EL PROTESTANTISMO COMPARADO CON EL CATOLICISMO

y sus relaciones con la civilización europea

 

TOMO I

 

Autor : Jaime Balmes – España  - 1842

 

Capítulos I al XV de un total de LXXIII


 

EL PROTESTANTISMO COMPARADO CON EL CATOLICISMO EN SUS RELACIONES CON LA CIVILIZACIÓN EUROPEA

Balmes comprendió mejor que ningún otro español moderno el pensamiento de su nación, le tornó por lema, y toda su obra está encaminada a formar, en religión, en filosofía, en ciencias socia­les, en política. Durante su vida, por desgracia tan breve, pero tan rica y tan armónica, fue, sin hipérbole, el doctor y el maestro de sus conciudadanos. España entera pensó con él, y su magisterio con­tinuó después de la tumba. ¡A cuántos preservaron sus libros del contagio de la incredulidad! ¡En cuántos entendimientos encendió la primera llama de las ciencias especulativas! ¡A cuántos mostró por primera vez los principios cardinales del Derecho público, las leyes de la Filosofía de la Historia, y sobre todo las reglas de la lógica práctica, el arte de pensar sobrio, modesto, con aplicación continua a los usos de la vida, con instinto certero de moralista popular! Por la forma clarísima de sus escritos, reflejo de la lucidez de su entendimiento, por la templanza de su ánimo libre de toda violencia y exageración, por el sano eclecticismo de su ciencia hospi­talaria, Balmes estaba predestinado para ser el mejor educador de la España de su siglo, y era tal concepto no le aventajó nadie. "El Cri­terio", el "Protestantismo", la misma "Filosofía fundamental" eran los primeros libros serios que la juventud de mi tiempo leía, y por ellos aprendimos que existía una ciencia difícil y tentadora llamada Metafísica y cuáles eran sus principales problemas. Si hay algún español educado en aquellos días que afirme que su inteligencia nada debe a Balmes, habrá que compadecerle o dudar de la veracidad de su testimonio.

La filosofía moderna, aun en lo que tiene de huís opuesto a la doctrina de nuestro pensador, el idealismo kantiano y sus derivaciones en Fichte y Schelling (puesto que de Hegel alcanzó poca noticia) entraron en España principalmente por las exposiciones y críticas de Balmes, que fueron razonadas y concienzudas dentro de lo que él pudo leer. Su vigoroso talento analítico suplió en parte las deficiencias de la desinformación, y le hizo adivinar la trascendencia de algunos sistemas que sólo pudo conocer en resumen y como en cifra.

No poseía la lengua alemana, ni apenas la inglesa: tuvo que valerse de las primeras traducciones francesas, que distaban mucho de ser buenas y completas; si con tan pobres recursos alcanzó tanto, calcúlese qué impulso hubiera dado a nuestra enseñanza filosófica, viviendo algunos años más. ; ¡Qué distinta hubiera sido nuestra suerte si el primer explorador intelectual de Alemania, el primer viajero filósofo que nos trajo noticias directas de las universidades del Rin, hubiese sido D. Jaime Balmes y no D. Julián Sanz del Río! Con el primero hubiéramos tenido una moderna escuela de filosofía espa­ñola, en que el genio nacional, enriquecido con todo lo bueno y sano de otras partes, y trabajando con originalidad sobre su propio fondo, se hubiese incorporado en la corriente europea, para volver a elabo­rar, como en, mejores días, algo sustantivo y cristiano.

 Con el segundo caímos bajo el yugo de una secta lóbrega y estéril, servilmente adicta a la palabra de un solo maestro, tan famoso entre nosotros como olvidado en su patria.

Para su, gloria, Balmes hizo bastante. "Consuininatus in brevi ex­plevit tenzpora multa". Fue el único filósofo español de la pasada centuria cuya palabra llegó viva y eficaz a nuestro pueblo, y le sirvió de estímulo y acicate para pensar. Fue el único que se dejó entender de todos, porque profesaba aquel género de filosofía activa, que desde el gran moralista cordobés es nota característica del pensa­miento de la raza. No fue un pirro metafísico, un solitario de la ciencia, sino un combatiente intelectual, un admirable polemista.

Sus facultades analíticas superaban a las sintéticas: quizá eso ha dejado una construcción filosófica que pueda decirse enteramente suya, pero tiene extraordinaria novedad en los detalles y en las aplicaciones.

Santo Tomás, Descartes, Leibnitz, la escuela escocesa, muy singular­mente combinados, son los principales elementos que integran la «Fi­losofía fundamental", y, sin embargo, este libro es un organismo viviente, no un mecánico sincretismo. Balmes se asimila con tanto vigor al pensamiento ajeno, que vuelve a crearle, le infunde vida propia y personal y le hace servir para nuevas teorías.

Ocasiones hay en que parece llegar a las alturas del genio, sobre todo cuando su fe religiosa y su talento metafísico concurren a una misma demos­tración. Pero estos relámpagos no son frecuentes: lo que sobresale en él es la pujanza dialéctica, el grande arte de la controversia, gire en manos tan honradas corno las suyas no degenera nunca en logo­maquia ni en sofistería.

No es la "Filosofía fundamental", a pesar de su título, un tratado completo de la ciencia primera, sino una serie de disertaciones meta­físicas, a cuyo orden y enlace habría gire poner algunos reparos. Pero tal como está parece un prodigio si se considera que fue escrita por un autor de treinta años y en el ambiente menos propicio a la serena y elevada especulación intelectual, como lo era el de España al salir de la primera guerra civil.

Y no sólo conserva esta superioridad res­pecto de los raquíticos arbolillos que luego hemos visto levantarse trabajosamente de nuestro agostado suelo, sino que hace buena figura en los anales de la ciencia, al lado o enfrente de las filosofías incom­pletas y transitorias que entonces escribían los pensadores de raza latina: la de Cousin y Jouf froy, en Francia; las de Galuppi, Rosmini y Gioberti en Italia, obras todas más caducas hoy que la de nuestro doctor ausetano.

Balmes escribió antes de la restauración escolástica, y sólo en sen­tido muy lato puede decirse que su libro pertenezca a ella, porque en realidad es una independiente manifestación del espiritualismo cristiano. Pero no cabe duda que conocía profundamente la doc­trina de Santo Tomás, y que la había tenido por primero y nunca olvidado texto.

 Exponiéndola y vindicándola, no sólo en la esfera ideológica, sino en lo tocante a la filosofía de las leyes, hizo más por el tomismo que muchos tomistas de profesión, y mereció el nombre de discípulo del Doctor Angélico más que muchos serviles repetidores de los artículos de la "Suma"; aunque se apartase de ella en puntos importantes, aunque interpretase otros conforme a la mente de Suárez y otros grandes maestros de la escolástica española, aunque hiciese a la filosofía cartesiana concesiones que hoy nos parecen ex­cesivas.

Lo que había de perenne y fecundo en la enseñanza tradi­cional de las escuelas cristianas tomó forma enteramente moderna en sus libros. Si hubiese alcanzado los progresos de las ciencias bioló­gicas, ocuparía en el movimiento filosófico actual una posición aná­loga a la de la moderna escuela de Lovaina, de la cual es indudable precursor.

Como padre de una nueva ciencia en muchas cosas distinta de la Escolástica está considerado nuestro autor en una reciente tesis latina de la Facultad de Letras de París, cuyo autor, discípulo del insigne Boutroux, procura refutar en parte, y en parte acepta y corrige, la doctrina de Balmes acerca de la certeza ("De facultare veritin assequendi secunduzn Balmesiuni", por A. L eclér, 1900). Las ideas de Balmes prosiguen siendo objeto de discusión en Europa, mientras en su patria no faltan osados pedantes que le desdeñen. Es el único de nuestros filósofos modernos que ha pasado las fronteras y que ha obtenido los honores de la traducción en diversas lenguas. No digo gire haya sido el único que lo mereció, aun sin salir de Cataluña, donde la psicología escocesa encontró una segunda patria y donde el malogrado Comellas trazó un surco tan original en su dirección al ideal de la ciencia.

Otros hubo muy dignos de recuerdo en varias partes de España y aun en la América española, pero nin­guno entró en el comercio intelectual del mundo más que Balmes. La reputación de Donoso Cortés fue grande y universal, pero mucho más efímera, ligada en parte a las circunstancias del momento, y debida más bien a la elocuencia deslumbradora del autor que a la novedad de su doctrina, cuyas ideas capitales pueden encontrarse en De Maistre, en Bonald y en los escritos de la primera época de La­mennais.

Balmes parece un pobre escritor comparado con el regio estilo de Donoso, pero a envejecido mucho menos que él, aun en la parte política. Sus obras enseñan y persuaden, las de Donoso re­crean y a veces deslumbran, pero dada edifican, y a él se debieron principalmente los rumbos peligrosos que siguió el tradicionalismo español durante mucho tiempo.

Balmes hizo cuanto pudo para divulgar la ciencia filosófica y ha­cerla llegar a las inteligencias más humildes. Sus tratados elementales, demasiado elementales par las condiciones del público a quien se diri­gía, no son indignos de su nombre, especialmente el de Ética y Teo­dicea; pero su gloria como filósofo popular es "El Criterio", una especie de juguete literario que pueden entender hasta los niños, una lógica familiar amenizada con ejemplos y caracteres, una higiene del espíritu formulada en sencillas reglas, un código de sensatez y cor­dura, que bastaría a la mayor parte de los hombres para recorrer sin grave tropiezo el camino de la vida. Las cualidades de fino obser­vador y moralista ingenioso que había en Balmes campean en este librito, que puede oponerse sin desventaja a los mejores de pensa­mientos, máximas y consejos de que andan ufanas otras literaturas, con la ventaja de tener "El Criterio" un plan riguroso y didáctico, en medio de la ligereza de su forma y de la extrema variedad de sus capítulos.

Con ser Balmes filósofo tan señalado, todavía vale mas como apo­logista de la religión católica contra incrédulos y disidentes. Pres­cindo de las "Cartas a un escéptico", de los excelentes artículos de "La Sociedad", de Idus de "La Civilización", todavía no coleccionados, y de otros opúsculos de menos importancia; porque toda la atención se la lleva "El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la civilización europea", que es la obra más célebre de Balmes, la mas leída en su tiempo, y ahora la que interesa a mayor número de espíritus cultos, la que por su carácter mixto de historia y filosofía abarca un círculo mas vasto y satisface mejor los anhelos 13 de la cultura media, que no gusta de separar aquellas dos manifes­taciones de la ciencia y de la vida.

El instinto certero de los lectores no se ha equivocado sobre la verdadera trascendencia de la obra de Balmes, cuyo título no da exacta idea de su contenido. No es una refutación directa del Protestantismo ni una historia de sus evolu­ciones, asunto de poco interés en España, donde la teología protes­tante es materia de pura erudición, que entonces sólo cultivaba algún bibliófilo excéntrico, como don Luis Usoz. Balmes había estudiado a los grandes controversistas católicos, especialmente a Belarmino y Bossuet, pero le fueron inaccesibles los primitivos documentos de la Reforma, las obras de los heresiarcas del siglo XVI, y para su plan le hubieran sido inútiles, porque no escribía como teólogo, sino como historiador de la civilización, y no estudiaba el protestantismo en su esencia dogmática ni en la variedad de sus confesiones, sino en su influjo social.

No hay, pues, que buscar en el libro lo que su autor no pudo ni quiso poner. Las grandes demostraciones apologéticas de la doctrina ortodoxa contra sus disidentes han nacido donde debían nacer, es decir, en las escuelas católicas de Alemania e Inglaterra, únicas que conocen a fondo el enemigo a quien combaten y con quien parten el campo. Un libro como la "Simbólica" de Moehler, hubiera sido imposible en España, y para nada hubiera servido. Los liberales del tiempo de Balmes no habían pasado de las "Ruinas de Palmira", y cualquier cosa podían ser, menos protestantes.

