Hus se ha visto que
podían resonar sin desdoro del saber en la boca de los sabios del siglo XIX. ¿Y
qué diremos del triunfo de la religión en todo lo que existe de bello de tierno
y de sublime sobre la tierra?
¡Cuán grande se ha manifestado
en este triunfo la acción de
El ateísmo anegaba a
Extraviado por las soledades de
América pregunta a las maravillas de la creación el nombre de su Autor; y el
trueno le contesta en el confín del desierto las selvas le responden con sordo
mugido y la bella naturaleza con cánticos de amor y de armonía. La vista de una
cruz solitaria le revela misteriosos secretos la huella de un misionero
desconocido le excita grandes recuerdos que enlazan el nuevo mundo con el mundo
antiguo; un monumento arruinado una choza salvaje le inspiran aquellos sublimes
pensamientos que penetran hasta el fondo de la sociedad y del corazón del hombre.
Embriagado con los sentimientos que le ha sugerido la grandeza de tales
espectáculos llena su mente de conceptos elevados y rebosando su pecho de la
dulzura que han producido en él los encantos
de tanta belleza pisa de nuevo el suelo de su patria. Y ¿qué encuentra
allí?
La huella ensangrentada del
ateísmo, las ruinas y cenizas de los antiguos templos o devorados por el fuego
o desplomados a los golpes de bárbaro martillo; sepulcros numerosos que encierran
los restos de tantas víctimas inocentes y que poco antes ofrecieran en su
lobreguez un asilo oculto al cristiano perseguido.
Nota sin embargo un movimiento
que la religión quiere descender de nuevo sobre Francia como un pensamiento de
consuelo para aliviar un infortunio como un soplo de vida para reanimar un
cadáver: desde entonces oye por todas partes un concierto de célica armonía; se
agitan rebullen en su grande alma las inspiraciones de la meditación y de la
soledad y enajenado y extático canta con lengua de fuego las bellezas de la religión revela
las delicadas y hermosas relaciones que tiene con la naturaleza y hablando un
lenguaje superior y divino muestra a los hombres asombrados la misteriosa
cadena de oro que une el cielo con la tierra : era Chateaubriand.
102
Sin embargo es preciso confesarlo un vértigo como se ha introducido en las
ideas no se remedia con poco tiempo; y no es fácil que desaparezca sin grandes
trabajos la huella profunda que ha debido dejar la irreligión con sus
estragos. Los ánimos es verdad van cansados del sistema de irreligión; una
desazón profunda agita la sociedad; ella ha perdido su equilibrio la familia ha
sentido aflojar sus lazos y el individuo suspira por un rayo de luz por una
gota de consuelo y esperanza. Pero ¿dónde hallará el mundo el apoyo que la falta?
¿Seguirá el buen camino el único cual es entrar de nuevo en el redil de
Sólo Dios es el dueño de los
secretos del porvenir sólo él mira desplegados con toda claridad delante de
sus ojos los grandes acontecimientos que se preparan sin duda a la humanidad;
sólo él sabe cuál será el resultado de esa actividad y energía que vuelve a
apoderarse de los espíritus en el examen de las grandes
cuestiones sociales y religiosas; sólo él sabe cuál será el fruto que recogerán
las generaciones venideras de los triunfos conseguidos por la religión en las
bellas artes en la literatura en las ciencias en la política en todos los
ramos por donde se explaya el humano entendimiento.
Nosotros débiles mortales que
arrastrados rápidamente por el precipitado curso de las revoluciones y
trastornos tenemos apenas el tiempo necesario para dar una fugaz mirada al caos
en que está envuelto el país que atravesamos ¿qué podremos decir que tenga
alguna prenda de acierto?
Sólo podemos asegurar que la presente es una
época de inquietud de agitación de transición; que multiplicados escarmientos
y repetidos desengaños fruto de espantosos trastornos y de inauditas
catástrofes han difundido por todas partes el descrédito de las doctrinas
irreligiosas y desorganizadoras sin que por esto haya tomado en su lugar el
debido ascendiente la verdadera religión; que el corazón fatigado de tantos
infortunios se abre de buen grado a la esperanza sin que el entendimiento deje
de contemplar en grande incertidumbre el porvenir y de columbrar tal vez una
nueva cadena de calamidades.
Merced a las revoluciones al
vuelo de la industria, a la actividad y extensión del comercio al adelanto y
expansión prodigiosa de la imprenta a los progresos científicos a la facilidad
rapidez y amplitud de las comunicaciones al gusto por los viajes a la acción disolvente
del Protestantismo de la incredulidad y del escepticismo presenta en la
actualidad el espíritu humano una de aquellas fases singulares que forman época
en su historia.
103
El entendimiento, la fantasía el
corazón se hallan en estado de grande agitación, de movilidad, de desarrollo;
presentando al propio tiempo los contrastes más singulares las extravagancias
más ridículas y hasta las contradicciones más absurdas.
Observad las ciencias y sin
notar en su estudio aquellos trabajos prolijos aquella paciencia incansable
aquella marcha pausada y detenida que caracterizan los estudios de otras
épocas descúbrase sin embargo un espíritu de observación un prurito de generalizar
de alzar las cuestiones a un punto de vista elevado y trascendente y sobre todo
un afán de tratar todas las ciencias bajo aquel aspecto en que se divisan los
puntos de contacto que entre sí tienen los lazos que las hermanan y los canales
por donde se comunican recíprocamente la luz.
Las cuestiones de religión de
política de moral de legislación de economía todas van enlazadas marchan de
frente dándose al horizonte científico un grandor una inmensidad que no había
jamás alcanzado. Este adelanto este abuso o este caos si se quiere es un dato
que no debe despreciarse cuando se estudia el espíritu de la época cuando se
examina su situación religiosa; pues que no es la obra de ningún hombre aislado
no es un efecto casual es el resultado de un sinnúmero de causas que han
conducido la sociedad a este punto es un grande hecho fruto de otros hechos es
una expresión del estado intelectual en la actualidad es un síntoma de fuerzas
y enfermedades un anuncio de transición y de mudanza tal vez una señal
consoladora tal vez un funesto presagio.
Y ¿quién no ha notado el vuelo que va tomando
la fantasía y la prodigiosa expansión del corazón en esa literatura tan varia
tan irregular tan fluctuante pero al propio tiempo tan rica de hermosísimos
cuadros rebosante de sentimientos delicadísimos y embutida de pensamientos atrevidos
y generosos.-
Dígase lo que se quiera del
abatimiento de las ciencias del descaecimiento de los estudios nómbrese con
tono mofador las luces del siglo vuélvase la vista dolorida hacia
tiempos más estudiosos más sabios más eruditos; en esto habrá sus verdades sus
falsedades sus exageraciones como acontece siempre en declamaciones semejantes;
pero no podrá negarse que sea lo que fuere de la utilidad de sus trabajos tal
vez nunca había desplegado el espíritu humano semejante actividad y energía tal
vez nunca se le había visto agitado con un movimiento tan vivo tan general tan
variado; tal vez nunca como ahora se habrá deseado con tan excusable curiosidad
e impaciencia el levantar una punta del velo que encubre un inmenso porvenir.
¿Quién dominará tan opuestos y poderosos elementos?
104
¿Quién podrá restablecer el
sosiego en ese piélago combatido por tantas borrascas? ¿Quién podrá dar unión
enlace consistencia para formar un todo compacto capaz de resistir a la acción
de los tiempos? ¿Quién podrá darlo a esos elementos que se rechazan con tanta
fuerza que luchan sin cesar estallando con detonaciones horrorosas?
¿Será el Protestantismo con su
principio fundamental? ¿Será sentando, difundiendo, acreditando el principio disolvente
del espíritu privado en materias religiosas realizando este pensamiento con
derramar a manos llenas entre todas las clases de la sociedad los ejemplares de
Sociedades inmensas orgullosas
con su poderío engreídas de su saber disipadas por los placeres refinadas con
el lujo opuestas de continuo a la poderosa acción de la imprenta disponiendo de
unos medios de comunicación que hubieran parecido fabulosos a nuestros mayores;
donde todas las grandes pasiones encuentran su objeto, todas las intrigas una
sombra toda corrupción un velo todo crimen, un título todo error un intérprete,
todo interés un pábulo trocados los nombres socavados todos los cimientos cargadas
de escarmientos y desengaños flotando entre la verdad y la mentira con horrorosa
incertidumbre dando de vez en cuando una mirada a la antorcha celestial para
seguir sus resplandores y contentándose luego con fugaces vislumbres; haciendo
un esfuerzo para dominar la tormenta y abandonándose luego a merced de los
vientos y de las ondas las sociedades modernas presentan un cuadro tan
extraordinario como interesante donde pueden campear con toda amplitud y
libertad las esperanzas y temores los pronósticos y conjeturas pero sin que
sea dable lisonjearse de acierto sin que el hombre sensato pueda tornar más
cuerdo partido que esperar en silencio el desenlace que está señalado en los
arcanos del Señor a cuyos ojos están
desplegados con toda claridad los sucesos de todos los tiempos y los futuros
destinos de los pueblos.
Pero sí que se alcanza
fácilmente que siendo como es el Protestantismo disolvente por su propia
naturaleza nada puede producir en el orden moral y religioso que sea en pro de
la felicidad de los pueblos; ya que esta felicidad no es dable que exista estando
en continua guerra los entendimientos con respecto a las más altas e importantes
cuestiones que ofrecerse puedan al espíritu humano.
105
Cuando en medio de ese tenebroso
caos donde vagan tantos elementos tan diferentes tan opuestos y tan poderosos
que luchando de continuo se chocan se pulverizan - se confunden busca el observador
un punto luminoso de donde pueda venir una ráfaga que alumbre al inundo una
idea robusta que enfrenando tanto desorden y anarquía se enseñoreé de los
entendimientos los vuelva al camino de
la verdad ocurre desde luego el Catolicismo como el único manantial de tantos
bienes: al ver cuál se sostiene aún con brillantez y pujanza a pesar de los.
inauditos esfuerzos que se están haciendo todos los días para aniquilarle
llenase de consuelo el corazón y brotando en él la esperanza parece que le
convida a saludar a esa religión divina felicitándola por el nuevo triunfo que
va a adquirir sobre la tierra.
Hubo un tiempo en que inundada
Pero la brillante centella de
luz arrojada sobre el inundo desde
Y ¿quién sabe si en los arcanos
del Eterno no le está reservado otro triunfo más difícil no menos saludable y
brillante?
Instruyendo la ignorancia,
civilizando la barbarie, puliendo la rudeza, amansando la ferocidad preservó a
la sociedad de ser víctima tal vez para siempre de la brutalidad más atroz y de
la estupidez más degradante pero ¿qué timbre mas glorioso para ella si
rectificando las ideas centralizando y purificando los sentimientos asentando
los eternos principios de toda sociedad enfrenando las pasiones templando los
enconos cercenando las demasías y señoreando todos los entendimientos y
voluntades pudiera levantarse como una reguladora universal que estimulando
todo linaje de conocimientos y adelantos inspirara la debida templanza a esta sociedad
agitada con tanta furia por tan poderosos elementos que privados de un punto
céntrico y atrayente la están de continuo amenazando con la disolución y el
caos?
106 No es dado al hombre penetrar en el porvenir; pero
el mundo físico se disolverá con espantosa catástrofe si faltase por un momento
el principio fundamental que da unidad, orden y concierto a los variados
movimientos de todos los sistemas; y si la sociedad llena como está de movimiento
de comunicación y de vida no entra bajo la dirección de un principio regulador
universal y constante al fijar la vista sobre la suerte de las generaciones
venideras el corazón tiembla y la mente se anubla.
Hay empero un hecho sumamente
consolador y es el admirable progreso que hace el Catolicismo en varios países.
En Francia y en Bélgica se robustece; en el norte de Europa parece que se le
teme cuando de tal manera se le combate; en Inglaterra es tanto lo que ha
ganado en menos de medio siglo que sería increíble si no constara en datos
irrecusables; y en sus misiones vuelve a manifestarse tan emprendedor y fecundo
que nos recuerda los tiempos de su mayor ascendiente y poderío.
Y cuando los otros pueblos
tienden a la unidad ¿podría prevalecer el desbarro de que nosotros nos
encaramáramos al cisma?
Cuando los demás pueblos se
alegrarían infinito de que subsistiera entre ellos algún principio vital que
pudiese restablecerles las fuerzas que les ha quitado la incredulidad España
que conserva el Catolicismo y todavía solo todavía poderoso ¿admitiría en su
seno ese germen de muerte que la imposibilitaría de recobrarse de sus dolencias
que aseguraría a no dudarlo su completa ruina?
En esa regeneración moral a que aspiran los
pueblos anhelantes por salir de posición angustiosa en que los colocaron las
doctrinas irreligiosas
¿será posible que no se quiera
parar la atención en la inmensa ventaja que
¿Será posible que no se advierta
lo que puede ser esa unidad si la aprovecharnos cual merece; esa unidad que se
enlaza con todas nuestras glorias que despierta tan bellos recuerdos y que
admirablemente podría servir para elemento de regeneración en el orden social?
Si se pregunta lo que pienso
sobre la proximidad del peligro y si las tentativas que están haciendo los
protestantes para este efecto tienen alguna probabilidad de resultado responderé
con alguna distinción. El Protestantismo es profundamente débil ya por su
naturaleza y además por ser viejo y caduco; tratando de introducirse en España
ha de luchar con un adversario lleno de vida y robustez y que está muy
arraigado en el país; y por esta causa y bajo este aspecto no puede ser temible
su acción.
107 Pero ¿quién impide que si
llegase a establecerse en nuestro suelo por más reducido que fuera su dominio
no causara terribles males?
Por de pronto salta a la vista
que tendríamos otra manzana de discordia y no es difícil columbrar las
colisiones que ocasionaría a cada paso. Como el Protestantismo en España a más
de su debilidad intrínseca tendría la que le causara el nuevo clima en que se
hallaría tan falto de su elemento se viera forzado a buscar sostén arrimándose
a cuanto le alargase la mano; entonces es bien claro que serviría como un punto
de reunión para los descontentos; y va que se apartare de su objeto fuera
cuando menos un núcleo de nuevas facciones, una bandera de pandillas. Escándalos,
rencores, desmoralización, disturbios y quizás catástrofes he aquí el resultado
inmediato infalible de introducirse entre nosotros el Protestantismo: apelo a
la buena fe de todo hombre que conozca medianamente al pueblo español.
Pero no está todo aquí; la
cuestión se ensancha y adquiere una importancia incalculable si se la mira
en sus relaciones con la política extranjera.
¿Qué palanca tendría entonces
para causar en nuestra desgraciada patria toda clase de sacudimientos? ¡Oh! ¡y
cómo se asiría ávidamente de ella! ¡cómo trabaja quizás para buscar un punto de
apoyo!
Hay en Europa una nación temible
por su inmenso poderío, respetable por su mucho adelantamiento en las ciencias
y artes y que teniendo a la mano grandes medios de acción por todo el ámbito
de la tierra sabe desplegarlos con una sagacidad y astucia verdaderamente
admirables.
Habiendo sido la primera de las
naciones modernas en recorrer todas las fases de una revolución religiosa y
política y que en medio de terribles trastornos contemplara las pasiones en
toda su desnudez, el crimen en todas sus formas se aventaja a las otras en el conocimiento
de toda clase de resortes; al paso que fastidiada de vanos nombres con que en
esas épocas suelen encubrirse las pasiones más viles y los intereses más
mezquinos tiene sobrado embotada su sensibilidad para que puedan fácilmente
excitar en su seno las tormentas que a otros países los inundan de sangre y de
lágrimas.
No se altera su paz interior en
medio de la agitación y del acaloramiento de las discusiones; y aunque no deje de
columbrar en un porvenir más o menos lejano las espinosas situaciones que podrían
acarrearle gravísimos apuros disfruta entretanto de aquella calma que le
aseguran su constitución sus hábitos sus riquezas y sobre todo el Océano que la
ciñe.
Colocada en posición tan
ventajosa acecha la marcha de los otros pueblos para uncirlos a su carro con
doradas cadenas si tienen candor bastante para escuchar sus halagüeñas
palabras; o al menos procura embarazar su marcha y atajar sus progresos en
caso que con noble independencia traten de emanciparse de su influjo.
108
Atenta siempre a engrandecerse
por medio de las artes y comercio con una política mercantil en grado eminente
cubre no obstante la materialidad
de los intereses con todo linaje
de velos; y si bien cuando se trata
de los demás pueblos es
indiferente del todo a la religión e ideas políticas sin embargo se vale diestramente
de tan poderosas armas para procurarse amigos desbaratar a sus adversarios y
envolverlos a todos en la red mercantil que tiene de continuo tendida sobre los
cuatro ángulos de la tierra.
No es posible que se escape a su
sagacidad lo mucho que tendría adelantado para contar a España en el
número de sus colonias si pudiese lograr que
fraternizase con ella en ideas religiosas; no tanto por la buena
correspondencia que semejante fraternidad promovería entre ambos pueblos como
porque sería éste el medio seguro para que el español perdiese del todo ese
carácter singular esa fisonomía austera que le distingue de todos los otros
pueblos olvidando la única idea nacional y regeneradora que ha permanecido en
pie en medio de tan espantosos trastornos quedando así susceptible de toda
clase de impresiones ajenas y dúctil y flexible en todos los sentidos que pudiera
convenir a las interesadas miras de los solapados protectores.
No lo olvidemos: no hay nación en Europa que
conciba sus planes con tanta previsión que los prepare con tanta astucia que
los ejecute con tanta destreza ni que los lleve a cabo con igual tenacidad. Como después de las profundas
revoluciones que la trabajaron ha permanecido en un estado- regular desde el
último tercio del siglo XVII es enteramente extraña a los trastornos sufridos
en este período por los demás
pueblos de Europa ha podido seguir un sistema de
política concertado así en lo interior como en lo exterior; y de esta manera
sus hombres de gobierno han podido formarse más plenamente heredando los datos
y las miras que guiaron a los antecesores.
Conocen sus gobernantes cuán
precioso es estar de antemano apercibidos para todo evento; y así no descuidan
escudriñar a fondo qué es lo que hay en cada nación que los pueda ayudar o
contrastar; saliendo de la órbita política penetran en el corazón de la
sociedad sobre la cual se proponen influir; y rastrean allí cuáles son las condiciones
de su existencia cuál es su principio vital cuáles las causas de su fuerza y
energía.
Era en el otoño de 1805 y daba
Pitt una comida de campo a la que asistían varios de sus amigos. Le llegó entretanto un pliego en que se le
anunciaba la rendición de Alack en Ulma con cuarenta mil hombres y la marcha de
Napoleón sobre Viena.
109
Comunicó la funesta noticia a
sus amigos quienes al oírla exclamaron: "todo está perdido ya no hay
remedio contra Napoleón". "Todavía hay remedio replicó Pitt todavía
hay remedio si consigo levantar una guerra nacional en Europa y esta guerra ha
de comenzar en España".
"Sí señores
añadió después España será el primer pueblo donde se encenderá esa guerra
patriótica, la sola que pueda libertar Europa".
Tanta era la importancia que
daba ese profundo estadista a la fuerza de una idea nacional tanto era lo que
de ella esperaba; nada menos que hacer lo
que no podían todos los esfuerzos de todos
los gabinetes europeos: derrocar a Napoleón libertar
Lo que puede salvar a una nación
libertándola de interesadas tutelas y asegurándole su verdadera independencia
son ideas grandes y generosas arraigadas profundamente entre los pueblos; son
los sentimientos grabados en el corazón por la acción del tiempo por la
influencia de instituciones robustas por la antigüedad de los hábitos y de las
costumbres; es la unidad de pensamiento religioso que hace
de un pueblo un solo hombre.
Entonces lo pasado se enlaza con
lo presente y lo presente se extiende al porvenir; entonces brotan a porfía en
el pecho aquellos arranques de entusiasmo manantial de acciones grandes;
entonces hay desprendimiento, energía, constancia; porque hay en las ideas
fijeza y elevación porque hay en los corazones generosidad y grandeza.
No fuera imposible que en alguno
de los vaivenes que trabajan a esta nación desventurada tuviéramos la desgracia
de que se levantasen hombres bastante ciegos para ensayar la insensata
tentativa de introducir en nuestra patria la religión protestante.
Estamos demasiado escarmentados
para dormir tranquilos; y no se han olvidado sucesos que indican a las claras
hasta dónde se hubiera ya llegado algunas veces si no se hubiese suprimido la
audacia de ciertos hombres con el imponente desagrado de la inmensa mayoría de
la nación.
Y no es que se conciban siquiera
posibles las violencias del reinado de Enrique VIII pero sí que podría suceder
que aprovechándose de una fuerte ruptura con
110 Y no sería por cierto la
tolerancia lo que se nos importaría del extranjero; pues que ésta ya existe de
hecho y tan amplia que seguramente nadie recela el ser perseguido ni al molestado
por sus opiniones religiosas; lo que se nos traería y se trabajaría por
plantear fuera un nuevo sistema religioso pertrechándole de todo lo necesario
para alcanzar predominio y para debilitar o destruir si fuera posible el
Catolicismo.
Y mucho me engaño si en la
ceguedad y rencor que han manifestado algunos de nuestros hombres que se dicen
de gobierno no encontrase en ellos decidida protección el nuevo sistema religioso
una vez que le hubiéramos admitido. Cuando se tratara de admitirle se nos
presentaría quizás el nuevo sistema en ademán modesto reclamando tan sólo
habitación en nombre de la tolerancia y de la hospitalidad; pero bien pronto le
viéramos acrecentar su osadía reclamar derechos extender sus pretensiones y
disputar a palmos el terreno de la religión católica. Resonaran entrences con
más y más vigor aquellas rencorosas y virulentas declamaciones que tan
fatigados nos traen por espacio de algunos años; esos ecos de una escuela que
delira porque está por expirar.
El desvío con que mirarían los pueblos a la
pretendida reforma sería a no dudarlo culpado de rebeldía, las pastorales de
los obispos serían calificadas de insidiosas sugestiones el celo fervoroso de
los sacerdotes católicos acusado de provocación sediciosa y el concierto de los
fieles para preservarse de la infección sería denunciado como una conjura
diabólica urdida por la intolerancia y el espíritu de partido y confiada en su
ejecución a la ignorancia y al fanatismo.
En medio de los esfuerzos de los
unos .y de la resistencia de los otros viéramos mas o menos parodiadas escenas
de tiempos que ya pasaron; y si bien el espíritu de templanza que es uno de
los caracteres del siglo impediría que se repitiesen los excesos que mancharon
de sangre los fastos de otras naciones no dejarían sin embargo de ser
irritados.
Porque es menester no olvidar que tratándose
de religión no puede contarse en España con la frialdad e indiferencia que en
caso de un conflicto manifestarían en la actualidad otros pueblos: en éstos han
perdido los sentimientos religiosos mucho de su fuerza pero en España son
todavía muy hondos muy vivos muy enérgicos y el día que se los combatiera de
frente abordando las cuestiones sin rebozo se sentiría un sacudimiento tan
universal COMO recio. Hasta ahora si bien es verdad que en objetos
religiosos se han presenciado lamentables escándalos y hasta horrorosas
catástrofes no ha faltado nunca un disfraz que más o menos transparente
encubría empero algún tanto la perversidad de las intenciones.
Unas
veces ha sido el ataque contra esta o aquella persona a quien se han achacado maquinaciones
políticas; otras contra determinadas clases acusadas de crímenes imaginarios;
tal vez se ha desbordado la revolución y se ha dicho que era imposible contenerla
y que los atropellamientos los insultos los escarnios de que ha sido objeto lo
más sagrado que hay en la tierra y en el cielo eran sucesos inevitables
tratándose de un populacho desenfrenado: aquí mediaba al menos un disfraz y un
disfraz poco o mucho siempre cubre; pero cuando se viesen atacados de propósito
a sangre fría todos los dogmas del Catolicismo despreciados los puntos más
capitales de la disciplina ridiculizados los misterios más augustos escarnecidas
las ceremonias más sagradas; cuando se viera levantar un templo contra otro
templo una cátedra contra otra cátedra ¿qué sucedería?
Es
innegable que se exasperarían los ánimos hasta el extremo y si no resultaran
como fuera de temer estrepitosas explosiones tomarían al menos las
controversias religiosas un carácter tan violento que nos creeríamos
trasladados al siglo XVI.
Siendo tan frecuente entre
nosotros que los principios dominantes en el orden político sean enteramente
contrarios a los dominantes en la sociedad sucedería a menudo que el principio
religioso rechazado por la sociedad encontraría su apoyo en los hombres
influyentes en el orden político: reproduciéndose con circunstancias agravantes
el triste fenómeno que tantos años ha estarnos presenciando de querer los
gobernantes torcer a viva fuerza el curso de la sociedad.
Ésta es una de las diferencias más capitales
entre nuestra revolución y la de otros países; ésta es la clave para explicar
chocantes anomalías: allí las ideas de revolución se apoderaron de la sociedad
y se arrojaron en seguida sobre la esfera política; aquí se apoderaron primero
de la esfera política y trataron en seguida de bajar a la esfera social; la
sociedad estaba muy distante de hallarse preparada para semejantes innovaciones
y por esto han sido indispensables tan rudos y repetidos choques.
De esta falta de armonía ha resultado que el
gobierno en España ejerce sobre los pueblos muy escasa influencia entendiendo
por influencia aquel ascendiente moral que no necesita andar acompañado de la
idea de la fuerza. No hay duda que esto es un mal porque tiende a debilitar el
poder necesidad imprescindible para toda sociedad; pero no han faltado
ocasiones en que ha sido un gran bien: porque no es poca fortuna cuando un
gobierno es liviano e insensato el que se encuentre con una sociedad mesurada y
cuerda que mientras aquél corre a precipitarse desatentado vaya ésta marchando
con paso sosegado y majestuoso.
Mucho hay que esperar del buen
instinto de la nación española mucho hay que prometerse de su proverbial
gravedad aumentada además con tanto infortunio; mucho hay que prometerse de ese
tino que le hace distinguir tan bien el verdadero camino de su felicidad y que
la vuelve sorda a las insidiosas sugestiones con que se ha tratado de
extraviarla.
Si van ya muchos años que por una funesta
combinación de circunstancias y por la falta de armonía
entre el orden político y el social no acierta a darse un gobierno que sea su
verdadera expresión que adivine sus instintos que siga sus tendencias que la
conduzca por el camino de la prosperidad esperanza alimentamos de que
ese día vendrán que brotará del seno de esa sociedad rica de
vida y de porvenir esa misma armonía que le falta ese equilibrio que ha
perdido.
Entretanto es altamente
importante que todos los hombres que sientan latir en su pecho un corazón
español que no se complazcan en ver desgarradas las entrañas de su patria se
reúnan, se pongan de acuerdo obren concertados para impedir el que prevalezca
el genio del mal alcanzando a esparcir en nuestro suelo una semilla de
eterna discordia añadiendo esa otra calamidad a tantas otras calamidades
y ahogando los preciosos gérmenes de donde puede rebrotar lozana y brillante
nuestra civilización remozada alzándose del abatimiento y postración en que la
sumieran circunstancias aciagas.
¡Ay! Se oprime el alma con
angustiosa pesadumbre al solo pensamiento de que pudiera venir un día en que
desapareciese de entre nosotros esa unidad religiosa que se identifica con nuestros
hábitos, nuestros usos, nuestras costumbres, nuestras leyes, que guarda la cuna
de nuestra monarquía en la cueva de Covadonga que es la enseña de nuestro
estandarte en una lucha de ocho siglos con el formidable poder de
Vosotros que con precipitación
tan liviana condenáis las obras de los siglos que con tanta avilantes
insultáis a la nación española que tiznáis de barbarie y oscurantismo el
principio que presidió a nuestra civilización ¿sabéis a quién insultáis?
¿sabéis quién inspiró el genio del gran Gonzalo de Hernán Cortés de Pizarro,
del Vencedor de Lepanto?
Las sombras de Garcilaso de
Herrera de Ercilla de Fray Luis de León de Cervantes de Lope de Vega ¿no os
infunden respeto?
¿Osaréis
pues quebrantar el lazo que a ellos nos une y hacernos indigna prole de tan esclarecidos
varones? ¿Quisierais separar por un abismo nuestras creencias de sus creencias
nuestras costumbres de sus costumbres rompiendo así con todas nuestras
tradiciones olvidando los más embelesantes y gloriosos recuerdos y haciendo que
los grandiosos y augustos monumentos que nos legó la religiosidad de nuestros
antepasados sólo permanecieran entre nosotros como una represión la más elocuente
y severa?
¿Consentiríais
que se cegasen los ricos manantiales adonde podemos acudir para resucitar la
literatura vigorizar la ciencia reorganizar la legislación restablecer el
espíritu de nacionalidad restaurar nuestra gloria y colocar de nuevo a esta
nación desventurada en el alto rango que sus virtudes merecen dándole la
prosperidad y la dicha que tan afanosa busca y que en su corazón augura?
Empieza el cotejo del Protestantismo con el Catolicismo en sus relaciones
con el adelanto social de los pueblos. Libertad. Vago sentido de esta palabra.
La civilización europea se debe principalmente al Catolicismo. Comparación del
Oriente con el Occidente. Conjeturas sobre los destinos del Catolicismo en las
catástrofes que pueden amenazar a
PARANGONADOS ya bajo el aspecto religioso el
Catolicismo y el Protestantismo en el cuadro que acabo de trazar y evidenciada
la superioridad de aquél sobre éste no sólo en lo concerniente a certeza sino
también en todo lo relativo a los instintos a los sentimientos a las ideas al carácter
del espíritu humano será bien entrar ahora en otra cuestión no más importante
por cierto pero sí menos dilucidada y en que será preciso luchar con fuertes
antipatías y disipar considerable número de prevenciones y errores.
En medio de las dificultades de
que está erizada la empresa que voy a acometer, aliéntame una poderosa
esperanza, y es que lo interesante de la materia, y el ser muy del gusto
científico del siglo, convidará quizás a leer, obviándose de esta manera el peligro
que suele amenazar a los que escriben en favor de la religión católica: son juzgados
sin ser oídos.
He aquí, pues, la cuestión en
sus precisos términos: comparados el Catolicismo y el
Protestantismo, ¿cuál de los dos es más conducente parí la verdadera libertad,
para el verdadero adelanto de los pueblos, para la causa de la civilización?
Libertad:
ésta es una de aquellas palabras
tan generalmente usadas como poco entendidas; palabras que por envolver cierta
idea vaga muy fácil de percibir, presentan la engañosa apariencia de una entera
claridad, mientras que por la muchedumbre y variedad de objetos a que se
aplican, son susceptibles de una infinidad de sentidos, haciéndose su
comprensión sumamente difícil. ¿Y quién podrá reducir a guarismo las aplicaciones
que se hacen de la palabra libertad? Salvándose en todas ellas una
idea que podríamos apellidar radical, -son infinitas las modificaciones y graduaciones
a que se la sujeta.
Circula el aire con libertad; se
despejan los alrededores ole una planta para que crezca y se extienda con
libertad; se mondan los conductos de un regadío para que el agua corra con libertad;
al pez cogido en la red, al avecilla enjaulada se los suelta, y se les da
libertad; se trata a un amigo con libertad; hay modales libres, pensamientos
libres, expresiones libres, herencias libres, voluntad libre, acciones libres;
no tiene libertad el encarcelado, carece de libertad el hijo de familia, tiene
poca libertad una doncella, una persona casada ya no es libre, un hombre en
tierra extraña se porta con más libertad, el soldado no tiene libertad; hay
hombres libres de quintas, libres de contribuciones; hay votaciones libres,
dictámenes libres, interpretación libre, versificación libre; libertad de
comercio, libertad de enseñanza, libertad de imprenta, libertad de conciencia,
libertad civil, libertad política, libertad justa, injusta, racional, irracional,
moderada, excesiva, comedida, licenciosa, oportuna, inoportuna: mas ¿a qué
fatigarse en la enumeración, cuando es poco henos que imposible el dar cima a
tan enfadosa tarea?
Pero menester parecía detenerse
algún tanto en ella, aun a riego de fastidiar al lector; quizás el recuerdo de
este fastidio podrá contribuir a grabar profundamente en el ánimo la saludable
verdad, de que cuando en la conversación, en los escritos, en las discusiones
públicas, en las leyes, se usa tan a menudo esta palabra, aplicándola a objetos
ole la mayor importancia, es necesario reflexionar maduramente sobre el número
y naturaleza de ideas que en el respectivo caso abarca, sobre el sentido que la
materia consiente, sobre las modificaciones que las circunstancias demandan,
sobre las precauciones y, tino que las aplicaciones exigen.
Sea cual fuere la acepción en
que se tome la palabra libertad, échase de ver que siempre entraña en su
significado ausencia de causa que impida o coarte el ejercicio
de alguna facultad: infiriéndose
de aquí, que para fijar en cada paso el verdadero sentido de esa palabra, es
indispensable atender a la naturaleza y circunstancias de la facultad cuyo uso
se quiere impedir o limitar, sin perder de vista los varios objetos sobre qué
versa, las condiciones de su ejercicio, cómo y también el carácter, la
eficacia y la extensión de la causa que al efecto se empleare.
Para aclarar la materia
propongámonos formar juicio de esta proposición: el hombre ha de tener libertad
de pensar. Aquí se afirma que al hombre no se le ha de coartar el pensamiento.
Ahora bien: ¿habláis de coartación física ejercida inmediatamente sobre el
mismo pensamiento? Pues entonces es de todo punto inútil la proposición;
porque como semejante coartación es imposible, vano es decir que no se la debe
emplear. ¿Entendéis que no se debe coartar la expresión del pensamiento, es
decir que no se ha de impedir ni restringir la libertad de manifestar cada cual
lo que piensa?
Entonces habéis dado un salto
inmenso, habéis colocado la cuestión en muy diferente terreno; y si no queréis
significar que todo hombre, a todas horas, en todo lugar, pueda decir sobre cualquier
materia cuanto le viniere a la mente, y del modo que más le agradare, deberéis
distinguir cosas, personas, lugares, tiempos, modos, condiciones, en una
palabra, atender a mil y mil circunstancias, impedir del todo en unos casos,
limitar en otros, ampliar en éstos, restringir en aquéllos, y así tomaros tan
largo trabajo, que de nada os sirva el haber sentado en favor de la libertad
del pensamiento aquella proposición tan general, con toda su apariencia de
sencillez y claridad.
Aun penetrando en el mismo
santuario del pensamiento, en aquella región donde no alcanzan las miradas de
otro hombre, y que sólo está patente a los ojos de Dios, ¿qué significa la libertad
de pensar? ¿Es acaso que el pensamiento no tenga sus leyes a las que ha de sujetarse
por precisión, si no quiere sumirse en el caos? ¿Puede despreciar la norma de
una sana razón? ¿Puede desoír los consejos del buen sentido? ¿Puede olvidar que
su objeto es la verdad? ¿Puede desentenderse de los eternos principios de la
moral?