El fracaso de la romántica propaganda del célebre misionero bíblico Jorge Bo­rrow, que se vio reducido a buscar adeptos entre los presidiarios y los gitanos y acabó por traducir el Evangelio de San Lucas al "caló", basta para evidenciarlo. Balmes, entendimiento positivo y práctico, conocía el estado de su pueblo y no luchaba con enemigos imagi­narios. Sólo como un mero fermento de incredulidad podía obrar el protestantismo sobre la masa española, y aun este riesgo parecería entonces muy lejano.

El adversario que verdaderamente combate Balmes en aquel libro, sin salir del Campo de la Historia, es la escuela ecléctica, y su ex­presión mas concreta, el doctrinarismo político, que se había ense­ñoreado de las inteligencias mas cultivadas de España. El partido moderado, del cual fue Balmes juez mas o menos benévolo, pero nunca cómplice ni siquiera aliado, había convertido en oráculo suyo a un seco y honrado hugonote, gran historiador de las instituciones todavía mas que de los hombres, y muy mediano filósofo de la his­toria porque su rígido y abstracto dogmatismo, aspirando a simpli­ficar los fenómenos sociales, le hacía perder de vista muchos de los hilos con que se teje la rica urdimbre de la vida.

El que por espíritu sectario o por estrechez de criterio pretendió borrar de la historia de la civilización europea el nombre de España no parecía muy cali­ficado para ser maestro de españoles, y, sin embargo, aconteció todo lo contrario. Ese primer curso de Historia de la Civilización, que hoy nos parece el más endeble de los libros de Guizot y el que menos manifiesta sus altas dotes de investigador crítico, fue en algún tiempo el Alcorán de nuestros publicistas y hombres de estado.

Refutar algunos puntos capitales de estas "Lecciones", ya en lo que toca a la acción civilizadora de la Iglesia durante los siglos medios, ya al influjo atribuido a la Reforma en el desarrollo de la cultura moderna, fue el primer propósito de Balmes, y sin duda el germen de su obra.

 Pero el plan se fue agrandando en su mente, y Guizot y el protestantismo vinieron a quedar en segundo término. Así, lo que había empezado con visos de polémica adquirió solidez y consistencia de obra doctrinal, y se convirtió en uno de los más excelentes tratados de Filosofía de la Historia que con criterio cató­lico se han escrito, sin caer en el misticismo vago y nebuloso de Federico Schlegel y los románticos alemanes, ni en la apología ciega e inconsiderada de las instituciones de la Edad Media que puede notarse en muchos autores franceses de la llamada escuela neocatólica.

Los capítulos que Balmes dedica a analizar la noción del "individua­lismo" y el sentimiento de la dignidad personal, que Guizot consi­deraba característico de los invasores germánicos; las páginas de noble elevación donde expone la obra santa de la Iglesia en dulcificar pri­mero y abolir después la esclavitud, en dar estabilidad y fijeza a la propiedad, en organizar la familia y vindicar la indisolubilidad del matrimonio, en realzar la condición de la mujer, en templar los rigo­res de la miseria, en fundar el poder público sobre la base inconmo­vible de la justicia divina, conservan el mismo valor que cuando se escribieron, salvo en la parte de erudición histórica, que no era el fuerte de Balmes, y en que no pudo adelantarse a su tiempo.

Pero tampoco incurre en error grave, y "El Protestantismo", mas que ninguna de sus obras, manifiesta una lectura extensa y bien digerida, que no se pierde en fútiles pormenores y sabe interpretar los hechos verdaderamente significativos en la historia del linaje humano, mos­trando no vulgar conocimiento de las fuentes.

Contiene, además, esta obra insigne un caudal de Materiales apo­logéticos, que pueden considerarse como estudios y disertaciones sueltas, aunque todos tengan natural cabida dentro del vasto pro­grama que Balmes fue desenvolviendo con tan serena y majestuosa amplitud.

Uno de los temas que con más extensión y acierto trata, hasta el punto de formar por sí solo una tercera parte de la obra, es la Filosofía católica de las Leyes, Materia de singular importancia en los tiempos de confusión política en que Balmes escribía.

 No puede decirse que la admirable doctrina de Santo Tomás sobre el concepto de la ley, sobre el origen del poder civil y su transmisión a las sociedades, estuviese olvidada, puesto que entre otros la había expuesto y defendido con gran penetración y notable vigor dialéc­tico el dominico sevillano Fr. Francisco Alvarado.

 Pero ni los libe­rales ni los absolutistas habían querido entenderla, y con sus opuestas exageraciones, fanáticamente profesadas, habían llenado de nieblas los entendimientos y de saña los corazones.

Balmes tuvo la gloria de restablecer la verdadera noción jurídica que es uno de los mejores timbres de la Escuela, sobre todo en la forma Magistral que la dieron nuestros grandes teólogos del siglo XVI, Francisco de Vitoria, Do­mingo de Soto y el eximio Suárez.

 Balmes, que en este punto se enlaza con la ciencia nacional más que en ningún otro, reivindica estos precedentes y los de otros varios políticos y moralistas espa­ñoles. Entre los modernos ninguno mostró tanto tino como él en acomodar la doctrina escolástica "de legibus" y "de justitia et jure" a las condiciones didácticas del tiempo presente, y en concordarla con las ideas de otros publicistas, no tan apartadas corno pudiera creerse de aquella sabiduría tradicional.

Balmes, que en ciencias sociales tuvo intuiciones y presentimientos que rayan con el genio, no era un político meramente especulativo: era también un gran ciudadano, que intervino con su palabra y su consejo en los más arduos negocios de su tiempo y ejerció cierta especie de suave dominio sobre muy nobles y cultivadas inteligen­cias. No era hombre de partido, pero fue el oráculo de un grupo de hombres de buena voluntad, de españoles netos que, venidos de opuestos campos, aceptaban, no una transacción sino una fusión de derechos, una legalidad que amparando a todos hiciese imposible la renovación de la guerra civil y trajese la paz a los espíritus. La fórmula de Balmes no triunfó, acaso por ser prematura, pero de la pureza de sus móviles e intenciones no dudó nadie, ni tampoco de la habilidad con que condujo aquella memorable campaña. No falta quien lamente que en ella emplease tanta parte de su energía mental para cosechar al fin desengaños y sinsabores que entristecieron sus últimos anos.

 Hay quien opina que Balmes hubiese filosofado más y mejor si no hubiera pensado tanto en la boda del Conde de Monte­molín y en otros negocios del momento. Pero no reparan los que tal dicen, que Balmes no era de aquella casta de pensadores que se embebecen en el puro intelectualismo, sino de aquellos otros que hacen descender la filosofía a las moradas de los hombres y enno­blecen el arte de gobernar enlazándole con los primeros principios.

Fichte fue mas grande en sus "Discursos a la nación alemana" des­pués de la derrota de Jena que en su trascendental idealismo. La metafísica de Balmes no fue obstáculo para que su política tuviese una base real y positiva, en la cual consiste su fuerza. Sus conclu­siones son análogas a las de la escuela histórica que ya contaba prosélitos en Cataluña cuando él comenzó a escribir, pero desciende de mas alto origen y bien se ve que no han sido elaboradas al tibio calor de la erudición jurídica.

 Otros habían penetrado mucho mas adelante que él en el examen de las antiguas instituciones nacionales: bastaría el gran nombre de Martínez Marina para probarlo. Pero la pasión política les ofuscó a veces en la interpretación, haciéndoles confundir la libertad antigua con la moderna y la democracia pri­vilegiada del municipio con el dogma de la soberanía del pueblo. Balmes, que conocía mucho menos el texto de las franquicias de los siglos medios, entendió mejor el sentido de nuestra constitución in­terna, aunque a veces le formulase con demasiado apresuramiento.

Como periodista político Balmes no ha sido superado en España si se atiende a la firmeza y solidez de sus convicciones, a la honrada gravedad de su pensamiento, al brío de su argumentación, a los re­cursos fecundos y variados, pero siempre de buena ley, que empleaba en sus polémicas, donde no hay una frase ofensiva para nadie.

Su gloria sería tan indiscutible corno lo es la de Larra en el periodismo literario y satírico si le hubiese acompañado el don del estilo, el admirable talento de prosista que encumbra a Larra sobre todos sus coetáneos. Los artículos de Balmes son un tesoro de ideas que no se han agotado todavía, pueden considerarse además corno la historia verídica y profunda de su tiempo; pero la forma es redundante, monótona, descuidada.

 La prosa de Balmes tiene el gran mérito de ser extraordinariamente clara, pero carece de condiciones artísticas, no tiene color ni relieve. Suponen algunos que esto procede de que no escribía en su lengua nativa y tenía que vaciar su pensamiento en un molde extraño. Pero creo que se equivocan, porque precisa­mente las cualidades que más le faltan son el nervio y la concen­tración sentenciosa, que son característica de los autores genuina­mente catalanes, sea cualquiera la lengua en que hayan expresado sus conceptos. Balmes hablaba y escribía con suma facilidad la cas­tellana y nunca había empleado otro instrumento de comunicación científica, fuera del latín de las escuelas. Tiene muchas incorreccio­nes, pero la mayor parte no son resabios provinciales (como enton­ces se decía), sino puros galicismos, en que incurrían tanto o más que él los escritores castellanos de mas nombradía en aquel tiempo, salvo cuatro o cinco que por especial privilegio o por la índole par­ticular de sus estudios salieron casi inmunes del contagio. Balmes procuró depurar su lenguaje, y en parte lo consiguió, con la lectura de nuestros clásicos, especialmente de Cervantes y Fr. Luís de Gra­nada, cuyas obras frecuentó mucho; pero no llegó a adquirir, ni era posible, las dotes estéticas que le faltaban.

Tuvo además la des­gracia de prendarse, en la literatura contemporánea, de los modelos menos adecuados a su índole reposada y austera, y cuando quiere construir prosa poética a estilo de Chateaubriand o de Lamennais fracasa irremediablemente. Pero en sus obras la retórica es lo que menos importa, y sólo en prueba de imparcialidad se nota esto.

Fue el Dr. D. Jaime Balmes varón recto y piadoso, de intachable pureza, de costumbres verdaderamente sacerdotales, de sincera mo­destia que no excluía la conciencia del propio valer ni la firmeza en sus dictámenes; meditabundo y contemplativo, pero no ensimismado; algo esquivo en el trato de gentes, pero pródigo de, sus afectos en la intimidad de sus verdaderos amigos que naturalmente fueron pocos; tolerante y benévolo con las personas, pero inflexible con el error; operario incansable de la ciencia hasta el pinito de haber dado al traste con su salud, que nunca fue muy robusta; previsor y cuidadoso de sus intereses, no por avaricia, como fingieron sus émulos, sino por el justo anhelo de conquistar con su honrado trabajo la independen­cia de su pensamiento y de su pluma, que jamás cedieron a ninguna sugestión extraña. Su vida interior, que fue grande, se nutría con la oración y con la lectura de libros espirituales, sobre todo con la del Kempis, que revisaba diariamente.

Tal fue, aunque dibujado por mí en tosca semblanza, el grande hombre cuyo primer aniversario conmemoramos hoy. Quiera Dios que su inteligencia simpática y generosa continúe velando sobre esta España que tanto amó, que le debió la mejor parte de su pensamiento en el siglo XIX y que por él vio renacer sus antiguas glorias filo­sóficas.

MARCELINO MENENDEZ Y PELAYO

Estas páginas de Menéndez y Pelayo, que hemos juzgado el mejor prefacio para esta edición, forman parte de un discurso que pronunciara el ilustre  polígrafo santanderino en la sesión de clausura del Congreso Internacio­nal de Apologética, celebrado el 11 de septiembre de 1910. (N. del E.).