He aquí cómo examinando lo que
significa la palabra libertad, aun aplicándola a lo que seguramente hay de más
libre en el hombre como es el pensamiento, nos encontramos con tal muchedumbre
y variedad de sentidos, que nos obligan a un sinnúmero de distinciones, y nos
llevan por necesidad a restringir la proposición general, si algo queremos
expresar que no esté en contradicción con lo que dictan la razón y el buen sentido, con lo que
prescriben las leyes eternas de la moral, con lo que demandan los mismos
intereses del individuo, con lo que reclaman el buen orden y la conservación de
la sociedad.
¿Y qué no podría decirse de
tantas otras libertades como se invocan de continuo, con nombres
indeterminados y vagos, cubiertos a propósito con el equívoco y las tinieblas?
Pongo estos ejemplos, sólo para
que no se confundan las ideas; porque defendiendo como defiendo la causa del
Catolicismo, no necesito abogar por la opresión, ni invocar sobre los hombres
una mano de hierro, ni aplaudir que se huellen sus derechos sagrados. Sagrados,
sí, porque según la enseñanza de la augusta religión de Jesucristo, sagrado es
un hombre a los ojos de otro hombre, por su alto origen y destino, por la
imagen de Dios que en él resplandece, por haber sido redimido con inefable
dignación y amor por el mismo Mijo del Eterno; sagrados declara esa religión
divina los derechos del hombre, cuando su augusto Fundador amenaza con eterno
suplicio, no tan sólo a quien le matare, no tan sólo a quien le mutilare, no
tan sólo a quien le robare, sino, ¡cosa admirable!, hasta a quien se propasare
a ofenderle con solas palabras. "Quien llamare a su hermano fatuo,
será reo del fuego del infierno."
Mateo 5. v. 22.) Así hablaba el Divino Maestro.
Levantase el pecho con generosa
indignación, al oír que se achaca a la religión de Jesucristo, tendencia a esclavizar.
Cierto es que si se confunde el espíritu de verdadera libertad con el espíritu
de los demagogos, no se le encuentra en el Catolicismo; pero si no se quieren
trastrocar monstruosamente los nombres, si se da a la palabra libertad su
acepción más razonable, más justa, más provechosa, más dulce, entonces la
religión católica puede reclamar la gratitud del humano linaje: ella ha civilizado
las naciones que la han profesado; y la civilización es la verdadera libertad.
Es un hecho ya generalmente reconocido
y paladinamente confesado, que el cristianismo ha ejercido muy poderosa y saludable
influencia en el desarrollo de la civilización europea; pero a este hecho no
se le da todavía por algunos la importancia que merece, a causa de no ser bastante
bien apreciado. Con respecto a la civilización, se distingue a veces el influjo
del Cristianismo, del influjo del Catolicismo, ponderando las excelencias de
aquél y escaseando los encomios a éste; sin reparar que cuando se trata de la
civilización europea, puede el Catolicismo demandar una consideración siempre
principal, y por lo tocante a mucho tiempo, hasta exclusiva, pues que se hallé)
por largos siglos enteramente solo en el trabajo de esa grande abra.
No
se ha querido ver que al presentarse el Protestantismo en Europa estaba ya la
obra por concluir; y con una injusticia e ingratitud que no acierta uno a calificar,
se ha tachado al Catolicismo de espíritu de barbarie, de oscurantismo, de
opresión, mientras se hacía ostentosa gala de la rica civilización, de las
luces y de la libertad que a él principalmente son debidas.
Si no se tenía gana de
profundizar las íntimas relaciones del Catolicismo con la civilización
europea, si faltaba la paciencia que es menester en las prolijas investigaciones
a que tal examen conduce, al menos parecía del caso dar una mirada al estado de
los países donde en siglos trabajosos no ejerció la religión católica todo su
influjo, y compararlos con aquellos otros en que fue el principio dominante. El
Oriente y el Occidente, ambos sujetos a grandes trastornos, ambos profesando el
cristianismo, pero de manera que el principio católico se halló débil y vacilante
allí, mientras estuvo robusto y profundamente arraigado entre los occidentales,
hubieran ofrecido dos puntos de comparación muy a propósito para estimar lo que
vale el Cristianismo sin el Catolicismo, cuando se trata de salvar la
civilización y la existencia de las naciones.
En occidente los trastornos
fueron repetidos y espantosos, el caos llegó a su complemento, y sin embargo
del caos han brotado la luz y la vida. Ni la barbarie de los pueblos que inundaron
estas regiones, y que adquirieron en ellas asiento, ni las furiosas arremetidas
del islamismo, aun cuando estaba en su mayor brío y pujanza, bastaron para que
se ahogase el germen de una .civilización rica y fecunda: en
oriente todo iba envejeciendo y caducando, nada se remozaba, y a los embates
del ariete que nada había podido contra nosotros, todo cayó. Ese poder espiritual
de Roma, esa influencia en los negocios temporales, dieron por cierto frutos
muy diferentes de los que produjeron en semejantes circunstancias sus
rencorosos rivales.
Si un día estuviese destinada la
Europa a sufrir de nuevo algún espantoso y general trastorno, o por un desborde
universal de las ideas revolucionarias, o por alguna violenta irrupción del
pauperismo sobre los poderes sociales y sobre la propiedad; si ese coloso que
se levanta en el Norte en un trono asentado entre eternas nieves, teniendo en
su cabeza la inteligencia y en su mano la fuerza ciega, que dispone a la vez de
los medios de la civilización y de la barbarie, cuyos ojos van recorriendo de
continuo el Oriente, el Mediodía y el Occidente, con aquella mirada codiciosa y
astuta, señal característica que nos presenta la historia en todos los imperios
invasores; si acechado el momento oportuno se arrojase a una tentativa sobre
la independencia de Europa, entonces quizás se vería una prueba de lo que vale
en los grandes apuros el principio católico, entonces se palparía el poder de
esa unidad proclamada y sostenida por el Catolicismo, entonces
recordando los siglos medios se vería una de las causas de la debilidad del
Oriente y de la robustez del Occidente, entonces se recordaría un hecho que
aunque es de ayer, empieza ya a olvidarse, y es que el pueblo contra cuyo
denodado brío se estrelló el poder de Napoleón, era el pueblo proverbialmente
católico.
Y ¿quién sabe si en los
atentados cometidos en Rusia contra el Catolicismo, atentados que ha deplorado
en sentido lenguaje el Vicario de Jesucristo, quién sabe si influye el secreto
presentimiento, o quizás la previsión, de la necesidad de debilitar aquel
sublime poder, que tratándose de la causa de la humanidad, ha sido en todas
épocas el núcleo de los grandes esfuerzos? Pero volvamos al intento.
No puede negarse que desde el
siglo XVI se ha mostrado la civilización europea muy lozana y brillante; pero
es un error atribuir este fenómeno al Protestantismo. Para examinar la influencia
y eficacia de un hecho no se han de mirar tan sólo los sucesos que han venido
después de él; se ha de considerar si estos sucesos estaban ya preparados, si
son algo más que un resultado necesario de hechos anteriores, conviene no
hacer aquel raciocinio que tachan de sofístico los dialécticos: después
de esto, luego por esto; post hoc, ergo propter hoe. Sin el Protestantismo, y antes del Protestantismo,
estaba ya muy adelantada la civilización europea por los trabajos e influencia
de la religión católica; y la grandeza y esplendor que sobrevinieron después,
no se desplegaron a causa del Protestantismo, sino a pesar del Protestantismo.
Al extravío de ideas en esta
materia ha contribuido no poco el estudio poco profundo que se ha hecho del cristianismo,
el haberse contentado no pocas veces con una mirada superficial sobre los principios
de fraternidad que él tanto recomienda, sin entrar en el debido examen de la historia
de la Iglesia. Para comprender a fondo una institución, no basta pararse en sus
ideas más capitales; es necesario seguirle también los pasos, ver cómo va
realizando esas ideas, cómo triunfa de los obstáculos que le salen al encuentro.
Nunca se formará concepto cabal
sobre un hecho histórico, si no se estudia detenidamente su historia; y el
estudio de la historia de la Iglesia católica en sus relaciones con la civilización
deja todavía mucho que desear. Y no es que sobre la historia de la Iglesia no
se hayan hecho estudios profundos, sino que desde que se ha desplegado el espíritu
de análisis social, no ha sido todavía objeto de aquellos trabajos admirables
que tanto la ilustraron bajo el aspecto dogmático y crítico.
Otro embarazo media para que
pueda dilucidarse cual conviene esta materia, y es el dar sobrada importancia a
las intenciones de los hombres, distrayéndose de considerar la marcha grave y
majestuosa de las cosas. Se mide la magnitud y se califica la naturaleza de los
acontecimientos por los motivos inmediatos que los determinaron, y por los
fines que se proponían los hombres que en ellos intervinieron; y esto es un
error muy grave: la vista se ha de extender a mayor espacio y se 1Ia ele
observar el sucesivo desarrollo de las ideas, el influjo que anduvieron
ejerciendo en los sucesos, las instituciones que de ellas iban brotando, pero
considerándolo todo corno es en sí, es decir, en un cuadro grande, inmenso, sin
pararse en hechos particulares contemplados en su aislamiento y pequeñez.
Que es menester grabar profundamente
en el ánimo la importante verdad de que cuando se desenvuelve alguno de esos
grandes hechos que cambian la suerte ele una parte considerable del humano linaje,
rara vez lo comprenden los mismos hombres que en ello intervienen, y que como
poderosos agentes figuran: la marcha cíe la humanidad es un gran drama, los
papeles se distribuyen entre los individuos que pasan y desaparecen, el hombre
es muy pequeño, sólo Dios es grande.
Ni los actores de las escenas de
los antiguos imperios de Oriente, ni Alejandro arrojándose sobre el Asia y
avasallando innumerables naciones, ni los romanos sojuzgando el mundo, ni los
bárbaros derrocando y destrozando el Imperio Romano, ni los musulmanes
dominando el Asia, el África y amenazando la independencia de Europa, pensaron
ni pensar podían en que sirviesen de instrumento para realizar los destinos cuya
ejecución nosotros admiramos.
Quiero indicar con esto, que
cuando se trata de civilización cristiana, cuando se van notando y analizando
los hechos que señalan su marcha, no es necesario, y muchas veces ni conveniente,
el suponer que los hombres que a ella han contribuido de una manera muy
principal, conocieran en toda su extensión el resultado de su propia obra;
bástale a la gloria de un hombre, el que se le señale como escogido
instrumento de la Providencia, sin que sea menester atribuir demasiado a su
conocimiento particular, a sus intenciones personales.
Basta reconocer que un rayo de
luz ha bajado del cielo y,ha iluminado su frente, pero no hay necesidad de que
él mismo previera que ese raro, reflejando, se desparramara en inmensas madejas
sobre las generaciones venideras. Los hambres pequeños son comúnmente más
pequeños de lo que piensan; pero los hombres grandes son a veces más grandes de
lo que creen: y es que no conocen todo su grandor, por no saber que son
instrumentos de altos designios de la Providencia.
Otra observación debe tenerse presente
en el estudio de esos grandes hechos, y es que no se debe buscar un sistema,
cuya trabazón y armonía se descubran a la primera ojeada. Preciso es resignarse
a sufrir la vista de algunas irregularidades y algunos objetos poco agradables:
es menester precaverse contra la pueril impaciencia de querer adelantarnos al
tiempo, es indispensable despojarse de aquel deseo, que más o menos vivo nunca
nos abandona, de encontrarlo todo amoldado conforme a nuestras ideas, de verlo
marchar todo de la manera que Irás nos agrada.
¿No veis esa naturaleza tan
grande, tan variada, tan rica, cómo prodiga en cierto desorden sus productos
ocultando inestimables piedras y preciosísimos veneros entre montones de tierra
ruda, cuál despliega inmensas cordilleras, riscos inaccesibles, horrendas
fragosidades, que contrastan con amenas y espaciosas llanuras? ¿No veis ese
aparente desorden, esa prodigalidad, en medio de las cuales están trabajando en
secreto concierto innumerables agentes para producir el admirable conjunto que
encanta nuestros ojos y admira al naturalista?
Pues he aquí la sociedad: los
hechos andan dispersos, desparramados acá y allá, sin ofrecer muchas veces
visos de orden ni concierto; los acontecimientos se suceden, se empujan, sin
que se descubra un designio; los hombres se aúnan, se separan, se auxilian, se
chocan; pero va pasando el tiempo, ese agente indispensable para la producción
de las grandes obras y va todo caminando al destino señalado en los arcanos del
Eterno.
He aquí cómo se concibe la
marcha de la humanidad, he aquí la norma del estudio filosófico de la historia,
he aquí el modo de comprender el influjo de esas ideas fecundas, de esas instituciones
poderosas que aparecen de vez en cuando entre los hombres para cambiar la faz
de la tierra. En semejante estudio, y cuando se descubre obrando en el fondo
de las cosas una idea fecunda, una institución poderosa, lejos de asustarse el
ánimo por encontrar alguna irregularidad, se complace y se alienta; porque es
excelente señal de que la idea está llena de verdad, de que la institución
rebosa de vida, cuando se las ve atravesar el caos de los siglos, y salir
enteras de entre los más horrorosos sacudimientos.
Que estos o aquellos hombres no se hayan
regido por la idea, que no hayan correspondido al objeto de la institución,
nada importa, si la institución ha sobrevivido a los trastornos, si la idea ha
sobrenadado en el borrascoso piélago de las pasiones. Entonces el mentar las
flaquezas, las miserias, la culpa, los crímenes de los hombres, es hacer la más
elocuente apología de la idea y de la institución.
Mirados los hombres de esta manera,
no se los saca de su lugar propio, ni se exige de ellos lo que racionalmente no
se puede exigir. Encajonados, por decirlo así, en el hondo cauce del gran
torrente de los sucesos, no se atribuye a su inteligencia ni voluntad mayor
esfera de la que les corresponde; y sin dejar por eso de apreciar debidamente
la magnitud y naturaleza de las obras en que tomaron parte, no se da exagerada
importancia a sus personas, honrándolas con encomio que no merezcan, o
achacándoles cargos injustos.
Entonces no se confunden monstruosamente
tiempos y circunstancias; el observador mira con sosiego y templanza los
acontecimientos que se van desplegando ante sus ojos; no habla del imperio de
Carlomagno como hablar pudiera del imperio de Napoleón, ni se desata en agrias
invectivas contra Gregorio VII, porque no siguió en su política la misma línea
de conducta que Gregorio XVI.
Y cuenta que no exijo del
historiador filósofo una impasible indiferencia por el bien y por el mal, por
lo justo y lo injusto; cuenta que no reclamo indulgencia para el vicio, ni
pretendo que se escaseen los elogios a la virtud; no simpatizo con esa escuela
histórica fatalista que ha vuelto a presentar sobre el mundo el Destino de los
antiguos: escuela que si extendiera mucho su influencia, malograría la más
hermosa parte de los trabajos históricos y ahogaría los destellos de las inspiraciones
más generosas. En la marcha de la sociedad veo un plan, veo un concierto, mas
no ciega necesidad; no creo que los sucesos se revuelvan, barajen en confusa mezcolanza
en la oscura urna del destino, ni que los hados tengan ceñido el mundo con un
aro de hierro.
Veo sí una cadena maravillosa
tendida sobre el curso de los siglos; pero es cadena que no embarga el movimiento
de los individuos ni el de las naciones; que ondeando suavemente se aviene con
el flujo y reflujo demandado por la misma naturaleza de las cosas; que con su
contacto hace brotar de la cabeza de los hombres pensamientos grandiosos:
cadena de oro que está pendiente de la mano del Hacedor Supremo, labrada con
infinita inteligencia y regida con inefable amor.
¿EN Que
estado encontró al mundo el Cristianismo? Pregunta es ésta en que debemos fijar
mucho nuestra atención, si queremos apreciar debidamente los beneficios
dispensados por esa religión divina al individuo y a la sociedad; si deseamos
conocer el verdadero carácter de la civilización cristiana.
Sombrío cuadro por cierto presentaba la sociedad en cuyo
centro nació el cristianismo. Cubierta de bellas apariencias, y herida en su
corazón con enfermedad de muerte, ofrecía la imagen de la corrupción más
asquerosa, velada con el brillante ropaje de la ostentación y de la opulencia.
La moral sin base, las costumbres sin pudor, sin freno las pasiones, las leyes
sin sanción, la religión sin Dios, flotaban las ideas a merced de las
preocupaciones, del fanatismo religioso, y de las cavilaciones filosóficas. Era
el hombre un hondo misterio para sí mismo, y ni sabía estimar su dignidad, pues
que consentía que se le rebajase al nivel de los brutos; ni cuando se empeñaba
en ponderarla, acertaba a contenerse en los lindes señalados por la razón y la
naturaleza, siendo a este propósito bien notable, que mientras una gran parte
del humano linaje gemía en la más abyecta esclavitud, se ensalzasen con tanta
facilidad los héroes, y hasta los más detestables monstruos, sobre las aras de
los dioses.
Con semejantes elementos debía cundir tarde o
temprano la disolución social; y aun cuando no hubiera sobrevenido la violenta
arremetida de los bárbaros, más o menos tarde aquella sociedad se hubiera
trastornado: porque no había en ella ni una idea fecunda, ni un pensamiento consolador,
ni una vislumbre de esperanza que pudiese preservarla de la ruina.
La
idolatría había perdido su fuerza:
resorte gastado con el tiempo y por el uso grosero que de él habían hecho las
pasiones, expuesta su frágil contextura al disolvente fuego de la observación
filosófica, estaba en extremo desacreditada; y si por efecto de arraigados
hábitos, ejercía sobre el ánimo de los pueblos algún influjo maquinal, no era
esto capaz ni de restablecer la armonía de la sociedad, ni de producir aquel
fogoso entusiasmo inspirador de grandes acciones: entusiasmo, que tratándose de
corazones vírgenes puede ser excitado hasta por la superstición más irracional
y absurda.
A juzgar por la
relajación de costumbres, por la flojedad en los ánimos, por la afeminación y
el lujo, por el completo abandono a las más repugnantes diversiones y
asquerosos placeres, se ve claro que las ideas religiosas nada conservaban de
aquella majestad que notamos en los tiempos heroicos; y que faltas de eficacia
ejercían sobre el ánimo de los pueblos escaso ascendiente, mientras servían de
un modo lamentable como instrumentos de disolución.
Ni era posible que
sucediese de otra manera: pueblos que se habían levantado al alto grado de
cultura de que pueden gloriarse griegos y romanos, que habían oído disputar a
sus sabios sobre las grandes cuestiones acerca de la Divinidad y el hombre, no
era regular que permaneciesen en aquella candidez que era necesaria para creer
de buena fe los intolerables absurdos de que rebosa el paganismo; y sea cual
fuere la disposición de ánimo de la parte más ignorante del pueblo, a buen
seguro que le creyeran cuantos se levantaban un poco sobre el nivel regular,
ellos que acababan de oír filósofos tan cuerdos como Cicerón, y que se estaban
saboreando en las maliciosas agudezas de sus poetas satíricos.
Si la religión era impotente, quedaba al parecer
otro recurso: la ciencia. Antes de entrar en el examen de lo que podía esperarse
de ella, es necesario observar que jamás la ciencia fundó una sociedad, ni
jamás fue bastante a restituirle el equilibrio perdido.
Revuélvase la historia de los tiempos antiguos: se
hallarán al frente de algunos pueblos hombres eminentes que ejerciendo un
mágico influjo sobre el corazón de sus semejantes, dictan leyes, reprimen
abusos, rectifican las ideas, enderezan las costumbres, y asientan sobre
sabias instituciones un gobierno, labrando más o menos cumplidamente la dicha
y la prosperidad de los pueblos que se entregaron a su dirección y cuidado.
Pero muy errado anduviera quien se figurase que esos hombres procedieron a
consecuencia de lo que nosotros llamamos combinaciones científicas: sencillos
por lo común, y hasta rudos y groseros, obraban a impulsos de su buen corazón,
y guiados por aquel buen sentido, por aquella sesuda cordura, que dirigen al
padre de familia en el manejo de los negocios domésticos; mas nunca tuvieron
por norma esas miserables cavilaciones que nosotros apellidamos teorías, ese fárrago indigesto de ideas que nosotros
disfrazamos con el pomposo nombre de ciencia.
¿Y qué? ¿Fueron acaso los mejores tiempos de la
Grecia aquéllos en que florecieron los Platones y los Aristóteles? Aquellos fieros romanos que
sojuzgaron el mundo no poseían por cierto la extensión y variedad de
conocimientos que admiramos en el siglo de Augusto; y ¿quién trocara sin
embargo unos tiempos con otros tiempos, unos hombres con otros hombres?
Los siglos modernos podrían
también suministrarnos abundantes pruebas de la esterilidad de la ciencia en
las instituciones sociales; cosa tanto más fácil de notar cuando son tan patentes
los resultados prácticos que han dimanado de las ciencias naturales. En éstas
diríase que se ha concedido al hombre lo que en aquéllas le fue negado; si
bien que mirada a fondo la cosa no es tanta la diferencia como a primera vista
pudiera parecer.
Cuando el hombre trata de hacer
aplicación de los conocimientos que ha adquirido sobre la naturaleza, se ve
forzado a respetarla; y como aunque quisiese, no alcanzara con su débil mano a
causarle considerable trastorno, se limita en sus ensayos a tentativas de poca
monta, excitándole el mismo deseo del acierto, a obrar conforme a las leyes a
que están sujetos los cuerpos sobre los cuales se ejercita.
En las aplicaciones de las
ciencias sociales sucede muy, de otra manera: el hombre puede obrar directa
e inmediatamente sobre la misma sociedad; con su mano puede trastornarla, no
se ve por precisión limitado a practicar sus ensayos en objetos de poca entidad
y respetando las eternas leyes de las sociedades, sino que puede imaginarlas a
su gusto, proceder conforme a sus cavilaciones, y acarrear desastres de que se
lamente la humanidad. Recuérdense las extravagancias que sobre la naturaleza
han corrido muy válidas en las escuelas filosóficas antiguas y modernas, y véase
lo que hubiera sido de la admirable máquina del universo, si los filósofos la
hubieran podido manejar a su arbitrio.
Por desgracia no sucede así en
la sociedad: los ensayos se hacen sobre ella misma, sobre sus eternas bases, y
entonces resultan gravísimos reales, pero males que evidencian la debilidad
ele la ciencia del hombre. Es menester no olvidarlo: la ciencia, propiamente
dicha, vale poco para la organización de las sociedades; y en los tiempos
modernos que tan orgullosa se manifiesta por su pretendida fecundidad, será
bien recordarle que atribuye a sus trabajos lo que es fruto del transcurso de
los siglos, del sano instinto de los pueblos, y a veces de las inspiraciones de
un genio: y ni el instinto de los pueblos, ni el genio, tienen nada de parecido
a la ciencia.
Pero dando
de mano a esas consideraciones generales, siempre muy útiles como que son tan
conducentes para el conocimiento del hombre, ¿qué podía esperarse de la falsa
vislumbre de ciencia que se conservaba sobre las ruinas de las antiguas escuelas,
a la época de que hablamos?
Escasos como
eran en semejantes materias los conocimientos de los filósofos antiguos, aun
de los más aventajados, no puede menos de confesarse que los nombres de
Sócrates, de Platón, de Aristóteles, recuerdan algo de respetable; y,
que en medio de desaciertos y aberraciones, ofrecen conceptos dignos de la elevación
de sus genios.
Pero cuando
apareció el cristianismo, estaban sofocados los gérmenes del saber esparcidos
por aquellos grandes hombres: los sueños habían ocupado el lugar de los pensamientos
altos y fecundos, el prurito de disputar reemplazaba el amor de la sabiduría, y
los sofismas y las cavilaciones se habían sustituido a la madurez del juicio y
a la severidad del raciocinio. Derribadas las antiguas escuelas, formadas de
sus escombros otras tan estériles como extrañas, brotaba por todas partes
cuantioso número de sofistas, como aquellos insectos inmundos que anuncian la corrupción
de un cadáver. La Iglesia nos ha conservado un dato preciosísimo para juzgar de
la ciencia de aquellos tiempos: la historia de las primeras herejías. Si
prescindimos de lo que en ellas indigna, cual es su profunda inmoralidad,
'¿puede verse cosa más vacía, más insulsa, más digna de lástima?
La legislación romana tan
recomendable por la justicia y equidad que entraña, y por el tino y sabiduría
con que resplandece, si bien puede contarse como uno de los más preciosos esmaltes
de la civilización antigua, no era parte sin embargo a prevenir la disolución
de que estaba amenazada la sociedad.
Nunca debió ésta su salvación a
jurisconsultos; porque obra tamaña no está en la esfera del influjo de la
jurisprudencia. Que sean las leyes tan perfectas como se quiera, que la jurisprudencia
se haya levantado al mas alto punto de esplendor, que los jurisconsultos estén
animados de los sentimientos mas puros, que vayan guiados por las miras más
rectas, ¿de qué servirá todo esto, si el corazón de la sociedad está
corrompido, si los principios morales han perdido su fuerza, si las costumbres
están en perpetua lucha con las leyes?
Ahí están los cuadros que de las
costumbres romanas nos han dejado sus mismos historiadores, y véase si en
ellos se encuentran retratadas la equidad, la justicia, el buen sentido, que
han merecido a las leyes romanas el honroso dictado de razón
escrita.
Como una prueba de imparcialidad
omito de propósito el notar los males que no carece el derecho romano; no fuera
que se me achacase que trato de rebajar
todo aquello que no es obra del Cristianismo.[xiv] VER NOTA 14
126 No debe, sin embargo, pasarse por
alto que no es verdad que al Cristianismo no le cupiese ninguna parte en la
perfección de la jurisprudencia romana; no sólo con respecto al período de los
emperadores cristianos, lo que no admite duda, sino también hablando de los
anteriores. Es cierto que algún tiempo antes de la venida de Jesucristo era muy
crecido el número de las leyes romanas, y que su estado y arreglo llamaba la
atención de los hombres más ilustres.
Sabemos por Suetonio (in Cesar. c. 44) que Julio César se había propuesto la utilísima
tarea de reducir a pocos libros, lo más selecto y necesario que andaba desparramado
en la inmensa abundancia de leyes; un pensamiento semejante había ocurrido a
Cicerón, quien escribió un libro sobre la redacción metódica del derecho civil (De jure civil ¡in arte redigendo), como atestigua Gelio (Noce. Att. 1. 1. c. 22); y según nos dice Tácito (Aun. l. 3. c. 28), este trabajo había también
ocupado la atención del emperador Augusto.
Esos
proyectos revelan ciertamente que la legislación no estaba en su infancia;
pero no deja por ello de ser verdad, que el derecho romano, tal como le
tenemos, es casi todo un producto de siglos posteriores. Varios de los jurisconsultos
más afamados, y cuyas sentencias forman una buena parte del derecho, vivían
largo tiempo después de la venida de Jesucristo; y las constituciones de los
emperadores llevan en su propio nombre el recuerdo de su época.
Asentados estos hechos,
observaré que por ser paganos los emperadores y los jurisconsultos, no se
infiere que las ideas cristianas dejasen de ejercer influencia sobre sus obras.
El número de los cristianos era inmenso por todas partes; la misma crueldad
con que se los había perseguido, la heroica fortaleza con que arrostraban los
tormentos y la muerte, debían de haber llamado la atención de todo el mundo; y
es imposible que entre los hombres pensadores no se existiera la curiosidad de
examinar cuál era la enseñanza que la religión nueva comunicaba a sus prosélitos.
La lectura de las apologías del
cristianismo escritas ya en los primeros siglos con tanta fuerza de raciocinio
y, elocuencia, las obras de varias clases publicadas por los primeros padres,
las homilías de los obispos dirigidas a los pueblos, encierran un caudal tan
grande de sabiduría, respiran tanto amor a la verdad y a la justicia, proclaman
tan altamente los eternos principios de la moral, que no podía menos de
hacerse sentir su influencia aun entre aquéllos que condenaban la religión del
Crucificado.
Cuando van extendiéndose
doctrinas que tengan por objeto aquellas grandes cuestiones que más interesan
al hombre, si estas doctrinas son propagadas con fervoroso celo, aceptadas con
ardor por un crecido número de discípulos, y sustentadas con el talento y el
saber de hombres ilustres, dejan en todas direcciones hondos surcos, y afectan
aun a aquéllos mismos que las combaten con acaloramiento.
Su influencia en tales casos es
imperceptible, pero no deja de ser muy real y verdadera; se asemejan a aquellas
exhalaciones de que se impregna la atmósfera: con el aire que respiramos
absorbemos a veces la muerte, a veces un aroma saludable que nos purifica y
conforta.
No podía menos de verificarse el
mismo fenómeno con respecto a una doctrina predicada de un modo tan extraordinario,
propagada con tanta rapidez, sellada su verdad con torrentes de sangre, y defendida
por escritores tan ilustres como Justino, Clemente de Alejandría,
Ireneo y Tertuliano. La profunda sabiduría, la embelesante belleza de las
doctrinas explicadas por los doctores cristianos, debían de llamar la atención
hacia los manantiales donde las bebían; y es regular que esa picante
curiosidad pondría en manos de muchos filósofos y jurisconsultos los libros de
la Sagrada Escritura.
¿Qué tuviera de extraño que Epicteto se
hubiese saboreado largos ratos en la lectura del sermón sobre la montaña; ni que los oráculos de la
jurisprudencia recibiesen sin pensarlo las inspiraciones de una religión que,
creciendo de un modo admirable en extensión y pujanza, andaba apoderándose de
todos los rangos de la sociedad? El ardiente amor a la verdad y a la justicia,
el espíritu de fraternidad, las grandiosas ideas sobre la dignidad del hombre,
temas perpetuos de la enseñanza cristiana, no eran para quedar circunscritos al
solo ámbito de los hijos de la Iglesia.
Con más o menos lentitud, se iban filtrando
por todas las clases; y cuando con la conversión de Constantino adquirieron influencia
política y predominio público, no se hizo otra cosa que repetir el fenómeno de
que en siendo un sistema muy, poderoso en el orden social, pasa a
ejercer un señorío o al menos su influencia, en el orden político.
Con entera confianza abandono estas
reflexiones al juicio de los hombres pensadores; seguro de que si no las adoptan,
al menos no las juzgarán desatendibles. Vivimos en una época fecunda en
acontecimientos, y en que se han realizado revoluciones profundas: y por eso
estamos más en proporción de comprender los inmensos efectos de las influencias
indirectas y- lentas, el poderoso ascendiente de las ideas, la fuerza
irresistible con que se abren paso las doctrinas.
A esa falta de principios
vitales para regenerar la sociedad, a tan poderosos elementos de disolución
como abrigaba en su seno, se allegaba otro mal y, no de poca
cuantía, en lo vicioso de la organización política. Doblegada la cerviz del
mundo bajo el yugo de Roma, se veían cientos de pueblos, muy diferentes en usos
y costumbres, amontonados en desorden como el botín de un cuerpo de batalla,
forzados a formar un cuerpo facticio, como trofeos ensartados en el astil de
una lanza.
128
La unidad en el gobierno no podía
ser provechosa, porque era violenta; y añadiéndose que esta unidad era
despótica, desde la silla del imperio hasta los últimos mandarines, no podía
traer otro resultado que el abatimiento y la degradación de los pueblos;
siéndoles imposible desplegar aquella elevación y energía de ánimo, frutos preciosos
del sentimiento de la propia dignidad, y el amor a la independencia de la
patria.
Si al menos Roma hubiese conservado
sus antiguas costumbres, si abrigara en su seno aquellos guerreros tan célebres
por la fama de sus victorias como por la sencillez y austeridad de costumbres,
se pudiera concebir la esperanza de que emanara a los pueblos vencidos algo de
las prendas de los vencedores, como un corazón joven y robusto reanima con su
vigor un cuerpo extenuado con las más rebeldes dolencias.
Pero desgraciadamente no era
así: los Fabios, los Camilos, los Escipiones, no hubieran conocido su indigna
prole; y, Roma, la señora del mundo, yacía esclava bajo los pies de unos monstruos,
que ascendían al trono por el soborno y la violencia, manchaban el cetro con
su corrupción y crueldad, y acababan la vida en manos de un asesino. La
autoridad del senado y la del pueblo habían desaparecido: quedaban tan sólo
algunos vanos simulacros, vestigia inorientis libertatis,
como los apellida Tácito,
vestigios de la libertad expirante: y aquel pueblo rey que antes distribuía
el imperio, las fasces, las legiones, y todo, a la sazón ansiaba tan sólo dos
cosas: paz y juegos.
Qui dabat olim Imperiunz, fasces, legiones, ownia,
nunc se Continet, atgue ditas tantunn res anxius optat, Panesn et circenses. Juvenal, Satyr. 10
Vino por fin la plenitud de los
tiempos, el Cristianismo apareció, y sin proclamar ninguna alteración en las
formas políticas, sin atentar contra ningún gobierno, sin ingerirse en nada que
fuese mundanal y terreno, llevó a los hombres una doble salud, llamándolos al
camino de una felicidad eterna, al paso que iba derramando a manos llenas el
único preservativo contra la disolución social, el germen de una regeneración
lenta y pacífica, pero grande, inmensa, duradera, a la prueba de los trastornos
de los siglos. Y ese preservativo contra la disolución social, y ese germen de
inestimables mejoras, era una enseñanza elevada y pura, derramada sobre todos
los hombres, sin excepción de edades, de sexos, de condiciones, como una lluvia
benéfica que se desata en suavísimos raudales sobre una campiña mustia y agostada.
129
No hay
religión que se haya igualado al Cristianismo, ni en conocer el secreto de dirigir
al hombre, ni cuya conducta en esa dirección sea un testimonio más solemne del
reconocimiento de la alta dignidad humana.
El Cristianismo ha partido
siempre del principio de que el primer paso para apoderarse de todo el hombre,
es apoderarse de su entendimiento; que cuando se trata o de extirpar un mal, o
de producir un bien, es necesario tornar por blanco principal las ideas; dando
de esta manera un golpe mortal a los sistemas de violencia, que tanto dominan
dondequiera que él no existe, y proclamando la saludable verdad de que cuando
se trata de dirigir a los hombres, el medio más indigno y más débil es la
fuerza. Verdad benéfica y fecunda, que abría a la humanidad un nuevo y
venturoso porvenir.
Sólo desde el Cristianismo se encuentran,
por decirlo así, cátedras de la más sublime filosofía, abiertas a todas horas,
en todos lugares, para todas las clases del pueblo: las más altas verdades
sobre Dios y el hombre, las reglas de la moral más pura, no se limitan ya a ser
comunicadas a un número escogido de discípulos en lecciones ocultas y
misteriosas: la sublime filosofía del Cristianismo ha sido más resuelta, se ha
atrevido a decir a los hombres la verdad entera y desnuda, y eso en público,
en alta voz, con aquella generosa osadía compañera inseparable de la verdad.
"Lo que os digo de noche
decidlo a la luz del día, y lo que os digo al oído, predicadlo desde los
terrados". Así hablaba Jesucristo a sus discípulos. (1Mat. c. 10. v. 27).