 

 

P RÓ L O G O

ENTRE los muchos y gravísimos males que han sido el necesario resul­tado de las hondas revoluciones modernas, figura un bien sumamente precioso para la ciencia, y que probablemente no será estéril para el linaje humano: la afición a los estudios que tienen por objeto al hom­bre y la sociedad. Tan recios han sido los sacudimientos, que la tierra, por decirlo así, se ha entreabierto bajo nuestras plantas; y la inteli­gencia humana, que poco antes marchaba altiva y desvanecida sobre una carroza triunfal, no oyendo más que vítores y aplausos, y como abrumada de laureles, se ha estremecido también, se ha detenido en su carrera, y absorta en un pensamiento grave, y dominada por un sen­timiento profundo, se ha dicho a sí misma: ¿quién soy?, ¿de dónde salí?, ¿cuál es mi destino?

De aquí es que han vuelto a recobrar su alta importancia las cuestiones religiosas; de manera que mientras se las creía disipadas por el soplo del indiferentismo, o reducidas a muy pequeño espacio por el sorprendente desarrollo de los intereses mate­riales, por el progreso de las ciencias naturales y exactas, y por la pujanza siempre creciente de los debates políticos, se ha visto que lejos de estar ahogadas bajo la inmensa balumba que parecía oprimirlas, se han presentado de nuevo con toda su grandeza, con su forma gigan­tesca, sentadas en la cúspide de la sociedad, con la cabeza en el cielo y los pies en el abismo.

En esta disposición de los espíritus, era natural que llamase su aten­ción la revolución religiosa del siglo XVI; y que se preguntase qué es lo que había hecho esa revolución en pro de la causa de la humanidad. Desgraciadamente, se han padecido en esta parte equivocaciones de cuantía; o bien por mirarse los hechos a través del prisma de las preocupaciones de secta, o por considerarlos tan sólo por lo que pre­sentaban en su superficie: y así se ha llegado a asegurar que los refor­madores del siglo XVI contribuyeron al desarrollo de las ciencias, de las artes, de la libertad de los pueblos, y de todo cuanto se encierra en la palabra civilización, y que así dispensaron a las sociedades euro­peas un señalado beneficio.

¿Qué dice sobre esto la historia?, ¿qué enseña la filosofía? Bajo el aspecto religioso, bajo el social, bajo el político y el literario, ¿qué es lo que deben a la reforma del siglo XVI el individuo y la sociedad? ¿Marchaba bien Europa bajo la sola influencia del Catolicismo? Éste, ¿embargaba en nada el movimiento de la civilización?

He aquí lo que me he propuesto examinar en esta obra. Cada época tiene sus necesi­dades; y fuera de desear que todos los escritores católicos se conven­ciesen de que una de las más imperiosas en la actualidad es el analizar a fondo ese linaje de cuestiones: Ballarmino y Bossuet trataron las materias conforme a las necesidades de su tiempo; nosotros debemos tratarlas cual lo exigen las necesidades del nuestro.

Conozco la inmen­sa amplitud de las cuestiones que arriba he indicado; así no me lisonjeo de poder dilucidarlas cual ellas demandan: como quiera, emprendo mi camino con el aliento que inspira el amor a la verdad; cuando mis fuerzas se acaben me sentaré tranquilo, aguardando que otro que las tenga mayores dé cumplida cima a tan importante tarea. Dr Jaime Balmes  1842


INDICE

 

CAPÍTULO PRIMERO:  Naturaleza y nombre del Protestantismo. 11

En medio de las naciones civilizadas un hecho muy grave, por la naturaleza de las materias sobre que versa; muy trascendental, por la muchedumbre, variedad e importancia de las relaciones que abarca; interesante en extremo, por estar enlazado con los principales acontecimientos de la historia moderna: este hecho es el Protestantismo. 11

CAPITULO II 15

Investigación de las causas del Protestantismo. Examen de la influencia de sus fundadores. Varias causas que se le han señalado. Equivocaciones que se han padecido en este punto. Opiniones de Guizot y de Bossuet. Se designa la verdadera causa del hecho, fundada en el mismo estado social de los pueblos europeos. 15

CAPÍTULO III 28

Nueva demostración de la divinidad de la Iglesia católica sacada de sus relaciones con el espíritu humano. Fenómeno extraordinario que se presenta en la cátedra de Roma. Superioridad del Catolicismo sobre el Protestantismo. Confesión notable de Guizot; sus consecuencias. 28

CAPITULO IV  34

El Protestantismo lleva en su seno un principio disolvente. Tiende de suyo al aniquilamiento de todas las creencias. Peligrosa dirección que da al entendimiento. Descripción del espíritu humano. 34

CAPÍTULO V  39

Instinto de fe. Se extiende hasta las ciencias. Newton. Descartes. Observaciones sobre la historia de la filosofía. Proselitismo. Actual situación del entendimiento. 39

CAPÍTULO VI 44

Diferentes necesidades religiosas de los pueblos en relación a los varios estados de su civilización. Sombras que se encuentran al acercarse a los primeros principios dé las ciencias. Ciencias matemáticas. Carácter particular de las ciencias morales. Ilusiones de algunos ideólogos modernos. Error cometido por el Protestantismo en la dirección religiosa del espíritu humano. 44

CAPÍTULO VII 49

Indiferencia y fanatismo: dos extremos opuestos acarreados a la Europa por el Protestantismo. Origen del fanatismo. Servicio importante por la Iglesia a la historia del espíritu humano. La Biblia abandonada al examen privado sistema errado y funesto del Protestantismo. Texto notable de OCallaghan. Descripción de la Biblia. 49

CAPITULO VIII 54

El fanatismo. Su definición. Sus relaciones con el sentimiento religioso. Imposibilidad de destruirle. Medios de atenuarle. El Catolicismo ha puesto en práctica esos medios muy acertadamente. Observaciones sobre los pretendidos fanáticos católicos. Verdadero carácter de la exaltación religiosa de los fundadores de órdenes religiosas. 54

CAPITULO IX  58

La incredulidad y la indiferencia religiosa acarreadas a la Europa por el Protestantismo. Síntomas fatales que se manifestaron desde luego. Notable crisis religiosa ocurrida en el último tercio del siglo XVII. Bossuet y Leibnitz. Los jansenistas: su influencia. Diccionario de Bayle: observaciones sobre la época de su publicación. Deplorable estado de las creencias entre los protestantes. 58

CAPÍTULO X  64

Se resuelve una importante cuestión sobre la duración del Protestantismo. Relaciones del individuo y de la sociedad con el indiferentismo religioso. Las sociedades europeas con respecto al mahometismo y al paganismo. Cotejo del Catolicismo y Protestantismo en la defensa de la verdad. Íntimo enlace del cristianismo con la civilización europea. 64

CAPÍTULO XI 69

Doctrinas del Protestantismo. Su clasificación en positivas y negativas. Fenómeno muy singular; la civilización europea ha rechazado uno de los dogmas más principales de los fundadores del Protestantismo. Servicio importante prestado a la civilización europea par el Catolicismo con la defensa del libre albedrío. Carácter del error. carácter de la verdad. 69

CAPÍTULO XII 72

Examen de los efectos que produciría en España el Protestantismo. Estado actual de las ideas irreligiosas. Triunfos de la religión. Estado actual de la ciencia y de la literatura. Situación de las sociedades modernas. Conjeturas sobre su porvenir y sobre la futura influencia del Catolicismo. Sobre las probabilidades de la introducción del Protestantismo en España. La Inglaterra. Sus relaciones con España. Pitt. Carácter de las ideas religiosas en España. Situación de España. Sus elementos de regeneración. 72

CAPÍTULO XIII 83

Empieza el cotejo del Protestantismo con el Catolicismo en sus relaciones con el adelanto social de los pueblos. Libertad. Vago sentido de esta palabra. La civilización europea se debe principalmente al Catolicismo. Comparación del Oriente con el Occidente. Conjeturas sobre los destinos del Catolicismo en las catástrofes que pueden amenazar a la Europa. Observaciones sobre los estudios filosófico-históricos. Fatalismo de cierta escuela Histórica moderna. 83

CAPITULO XIV  90

Estado religioso, social y científico del mundo a la época de la aparición del cristianismo. Derecho romano. Conjeturas sobre la influencia ejercida por las ideas cristianas sobre el derecho romano. Vicios de la organización política del imperio. Sistema del cristianismo para regenerar la sociedad: su primer paso se dirigió al cambio de las ideas. Comparación del cristianismo con el paganismo en la enseñanza de las buenas doctrinas. Observaciones sobre el púlpito de los protestantes. 90

CAPÍTULO XV  99

La Iglesia no fue tan sólo una escuela grande y fecunda, sino también una asociación regeneradora. Objetos que tuvo que llenar. Dificultades que tuvo que vencer. La esclavitud. Quién abolió la esclavitud. Opinión de Guizot. Número inmenso de esclavos. Con qué tino debía procederse en la abolición de la esclavitud. La abolición repentina era imposible. Se  Impugna la opinión de Guizot. 99

 

 

 


CAPÍTULO PRIMERO:  Naturaleza y nombre del Protestantismo.

En medio de las naciones civilizadas un hecho muy grave, por la naturaleza de las materias sobre que versa; muy trascendental, por la muchedumbre, variedad e importancia de las relaciones que abarca; interesante en extremo, por estar enlazado con los principales acontecimientos de la historia moderna: este hecho es el Pro­testantismo.

Ruidoso en su origen, llamó desvíe luego la atención de la Europa entera, sembrando en unas partes la alarma, y excitando en otras las más vivas simpatías; rápido en su desarrollo, no dió lugar siquiera a que sus adversarios pudiesen ahogarle en su cuna; y al contar muy poco tiempo desde su aparición, ya dejaba apenas esperanza de que pudiera ser atajado en su incremento, ni detenido en su marcha.

Engreído con las consideraciones y razonamientos, tomaba bríos su osadía y se acrecentaba su pujanza; exasperado con las medidas coercitivas, o las resistía abiertamente, o se replegaba y concentraba para empezar de nuevo sus ataques con más furiosa violencia; y de la misma discusión, de las mismas investigaciones críticas, de todo aquel aparato erudito y científico que se desplegó para defenderle o combatirle, de todo se servía tonto de vehículo para propagar su espíritu y difundir sus máximas.

Creando nuevos y pingües intereses, se halló escudado por protectores poderosos; mientras convidando con los más vivos alicientes todo linaje de pasiones, las levantaba en su favor, poniéndolas en la combustión más espantosa. Echaba mano alternativamente de la astucia o de la fuerza, de la seducción o de la violencia, según a ello se brindaban las varias ocasiones y circunstancias; y empeñado en abrirse paso en todas direcciones, o rom­piendo las barreras o salvándolas, no paraba hasta alcanzar en los países que iba ocupando el arraigo que necesitaba para asegurarse estabilidad y duración.

 Logróle así en efecto; y a más de los vastos  establecimientos que adquirió, y conserva todavía en Europa, fue llevado en seguida a otras partes del mundo, e inoculado en las vena de pueblos sencillos e incautos.

Para apreciar en su justo valor un hecho, para abarcar cumplida­mente sus relaciones, deslindándolas como sea menester señalando a cada una su lugar, e indicando su mayor o menor importancia, es necesario examinar si seria dable descubrir el principio constitutivo del hecho; o al menos, si se puede notar algún rasgo característico que pintado, por decirlo así, en su fisonomía, nos revele su íntima naturaleza.

Difícil tarea por cierto, al tratar de hechos de tal género y tamaño como es el que nos ocupa; ya por la variedad de los  aspectos que se ofrecen, ya por la muchedumbre de relaciones que se cruzan y enmarañan. En tales materias, amontónanse con el tiempo un gran número de opiniones, que como es natural han buscado todas, sus argumentos para apoyarse; y así se encuentra el observador con tantos y tan varios objetos, que se ofusca, se abruma .y se confunde: y si se empeña en mudar de lugar por colocarse en un punto de, vista más.

A propósito, halla esparcidos por el suelo tanta abundancia de materiales, que le obstruyen el paso; o cubriendo el verdadero camino, le extravían en su marcha.

Con sólo dar una mirada al Protestantismo, ora se le considere, en su estado actual, ora en las varias fases de su historia, siéntese desde luego la suma dificultad de encontrar en él nada de constante, nada que pueda señalarse como su principio constitutivo: porque incierto en sus creencias las modifica de continuo, y las varía de mil maneras; vago en sus miras, y fluctuante en sus deseos, ensaya todas las formas, tantea todos los caminos, y sin que alcance jamás, una existencia bien determinada, sigue siempre con paso mal seguro nuevos rumbos, no logrando otro resultado que enredarse en más intrincados laberintos.

Los controversistas católicos le han perseguido y acosado en todas direcciones; pero si les preguntáis con qué resultado, os dirán que han tenido que habérselas con un nuevo Proteo, que próximo a recibir un golpe le eludía, cambiando de forma. Y en efecto, si se quiere atacar al Protestantismo en sus doctrinas, no se sabe adónde dirigirse; porque no se sabe nunca cuáles son éstas, y aun él propio lo ignora; pudiendo decirse que bajo este aspecto el Protestantismo es invulnerable, porque invulnerable es lo que carece de cuerpo.

Esta  es la razón de no haberse encontrado arma más a propósito para combatirle que la empleada por el ilustre Obispo de Meaux: tú varías, y lo que varía no es la verdad.

Arma muy temida por el Protestantismo, y por cierto digna de serlo; pues que todas las transacciones que se empleen para eludir su golpe, sólo sirven para serle más certero y más recio. ¡Qué pensamiento tan cabal el de grande hombre! El solo título de la obra debió hacer temblar los protestantes; es la Historia de las variaciones: y una historia de clones es la historia del error     [i]

VER NOTA 1

Esta variedad, que no debe mirarse como extraña en el Protestantismo, antes sí como natural y muy propia, al paso que nos indica de él no está en posesión de la verdad, nos revela también que el principio que le mueve y le agita, no es un principio de vida, sino un elemento disolvente.

Hasta ahora siempre se le ha pedido en vano que asentase en alguna parte el pie, y presentase un cuerpo uniforme y compacto; y en vano será también pedírselo en adelante porque vano es pedir asiento fijo a lo que está fluctuando en la va­guedad de los aires, y mal puede formarse un cuerpo compacto por medio de un elemento, que tiende de continuo a separar las partes disminuyendo siempre su afinidad, y comunicándoles vivas fuerzas para repelerse y rechazarse.

Bien se deja entender que estoy hablando del examen privado en materias de fe; ya sea que para el fallo se cuente con la sola luz de la razón, o con particulares inspi­raciones del cielo. Si algo puede encontrarse de constante en el Protestantismo, es este espíritu de examen; es el sustituir a la autoridad pública y legítima el dictamen privado: esto se encuentra siempre junto al Protestantismo, mejor diremos en lo más íntimo de su seno; éste es el único punto de contacto de todos los protestantes, el fundamento de su semejanza; y es bien notable que se verifica todo esto a veces sin su designio, a veces contra su expresa voluntad.

Pésimo y funesto como es semejante principio, si al menos los Corifeos del Protestantismo le hubieran proclamado como seña de combate, apoyándole empero siempre con su doctrina, y sostenién­dole con su conducta, hubieran sido consecuentes en el error; y al verlos caer de precipicio en precipicio, se habría conocido que era efecto de un final sistema, pero que bueno o malo, era al menos un. sistema. Pero ni esto siquiera: y examinando las palabras y hechos de los primeros novadores, se nota que, si bien echaron .mano de ese funesto principio, fue para resistir a la autoridad que los estrechaba; pero por lo demás nunca pensaron en establecerle com­pletamente.                          Trataron sí de derribar la autoridad legítima, pero con el fin de usurpar ellos el mando: es decir, que siguieron la conducta de los revolucionarios de todas clases, tiempos y países; quieren echar al suelo el poder existente para colocarse ellos en su lugar.

Nadie ignora hasta qué punto llevaba Lutero su frenética intole­rancia; no pudiendo sufrir ni en sus discípulos, ni en los demás, la menor contradicción a cuanto le pluguiese a él establecer, sin entregarse a los más locos arrebatos, sin permitirse los más soeces dicterios. Enrique VIII, el fundador en Inglaterra de lo que se llama inde­pendencia del pensamiento, enviaba al cadalso a cuantos no pensaban; como él; y a instancias de Calvino fue quemado vivo en Ginebra Miguel Servet.

Llamo tan particularmente la atención sobre este punto, porque (me parece muy importante el hacerle): el hombre es muy orgulloso, y al oír que se deja como sentado ante los novadores del siglo XVI proclamaron la independencia del pensamiento, sería posible que al­gunos incautos tomaran por aquellos corifeos un secreto interés, ni b­rindo sus violentas peroratas como la expresión de un arranque generoso, y contemplando sus esfuerzos como dirigidos a la vindicación de los derechos del entendimiento.

Sépase, pues, para no olvi­darse jamás, que aquellos hombres proclamaban el principio del libre examen sólo para escudarse contra la legítima autoridad; pero, que en seguida trataban (le imponer a los demás el yugo de las doc­trinas que ellos se habían forjado. Se proponían destruir la autoridad emanada de Dios, y sobre las ruinas de ella establecer la suya propia.

Doloroso es verse precisado a presentar las pruebas de esta aser­ción; ¡no porque no se ofrezcan en abundancia, sino porque si se debe echar mano de las mas seguras e incontestables, hay que re­cordar palabras y, hechos, que si cubren de oprobio a los fun­dadores del Protestantismo, tampoco es grato el traerlos a la memoria; porque al pronunciar tales cargos la frente se ruboriza, y al consig­narlos en un escrito parece que el error se ensancha [ii]  VER NOTA 2

Mirado en globo el Protestantismo, sólo se descubre en él un informe conjunto  de  innumerables sectas, todas discordes entre sí, y acordes solo en un punto: ellos protestan contra la autoridad de la Iglesia. Esta es la causa que sólo se oigan entre ellas nombres particulares y exclusivos, por lo común solo derivados del fundador de la secta; y por mas esfuerzos que hayan hecho, no han alcan­zado jamás a darse un nombre general, expresivo al mismo tiempo de una idea positiva; de suerte que hasta ahora sólo se denominan a la manera de las sectas filosóficas.

Luteranos, calvinistas, zuinglianos, anglicanos, socinianos, arminianos, anabaptistas, y la interminable ca­dena que podría recordar, son nombres que muestran plenamente la estrechez y mezquindad del círculo en que se encierran sus sectas: basta pronunciarlos para notar que no hay en ellos nada de genialidad y nada de grande. A quien conozca medianamente la religión cris­tiana, parece que esto debería bastarle para convencerse que estas sectas no son verdaderamente cristianas; pero lo singular, lo más notable, es lo que ha sucedido con respecto a encontrar un nombre general.

Recorred su historia, y veréis que tantea varios, pero ninguno le cuadra en encerrándose en ellos algo de positivo, algo de cristiano ; pero al ensayar uno como recogido al acaso en la Dieta de Spira, uno que en sí propio lleva su condenación, porque repugna al origen, al espíritu, a las máximas, a la historia entera de la religión cristiana; un nombre que nada expresa de unidad, ni de unión es decir de aquello que es inseparable del nombre cristiano, un decir, nada de envuelve ninguna idea positiva, que nada explica, nada determina al ensayar éste, se le ha ajustado perfectamente nada explica, todo el mundo se lo ha adjudicado por unanimidad, por aclamación: y es porque era el suyo: Protestantismo        .[iii]   VER NOTA 3

En el vago espacio señalado por este nombre todas las sectas se acomodan, todos los errores tienen cabida: negad con los luteranos el libre albedrío, renovad con los arminianos los errores de Pelagio, admitid la presencia real con los unos, desechadla luego con los Zwinglianos y calvinistas; si queréis negad con los socinianos la divinidad de Jesucristo, adheríos a los episcopales o a los  puritanos, daos si os viniere en gana a las extravagancias  de  los cuákeros, todo esto nada importa, no dejáis por ello de ser protestantes  porque todavía  protestáis contra la autoridad de la Iglesia.

Es ése un espacio tan anchuroso del que apenas podréis salir por grandes que sean vuestros extravíos: es todo el vasto terreno que descubrís en saliendo fuera de las puertas de la Ciudad Santa. [iv] VER NOTA 4


CAPITULO II

Investigación de las causas del Protestantismo. Examen de la influencia de sus fundadores. Varias causas que se le han señalado. Equivocaciones que se han padecido en este punto. Opiniones de Guizot y de Bossuet. Se designa la verdadera causa del hecho, fundada en el mismo estado social de los pueblos europeos.

PERO ¿cuáles fueron las causas de que apareciese en Europa el Protestantismo, y de que tomase tanta extensión e incremento? Digna; es por cierto tal cuestión de ser examinada con mucho detenimiento, ya por la importancia que encierra, ya también porque llamándonos a investigar el origen de semejante plaga, nos guía al lugar más a propósito para que podamos formarnos una idea más cabal de la naturaleza y relaciones de ese fenómeno, tan observado como mal definido.

Cuando a efectos de la naturaleza y tamaño del Protestantismo se trata de señalarles sus causas, es poco conforme a razón el recurrir a hechos de poca importancia; ya porque lo sean de suyo, o porque estén limitados a determinados lugares y circunstancias.

 Es un error el suponer que de causas muy pequeñas pudiesen resultar efectos muy grandes; pues que, si bien es verdad que las cosas grandes tienen a veces su principio en las pequeñas, también lo es que no es lo mismo principio que causa, y que el principiar una cosa por otra, y el ser causada por ella, son expresiones de significado muy dife­rente. Una leve chispa produce tal vez un espantoso incendio; pero es porque encuentra abundancia de materias inflamables.

Lo que es general ha de tener causas generales, lo que es muy duradero y arraigado, causas muy duraderas y profundas. Ésta es una ley cons­tante, así en el orden moral como en el físico, pero ley, cuyas apli­caciones son muy difíciles, particularmente en el orden moral; pues en él a veces están las cosas grandes encubiertas con velos tan mo­destos, está cada efecto enlazado con tantas causas, y por medio de tan delicadas hebras y tan complicada contextura, que al ojo más atento y perspicaz, o se le escapa enteramente, o se le pasa como cosa liviana y de poco resultado, lo que tenía tal vez la mayor im­portancia e influjo; y al contrario, andan las cosas pequeñas tan cubiertas de oropel, tan adornadas y relumbrantes, tan acompañadas de ruidoso cortejo, que es muy fácil que engañen al hombre, ya muy propenso de suyo a juzgar por meras apariencias.

Insistiendo en los principios que acabo de asentar, no puedo incli­narme a dar mucha importancia, ni a la rivalidad excitada por la predicación de las indulgencias, ni a las demasías que pudieran cometer en esta materia algunos subalternos; pudo todo esto ser una ocasión, un pretexto, una señal de combate, pero en sí era muy poca cosa para poner en conflagración el mundo. Aunque tal vez sea más plausible, no es sin embargo más puesto en razón, el buscar "las, causas del nacimiento y extensión del Protestantismo en el carácter y circunstancias de los primeros novadores.

Pondérase con én­fasis la fogosa violencia de los escritos y palabras de Lutero; y se hace notar cuán a propósito eran para inflamar el ánimo de los pueblos, Arrastrarlos en pos de los nuevos errores e inspirarles un encarnizado odio contra la Iglesia Romana:

 
Pondérase con én­fasis la fogosa violencia de los escritos y palabras de Lutero; y se hace notar cuán a propósito eran para inflamar el ánimo de los pueblos, arrastrarlos en pos de los nuevos errores e inspirarles un encarnizado odio contra la Iglesia Romana: se encarecen no menos la sofística astucia, el estilo metódico, la expresión elegante de Calvino, calidades muy adaptadas para dar alguna aparente regularidad a la informe plaga de errores que enseñaban los nuevos sectarios, poniéndola más en estado de ser abrazada por personas de más fino gusto; y a este tenor se van trazando cuadros más o menos verídicos de los talentos y demás calidades de otros hombres: ni a Lutero, ni a Calvino, ni a, ninguno de los principales fundadores del Protestantismo, trato de disputarles los títulos con que adquirieron su triste celebridad: pero me parece que el insistir mucho sobre las calidades personales y el atribuir a éstas la principal influencia en el desarrollo del mal, es no conocerle en toda su extensión, es no evaluar toda su, gra­vedad, y es además olvidar lo que nos ha enseñado la historia de los tiempos.