Luego que se hallaron encarados
el Cristianismo y el paganismo, se hizo palpable la superioridad de aquél, no
tan sólo por el contenido de las doctrinas, sino también por el modo de propagarlas:
se pudo conocer desde luego que una religión cuya enseñanza era tan sabia y tan
pura, y que para difundirla se encaminaba sin rodeos, en derechura, al
entendimiento y al corazón, había de desalojar bien pronto de sus usurpados dominios
a otra religión de impostura y mentira. Y en efecto, ¿qué hacía el paganismo
para el bien de los hombres?, ¿cuál era su enseñanza sobre las verdades
morales?, ¿qué diques oponía a la corrupción de costumbres?
"Por lo que toca a las
costumbres, dice a este propósito San Agustín, ¿cómo no cuidaron los dioses de
que sus adoradores no las tuvieran tan depravadas? El verdadero Dios a quien no
adoraban los desechó, y con razón; pero los dioses, cuyo culto se quejan que se
les prohíba esos hombres ingratos, esos dioses, ¿por qué a sus adoradores no
les ayudaron con ley alguna para bien vivir?
130
Ya que los hombres cuidaban del culto, justo
era que los dioses no olvidasen el cuidado de la vida y costumbres. Se me dirá
que nadie es malo sino por su voluntad; ¿quién lo niega? Pero cargo era de los
dioses no ocultar a los pueblos, sus adoradores, los preceptos de la moral,
sino predicárselos a las claras, reconvenir y reprender por medio de los vates
a los pecadores, amenazar públicamente con la pena a los que obraban mal, y
prometer premios a los que obraban bien. En los templos de los dioses ¿cuándo
resonó una voz alta y vigorosa que a tamaño objeto se dirigiese?" (De Civit. Dei, 1. 2. c. 4.)
Traza en seguida el Santo doctor un negro
cuadro de las torpezas y abominaciones que se cometían en los espectáculos y
juegos sagrados celebrados en obsequio de los dioses, a que él mismo dice que
había asistido en su juventud, y luego continúa: "infiérese de esto que no se curaban aquellos dioses de la vida y
costumbres de las ciudades y naciones que les rendían culto, dejándolas que se
abandonasen a tan horrendos y detestables males, no dañando tan sólo a sus
campos y viñedos, no a su casa y hacienda, no al cuerpo sujeto a la mente,
sino permitiéndoles sin ninguna prohibición imponente, que abrevasen de maldad
a la directora del cuerpo, a su misma alma. Y si se pretende que vedaban tales
maldades, que se nos manifieste, que se nos pruebe.
Jáctanse de
no sé qué susurros que sonaban a los oídos de muy pocos, en que bajo un velo
misterioso se enseñaban los preceptos de una vida honrada y pura; pero muéstrennos
los lugares señalados para semejantes reuniones, no los lugares donde los
farsantes ejecutaban los juegos con voces y acciones obscenas, no donde se celebraban
las fiestas frugales con la más estragada licencia, sino donde oyesen los
pueblos los preceptos de los dioses, sobre reprimir la codicia, quebrantar la
ambición, y refrenar los placeres: donde aprendiesen esos infelices aquella
enseñanza que con severo lenguaje les recomendaba Persio (Satyr. 3)
cuando decía: "Aprended, oh miserables, a conocer las causas de las cosas, lo
que somos, a qué nacimos, cuál debe ser nuestra conducta, cuán deleznable es
el término de nuestra carrera, cuál es la razonable templanza en el amor del
dinero, cuál su utilidad verdadera, cuál la norma de nuestra liberalidad con
nuestros deudos y nuestra patria, adónde te ha llamado Dios y cuál es el lugar
que ocupas entre los hombres".
Dígasenos en qué lugar solían recitarse de
parte de los dioses semejantes preceptos, donde pudiesen oírlos con frecuencia
los pueblos, sus adoradores; muéstrensenos esos lugares, así como nosotros mostramos
iglesias instituidas para este objeto, dondequiera que se ha difundido la
religión cristiana".
(De Civit. Dei 1. 2. c. 6.)
131 Esa religión divina, profunda conocedora del hombre,
no ha olvidado jamás la debilidad e inconstancia que le caracterizan; y por
esta causa ha tenido siempre por invariable regla de conducta, inculcarle sin
cesar, con incansable constancia, con paciencia inalterable, las saludables
verdades de qué dependen su bienestar temporal y su felicidad eterna. En
tratándose de verdades morales el hombre olvida fácilmente lo que no resuena de
continuo a sus oídos, y si se conservan las buenas máximas en su entendimiento,
quedan como semilla estéril, sin fecundar el corazón.
Bueno es y muy saludable que los padres comuniquen
esta enseñanza a sus hijos: bueno es y muy saludable que sea éste un objeto
preferente en la educación privada; pero es necesario además que haya un ministerio
público, que no le pierda nunca de vista, que se extienda a todas las clases y
a todas las edades, que supla el descuido de las familias, que avive los recuerdos y
las impresiones que las pasiones y el tiempo van de continuo borrando.
Es tan importante para la instrucción
y moralidad de los pueblos este sistema de continua predicación y enseñanza
practicado en todas épocas y lugares por la Iglesia Católica, que debe juzgarse
como un gran bien el que en medio del prurito
que atormentó a los primeros protestantes, de desechar todas las prácticas de
la Iglesia, conservasen sin embargo la de la predicación.
Y no es necesario por eso el
desconocer los daños que en ciertas épocas han traído las violentas declamaciones
de algunos ministros, o insidiosos o fanáticos; sino que en el supuesto de
haberse roto la unidad, en el supuesto de haber arrojado a los pueblos por el
azaroso camino del cisma, habrá influido no poco en la conservación ele las
ideas más capitales sobre Dios y el hombre, y de las máximas fundamentales de
la moral, el oír los pueblos con frecuencia explicadas semejantes verdades por
quien las había estudiado de antemano en la Sagrada Escritura.
Sin duda que el golpe mortal dado a las
jerarquías por el sistema protestante, y la consiguiente degradación del
sacerdocio, hace que la cátedra de la predicación no tenga entre los disidentes
el sagrado carácter de cátedra del Espíritu Santo; sin duda que es un grande
obstáculo para que la predicación pueda dar fruto, el que un ministro protestante
no pueda ya presentarse como un ungido del Señor, sino que, como ha dicho un
escritor de talento, sólo sea un hombre vestido de negro que sube al púlpito todos los domingos para
hablar de cosas razonables; pero al menos oyen los pueblos algunos trozos de las
excelentes pláticas morales que
se encuentran en el sagrado Texto, tienen con frecuencia a su vista los
edificantes ejemplos esparcidos en el viejo y nuevo Testamento; y sobre todo se
les refieren a menudo los pasos de la vida de Jesucristo, de esa vida
admirable, modelo de toda perfección; y que aun mirada con ojos humanos, es,
en confesión de todo el mundo, la pura santidad por excelencia, el más hermoso
conjunto moral que se viera jamás, la realización de un bello ideal que bajo
la forma humana jamás concibió la filosofía en sus altos pensamientos, jamás
retrató la poesía en sus sueños brillantes.
132 Esto es muy útil,
altamente saludable: porque siempre lo es el nutrir el ánimo de los pueblos con
el jugoso alimento de las verdades morales, y el excitarlos a la virtud con el
estímulo de tan altos ejemplos.
POR GRANDE que fuese la
importancia dada por la Iglesia a la propagación de la verdad, y por más
convencida que estuviera de que para disipar esa informe masa de inmoralidad y
degradación que se ofrecía a su vista, el primer cuidado había de dirigirse a
exponer el error al disolvente fuego de las doctrinas verdaderas, no se limitó
a esto; sino que descendiendo al terreno de los hechos, y siguiendo un sistema
lleno de sabiduría y cordura, hizo de manera que la humanidad pudiese gustar
el precioso fruto, que hasta en las cosas terrenas dan las doctrinas de Jesucristo.
No fue la Iglesia sólo una escuela grande y fecunda,
fue una asociación regeneradora; no
esparció sus doctrinas generales arrojándolas como al acaso, con la esperanza
de que fructificaran con el tiempo, sino que las desenvolvió en todas sus relaciones,
las aplicó a todos los objetos, procuró inocularlas a las costumbres y a las
leyes, y realizarlas en instituciones que sirviesen de silenciosa pero
elocuente enseñanza a las generaciones venideras.
Véase desconocida la dignidad del hombre, reinando
por doquiera la esclavitud; degradada la mujer, ajándola la corrupción de
costumbres y abatiéndola la tiranía del varón; adulteradas las relaciones de
familia, concediendo la ley al padre unas facultades que jamás le dió la naturaleza;
despreciados los sentimientos de humanidad en el abandono de la infancia, en
el desamparo del pobre y del enfermo; llevadas al más alto punto la barbarie y
la crueldad en el derecho atroz que regulaba los procedimientos de la guerra;
veáse por fin coronando el edificio social rodeada de satélites y cubierta de
hierro la odiosa tiranía, mirando con despreciados desdén a los infelices pueblos
que yacían a sus plantas, amarrados con remachadas cadenas.
133 En tamaño conflicto no era pequeña
empresa la de desterrar el error, reformar y suavizar las costumbres, abolir la
esclavitud, corregir los vicios de la legislación, enfrenar el poder y armonizarle
con los intereses públicos, dar nueva vida al individuo, reorganizar la familia
y la sociedad; y sin embargo, esto, y nada menos que esto, ejecutó la Iglesia.
Empecemos por la esclavitud. Ésta es una materia que
conviene profundizar, dado que encierra una de las cuestiones que más pueden
excitar la curiosidad de la ciencia, e interesar los sentimientos del corazón.
¿Quién ha abolido entre los pueblos cristianos la esclavitud? ¿Fue el cristianismo? ¿Y fue él solo, con sus
ideas grandiosas sobre la dignidad del hombre, con sus máximas y espíritu de
fraternidad y caridad, y además con su conducta prudente, suave y benéfica? Me
lisonjeo de poder manifestar que sí.
Ya no se encuentra quien ponga en duda que la
Iglesia Católica ha tenido una poderosa influencia en la abolición de la esclavitud;
es una verdad demasiado clara, salta a los ojos con sobrada evidencia para que
sea posible combatirla. M. Guizot, reconociendo el empeño y la eficacia con que
trabajó la Iglesia para la mejora del estado social, dice: "Nadie ignora
con cuánta obstinación combatió los grandes vicios de aquel estado, la esclavitud,
por ejemplo".
Pero a
renglón seguido, y como si le pesase de asentar sin ninguna limitación un
hecho, que por necesidad había de excitar a favor de la Iglesia Católica las
simpatías de la humanidad entera, continúa: "Mil veces se ha dicho y
repetido que la abolición de la esclavitud en los tiempos modernos, es debida
enteramente a las máximas del Cristianismo. Esto es, a mi entender, adelantar
demasiado: mucho tiempo subsistió la esclavitud en medio de la sociedad
cristiana, sin que semejante estado la confundiese o irritase mucho".
Muy errado anda M. Guizot queriendo probar que no es
debida exclusivamente al Cristianismo la abolición de la esclavitud, porque subsistiese
tal estado por mucho tiempo en medio de la sociedad cristiana. Si se quería
proceder con buena lógica era necesario mirar
antes si la abolición repentina de la esclavitud era posible; y si el espíritu
de orden y de paz que anima a la Iglesia podía permitir que se arrojase a una
empresa, con la que hubiera trastornado el mundo, sin alcanzar el objeto que se
proponía.
134
El número de los esclavos era
inmenso; la esclavitud estaba profundamente arraigada en las ideas, en las
costumbres, en las leyes, en los intereses individuales y sociales: sistema funesto
sin duda, pero que era una temeridad pretender arrancarle de un golpe, pues que
sus raíces penetraban muy hondo, se extendían a largo trecho debajo las
entrañas de la tierra.
Se contaron en un censo de
Atenas veinte mil ciudadanos y cuarenta mil esclavos; en la guerra del Peloponeso
se les pasaron a los enemigos nada menos que veinte mil, según refiere
Tucídides.
El mismo autor nos dice que en Quío era
crecidísimo el número de los esclavos, y que la defección de estos pasándose a
los atenienses puso en apuros a sus dueños; y en general era tan grande su
número en todas partes, que no pocas veces estaba en peligro por ellos la tranquilidad
pública. Por esta causa era necesario tomar precauciones para que no pudieran
concertarse.
"Es muy conveniente, dice Platón (Dial.
6. De las leyes), que
los esclavos no sean de un mismo país, y que en cuanto fuere posible, sean
discordes sus costumbres y voluntades; pues que repetidas experiencias han
resultado en las frecuentes defecciones que se han visto entre los mismos, y
en las demás ciudades que tienen muchos esclavos de una misma lengua, cuántos daños
suelen de esto resultar".
Aristóteles en su Economía (lib.
1. c. 5) da varias reglas sobre el modo con que deben tratarse los esclavos, y
es notable que coincide con Platón, advirtiendo expresamente: "que no se
han de tener muchos esclavos de un mismo país".
En su Política (1. 2. c. 7) nos
dice que los tesalios se vieron en graves apuros por la muchedumbre de sus penestas,
especie de esclavos; aconteciendo lo propio a los lacedemonios, de parte de
los ilotas.
"Con frecuencia ha
sucedido, dice, que los penestas se han sublevado en Tesalia; y los
lacedemonios, siempre que han sufrido alguna calamidad, se han visto amenazados
por las conspiraciones de los ilotas". Ésta era una dificultad que llamaba
seriamente la atención de los políticos, y no sabían cómo salvar los
inconvenientes que traía consigo esa inmensa muchedumbre de esclavos. Se lamenta
Aristóteles de cuán difícil era acertar en el verdadero modo de tratarlos, y se
conoce que era ésta una materia que daba mucho cuidado. Transcribiré sus
propias palabras: "A la verdad, que el
modo con que se debe tratar a esa clase de hombres es tarea trabajosa y llena
de cuidados; porque si se usa de blandura, se hacen petulantes y quieren
igualarse con los dueños, y si se los trata con dureza, conciben odio y maquinan
asechanzas".
135 En Roma era tal la multitud de
esclavos, que, habiéndose propuesto el darles un traje distintivo, se opuso a
esta medida el senado, temeroso de que si ellos llegaban a conocer su número,
peligrase el orden público: y a buen seguro que no eran vanos semejantes temores,
pues que ya de mucho antes habían los esclavos causado considerables
trastornos en Italia. Platón, para apoyar el consejo arriba citado, recuerda
que "los esclavos repetidas veces habían devastado la Italia con la
piratería y el latrocinio": y en tiempos más recientes, Espartaco, a la
cabeza de un ejército de esclavos, fue por algún tiempo el terror de Italia, y
dio mucho que entender a distinguidos generales romanos.
Había llegado a tal exceso en
Roma el número de los esclavos, que muchos dueños los tenían a centenares.
Cuando fue asesinado el prefecto de Roma, Pedanio Secundo, fueron sentenciados
a muerte 400 esclavos suyos (Tácit. Ann. 1. 14); y Pudentila, mujer de Apuleyo,
los tenía en tal abundancia que dio a sus hijos nada menos de 400.
Esto había llegado a ser un
objeto de lujo, y a competencia se esforzaban los romanos en distinguirse por
el número de sus esclavos. Querían que al hacerse la pregunta de Quot paseit sernos,
cuántos esclavos mantiene, según
expresión de Juvenal (Satyr 3. v. 140), pudiesen ostentarlos en
grande abundancia; llegando la cosa a tal extremo, que según nos atestigua
Plinio, más bien que al séquito de una familia, se parecían a un verdadero
ejército.
No era solamente en Grecia e
Italia donde era tan crecido el número de los esclavos; en Tiro se sublevaron contra
sus dueños, y favorecidos por su inmenso número, lo hicieron con tal resultado
que los degollaron a todos.
Pasando a pueblos bárbaros, y prescindiendo de
otros más conocidos, nos refiere Herodoto (l. 3) que volviendo de la media los escitas,
se encontraron con los esclavos sublevados, viéndose forzados los dueños a
cederles el terreno abandonando su patria; y César en sus Comentarios (De
Bello Gall. 1. 6) nos
atestigua lo abundante que eran los esclavos en la Galia.
Siendo tan crecido en todas
partes el número de esclavos, ya se ve que era del todo imposible predicar su libertad,
sin poner en conflagración el mundo. Desgraciadamente queda todavía en los
tiempos modernos un punto de comparación, que, si bien en una escala muy
inferior, no deja de cumplir a nuestro propósito. En una colonia donde los
esclavos negros sean muy numerosos ¿quién se arroja de golpe a ponerlos en libertad?
136 ¿Y cuánto se agrandan las dificultades,
qué dimensión tan colosal adquiere el peligro, tratándose no de una colonia,
sino del universo? El estado intelectual y moral de los esclavos los hacía
incapaces de disfrutar de un tal beneficio en provecho suyo y de la sociedad; y
en su embrutecimiento, aguijoneados por el rencor y el deseo de venganza
nutridos en sus pechos con el ml tratamiento que se les daba, hubieran
reproducido en grande las sangrientas escenas con que dejaran ya manchadas en
tiempos anteriores las páginas de la historia.
¿Y qué hubiera acontecido
entonces? Que amenazada la sociedad por tan horroroso peligro, se hubiera puesto
en vela contra los principios favorecedores de la libertad, los hubiera mirado
en adelante con prevención y suspicaz desconfianza, y lejos de aflojar las
cadenas de los esclavos, se las habría remachado con más ahínco y tenacidad. De
aquella inmensa masa de hombres brutales y furibundos puestos sin preparación
en libertad y movimiento, era imposible que brotase una organización social:
porque una organización social no se improvisa, y mucho menos con semejantes
elementos; y en tal caso, habiéndose de optar entre la esclavitud y el
aniquilamiento del orden social, el instinto de conservación que anima a la
sociedad, como a todos los seres, hubiera acarreado indudablemente la duración
de la esclavitud allí donde hubiese permanecido todavía, y su restablecimiento
allí donde se la hubiese destruido.