En efecto: si miramos con imparcialidad a aquellos hombres, nada encontraremos en ellos de tan singular que no se halle con igualdad o con exceso, en casi todas las cabezas de secta. Sus talentos, si erudición, su saber, todo ha pasado ya por el crisol de la crítica y ni entre los católicos ni entre los protestantes, se halla ya nadie instruido e imparcial, que no tenga por exageraciones de partida, las desmedidas alabanzas que se les habían tributado.

Bajo todo aspecto ya se los considera sólo en la clase de aquellos hombres turbulentos, que reúnen las circunstancias necesarias para provoca  trastornos. Desgraciadamente, la historia de todos tiempos y países y la experiencia de cada día nos enseñan que esos hombres son cosa muy común, y que aparecen dondequiera que una funesta combinación de circunstancias ofrezca ocasión oportuna.

Cuando se ha querido buscar otras causas, que por su extensión e importancia estuvieran más en proporción con el Protestantismo, se han señalado comúnmente dos: la necesidad de una reforma, y el espíritu de libertad. Había muchos abusos, han dicho algunos, se descuidó la reforma legítima, y este descuido provocó la revolución".

 El entendimiento humano estaba en cadenas, han dicho otros, quiso quebrantarlas; y el Protestantismo no fue otra cosa que un esfuerzo extraordinario en nombre de la libertad un vuelo atrevido del pensa­miento humano". Por cierto que a esas opiniones no puede tachár­selas que señalen causas pequeñas y cuya influencia se circuns­criba a breve espacio; y hasta en ambas se encuentra algo que es muy a propósito para atraerles prosélitos.

 Ponderando la una la nece­sidad  de  una reforma abre anchuroso campo para reprender la inob­servancia de las leyes y la relajación de las costumbres; y esto excita siempre simpatías en el corazón del hombre indulgente cuando se trata de los deslices propios pero severo e inexorable con los ajenos; y pronunciando la otra las deslumbradoras palabras de libertad de atrevido vuelo del espíritu puede estar siempre segura de hallar dila­tado eco pues que éste no falta jamás a la palabra que lisonjea el orgullo.

No trato yo  de  negar la necesidad que a la sazón había de una reforma; convengo en que era necesaria; bastándome para esto el dar una ojeada a la historia el escuchar los sentidos lamentos de grandes hombres mirados por la Iglesia como hijos muy predilectos; y sobre todo basta leer en el primer decreto del Concilio de Trento que uno de los objetos del Concilio era la reforma del clero y del pueblo cristiano; y basta oír  de  boca del Papa Pío IV en la confirmación del mismo Concilio que uno de los objetos para que se había celebrado era la corrección de las costumbres y el restablecimiento de la disciplina.

Sin embargo y a pesar de todo esto no puedo Inclinarme a dar a los abusos tanta influencia en el nacimiento del Protestantismo como le han atribuido muchos; y a decir verdad me parece muy mal resuelta la cuestión siempre que para señalar la verdadera causa del mal se insiste mucho sobre los funestos resultados que habían de traer consigo los abusos; así como por otra parte no me satisfacen las palabras  de  libertad y de atrevido vuelo del pensamiento.

Lo diré paladinamente: por más respeto que se merezcan algunos  de  los hombres que han dado tanta importancia a los abusos por más consideraciones que tenga a los talentos de otros que han apelado al espíritu de libertad ni en unos ni en otros encuentro aquel análisis filosófico e histórico a la par que no se aparta del terreno de los hechos sino que los examina y alumbra mostrando la íntima naturaleza de cada uno sin descuidar su enlace y  encadenamiento.

Se ha divagado tanto en la definición del Protestantismo y en el señalamiento de sus causas por no haberse advertido que no es más que un hecho común a todos los siglos de la historia de la Iglesia pero que tomó su importancia y peculiares caracteres de la época en que nació. Con esta sola consideración fundada en el testimonio constante de la historia y confirmada por la razón y la experiencia todo se allana tollo se aclara y explica: nada hemos de buscar en sus doctrinas ni en sus fundadores de extraordinario ni singular: porque todo lo que tiene de característico todo proviene de que nació en Europa y en el siglo XVI.

 Desenvolveré este pensamiento no echando mano de raciocinios aéreos que sólo estriben en supo­siciones gratuitas sino apelando a hechos que nadie podrá contestar. Es innegable que el principio de sumisión a la autoridad en ma­terias de fe ha encontrado siempre mucha resistencia por parte del espíritu humano. No es éste el lugar de señalar las causas de esta resistencia, causas que en el curso de esta obra me propongo ana­lizar; me basta por ahora consignar el hecho y recordar a quien  lo pusiere en duda que la historia de la Iglesia va siempre acom­pañada de la historia de las herejías.

 Conforme a la variedad de tiempos y países el hecho ha presentado diferentes fases: ora ha­ciendo entrar en torpe mezcolanza el judaísmo y el cristianismo: ora combinando con la doctrina de Jesucristo los sueños de los orien­tales, ora alterando la pureza del dogma católico con las cavilaciones, y sutilezas del sofista griego: es decir presentando diferentes aspec­tos según ha sido diferente el estado del espíritu humano.

No ha dejado empero este hecho de tener dos caracteres generales que han manifestado bien a las claras que el origen es el mismo a pesar de  ser tan vario el resultado en su naturaleza y objeto. Estos caracteres son: el odio a la autoridad de la Iglesia y el espíritu de secta.

Bien claro es que si en cada siglo se había visto nacer alguna secta que se oponía a la autoridad de la Iglesia y erigía en dogmas las " opiniones  de  sus fundadores no era regular que dejase de acontecer  lo mismo en el siglo XVI; y atendido el carácter del espíritu humano.

Me  parece que si el siglo XVI hubiera sido una excepción de la regla general tendríamos actualmente una cuestión bien difícil de resolver y sería: ¿cómo fue posible que no apareciese en aquel siglo ninguna secta? Pues bien: una vez nacido en el siglo XVI un error cualquiera sea cual fuere su origen su ocasión y pretexto; luego que se haya reunido en torno de la nueva enseña una porción de prosélitos veo ya el Protestantismo en toda su extensión en toda su trascendencia con todas sus divisiones y subdivisiones con toda su audacia y energía para desplegar un ataque general contra cuan­tos puntos de dogma y de disciplina se enseñen y observen en la Iglesia.

En vez de Lutero de Zuinglio de Calvino poned si os place a Arrio a Nestorio a Pelagio; en lugar de los errores de aquéllos enseñad si queréis los de éstos: todo será indiferente por­que todo tendrá un mismo resultado.

El error excitará desde luego simpatías encontrará defensores acalorará entusiastas se extenderá se propagará con la rapidez de un incendio se dividirá luego y tornarán sus chispas direcciones muy diferentes; todo se defenderá con aparato de erudición y de saber variarán de continuo las creen­cias se formularán mil profesiones de fe se cambiará o anonadará la liturgia y se harán mil trozos los lazos de la disciplina: es decir tendréis el Protestantismo.

 ¿Y cómo es que en el siglo XVI haya de tornar el mal tanta gravedad tanta extensión y trascendencia? Porque la sociedad de entonces es muy diferente de todas las ante­riores y lo que en otras épocas pudiera causar un incendio parcial había de acarrear en ésta una conflagración espantosa.

Componíase la Europa de un conjunto de sociedades inmensas que como for­madas en una misma matriz tenían mucha semejanza en ideas cos­tumbres leyes e instituciones; hablase entablado por consiguiente entre ellas una viva comunicación ora excitada por rivalidades ora por comunidad de intereses; en la generalidad de la lengua latina existía un medio que facilitaba la circulación de toda clase de conoci­mientos; y sobre todo acaba de generalizarse un rápido vehículo un medio de explotación de multiplicación y expansión de todos los pensamientos y afectos; un medio que poco antes saliera de la cabeza de un hombre como un resplandor milagroso preñado de colosales destinos: la imprenta.

Tal es el espíritu humano tal su volubilidad tanto el apego que cobra fácilmente a toda clase de innovaciones tal el placer que siente en abandonar los antiguos rumbos para seguir otros nuevos que una vez levantada la enseña del error era imposible que no se agrupasen muchos en torno de ella. Sacudido el yugo de la autoridad en países donde era tan vasta tan activa la investigación donde fermentaban tantas discusiones donde bullían tantas ideas donde germinaban todas las ciencias ya no era dable que el vago espíritu del hombre se man­tuviera fijo en ningún punto y debían por precisión pulular un hormiguero de sectas marchando cada uno por su camino a merced a sus ilusiones y caprichos.

 Aquí no hay medio: las naciones civiles ­o serán católicas o recorrerán todas las fases del error; o se mantendrán aferradas al áncora de la autoridad o desplegarán un ataque general contra ella combatiéndola en sí misma y en cuanto enseña o prescribe. El hombre cuyo entendimiento está despejado claro o vive tranquilo en las apacibles regiones de la verdad o la busca desasosegado e inquieto; y como estribando en principios falsos siente que no está firme el terreno que está mal segura y vacilante su planta, cambia continuamente de lugar saltando de error en error, de abismo en abismo. El vivir en medio de errores y estar satisfecho de ellos y trasmitirlos de generación en generación sin hacer modi­ficación ni mudanza es propio de aquellos pueblos que vegetan en la ignorancia y envilecimiento: allí el espíritu no se mueve porque duerme.

Colocado el observador en este punto de vista descubre el Pro­testantismo tal cual es en sí; y como domina completamente la posición ve cada cosa en su lugar y puede por tanto apreciar su verdadero tamaño descubrir sus relaciones estimar su influencia y explicar sus anomalías.

Entonces situados los hombres en su lugar comparados con el vasto conjunto de los hechos aparecen en el cuadro como figuras muy pequeñas que podrían muy bien ser sustituidas por otras que nada importa que estuvieran un poco más acá o un POCO más allá que era indiferente que tuviesen esta o aquella forma este o aquel colorido; y entonces salta a los ojos que al entretenerse mucho en ponderar la energía de carácter la fogosidad y audacia de Lutero, la literatura de Melanchon, el talento sofístico de Calvino y otras cosas semejantes es desperdiciar el tiempo y no explicar nada.

Y en efecto: ¿qué eran todos esos hombres y otros corifeos? ¿Tenían acaso algo de extraordinario? ¿No eran por ventura tales como se les encuentra con frecuencia en todas partes? Algunos de ellos ni excedieron siquiera de la raya de medianos; y  de casi todos puede asegurarse que si no hubieran tenido celebridad funesta la hubieran tenido muy escasa. Pues ¿por qué hicieron tanto? Porque encontraron un montón de combustible y le pegaron fuego: ya veis que esto no es muy difícil; y sin embargo ahí está todo el misterio. Cuando veo a Lutero loco de orgullo precipitarse en aquellos delirios y extravagancias que tanto lamentaban sus propios ami­gos cuando le veo insultar groseramente a cuantos le contradicen; indignarse contra todo lo que no se humilla en su presencia; cuando  le oigo vomitar aquel torrente de dicterios soeces de palabras inmundas apenas me causa otra impresión que la de lástima: este hombre que tiene la singular ocurrencia de llamarse Notharius Dei des varía tiene medio perdido el juicio y no es extraño porque ha soplado y con su soplo se ha manifestado un terrible incendio;

Es que había un almacén de pólvora y su soplo le ha aproximado una chispa; y el insensato que en su ceguera no lo advierte dice en su delirio: muy poderoso soy; mirad mi soplo es abrasador poner  en conflagración el mundo.

Y los abusos ¿qué influencia tuvieron si no abandonamos el mismo punto de vista en que nos hemos colocado veremos que dieron tal vez alguna ocasión, que suministraron algún pábulo pero que están muy lejos de haber ejercido la influencia que se les ha atribuido. Y no es porque trate ni de negarlos ni de excusarlos; no es porque no haga el debido caso de los lamentos de grandes hombres; pero no es lo mismo llorar un mal que señalar y analizar su influencia.

El varón justo que levanta su voz contra el vicio  del ministro  del santuario devorado por el celo  de  la Casa del Señor se expresan con acento tan alto y tan sentido que no siempre sus quejas y gemidos pueden servir de dato seguro para estimar el justo valor de los hechos. Ellos sueltan una palabra que sale del fondo de su corazón; sale abrasada porque arde en sus pechos el amor y el celo de la justicia: y viene en pos de ellos la mala fe inter­preta a su maligno talante las expresiones y todo lo exagera y des­figura.

Sea lo que fuere de todo esto bien claro es que ateniéndonos a lo que dejarnos firmemente asentado con respecto al origen y natu­raleza del Protestantismo no pueden señalarse como principal causa  de  él los abusos; y que cuando más pueden indicarse como oca­siones y pretextos.

 Si así no fuere sería menester decir que en la Iglesia ya desde su origen aun en el tiempo  de  su primitivo fervor, de  su pureza proverbial tan ponderada por los adversarios ya había muchos abusos: porque también entonces pululaban de con­tinuo sectas que protestaban contra sus dogmas que sacudían su autoridad y se apellidaban la verdadera Iglesia.

Esto no tiene ré­plica; el caso es el mismo; y si se alegare la extensión que ha tenido el Protestantismo y su propagación rápida recordaré que esto se verificó también con respecto a otras sectas; reproduciré lo que decía San Jerónimo  de  los estragos del arrianismo: Gimió el orbe entero y asombróse de verse arriano. Que si algo más se quisiere citar con respecto al Protestantismo bastante se lleva evidenciado que lo que tiene de característico todo lo debe no a los abusos sino a la época en que nació.

Lo dicho hasta aquí es bastante para que pueda formarse concepto de la influencia que los abusos pudieron ejercer; pero como este asunto ha dado tanto que hablar y prestado origen á muchas equivoca­ciones será bien antes de pasar más adelante detenerse todavía en esta importante materia fijando en cuanto cabe las ideas, separando lo verdadero de lo falso lo cierto de lo incierto.

Que los siglos medios se habían introducido abusos deplorables que la corrupción de costumbres era mucha y que era  necesaria una reforma es cierto e indudable. Por lo que toca a los siglos XI y XII tenemos de esta triste verdad testigos tan intachables como San Pedro Damián, San Gregorio VII y San Bernardo. Algunos  siglos después si bien se habían corregido mucho los abusos todavía eran de consideración bastando para convencernos de esta verdad los lamentos de los varones respetables que anhelaban por reforma; distinguiéndose muy particularmente el cardenal Julián en las terribles palabras con que se dirigía al Papa Eugenio IV representándole los desórdenes del clero principalmente del de Alem­ania.

Confesada paladinamente la verdad pues no creo que la causa del   Catolicismo necesite para su defensa del embozo y de la mentira resolveré en pocas palabras algunas cuestiones importantes.

¿Quién tenía la culpa de que se hubiesen introducido tamaños desordenes? ¿Era la corte de Roma? ¿Eran los obispos? Creo que sólo se la debe achacar a la calamidad de los tiempos. Para un  hombre sensato bastará recordar que en Europa se habían consuma­do los hechos siguientes:

·                           la disolución del viejo y corrompido imperio romano;

·                           la irrupción e inundación de los bárbaros del Norte;

·                           fluctuación y las guerras de éstos entre sí y con los demás pueblos por espacio de largos siglos;

·                           el establecimiento y el predominio del feudalismo con todos sus inconvenientes y males con todas sus tur­bulencias y desastres;

·                            la invasión de los sarracenos y su ocupación de una parte considerable de Europa.

 

La ignorancia la corrupción a relajación de la disciplina ¿no debía ser el resultado natural necesario de tanto trastorno?

La sociedad eclesiástica ¿podía menos que resentirse profundamente de esa disolución y de ese aniquilamiento de la sociedad civil? ¿Podía no participar  de  los males de ese horro­roso caos en que se hallaba envuelta la Europa?

¿Faltó nunca en la Iglesia el espíritu el deseo el anhelo de la reforma de los abusos? Se puede demostrar que no. Pasare por alto los santos varones que en todos aquellos calamitosos tiempos no dejó de abrigar en su seno; la historia nos los cuenta en número considerable y de virtudes tan acendradas que al paso que contrastaban con la corrupción que los rodeaba mostraban que no se había apagado en el seno de la Iglesia católica el divino fuego de las lenguas del Cenáculo.

 Este solo hecho prueba ya mucho; pero pres­cindiré de él para llamar al atención sobre otro más notable menos sujeto a cuestiones menos tachable de exageración y que no puede decirse limitado a éste o aquel individuo sino que es la verdadera expresión del espíritu que animaba el cuerpo de la Iglesia.

Hablo de la incesante reunión de concilios en que se reprobaban y con­denaban los abusos y se inculcaba la santidad de costumbres y la observancia de la disciplina. Afortunadamente este hecho consolador está fuera de toda duda; está patente a los ojos de todo el mundo bastando para convencerse de él el haber abierto una vez siquiera algún libro de historia eclesiástica o alguna colección de concilios. Es sobremanera digno este hecho de llamar la atención y aun puede añadirse que quizá no se ha advertido toda la importancia que en­cierra.

En efecto: si observamos las otras sociedades repararemos que a medida que las ideas o las costumbres cambian van modifi­cando rápidamente las leyes; y si éstas les son muy contrarias en poco tiempo las hacen callar, las arrollan o las echan por el suelo. Pero en la Iglesia no sucedió así: la corrupción se habla extendido por todas partes de una manera lamentable; los ministros de la reli­gión se dejaban arrastrar de la corriente y se olvidaban de la santidad de su ministerio: pero el fuego santo ardía siempre en el santuario; allí se proclamaba se inculcaba sin cesar la ley; y aquellos mismos hombres ¡cosa admirable! aquellos mismos hombres que la quebran­taban se reunían con frecuencia para condenarse a sí mismos para afear su propia conducta haciendo de esta manera más sensible más público el contraste entre su enseñanza y sus obras.

La simonía y la incontinencia eran los dos vicios dominantes; pues bien abrid las colecciones de los concilios y por dondequiera los encontraréis ana­tematizados. Jamás se vio tan prolongada, tan constante, tan tenaz lucha del derecho contra el hecho; jamás como entonces se vio por espacio de largos siglos a la ley colocada cara a cara contra las pasiones desencadenadas; y mantenerse allí firme inmóvil sin dar un paso atrás sin permitirles tregua ni descanso hasta haberlas so­juzgado.

Y no fue inútil esa constancia esa santa tenacidad: y así es que a principios del siglo XVI es decir en la época del nacimiento del Protestantismo vemos que los abusos eran incomparablemente me­nores que las costumbres se habían mejorado mucho que la disci­plina había adquirido vigor y que se la observaba con bastante re­gularidad.

El tiempo de las declamaciones de Lutero no era el tiempo calamitoso llorado por San Pedro Damián y por San Bernardo: el caos se había desembrollado mucho; la luz el orden y la regularidad se iban difundiendo rápidamente; y por prueba incontestable de que no yacía en tanta ignorancia y corrupción como se quería ponderar. Podía la Iglesia ofrecer una exquisita muestra de hombres tan distin­guidos en santidad como brillaron en aquel mismo siglo y tan eminentes en sabiduría como resplandecieron en el concilio de Trento.

 Es menester no olvidar la situación en que se había encontrado la Iglesia; es necesario no perder de vista que las grandes reformas exigen largo tiempo; que estas reformas encontraban resistencia en los eclesiásticos y en los seglares; y que por haberlas querido em­prender con firmeza y constancia Gregorio VII se ha llegado a tacharle de temerario. No juzguemos a los hombres fuera de su lugar y tiempo; no pretendamos que todo se ajuste a los mezquinos tipos que nos forjamos en nuestra imaginación: los siglos ruedan en una órbita inmensa y la variedad de circunstancias produce situa­ciones tan extrañas y complicadas que apenas alcanzamos a con­cebirlas.

Bossuet en su Historia de las variaciones después de haber hecho una clasificación del diferente espíritu que guiaba a los hombres que habían intentado una reforma antes del siglo XVI y después de citar las amenazadoras palabras del cardenal Julián dice: "Así es como en el siglo XV ese cardenal, el hombre más grande de su tiempo deploraba los males previendo sus funestas consecuencias; de manera que parece haber pronosticado los que Lutero iba a causar a toda la cristiandad empezando por Alemania: y no se engañó al creer que el no haber cuidado de la reforma y el aumento del odio contra el clero iba a producir una secta más temible para la Iglesia que la de los bohemios".

De estas palabras se infiere que el ilustre obispo de Meaux encontraba una de las principales causas del Protestantismo en no haberse hecho a tiempo la reforma legítima. No se crea por esto que Bossuet excuse en lo más mínimo a los corifeos del protestantismo ni que trate de poner en salvo las intenciones de los novadores; antes al contrario los coloca en la clase de los reformadores turbulentos que lejos de favorecer la ver­dadera reforma deseada por los hombres sabios y prudentes sólo servían para hacerla más difícil introduciendo con sus malas doc­trinas el espíritu de desobediencia de cisma y de herejía.

A pesar de la autoridad de Bossuet no puedo inclinarme a dar tanta importancia a los abusos que los mire como una de las principales causas del Protestantismo; y no es necesario repetir lo que en apoyo de mi opinión he dicho antes.

Pero no será fuera del caso advertir que mal pueden apoyarse en la autoridad de Bossuet los que intenten sincerar las intenciones de los primeros reformadores pues que el ilustre prelado es el primero en suponerlos altamente culpa­bles y en reconocer que si bien existían los abusos nunca tuvieron los novadores la intención de corregirlos antes sí de valerse de este pretexto para apartarse de la fe de la Iglesia sustraerse al yugo de la legítima autoridad quebrantar todos los lazos de la disciplina e in­troducir de esta suerte el desorden y la licencia.

Y a la verdad ¿cómo sería posible atribuir a los primeros refor­madores el espíritu  de  una verdadera reforma cuando casi todos cuidaron de desmentirlo con su vergonzosa conducta? Si al menos  se hubieran entregado a un riguroso ascetismo si con la austeridad de sus costumbres hubiesen condenado la relajación de que se la­mentaban entonces podríamos sospechar si sus mismos extravíos fueron efecto de un celo exagerado si fueron arrebatados al mal por un exceso de amor al bien; pero ¿sucedió algo de semejante?

Oigan lo que dice sobre el particular un testigo de vista, un hombre que por cierto no puede ser tildado de fanático un hombre que guardó con los primeros corifeos del Protestantismo tantas conside­raciones y miramientos que no pocos lo han calificado de culpable: es Erasmo que hablando con su acostumbrada gracia y malignidad dice así: "Según parece la reforma viene a parar a la secularización de algunos frailes y al casamiento de algunos sacerdotes: y esa gran tragedia se termina al fin por un suceso muy cómico pues que todo se desenlaza como en las comedias por un casamiento".

Esto manifiesta hasta la evidencia cuál era el verdadero espíritu de los novadores del siglo XVI N que lejos de intentar la enmienda de los abusos se proponían más bien agravarlos.

En esta parte la simple consideración de los hechos ha guiado a M. Guizot por el ­camino de la verdad cuando no admite la opinión de aquéllos que pretenden que "la reforma había sido una tentativa concebida y eje­cutada con el solo designio de reconstituir una iglesia pura la iglesia primitiva; ni una simple mira de mejora religiosa ni el fruto de una utopía de humanidad y de verdad". (Historia general de la civiliza­ción europea Lección 22).

Tampoco será difícil ahora el apreciar en su justo valor el mérito de la explicación que ha dado de este fenómeno el escritor que acabo de citar. "La reforma dice M. Guizot fue un esfuerzo extraordinario en nombre de la libertad, una insurrección de la inteligencia humana".