Los que se han quejado de que el
Cristianismo no anduviera mas pronto en la abolición de la esclavitud, debían
recordar que aun cuando supongamos posible una emancipación repentina o muy rápida,
aun cuando queramos prescindir de los sangrientos trastornos que por necesidad
habrían resultado, la sola fuerza de las cosas saliendo al paso con sus
obstáculos insuperables, hubiera inutilizado semejante medida.
Demos de mano a todas las consideraciones sociales
y políticas, y fijémonos únicamente en las económicas. Por de pronto era
necesario alterar todas las relaciones de la propiedad; porque figurando en
ellas los esclavos como una parte principal, cultivando ellos las tierras,
ejerciendo los oficios mecánicos, en una palabra, estando distribuido entre
ellos lo que se llama trabajo, y hecha esta distribución en el supuesto de la
esclavitud, quitada esta base se acarreaba una dislocación tal, que la mente no
alcanza a comprender sus últimas consecuencias.
Quiero suponer que se hubiese procedido
a despojos violentos, que se hubiese intentando un reparto, una nivelación de
propiedades, que se hubiesen distribuido tierras a los emancipados, y que a los
más opulentos señores se los hubiese forzado a manejar el azadón y el arado;
quiero suponer realizados todos estos absurdos, todos esos sueños de un
delirante, ni aun así se habría salido del paso: porque es menester no olvidar
que la producción de los medios de subsistencia ha de estar en proporción con
las necesidades de los que han de subsistir; y esto era imposible supuesta la
emancipación de los esclavos.
La producción estaba regulada,
no suponiendo precisamente el número de individuos que a la sazón existían,
sino también que la mayor parte de éstos eran esclavos; y las necesidades de
un hombre libre son alguna cosa más que las necesidades de un esclavo.
Si ahora, después de diez y ocho
siglos, rectificadas las ideas, suavizadas las costumbres, mejoradas las
leyes, amaestrados los pueblos y los gobiernos, fundados tantos
establecimientos públicos para el socorro de la indigencia, ensayados tantos
sistemas para la buena distribución del trabajo, repartidas de un modo más
equitativo las riquezas, hay todavía tantas dificultades para que un número
inmenso de hombres no sucumba víctima de horrorosa miseria; si es éste el mal
terrible que atormenta a la sociedad, y que pesa sobre su porvenir como un
ensueño funesto,
¿qué hubiera sucedido con la emancipación
universal al principio del Cristianismo, cuando los esclavos no eran
reconocidos en el derecho corno personas sino como cosas, cuando su unión conyugal no era
juzgada como matrimonio, cuando la pertenencia de los frutos de esa unión era
declarada por las mismas reglas que rigen con respecto a los brutos, cuando el
infeliz esclavo era maltratado, atormentado, vendido, y aun muerto, conforme a
los caprichos de su dueño? ¿No salta a los ojos que el curar males semejantes
era obra de siglos? ¿No es esto lo que nos están enseñando las consideraciones
de humanidad, de política y de economía?
Si se hubiesen hecho insensatas
tentativas, a no tardar mucho, los mismos esclavos habrían protestado contra
ellas, reclamando una esclavitud que al menos les aseguraba pan y abrigo, y
despreciando una libertad incompatible con su existencia. Éste es el orden de
la naturaleza; el hombre necesita ante todo tener para vivir, y si le faltan
los medios de subsistencia, no le halaga la misma libertad. No es necesario
recorrer a ejemplos de particulares, que se nos ofrecieron con abundancia; en
pueblos enteros se ha visto una prueba patente de esta verdad. Cuando la
miseria es excesiva, difícil es que no traiga consigo el envilecimiento, sofocando
los sentimientos más generosos, desvirtuando los encantos que ejercen sobre nuestro
corazón las palabras de independencia y libertad. "La plebe, dice César,
hablando de los galos (l. 6. de Bello Gallico), está casi en el lugar de los esclavos; y de sí misma ni se
atreve a nada, ni es contado su voto para nada; y muchos hay que agobiados de
deudas y de tributos, u oprimidos por los poderosos, se entregan a los
nobles en esclavitud: habiendo sobre estos así entregados, todos los mismos derechos que sobre
los esclavos".
En
los tiempos modernos no faltan tampoco semejantes ejemplos; porque sabido es
que entre los chinos abundan en gran manera los esclavos, cuya esclavitud no reconoce
otro origen, sino que ellos o sus padres no se vieron capaces de proveer a su
subsistencia.
Estas reflexiones, apoyadas en datos
que nadie me podrá contestar, manifiestan hasta la evidencia la profunda
sabiduría del Cristianismo en proceder con tanto miramiento en la abolición de
la esclavitud. Se hizo todo lo que era posible en favor de la libertad del
hombre, no se adelantó más rápidamente en la obra, porque no podía ejecutarse
sin malograr la empresa, sin poner gravísimos obstáculos a la deseada emancipación,
de aquí el resaltado que al fin vienen a dar siempre los cargos que se hacen a
algún procedimiento de la Iglesia: se le examina a la luz de la razón, se le
coteja con los hechos, viniéndose a parar a que el procedimiento de que se la
culpa está muy conforme con lo que dicta la más alta sabiduría, y con los consejos
de la más exquisita prudencia.
¿Qué quiere decirnos, pues, M.
Guizot, cuando después de haber confesado que el Cristianismo trabajó con
ahínco en la abolición de la esclavitud, le echa en cara que consintiese su
duración por largo tiempo? ¿Con qué lógica pretende de aquí inferir que no es
verdad que sea debido exclusivamente al Cristianismo ese inmenso beneficio dispensado
a la humanidad? Duró siglos la esclavitud en medio del Cristianismo, es cierto;
pero anduvo siempre en decadencia, y su duración fue sólo la necesaria para
que el beneficio se realizase sin violencias, sin trastornos, asegurando su
universalidad y su perpetua conservación. Lo de estos siglos en que duró, se
debe todavía cercenar una parte muy considerable, a causa de que en los tres
primeros se halló la Iglesia proscripta a menudo, mirada siempre con aversión,
y enteramente privada de ejercer influjo directo sobre la organización social.
Se
debe también descontar mucho de los siglos posteriores, porque había
transcurrido todavía muy poco tiempo desde que la Iglesia ejercía su influencia
directa y pública, cuando sobrevino la irrupción de los bárbaros del Norte,
que combinada con la disolución de que se hallaba atacado el imperio, y que
cundía de un modo espantoso, acarreó un trastorno tal, una mezcolanza tan informe
de lenguas, de usos, de costumbres, de leyes, que no era casi posible ejercer
con mucho fruto una acción reguladora.
Si
en tiempos más cercanos ha costado tanto trabajo destruir el feudalismo, si
después de siglos de combates quedan todavía en pie muchas de sus reliquias, si
el tráfico de los negros a pesar de ser limitado a determinados países, a
peculiares circunstancias, está todavía resistiendo al grito universal de
reprobación que contra semejante infamia se levanta de los cuatro ángulos del
mundo, ¿cómo hay quien se atreva a manifestar extrañeza, a inculpar al
Cristianismo, porque la esclavitud duró algunos siglos, después de proclamadas
la fraternidad entre todos los hombres y su igualdad ante Dios?
[i] NOTA 1
La historia de las variaciones de los protestantes de Bossuet es una de
aquellas obras que agotan su objeto; que ni dejan réplica ni consienten
añadidura. Leída con reflexión esta obra inmortal, la causa del Protestantismo
está fallada bajo un aspecto dogmático; no queda medio alguno entre el Catolicismo
y la incredulidad.
Gibbon la había leído en su juventud, y
se había hecho católico, abandonando la religión protestante en que había sido
educado. Después volvió a separarse de
[ii] NOTA 2 Lutero,
a quien se empeñan todavía algunos en presentárnosle como un hombre de altos conceptos,
de pecho noble Y, generoso, de vindicador de los derechos de la humanidad, nos
ha dejado en sus escritos el más seguro y evidente testimonio de su carácter
violento, de su extremada grosería y de la más feroz intolerancia.
Enrique VIII, rey de Inglaterra, había
refutado el libro de Lutero llamado de Captivitate Babilonica, y enojado éste
por semejante atrevimiento, escribe al rey llamándole sacrílego, loco, insensato,
el más grosero de todos los puercos y de todos los asnos. Si la majestad real
no inspiraba a Lutero respeto ni miramiento, tampoco tenía ninguna
consideración al mérito.
Erasmo, quizás el hombre más sabio de su siglo,
o al menos el más erudito, más literato y brillante, y que por cierto no
escaseó de indulgencia con Lutero y sus secuaces, fué no obstante tratado con
tanta virulencia por el fogoso corifeo, así que éste vió que no podía atraerle
a la nueva secta, que, lamentándose de ello Erasmo decía: "que en su vejez
se veía obligado a pelear con una bestia feroz, o con un furioso jabalí".
No se contentaba Lutero con palabras, sino que pasaba a los (techos; y bien
habido es que por instigación suya fué desterrado Carlostadio de los estados
del duque de Sajonia, hallándose por efecto de la persecución reducido a tal
miseria, que se veía precisado a ganarse el sustento llevando leña, y haciendo
otros oficios muy ajenos de su estado.
En sus ruidosas disputas con los zuinglianos,
no desmintió Lutero su carácter, llamándolos hombres condenados, insensatos,
blasfemos. Cuando así trataba a sus compañeros disidcntes, nada extraño es que
llamase a los doctores de Lovaina verdaderas bestias, puercos, paganos,
epicúreos, ateos, que prorrumpiese en otras expresiones que la decencia no
permite copiar, y que desenfrenándose
contra el papa dijese: "que era un lobo
rabioso, que todo el inundo debía armarse contra él, sin esperar orden alguna
de los magistrados; que en este punto sólo podía caber arrepentimiento por no
haberle pasado el pecho con la espada; y que todos aquellos que le seguían debían
ser perseguidos como los soldados de un capitán de bandoleros, aunque fueran
reyes o emperadores".
Éste es el espíritu de tolerancia y libertad de que estaba animado Lutero: y
cuenta, que asas sería fácil aducir muchas otras pruebas.
No se crea que tal intolerancia fuese
exclusivamente propia de Lutero: extendíase a todo el partido, y se hacían
sentir sus retos de un modo cruel.
Afortunadamente, tenemos de esta crueldad un testigo
irrefragable. Es Melanchtón, cl discípulo querido de Lutero, uno de los hombres
más distinguidos ha tenido el Protestantismo. "Me hallo en tal esclavitud
(decía oscribiendo a su amigo Camerario) como si estuviera en la cueva de los
cíclopes; por manera que apenas me es posible explicarte mis penas,
viniéndome a cada paso tentaciones de
escaparme". "Son gente
ignorante (decía en otra carta) que no conoce piedad ni disciplina; mirad a los
que mandan, veréis que estoy como Daniel en la cueva de los leones".
Y se dirá todavía que presidía a humana
empresa un pensamiento generoso, y que se trataba de emancipar el pensamiento
humano? La intolerancia de Calvino es bien conocida, pues a más de quedar
consignada en el hecho indicado en el texto, se manifiesta a cada paso en sus
obras por el tratamiento que da a sus adversarios. Malvados, tunantes, borrachos,
locos, furiosos, rabiosos, toros, puercos, asnos, perros, viles esclavos de
Satanás, he aquí las lindezas que se hallan a cada paso en los escritos del célebre
reformador. ¡Cuánto y cuánto de semejante podría añadir si no temiese fastidiar
a los lectores!
[iii] NOTA 3 En la dieta de Spira se había hecho un decreto
que contenía varias disposiciones relativas al cambio y ejercicio de religión;
catorce ciudades del imperio no quisieron someterse a este decreto y
presentaron una protesta; de aquí vino que los disidentes empezaron
a llamarse protestantes. Como este nombre es la condenación de las
iglesias separadas, han tratado algunas veces de apropiarse otros, pero siempre
en vano. Los nombres que se daban eran falsos, y un nombre falso no dura. Qué
pretendían significar cuando se llamaban evangélicos? ¿Acaso el que se atenían
únicamente al Evangelio? Fn tal caso mejor debían llamarse bíblicos, pues que
no pretendían atenerse precisamente al Evangelio, sino a
Llámanse también a
veces reformados, y algunos suelen apellidar al Protestantismo Reforma, pero basta pronunciar este nombre
para descubrir su impropiedad. Revolución
religiosa le cuadraría mucho mejor.
[iv] NOTA 4 El conde de Maistre
en su obra Del Papa, ha desenvuelto este punto de los nombres de una manera
inimitable. Entre otras muchas observaciones hay una muy atinada, cual es que
sólo
No se crea que sea el
conde de Maistre el inventor de ese argumento de los nombres: habíanle empleado
de antemano San Jerónimo y San Agustín. "Si oyeres, dice San Jerónimo,
que se llaman marcionistas, valentinianos, montanistas, sepas que no son
"Tenet me in
Ecclesia ipsum catholicae nomen, quod non sine cansa ínter tam multas haereses,
sic ipsa sola obtinuit, ut cum omnes haereticise catholicos dice velint,
quaerente tamen peregrino alicui, ubi ad catholicam conveniatur,mullus haereticorum
vel Basilicamsuam vel domum audeatostendre” ( S Agustin):
Esto que pensaba San
Agustín en su tiempo, se ha verificado también con respecto a los protestantes,
y pueden dar de ello un testinumip los que han visitado aquellos países en que
hay diferentes comuniones. Un ilustre español del siglo XVII que había pasado mucho tiempo en Alemania,
nos dice: “todos quieren llamarse católicos y apostólicos; pero los demás los
llaman luteranos v calvinistas".
"Singuri
voluntdici catholiciad apostolici, sed volunt, et ab aliis non hoc paetenso
illi nomine, sed Luterani potius aut Calviniani nominantur”. (CARUMEL)
"He habitado,
continúa el mismo, en ciudades de
herejes, y vi con mis ojos y oí con mis oídos, una cosa que debieran pesar los
heterodoxos: esto es, que a excepción del predicador protestante, y de algunos pocos que
pretenden saber mas de lo que conviene,todo el vulgo de los herejes llama
catolicos a los romanos..
“Habitavi in
haereticorum civitatibus;et oc propriis oculis vidi, propriis audivi auribus,
quod deberet ab haeterodoxis ponderari. Praeter praedicamem et pauculos qui piu sapiunt quam oportet sapere, totum
haereticorum vulgus catholicos vocat romanos”
Tanta es la fuerza de
la verdad. Los ideólogos saben muy bien que semejantes fenómenos proceden de
causas profundas: y que estos argumentos son algo más que sutilezas.
[v]
NOTA 5 Tanto se ha hablado de los abusos, tanto se
ha exagerado su influencia en los desastres que en los últimos siglos han
afligido a
Con la historia en la mano sería fácil reducir
a su justo valor estas ideas exageradas; exageración de que se hizo cargo el
mismo Erasmo, por cierto poco inclinado a disculpar a sus contemporáneos. En un
cotejo de su tiempo con los primeros siglos de la Iglesia, hace ver hasta la
evidencia cuán infundado y pueril era el prurito que ya entontes cundía de
ensalzar todo lo antiguo para deprimir lo presente. Un fragmento de este cotejo
se halla entre las obras de Marchetti, en sus observaciones sobre la historia
de Fleuri..
Curioso fuera también
hacer una reseña de las disposiciones tomadas por la Iglesia para refrenar toda
clase de abusos. Las colecciones de los concilios podrían suministrarnos tan
copiosa materia psra comprobar este aserto, que no sería fácil encerrarla en pocos
volúmenes; o más bien, las mismas colecciones con toda su mole asombradora, no
son otra cosa de un extremo a otro que una prueba evidente de estas dos
verdades:
primera, que en todos tiempos ha habido muchos abusos
que corregir; cosa necesaria, atendida la debilidad y la corrupción humanas;
segunda, que en todas épocas la Iglesia ha procurado
corregirlos, pudiendo desde luego asegurarse que no es posible señalar uno, sin
que se ofrezca también la correspondiente disposición canónica que lo reprime o
castiga. Estas observaciones acaban de dejar en claro que el Protestantismo no
tuvo su principal origen en los abusos, sino que era una de aquellas grandes
calamidades que atendida la volultilidad del espíritu humano y el estado en que
se encontraba la sociedad, puede decirse que son inevitables.
En el mismo sentido que dijo Jesucristo que
era necesario que hubiese escándalos, no porque nadie se halle forzado a
darlos, sino porque tal es la corrupción del corazón humano, que siguiendo las
cosas el orden regular, no puede menos de haberlos.
[vi]
NOTA 6 Ese concierto, esa unidad, que se descubren en
el Catolicismo, deben llenar de admiración y asombro a todo hombre juicioso, sean
cuales fueren sus ideas religiosas. Si no suponemos que hay aquí el dedo de
Dios, ¿cómo será posible explicar ni concebir la duración del centro de la
unidad, que es
NOMBRES QUE SE LE HAN DADO AL PAPA
|
El muy santo Obispo de la Iglesia Católica. |
En el concilio de Soissons, de 300 obispos. |
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El muy santo y muy feliz Patriarca. |
Ibid. tomo. 7. Concil. |
|
El muy feliz Señor. |
S. Agustín. Ep. 95. |
|
El Patriarca universal. |
S. León
P. Ep. 62. |
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El Jefe de |
lnnoc. ad PP. Concil. Milevit. |
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El Obispo elevado a la cumbre apostólica. |
S. Cipr., Ep. 3 et 12. |
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El Padre de los Padres. |
Concil. de Calced. ses. 3. |
|
El Soberano Pontífice de los obispos. |
Ibid. in praef. |
|
El Soberano Sacerdote. |
Concil. de Calced., ses. 16. |
|
El Príncipe de los Sacerdotes. |
Esteban, Ob. de Cartago. |
|
El Prefecto de |
Concil.
de Calced., Ep. ad Damasum. |
|
El Vicario de Jesucristo, y el Confirmador de la fe de los cristianos. |
Jerón.
prado. in Ev. ad S. Damasum. |
|
El Sumo Sacerdote. |
Valentiniano y toda la antigüedad. |
|
El Soberano Pontífice. |
Concil. de Calced.in Ep. ad Theod.Imper. |
|
El Príncipe de los obispos. |
Ibid. |
|
El Heredero de los apóstoles. |
S. Bern. lib. de Consid. |
|
Abrahán por el Patriarcado. |
S.