Este esfuerzo nació según el mismo autor de la vivísima actividad que desplegaba el espíritu humano y del estado de inercia en que había caído la Iglesia romana: de que a la sazón caminaba el espíritu humano con fuerte e impetuoso movimiento y la Iglesia se hallaba estacionaria. Esta es una de aquellas explicaciones que son muy a propósito para granjearse admiradores y prosélitos; porque colocados los pensamientos en terreno tan general y elevado no pueden ser examinados de cerca por la mayor parte de los lectores y presen­tados con el velo de una imagen brillante deslumbran los ojos y preocupan el juicio.

Como lo que coarta la libertad de pensar tal como la entiende aquí M. Guizot y como la entienden los protestantes es la auto­ridad en materias de fe infiérese que el levantamiento de la inteli­gencia debía ser seguramente contra esa autoridad: es decir que acon­teció la sublevación del entendimiento porque él marchaba y la Iglesia no se movía de sus dogmas o por valerme de la expresión de M. Guizot: "la Iglesia se hallaba estacionaria".

Sea cual fuere la disposición de ánimo de M. Guizot con respecto a los dogmas de la Iglesia católica al menos como filósofo debió advertir que andaba muy desacertado en señalar como particular de  una época lo que para la Iglesia era un carácter que ella se había gloriado en todos tiempos. En efecto van ya más de 18 siglos que a la Iglesia se la puede llamar estacionaria en sus dogmas; y ésta es una prueba inequívoca de que ella sola está en posesión de la verdad: porque la verdad es invariable por ser una.

Si pues el levantamiento de la inteligencia se hizo por esta causa nada tuvo la Iglesia en aquel siglo que no lo tuviera en todos los anteriores y no lo haya conservado en los siguientes: nada hubo de particular nada de característico nada por consiguiente se ha ade­lantado en la explicación de las causas del fenómeno; y si por esta razón la compara M Guizot a los gobiernos viejos ésta es una vejez que la tuvo la Iglesia desde su cuna.

Como si M. Guizot hubiese sentido la propia flaqueza de sus raciocinios, presenta los pensa­mientos en grupo en tropel; hace desfilar a los ojos del lector; dife­rentes órdenes de ideas sin cuidar de clasificaciones ni deslin­des para que la variedad distraiga y la mezcla confunda. En efecto: a juzgar por el contexto de su discurso no parece que en­tienda aplicar a la Iglesia los epítetos de inerte ni estacionaria con respecto a los dogmas sino que más bien se deja conjeturar que trata de referirlo a pretensiones bajo el aspecto político y económico: pues por lo que toca a la tiranía e intolerancia que han achacado algunos a la corte de Roma lo rechaza M. Guizot como una calumnia.

Supuesto que en esta parte presenta una incoherencia de ideas que parece no debíamos esperar de su claro entendimiento incoherencia que a muchos se les haría recio de creer me es indispensable copiar literalmente sus propias palabras y en ellas aprenderemos que nada hay más incoherente que los grandes talentos una vez colocados en una posición falsa.

"Había caído la Iglesia dice M. Guzot en un estado de inercia se hallaba estacionaria: el crédito político de la corte de Roma se había desminuido mucho; la dirección de la sociedad europea ya no le pertenecía puesto que había pasado al gobierno civil. Con todo tenía el poder espiritual las mismas pretensiones que antes conser­vaba aún toda su pompa toda su importancia exterior: le sucedía lo que ha acontecido más de una vez a los gobiernos viejos y que han perdido su influencia; se dirigían de continuo quejas contra ella y la mayor parte eran fundadas."

 ¿Cómo es posible que M. Guizot no advirtiese que nada señalaba aquí que tuviese relación con la libertad del pensamiento nada que no fuera de un orden muy dife­rente? El haberse disminuido el influjo político de la corte de Roma y el conservar aún ella sus pretensiones el no pertenecerle ya la dirección de la sociedad europea y el conservar ella su pompa e importancia exterior ¿significa acaso otra cosa que las rivalidades que pudieron existir con respecto a asuntos políticos? ¿Y cómo pudo olvidar M. Guizot que poco antes había dicho que el señalar como causa del Protestantismo la rivalidad de los soberanos con el poder eclesiástico no le parecía fundado ni muy filosófico ni en corres­pondiente proporción con la extensión e importancia de este suceso?

Si algunos creyesen que aun cuando todo esto no tuviera relación directa con la libertad del pensamiento no obstante se provocó la sublevación intelectual con la intolerancia que manifestaba a la sazón la corte de Roma: "No es verdad les responderá M. Guizot que en el siglo XVI la corte de Roma fuese muy tiránica: no es verdad que los abusos propiamente dichos fuesen entonces más numerosos y más graves de lo que hasta aquella época habían sido. Al contrario nunca quizás el gobierno eclesiástico se había mostrado mas con­descendiente y tolerante más dispuesto a dejar marchar todas las cosas mientras no se cuestionase sobre su poder mientras se le re­conociesen aun dejándolos sin ejercicio los derechos que tenía mientras se le asegurase la misma existencia se le pagasen los mis­mos tributos.

De este modo el gobierno eclesiástico hubiera dejado tranquilo al espíritu humano si el espíritu humano hubiese querido hacer otro tanto con respecto a él".

Es decir que no parece sino que M. Guizot se olvidó completamente de que asentaba todos esos antecedentes para manifestar que la reforma protestante había sido un grande esfuerzo en nombre de la libertad un levantamiento de la inteligencia humana: pues que nada nos alega nada recuerda - que se opusiese a esta libertad; y aun si algo pudiera provocar el levantamiento como habría sido la intolerancia la crueldad el no dejar tranquilo al espíritu humano va nos ha dicho M. Guizot que el gobierno eclesiástico en el siglo XVI no era tiránico antes bien era condescendiente tolerante y que de su parte hubiera dejado tranquilo al espíritu humano.

A la vista de tales datos es evidente que el esfuerzo extraordinario en nombre de la libertad de pensar es en boca de M. Guizot una palabra vaga indefinible; y al proferirla parece que se propuso cubrir con brillante velo la cuna del Protestantismo aun a expensas de la consecuencia en sus propias opiniones.

 Desechó las rivalidades polí­ticas y apela luego a ellas; no da importancia a la influencia de los abusos no los juzga por verdadera causa y se olvida que en la lección antecedente había asentado que si se hubiera hecho a tiempo una reforma legal tan oportuna y necesaria tal vez se hubiera evitado la revolución religiosa; traza un cuadro en que se propone presentar puntos de contraste con esta libertad quiere alzarse a consideraciones generales elevadas que abarquen la posición y las relaciones de la inteligencia y se detiene en la pompa y aparato exterior recuerda las rivalidades políticas y abatiendo su vuelo hasta desciende al te­rreno de los tributos.

Esa incoherencia de ideas esa debilidad de raciocinio ese olvido de los propios asertos sólo podrá parecer extraño a quien esté más acostumbrado a admirar el vuelo de los grandes talentos que a estu­diar la historia de sus aberraciones.

Cabalmente M. Guizot se ha­llaba en tal posición que es muy difícil no equivocarse y deslum­brarse; porque si es verdad que el caminar rastreramente sobre los hechos individuales trae el inconveniente de circunscribir la vista y de conducir al observador a la colección de una serie de hechos aislados más bien que a la formación de un cuerpo de ciencia también es cierto que divagando el espíritu por un inmenso espacio donde haya de abarcar muchos y muy variados hechos en todo sus aspectos y relaciones corre peligro de alucinarse a cada paso también es cierto que la demasiada generalidad suele rayar en hipo­tética y fantástica; que no pocas veces alzándose con inmoderado vuelo el entendimiento para descubrir mejor el conjunto de los ob­jetos llega a no verlos como son en sí quizás hasta los pierde enteramente de vista; y por eso es menester que los más elevados observadores recuerden con frecuencia el dicho de Bacón: no alas sino plomo.

M. Guizot tenia demasiada imparcialidad para que pudiese menos de confesar la exageración con que habían sido abultados los abusos; además tenía mucha filosofía para desconocer que no eran causa suficiente para producir un efecto tamaño; y hasta el sentimiento de su propia dignidad y decoro no le permitió mezclarse con esa turba bulliciosa y descomedida que clama sin cesar contra la cruel­dad y la intolerancia; y así es que en esta parte hizo un esfuerzo para hacer justicia a la Iglesia romana.

Pero desgraciadamente sus prevenciones contra la Iglesia no le permitieron ver las cosas como son en sí: columbró que el origen del Protestantismo debía buscarse en el mismo espíritu humano; pero conocedor del siglo en que vive y sobre todo de la época en que hablaba presintió que para ser bien acogidos sus discursos era menester lisonjear el auditorio ape­llidando libertad; templó con algunas palabras suaves la amargura de los cargos contra la Iglesia mas procurando luego que todo lo bello todo lo grande y generoso estuviera de parte del pensa­miento engendrador de la reforma y que recayesen sobre la Iglesia todas las sombras que habían de oscurecer el cuadro.

A no ser así hubiera visto sin duda que si bien la principal causa del Protestantismo se halla en el espíritu humano no era necesario recurrir a parangones injustos; no hubiera caído en la incoherencia que acabamos de ver hubiera encontrado la raíz del hecho en el propio carácter del espíritu cristiano y hubiera explicado su gravedad y trascendencia con sólo recordar la naturaleza posición y circuns­tancias de las sociedades en cuyo centro apareció.

Habría notado que no hubo allí un esfuerzo extraordinario sino una simple repe­tición de lo acontecido en cada siglo; un fenómeno común que tomó un carácter especial a cansa de la particular disposición de la atmós­fera que le rodeaba.

Este modo de considerar el Protestantismo como un hecho común agrandado empero y extendido a causa de las circunstancias de la sociedad en que nació me parece tan filosófico como poco reparado: y así presentaré otra proposición que nos suministrará juntamente razones y ejemplos. Tal es el estado de las sociedades modernas de tres siglos a esta parte que todos los hechos que en ellas se verifiquen han de tomar un carácter de generalidad y por tanto de gravedad que los ha de distinguir de los mismos hechos verifi­cados empero en otras épocas en que era diferente el estado de las sociedades.

Dando una ojeada a la historia antigua observaremos  que todos los hechos tenían cierto aislamiento por el cual ni eran tan provechosos cuando eran buenos ni tan nocivos cuando eran malos. Cartago, Roma, Lacedemonia, Atenas y todos esos pueblos antiguos más o menos adelantados en la carrera de la civilización siguen cada cual su camino; pero siempre de una manera particular: las ideas las costumbres las formas políticas se sucedían unas a otras pero no se descubre esa reafluencia de las ideas de un pueblo sobre las ideas de otro pueblo de las costumbres del uno sobre las cos­tumbres del otro ese espíritu propagador que tiende a confundirlos a todos en un mismo centro: por manera que excepto el caso de violenta conmixtión se conoce muy bien que podrían los pueblos antiguos estar largo tiempo muy cercanos conservando íntegramente cada uno sus propias fisonomías sin experimentar a causa del con­tacto considerables mudanzas.

Observad empero cuán de otra manera sucede en Europa: una revolución en un país afecta todos los otros, una idea salida de una escuela pone en agitación a los pueblos y en alarma a los gobiernos: nada hay aislado todo se generaliza todo se propaga tomando con la misma expansión una fuerza terrible.

He aquí por qué no es posible estudiar la historia de un pueblo sin que se presenten en la escena todos los pueblos no es posible estudiar la historia de una ciencia de un arte sin que se compliquen desde luego cien relaciones con otros objetos que no son ni científicos ni artísticos: y es porque todos los pueblos se asimilan todos los objetos se en­lazan todas les relaciones se abarcan y se cruzan; he aquí por qué no hay un asunto en un país en que no tomen interés y aun parte si es posible todos los demás: y he aquí por qué concretándonos a la política es y será siempre una idea sin aplicaciones la de no intervención; pues no se ha visto jamás que cada cual no procure intervenir en todos los negocios que le interesan.