Ambros. in 1 ad Tim. 3. |
|
Melchisedech por el orden. |
Concil.
de Calced. Epist. ad Leonem. |
|
Moisés por la autoridad. |
|
|
Samuel por la jurisdicción. |
Ibid.
et in lib. de Consid. |
|
Pedro por el poder. |
Ibid. |
|
Cristo por la unción. |
Ibid. |
|
El Pastor del aprisco de Jesucristo. |
Ibid. lib. 2. Consid. |
|
El Llavero de la casa de Dios. |
Idem, ibid.
cap. 8. |
|
El Pastor de todos los pastores. |
Ibid. |
|
El Pontífice amado a la plenitud del poder. |
Ibid. |
|
San Pedro fué la boca de Jesucristo. |
S.
Chrysost. Homil.2. in divers. serm. |
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Orig.
Hom. |
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S. Cypr.
Ep. 55. ad. Corn. |
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El Origen de la unidad sacerdotal. |
Idem,.
Epist. 3. 2. |
|
El Lazo de la unidad. |
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S.
Anaclet. Pap. Ep. ad cm. Episc. et fide!. |
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S. Dámas.
Ep. ad univ. Episc. |
|
El Punto Cardinal y el Jefe de todas las Iglesias. |
S.
Marcelin. Pap. Ep. ad Episch. |
|
El Refugio de los obispos. |
Conc. de Alex. Ep. ad Felic. P. |
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San Atanasio. |
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Imp.
Justin. in. 1. 8 Cod. de SS. Trinit. |
|
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S. León in na. SS. Apos. |
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|
Víctor de Útica, in lib. de perfect. |
|
La primera de todas las Sedes. |
S. Prosperin, lib. de Ingrat. |
|
La fuente apostólica. |
S. Ignat.
Ep. ad |
|
El Puerto segurísimo de toda la Comunión Católica. |
Concil. Rom. por S. Gelasio. |
He dicho que los más distinguidos
protestantes sintieron el vacío que encerraban todas las sectas separadas de
Melanchton,
lamentándose de las funestas consecuencias de la falta de jurisdicción espiritual,
decía: "resultará una libertad de ningún provecho a la posteridad"; y
en otra parte dice estas notabilísimas palabras: "En
Oigamos a Calvino:
"Colocó Dios la silla de su culto en el centro de la tierra, poniendo allí
un pontífice único, a quien miraran todos para conservarse mejor en la unidad.
(Cultus sui sedem in medio terrae collocavit, illi unum Antistitem praefecit,
quem omnes respicerent, quo melius in unitate continerentur".(Calv. inst.
6, § 11.)
"Atormentáronme
también a mí mucho y por largo tiempo, dice Reza, esos mismos pensamientos que
tú me pintas: ven a los nuestros divagando a merced de todo viento de doctrina,
y levantados en alto caerse ahora a una parte, después a otra. Lo que piensan
hoy de la religión quizá podrás saberlo; lo que pensarán mañana, no. Las
iglesias que han declarado la guerra al Romano Pontífice, ¿en qué punto de la
religión convienen?
Recórrelo todo desde el principio al fin, y
apenas encontrarás cosa afirmada por uno que desde luego no la condene otro
como impía.
(Exercuerunt me diu et multum illae ipsae, quas describis cogitationes:
video nostros palantes omni doctrinae viento et in altum sublatos, modo ad
liarse, modo ad illam partem Jefe rri. Horum quae sit hodie de Religione
sententia scire fortasse possis; sed quae; eras de eadem futura sit opinio, neque
tu cerro affirmare queas. In quo tandem religionis capite congruunt inter se
Ecclesiae, quae Romano Pontifici bellum indixerunt? A capite ad calcem si
percurras omnia, nihil propemodum reperias, ab uno affirmari, quod alter statim
non impium esse clamitet. (Th. Reza. Epist. ad Andream Duditium)".
Grocio, uno de los
hombres más sabios que haya tenido el Protestantismo, conoció también la
flaqueza de los ' cimientos en que estriban las sectas separadas. No son pocos
los que han creído que había muerto católico.
Los protestantes le acusaron de que intentaba
convertirse al Catolicismo, y los católicos que le habían tratado en París pensaban
de la misma manera. No diré que sea verdad lo que se cuenta del insigne P.
Petau, amigo de Grocio, de que habiendo sabido su muerte había celebrado misa
por él; pero lo cierto es que Grocio en su obra titulada De Antichristo no
piensa como los protestantes que el Anticristo sea el Papa; lo cierto es que en
otra obra titulada Votum pro pace Ecclesiae, dice redondamente que "sin el
primado del Papa, no es posible dar fin a las disputas, como acontece entre los
protestantes"; lo cierto es que en su obra póstuma Rivetiani apologetici
discussio, asienta abiertamente el principio fundamental del Catolicismo, a
saber, que "los dogmas de la fe deben decidirse por la tradición y la
autoridad de
La ruidosa conversión
del célebre Papín es otra prueba de lo mismo que estamos demostrando. Meditaba
Papín sobre el principio fundamental del Protestantismo, y la contradicción en
que estaba con este principio la intolerancia de los protestantes, pues que
estribando en el examen privado apelaban para conservarse a la vía de la
autoridad, y argumentaba de esta manera: "Si la vía de la autoridad de que
pretenden asirse es inocente y legítima,ella condena su origen en el que no
quisieron sujetarse a la autoridad de
Puffendorf, que por
cierto no puede ser notado de frialdad cuando se trata de atacar el Catolicismo,
no pudo menos de tributar su obsequio a la verdad, estampando una confesión que
le agradecerán todos los católicos. "La supresión de la autoridad del Papa ha sembrado en el mundo infinitas
semillas de discordia; pues no habiendo ya ninguna autoridad soberana para
terminar las disputas que se suscitaban en todas partes, se ha visto a los protestantes
dividirse entre sí mismos, y despedazarse las entrañas con sus propias
manos".
(PUFFENDORF, de Monarch. Pont. Rom.).
Leibnitz, ese grande
hombre que, según la expresión de Fontenelle, conducía de frente todas las
ciencias, reconoció también la debilidad del Protestantismo, y la firmeza de
organización de
Confesaba
paladinamente la superioridad de las misiones católicas sobre los protestantes;
y las mismas comunidades religiosas objeto para muchos de tanta aversión, eran
para él altamente respetables. Cuando tales antecedentes se tenían sobre las
ideas religiosas de ese grande hombre, vino a confirmarlos más y más una obra
suya póstuma, publicada en París por la primera vez en 1819. Quizás no
disgustará a los lectores una breve noticia sobre acontecimiento tan singular.
En el citado año dióse a luz en París
El principio de la
obra es notable por su gravedad y sencillez, dignas ciertamente de la grande
alma de Leibnitz.
Hele aquí: "Después de largo y profundo estudio sobre
las controversias en materia de religión, implorada la asistencia divina, y
depuesto, al menos en cuanto es posible al hombre, todo espíritu de partido, me
he considerado como un neófito venido del Nuevo Mundo, y que todavía no hubiese
abrazado ninguna opinión: he aquí dónde al fin me he detenido, y entre todos
los dictámenes que he examinado, lo que me parece que debe ser reconocido por
todo hombre exento de preocupaciones, como lo más conforme a
Leibnitz establece en seguida la existencia de
Dios,
[viii] NOTA 8 Quizá algunos podrían creer que lo
dicho sobre la vanidad de las ciencias humanas, y sobre la debilidad de nuestro
entendimiento es con la sola mira de realzar la necesidad de una regla en
materias de fe. Muy fácil fuera aducir larga serie de textos sacados de los
escritos de los hombres más sabios, antiguos y modernos; pero me contento con
insertar un excelente trozo de un
ilustre español, de uno de los hombres más grandes del siglo XVI. Es Luís
Vives.
"Jan
mens ipsa, suprema animi et celsissima pars, videbit quantopere sit tum natura
sua tarda ac praepedita, tum tenebris peccati ceca, etc. doctrina, usu, ac
solertia imperita et rudis, ut ne ea quidem que videt, queque manibus
contrectat, cujusmodi sint, aut qui fiant assequatur nedum ut in abdito illa
naturae arcana possit penetrare; sapienterque ab Aristóteles illa est posita
sententia:Mentem nostram ad manifestissima naturae non aliter habere se, quam
noctuae oculum ad lumen solis: ca omnia, qua universum hominum genus novit,
quota sunt pars corum qua ignoramus? nec solum id in universitate artium est
verum, sed in singulis earum, in quarum nulla tantum est humanum ingenium
progressum, ut ad medium pervenerit, etiam in infimis illis ac vilissimis; ut
nihil existimetur verius esse dictum ab Academicis, quam: scire nihil".
(Ludovicus VIVES, De Concordia et Discordia, L.
Así pensaba este grande hombre, que a
más de estar muy versado en toda clase de erudición, así sagrada como profana,
había meditado profundamente sobre el mismo entendimiento humano; que había
seguido con ojo observador la marcha de las ciencias, y que como lo acreditan
sus escritos, se había propuesto regenerarlas. Sensible es que no se puedan
copiar por extenso sus palabras, así del lugar citado como de su obra inmortal
sobre las causas de la decadencia de las artes y ciencias y el modo de enseñadas.
Como quiera, a quien se manifestase descontento
porque se han dicho algunas verdades sobre la debilidad de nuestros alcances, y
tuviese recelos de que esto dañara al progreso de las ciencias, porque así se
apoca el entendimiento, será bien recordarle que el mejor modo de hacer progresar
a nuestro espíritu, es el que se conozca a sí mismo; pudiendo a este propósito
citarse la profunda sentencia de Séneca: "Pienso que
muchos hubieran podido alcanzar la sabiduría, si no hubiesen presumido que la
habían alcanzado".
Puto multos ad sapientiam potuisse
pervenire, nisi am crederent pervenisse.
[ix] NOTA 9 Es cierto que al acercarse a los primeros principios de
las ciencias se encuentra el entendimiento rodeado de espesas sombras. He dicho que de esta regla general no se
exceptúan las mismas matemáticas, cuya certeza y evidencia se han hecho proverbiales.
El cálculo
infinitesimal que en el estado actual
de la ciencia puede decirse que la domina, estriba sin embargo en algunas
ideas sobre los límites, ideas que
hasta ahora nadie ha podido aclarar bien. Y no es que trate de poner en
duda su certeza y verdad; sólo me propongo hacer notar, que si se quisiera
llamar a examen en el tribunal de la metafísica las ideas que son como los elementos
de ese cálculo, no dejarían de poder esparcirse sobre ellas algunas sombras.
Aun concretándonos a la parte elemental de la
ciencia, se podrían también descubrir algunos puntos que no sufrirían sin algún
daño un detenido análisis metafísico e ideológico; cosa que sería muy fácil
manifestar, si lo consintiese el género de esta obra. Entretanto, puede recomendarse
a los lectores la preciosa carta dirigida por el distinguido jesuita español Eximeno
a su amigo Juan Andrés; donde se hallan observaciones muy oportunas
sobre la materia, hechas por un hombre a quien de seguro no se puede recusar
por incompetente. Esta carta está en latín, y su título es: Epístola ad
clarissimum virum Joannem Andresium.
Por lo que toca a las
otras ciencias no es necesario insistir en manifestar cuánta oscuridad se
encuentra al acercarse a sus primeros principios; pudiéndose asegurar que los
brillantes sueños de los hombres más ilustres han reconocido este origen.
Impulsados por el sentimiento de sus propias
fuerzas, penetraban hasta los abismos en busca de la verdad; allí la antorcha
se apagaba en sus manos, por valerme de la expresión de un ilustre poeta
contemporáneo, y extraviados por un oscuro laberinto se entregaban a merced de
su fantasía y de sus inspiraciones, tomando por la realidad los hermosos sueños
de su genio.
[x] NOTA 10 Para ver con toda claridad, para sentir con viveza la innata debilidad
del espíritu humano, no hay cosa más a propósito que recorrer la historia de
las herejías, historia que debemos a
[xi] NOTA 11 Quizás no todos se persuadirán fácilmente de que las ilusiones y el
fanatismo estén como en su elemento, en medio de los protestantes; y por esto será
preciso traer aquí el irrecusable testimonio de los hechos. Podrían escribirse
sobre el particular crecidos volúmenes, pero habré de contentarme con una rapidísima
reseña, empezando desde Lutero. Yo no sé si puede llevarse más allá el delirio,
que el pretender haber sido enseñado por el diablo, y gloriarse de ello, y
sostener con tamaña autoridad las nuevas doctrinas. Y sin embargo, el fundador
del Protestantismo, el mismo Lutero es quien así delira, dejándonos consignado
en sus obras el testimonio de su entrevista con Satanás. ¿Puede darse mayor desvarío?
Ya fuese real la aparición, ya fuese un sueño de cabeza calenturienta, ¿puede
llegarse más allá en la línea del fanatismo que jactarse de haber tenido tal
maestro?
Varios fueron los coloquios que, según nos dice él mismo, tuvo con el
diablo, pero es digna de referirse la visión, en que, según nos cuenta con toda
seriedad, le obligó Satanás con sus argumentos a prohibir la misa privada. La
descripción que del caso nos hace es muy viva.
Despierta
Lutero a medianoche; se le aparece Satanás. Lutero se horroriza, suda, tiembla,
y el corazón le palpita de un modo horrible.
Entáblase no obstante la disputa;
el diablo, a fuer de buen dialéctico, le estrecha con sus argumentos de tal
manera que no le queda respuesta. Lutero queda vencido; y no es extraño, porque
la lógica del diablo dice que andaba acompañada con una voz tan horrorosa que
helaba la sangre. "Entonces entendí, dice este miserable, lo que sucede a menudo, de que
mueren repentinamente muchos al amanecer, y es que el demonio puede matar o
ahogar a los hombres; y hasta sin esto, los pone con sus disputas en tales apuros,
que puede causar la muerte de esta manera, como muchas veces lo he
experimentado yo". El pasaje es peregrino.
El fantasma de Zuinglio, fundador del Protestantismo en Suiza, no deja
también de presentar un ejemplo de ridícula extravagancia. Quería este
heresiarca negar la presencia real de Jesucristo en
¿Quién no se aflige al ver a un hombre como Melanchton entregado a las
preocupaciones y manías de la superstición más ridícula; al verle neciamente
crédulo en materia de sueños, de fenómenos raros, de pronósticos astrológicos?
Y, sin embargo, nada hay más cierto; léanse sus cartas y se tropezará a cada
paso con semejantes miserias.
Al tiempo, de celebrarse la dieta de Augsburgo, parecíanle presagios muy
favorables al nuevo Evangelio: una inundación del Tíber, el que en Roma una
mula hubiese dado a luz un monstruo con un pie de grulla y el haber nacido en
el territorio de Augsburgo un becerro con dos cabezas. Estos acontecimientos,
eran para él anuncios indudables de un cambio en el universo y, singularmente,
de la próxima ruina de Roma por el cisma. Así escribía seriamente a Lutero.
Forma él mismo el horóscopo de su hija, pero está temblando por ella a causa de
que Marte presenta un aspecto horrible, asustándole no menos la pavorosa llama
de un cometa muy septentrional.
Dos astrólogos habían pronosticado que por el otoño serían los astros más
favorables a las disputas eclesiásticas, y ese pronóstico hasta para consolar a
nuestro buen hombre de que las conferencias de Augsburgo sobre religión, vayan
tan lentamente; y se ve además que sus amigos, es decir, los jefes del partido,
se dejan dominar también por tan poderosas razones. Como si no tuviera bastantes
penas, se le pronostica que había de padecer un naufragio en el Báltico; y él
se guardará de surcar aquellas aguas fatales.
Cierto franciscano, había tenido la humorada de profetizar que el poder
del Papa iba a debilitarse, y en seguida a caer para siempre, como también que
en el año 1600, el turco dominaría
Apenas acababa de erigirse en juez único el espíritu privado, ya
Múnster, que él llama La montaña de Sion, hace llevar a sus pies todo el
oro y plata y joyas preciosas que poseen los habitantes; lo deposita en un
tesoro común, y nombra diáconos para la distribución. Obliga a todos sus
discípulos a comer en común, a vivir en perfecta igualdad y a prepararse para
la guerra que habían de emprender, saliendo de
No faltó a Matías un heredero de fanatismo, presentándose luego Becold,
quizás más conocido bajo el nombre de Juan de Leyde. Este fanático —sastre de
profesión— echó a correr por las calles de Múnster gritando: El rey de Sion
viene.
Entró en su casa, se encerró allí por tres días, y cuando el pueblo se
presentó preguntando por él, aparentó que no podía hablar. Como otro Zacarías
pidió por señas recado de escribir, y escribió que Dios le había revelado que
el pueblo había de ser regido por jueces, a imitación del pueblo de Israel.
Nombró doce jueces, escogiendo aquéllos que le eran más adictos, y hasta que la
autoridad de los nuevos magistrados fué reconocida, tuvo él la precaución de no
dejarse ver de nadie.
Estaba ya asegurada en cierto modo la autoridad del nuevo profeta, pero
no se contentó con el mando efectivo, sino que le ambicionó rodeado de toda pompa
y majestad; propúsose nada menos que proclamarse rey. En tan lastimoso vértigo
estaban los fanáticos sectarios, que no le fué difícil salir a cabo con su loca
empresa; no se necesitaba más que jugar una grosera farsa. Un platero, que estaba
en inteligencia con el aspirante a rey, y que también se hallaba iniciado en el
arte de profetizar, se presenta a los jueces de Israel y les habla de esta
manera: He aquí lo que dice el Señor Dios, el Eterno: como en otro tiempo yo
establecí a Saúl sobre Israel, y después de él a David, no siendo mas que un
simple pastor, así establezco hoy a Becold, mi profeta, rey de Sion.
Los jueces no podían determinarse a renunciar, pero Becold aseguró que
también había tenido él la misma revelación; que la había callado por humildad,
pero que habiendo Dios hablado a otro profeta, era menester resignarse a subir
al trono, para cumplir las órdenes del Altísimo.
Los jueces insistieron en que se
convocase al pueblo, que en efecto, se reunió en la plaza del mercado, y allí,
habiéndosele presentado por un profeta de parte de Dios, se le dió una espada
desnuda, en señal de quedar constituído justiciero sobre toda la tierra, para
extender el imperio de Sion por los cuatro ángulos del mundo, fué proclamado
rey con ruidosa alegría y coronado solemnemente en 24 de junio de 1534.
Como se había casado con la esposa de su predecesor, la elevó también a
la dignidad real; pero si bien a esta sola miró como reina, no dejó de tener
hasta diez y siete mujeres, todo conforme a la santa libertad que en esta
materia había proclamado.
Las orgías, los asesinatos, las atrocidades y delirios de todas clases
que se siguieron, no hay por qué referirlo, pudiendo asegurarse que los 16
meses del reinado de este frenético no fueron más que una cadena de crímenes.
Clamaron los católicos contra
tamaños excesos, clamaron también, es verdad, los protestantes; pero ¿quién
tenía la culpa?, ¿no eran aquellos que habían proclamado la resistencia a la autoridad
de
Y en efecto: quien había sentado el principio, ¿qué derecho tenía para
atajar las consecuencias? Si Lutero encontraba en
Hermán, predicando la matanza de todos los sacerdotes y magistrados del
mundo; David Jorge, proclamando que sólo su doctrina era perfecta, que la del
antiguo y nuevo Testamento era imperfecta, y que él era el verdadero Hijo de
Dios; Nicolás, desechando la fe y el culto como inútiles, despreciando los
preceptos fundamentales de la moral y enseñando que era bueno perseverar en el
pecado para que la gracia pudiese abundar; Hacket, pretendiendo que había
descendido sobre él el espíritu del Mesías, enviando a dos de sus discípulos,
Arthington y Coppinger, a vocear por las calles de Londres que el Cristo venía
allí con su vaso en la mano y, clamando él mismo a la lista del cadalso, y en
el trance del suplicio: "¡Jehovah! ¡Jehovah! ¿No veis que los cielos se
abren, y a Jesucristo que viene a libertarme?"
Esos deplorables espectáculos, y cien otros que podríamos recordar, son
pruebas harto evidentes del terrible fanatismo nutrido y avivado por el sistema
protestante.
Venner, Fox, William Sympson, J. Naylor, el conde Tinzendorf, Wesley, el
barón de Sweedenborg, y otros nombres semejantes, bastan para recordar un
conjunto de sectas tan locas, y una serie de extravagancias y crímenes tales,
que darían materia para formar gruesos volúmenes donde se presentarían los
cuadros más ridículos y más negros, las mayores miserias y extravíos del espíritu
humano.
Esto no es fingir, no es exagerar; ábrase la historia, consúltense los
autores no precisamente católicos, sino protestantes o sean cuales fueren; por
dondequiera se encontrarán abundancia de testigos que deponen de la verdad de
esos hechos; hechos ruidosos, sucedidos a la luz del día, en medio de grandes
capitales, en tiempos que casi tocan a los nuestros. Y no se crea que se haya
agotado con el transcurso del tiempo ese manantial de ilusión y de fanatismo; a
lo que parece, no lleva camino de cegarse, y
[xii]
NOTA 12 Nada más palpable
que la diferencia que media en este punto entre los protestantes y los
católicos. En ambas partes, hay personas que se pretenden favorecidas con
visiones celestiales; pero, con las visiones, los protestantes se vuelven
orgullosos, turbulentos, frenéticos; mientras los católicos ganan en humildad y
en espíritu de paz y de amor. En el mismo siglo XVI, cuando el fanatismo de los
protestantes llevaba revuelta
Es Santa
Teresa, que escribiendo su propia vida, por motivos de pura
obediencia nos refiere sus visiones, con un candor angelical, con una dulzura
inefable. "Quiso el Señor que viese aquí algunas veces está visión: veía
un ángel cabe mí, hacia el lado izquierdo, en forma corporal; lo que no suelo
ver, sino por maravilla, aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin
verlos, sino como la visión pasada, que dije primero.
En esta visión quiso el Señor la viese ansí, no era grande, sino pequeño,
hermoso mucho, el rostro tan encendido, que parecía de los ángeles muy subidos,
que parece todos se abrasan: deben ser los que llaman serafines, que los
nombres no me los dicen, mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de
unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las
manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de
fuego. Éste me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a
las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda
abrazada en amor grande de Dios". (Vida de Santa Teresa, capítulo 29 n9
11).
He aquí otra muestra: "Estando en esto, veo sobre mi cabeza una
paloma bien diferente de las de acá, porque no tenía estas plumas, sino las de
unas conchitas, que echaban de sí gran resplandor. Era grande más que paloma,
paréceme que oía el ruido que hacía con las alas. Estaría aleando por espacio
de una Ave María. Ya el alma estaba de tal suerte, que perdiéndose a sí, de sí
la perdió de vista. Sosegóse el espíritu con tan buen huésped, que según mi
parecer, la merced tan maravillosa le debía de desasosegar y espantar, y como
comenzó a gozarla quitósele el miedo y comenzó la quietud con el gozo, quedando
en arrobamiento". (Vida, Cáp. 28, Nº 7).
Difícil será encontrar algo tan bello, expresado con tan vivo colorido, y
con tan amable sencillez.
No será inoportuno el copiar otros dos trozos de distinto género, que al
paso que harán sensible lo que nos proponemos evidenciar, podrán contribuir a
despertar la afición hacia cierta clase de escritores castellanos que van
cayendo en olvido entre nosotros, mientras los extranjeros los buscan con afán,
y hacen de ellos lujosas ediciones.
"Estando una vez en las Horas con todas, de presto se recogió mi
alma, y parecióme ser como un espejo claro toda, sin haber espaldas, ni lados,
ni alto, ni bajo, que no estuviese toda clara, y en el centro de ella se me
representó Cristo nuestro Señor como le suelo ver. Parecíame en todas las
partes de mi alma, le vía claro como en un espejo, y también este espejo.
[xiii] NOTA 13 He indicado las
sospechas que inspiraban algunos de los corifeos de la reforma, de que
procediendo de mala fe, y, no dando asenso a lo mismo que predicaban, tratasen
únicamente de alucinar a sus prosélitos. No quiero que se diga que he andado
con ligereza en achacarles ese cargo, y así produciré algunas pruebas que
garanticen mi aserción.
Oigamos al mismo
Lutero: "Muchas veces pienso a mis solas, que casi no sé dónde estoy, ni
si enseño la verdad o no, (Saepe sic mecum cogito: propemodum nescio, quo loco
sim, et utrum veritatem doceam, necne)". (Later. colloq. Isleb. de
Christo). Y éste es el mismo hombre que decía: `Es cierto que yo he recibido
mis dogmas del cielo; no permitiré que juzguéis de mi doctrina ni vosotros, ni
los mismos ángeles del cielo". "Certum est dogmata mea habere me ele
coelo. Non sinam vel r os vel ipsos angelos de coelo de mea doctrina judicare").
(Luth. Contra Reg. Ang.).
Jean Matthei, que
publicó algunos escritos sobre la vida de Lutero, y que se deshace en alabanzas
del heresiarca, nos ha conservado una anécdota curiosa sobre las convicciones
de Lotero; dice así: "Un predicante llamado Juan Musa me contó
que cierta vez se había lamentado con Lutero de que no podía resolverse a creer
lo que predicaba a los otros. Bendito sea Dios -respondió Lutero-, pues que
sucede a los demás lo mismo que a mí; antes creía yo que sólo a mí me
sucedía". (Johannes Matthesius,
concione 12).
Las doctrinas de la
incredulidad no se hicieron esperar mucho y, quizás, no se figurarían algunos
lectores, que se hallen consignadas expresamente en varios lugares de las obras
de Lutero.
"Es verosímil
-dice- que excepto pocos, todos duermen insensibles". "Soy de parecer
que los muertos están sepultados en tan inefable sueño, que sienten o ven menos
que los que duermen con sueño común.”
"Las almas de los muertos no entran ni en
el purgatorio ni en el infierno.” "El alma humana duerme, embargados todos
los sentidos.” "En la mansión de los muertos no hay tormentos.”.
"(Verisimile est exceptis
paucis, omnes dormire inscrisibiles". "Ego puto niortuos sic
ineffabili, et miro sonmo sopitos, ut minus sentiant aut videant, quam hi qui
alias dormiunt". "Anima mortuorum non ingredientur in purgatorium nec
infernum". "Anima
humana dorinit omnibus scnsibus sepultas". "Mortuorum locus cruciitus
nullos liabet"). (Tom. 2, Episr. Latin, Isleb, fol. 44, Tom. 6, Lit. Wittemberg, in
cal). 2, cap. 23, cap. 25, cap. 42, et cap. 49, Genes. et Tom. 4, Lat. Wit-temberg,
fol. 109).
No faltaba quien
recogiese semejantes doctrina:, y los estragos que tal enseñanza andaba
haciendo eran tales, que el luterano Brentzen, discípulo y sucesor de Lutero,
no duda en decir lo siguiente:
"Aunque no
exista entre nosotros ninguna profesión pública de que el alma perezca con el
cuerpo, y que no haya resurrección de muertos, sin embargo la vida impurísima y
profanísima que la mayor parte lleva, indica bien a las claras que no creen que
haya otra vida y a algunos se les escapan ya semejantes expresiones, no sólo
entre el calor de los brindis, sí que también en la templanza de las
conversaciones familiares.”
(Etsi inter nos mulla sit publica
professio, quod anima simul cum corpore intereat, et quod non sit niortuorum
resurrectio; tanien impurissinia et profanissima illa vita, quam mixinia par
hominum sectatur, perspicuo indicat quod non sentiat vitam post hanc.
Nonnullis etiam tales voces, tam
ebriis inter pocula excidunt, quani sobrias in familiaribus colloquiis".
(Brentius, hom.
En el mismo siglo XVI,
no faltaron algunos que sin curarse de dar su nombre a esta o aquella secta,
profesaban sin rebozo la incredulidad y el escepticismo. Sabido es que al
famoso Gruet le costó la cabeza su atrevimiento en este punto; y no
fueron los católicos los que se la hicieron cortar, sino los calvinistas,
que llevaban a mal el que este desgraciado se hubiese e tomado la libertad de
pintar con sus verdaderos colores, el carácter y la conducta de Calvino, y de
fijar en Ginebra algunos pasquines, en que acusaba de inconsecuencia a los
pretendidos reformados, por la tiranía que querían ejercer sobre las
conciencias, después de haber sacudido ellos mismos el yugo de la autoridad.
Todo esto sucedía no mucho después de haber nacido el Protestantismo, pues que
la sentencia de Gruet fué ejecutada en el año 1549.
Montaigne, de quien hé
señalado como uno de los primeros escépticos que alcanzaron mucha nombradía,
llevaba la cosa tan allá que ni siquiera admite ley natural. "Graciosos
están --dice--cuando para dar alguna certeza a las leyes, asientan que hay algunas
firmes, perpetuas e inmutables, que ellos llaman naturales, grabadas en el
linaje humano por la condición de su propia esencia".
"Ils sont plaisants
quand, pour donner quelque certitude aux lois, ils disent, quiil y en a aucunes
fermes, perpétuelles et iminuables,
quiils momment naturelles, qui sont enipreintes en l´humain genre par la
condition de leur propre essence, etc.". (Montaigne. Ess. Tom. 2, chap. 22).
Ya hemos visto lo que
pensaba Lutero sobre la muerte, o al menos, las expresiones que sobre este
particular se le habían escapado; no es extraño, pues, que Montaigne
pretendiese morir como verdadero incrédulo, y que, hablando de este terrible
trance, dijera: "Estúpidamente, y con la cabeza baja, me
sumerjo en la muerte, sin considerarla ni reconocerla, como en una profundidad
silenciosa y oscura que me traga de un golpe, y me ahoga en un instante, en un
hondo sueño lleno de insensibilidad y de indolencia.”
"Je me plonge, la séte
baissée, stupidement dans la mort sans la considérer et reconnaitre, connne
dans une prófondeur muette et obscure, qui méngloutit d'un saut, et métouffe en
un instant dún profond sommeil plein d'insipidité et d'indolence". (Montaine,
Livr. 3, chap. 9).
Pero este hombre que
deseaba que la muerte le sorprendiese plantando sus hortalizas, y. sin curarse
de ella (Je veux que la mort me tronve plantant mes choux, mais sans zne
soncier d'elle), no lo pensó así en sus últimos momentos, pues que, estando
para expirar, quiso que se celebrara en su mismo aposento el santo sacrificio
de la misa, y expiró en el mismo instante en que acaballa de hacer un esfuerzo
para levantarse sobre su cama, en el acto de la adoración de la Sagrada Hostia.
Bien se ve que no
había quedado estéril en su corazón aquel pensamiento con que hablando de la
religión cristiana decía: El orgullo es lo que aparta al hombre de los caminos
comunes, que le hace abrazar novedades, prefiriendo ser jefe de una turba errante
y descaminada, enseñando el error y la mentira, a ser discípulo de la escuela
de la verdad".
Acordaríase también de lo que había dicho en
otro lugar, condenando de un rasgo todas las sectas disidentes: "En materia de religión es preciso
atenerse a los que son establecidos jefes de doctrina y que tienen una
autoridad legítima, y no a los más sabios y a los más hábiles". "En matiére de religión il fant
s'attacher e ceux qui sont établis juges de la doctrine, et qui ont une
autorité légitime, non pas aux plus savants et aux plus hábiles".
Por lo que acabo de decir,
se echa de ver con cuánta razón he culpado al Protestantismo de haber sido una
de las principales causas de la incredulidad en Europa. Repito aquí lo que he
dicho en el texto, que no es mi ánimo desconocer los esfuerzos que hicieron
algunos protestantes para oponerse a la incredulidad; pues lo que ataco no son
las personas sino las cosas y respeto el mérito dondequiera que se encuentre.
Añadiré también que si en el siglo XVII se notó que no pocos protestantes
tendían hacia el Catolicismo, debió de ser a causa de que veían los progresos
que iba haciendo la incredulidad; progresos que no era posible atajar, sino
asiéndose del áncora de la autoridad que les ofrecía la Iglesia católica.
No me es posible, sin
salir de los límites que me he prefijado, dar noticias circunstanciadas sobre
la correspondencia entre Molano y el obispo de Tyna, y entre Leibnitz y
Bossuet; pero los lectores que quieran instruirse a fondo en la materia podrán
verlo, parte en las mismas obras de Bossuet, parte en la interesante obra del
abate Bausset, que precede a la edición de las obras de Bossuet hecha en París
en 1814.
[xiv] NOTA 14 Para formarse idea del estado de la ciencia al
tiempo de la aparición del Cristianismo, y convencerse de lo que podía
esperarse del espíritu humano, abandonando a sus propias luces, basta recordar
las monstruosas sectas que pululaban por doquiera, en los primeros siglos de la
Iglesia, y que reunían en sus doctrinas la mezcolanza más informe, más
extravagante e inmoral, que concebirse pueda, Cerinto, Menandro, Ebión,
Saturnino, Basílides, Nicolao, Carpócrates, Valentino, Marción, Montano y
otros, son nombres que recuerdan sectas donde el delirio andaba hermanado con
la inmoralidad. Echando una ojeada sobre aquellas sectas filosófico-religiosas,
se reconoce que ni eran capaces de concebir un sistema filosófico un poco
concertado, ni de idear un conjunto de doctrinas y prácticas que pudiese
merecer el nombre de religión. Todo lo trastornan, todo lo mezclan y confunden;
el judaísmo, el Cristianismo, los recuerdos de las antiguas escuelas, todo se
amalgama en sus delirantes cabezas; no olvidándose empero de soltar la rienda a
todo linaje de corrupción y, obscenidad.
Abundante campo
ofrecen aquellos siglos a la verdadera filosofía para conjeturar lo que hubiera
sido del humano saber si el Cristianismo no hubiese alumbrado el mundo con sus
doctrinas celestiales; si no hubiese venido esa religión divina a confundir el
desalentado orgullo del hombre, mostrándole cuán vanos e insensatos eran sus
pensamientos, y cuán descarriado andaba del camino de la verdad.
¡Cosa notable! ¡Y esos
mismos hombres cuyas aberraciones hacen estremecer, se apellidaban a sí mismos Gnósticos, por el superior conocimiento de que
se imaginaban dotados! Está visto:
el hombre en todos los siglos es el mismo.