Estos ejemplos tomados de los órdenes políticos literarios y artís­ticos me parecen muy a propósito para dar a entender mi idea sobre lo que ha sucedido con respecto al orden religioso; y si bien des­pojan al Protestantismo de ese manto filosófico con que se le ha querido cubrir aun en su cuna; si le quitan todo derecho a suponerse como un pensamiento que lleno de previsión y de proyectos grandiosos encerraba grandes destinos tampoco rebajan en nada su gravedad y su extensión, en nada limitan el hecho antes sí indican la verdadera causa que se haya presentado con aspecto tan im­ponente.

Desde el punto de vista que acabo de señalar todo se descubre en su verdadero tamaño: los Hombres apenas figuran casi desapa­recen; los abusos se ofrecen como son, ocasiones y pretextos; los planes vastos, las ideas altas y generosas los esfuerzos de indepen­dencia se reducen a suposiciones arbitrarias; el cebo de las depre­daciones, la ambición, las rivalidades de los soberanos, juegan como causas más o menos influyentes pero siempre en un orden secunda­rio: ninguna causa se exclusa sólo que se las coloca a todas en su lugar no se permite la exageración de su influencia y señalándose una principal no deja de mirarse el Hecho como de tal naturaleza, que en su nacimiento y desarrollo debieron  de  obrar un sinnúmero de agentes.

 Y cuando se llega a una cuestión capital en la materia cuando se pregunta la causa del odio de la exasperación que han manifestado los sectarios contra Roma; cuando se pregunta si esto no revela algunos grandes abusos  de  su parte si no hace sospechar su sinrazón se puede responder tranquilamente: que siempre se ha visto que las olas en la tormenta braman furiosas contra la roca inmóvil que les resiste.

Tan lejos estoy de atribuir a los abusos la influencia que muchos les han asignado con respecto al nacimiento y desarrollo del Protes­tantismo que estoy convencido de que por más reformas legales que se hubieran hecho por más condescendiente que se hubiera ma­nifestado la autoridad eclesiástica en acceder a demandas y exigen­cias de todas clases hubiera acontecido poco más o menos la misma desgracia.

Es necesario haber reparado bien poco en la extrema inconstancia y movilidad del espíritu humano, y haber estudiado muy poco su histo­ria para desconocer que era ésta una aquellas grandes calamidades que sólo Dios por providencia especial es bastante a evitarlas. [v]  VER NOTA 5


CAPÍTULO III

 Nueva demostración de la divinidad de la Iglesia católica sacada de sus relaciones con el espíritu humano. Fenómeno extraordinario que se pre­senta en la cátedra de Roma. Superioridad del Catolicismo sobre el Pro­testantismo. Confesión notable de Guizot; sus consecuencias.

LA PROPOSICIÓN sentada al fin del capítulo anterior me sugiere un corolario que si no me engaño ofrece una nueva demostración de la divinidad de la Iglesia católica.

Se ha observado como cosa muy admirable la duración de la Iglesia católica por espacio de 18 siglos y eso a pesar de tantos y tan poderosos adversarios; pero quizá no se ha notado bastante que atendida la índole del espíritu humano uno de los grandes pro­digios que presenta sin cesar la Iglesia es la unidad de doctrina en medio de toda clase de enseñanza y abrigando siempre en su seno un número considerable de sabios.

Llamo muy particularmente la atención sobre este punto: los hombres pensadores; y estoy seguro de que aun cuando yo no acierte a desenvolver cual merece este pensamiento encontrarán aquí un germen de muy graves reflexiones. Tal vez se acomodará también este modo de mirar la Iglesia al gusto de ciertos lectores pues prescindiré enteramente de los caracteres que se rocen con la revelación  consideraré al Catolicismo no como religión divina sino como escuela filosófica.

Nadie que haya saludado la historia de las letras me podrá negar que en todos tiempos haya tenido la Iglesia en su seno hombre ilustres por su sabiduría. En los primeros siglos la historia de los padres de la Iglesia es la historia de los sabios de primer orden en Europa, en África y en Asia; después de la irrupción de los bárbaros el catálogo de los hombres que conservaron algo del antiguo saber no es más que un catálogo de eclesiásticos; y por lo que toca a los tiempos modernos no es dable señalar un solo ramo de los conocimientos humanos en que no figuren en primera línea un número considerable de católicos. Es decir que de 18 siglos a esta parte hay una serie no interrumpida de sabios que son católicos o que están acordes en un cuerpo de doctrina formado de la reunión de las verdades enseñadas por la Iglesia católica.

Prescindiendo ahora de los caracteres de divinidad que la distinguen y considerándola únicamente como una escuela o una secta cualquiera puede asegu­rarse que presenta en el hecho que acabo de consignar un fenó­meno tan extraordinario que ni es posible hallarle semejante en otra parte ni es dable explicarle como comprendido en el orden regular de las cosas.

Seguramente que no es nuevo en la historia del espíritu humano el que una doctrina más o menos razonable haya sido profesada algún tiempo por un cierto número de hombres ilustrados y sabios: este espectáculo lo hemos presenciado en las sectas filosóficas antiguas y modernas; pero que una doctrina se haya sostenido por espacio de muchos siglos conservando adictos a ella a sabios de todos tiempos y países y sabios por otra parte muy discordes en sus opiniones parti­culares muy diferentes en costumbres muy opuestos tal vez en inte­reses y muy divididos por sus rivalidades este fenómeno es nuevo, es único sólo se encuentra en la Iglesia católica.

Exigir fe unidad en la doctrina y fomentar de continuo la enseñanza y provocar la dis­cusión sobre toda clase de materias; incitar y estimular el examen de los mismos cimientos en que estriba la fe preguntando para ello a las lenguas antiguas a los monumentos  de  los tiempos más remotos a los documentos de la historia a los descubrimientos de las ciencias obser­vadoras a las lecciones de las mas elevadas y analíticas; presentarse siempre con generosa confianza en medio de esos grandes liceos don­de una sociedad rica de talentos y de saber reúne como en focos de luz todo cuanto le han legado los tiempos anteriores y lo demás que ella ha podido reunir con sus trabajos he aquí lo que ha hecho siem­pre y está haciendo todavía la Iglesia; y sin embargo la vemos per­severar firme en su fe en su unidad de doctrina rodeada de hombres ilustres cuyas frentes ceñidas  de  los laureles literarios ganados en cien palestras se le humillan serenas y tranquilas sin que lo tengan a men­gua sin que crean que deslustren las brillantes aureolas que resplan­decen sobre sus cabezas.

Los que miran el Catolicismo como tina de tantas sectas que han aparecido sobre la tierra será menester que busquen algún hecho que se parezca a éste; será menester que nos expliquen cómo la Iglesia pue­de de continuo presentarnos ese fenómeno que tan en oposición se encuentra con la innata volubilidad del espíritu humano; será nece­sario que nos digan cómo la Iglesia romana ha podido realizar este prodigio y qué imán secreto tiene en sus manos el Sumo Pontífice para que él pueda hacer lo que no ha podido otro hombre.

Los que inclinan respetuosamente sus frentes al oír la palabra salida del Vati­cano los que abandonan su propio parecer para sujetarse a lo que les  dicta un hombre que se apellida Papa no son tan sólo los sencillos e ignorantes; miradlos bien: en sus frentes altivas descubriréis el senti­miento de sus propias fuerzas y en sus ojos vivos y penetrantes veréis que se trasluce la llama del genio que oscila en su mente.

En ellos reconoceréis a los mismos que han ocupado los primeros puestos de las academias europeas que han llenado el mundo con la fama de sus nombres transmitidos a las generaciones venideras entre co­rrientes de oro. Recorred la historia de todos los tiempos viajad por todos los países del orbe y si encontráis en ninguna parte un con­junto tan extraordinario el saber unido con la fe el genio sumiso a la autoridad la discusión hermanada con la unidad presentadle: ha­bréis hecho un descubrimiento importante habréis ofrecido a la cien­cia un nuevo fenómeno que explicar; ¡ah! esto os será imposible bien lo sabéis; y por esto apelaréis a nuevos efugios por esto procuraréis oscurecer con cavilaciones la luz de una observación que sugiere una razón imparcial y hasta al sentido común la legítima consecuen­cia de que en la Iglesia católica hay algo que no se encuentra en otra parte.

"Estos hechos dirán los adversarios son ciertos; las reflexiones que sobre ellos se han emitido no dejan de ser deslumbradoras; pero bien analizada la materia desaparecerán todas las dificultades que pueden presentarse por la extrañeza que causa el haberse verificado en la Iglesia un hecho que no se ha verificado en ninguna secta.

Si bien se mira cuanto hasta aquí se lleva alegado sólo prueba que en la Iglesia ha habido siempre un sistema determinado que apoyado en un punto fijo ha podido ser realizado con uniforme regularidad. En la Iglesia se ha conocido que el origen de la fuerza está en la unión que para esta unión era necesario establecer unidad en la doctrina y que para conservar esta unidad era necesaria la sumisión a la autoridad.

Esto una vez conocido se ha establecido el principio de sumisión y se le ha conservado invariablemente: he aquí explicado el fenómeno; en esto no negaremos que haya sabiduría profunda que haya un plan vasto, un sistema singular pero nada podréis inferir en pro de la divinidad del Catolicismo".

Esto es lo que se responderá porque es lo único que se puede res­ponder; pero fácil es de notar que a pesar de esa respuesta queda la dificultad en todo su vigor. Resulta siempre en claro que hay una sociedad sobre la tierra que por espacio  de  18 siglos ha sido siempre dirigida por un principio constante y fijo; una sociedad que ha logrado que se adhiriesen a este principio hombres eminentes de todos los tiempos y países y por tanto permanece siempre en pie todo el embarazo que ofrecen a los adversarios las siguientes preguntas:

1)                                            ¿Cómo es que sólo la Iglesia ha tenido este principio?

2)                                            ¿Cómo es que a sólo ella se le haya ocurrido tal pensamiento?

3)                                            ¿Cómo es que si ha ocurrido a otra secta ninguna lo haya podido poner en planta?

4)                                            ¿Cómo es que todas las sectas filosóficas hayan desaparecido unas en pos de otras y la Igle­sia no?

5)                                            ¿Cómo es que las otras religiones si han querido conservar alguna unidad han tenido siempre que huir de la luz y esquivar la discusión y envolverse en negras sombras?;

6)                                            ¿Y que la Iglesia haya siempre conservado su unidad buscando la luz y no ocultando sus libros no escaseando la enseñanza sino fundando por todas partes colegios uni­versidades y demás establecimientos donde pudiesen reunirse y con­centrarse todos los resplandores de la erudición y del saber?

No basta decir que hay un sistema, un plan: la dificultad está en la misma existencia de ese sistema, de ese plan; la dificultad está en explicar cómo se han podido concebir y ejecutar.

Si se tratase de pocos hombres reunidos en ciertas circunstancias en determinados tiempos y países para la ejecución  de  un proyecto limitado a breve espacio no habría aquí nada  de  particular; pero se trata de 18 siglos se trata  de  todos los países  de  las circunstancias mas variadas mas diferentes mas opuestas; se trata de hombres que no han podido ave­nirse ni concertarse. ¿Cómo se explica todo esto?

Si no es más que un sistema, un plan humano ¿qué hay  de  misterioso en esa ciudad de Roma que así reúne en torno suyo a tantos hombres ilustres de todos tiempos y países? Si el pontífice  de  Roma no es más que el jefe de una secta

1)                                        ¿cómo es que de tal modo alcanza a fascinar el mundo?

2)                                        ¿Se habría visto jamás un mago que ejecutase extrañeza más estupenda?

3)                                        ¿No hace ya mucho tiempo que se declama contra su despotismo religioso?

4)                                        ¿Por qué pues no ha habido otro hombre que le haya arrebatado el cetro?

5)                                        ¿Por qué no se ha erigido otra cátedra que disputase a la suya la preeminencia y se mantuviese en igual es­plendor y poderío?

6)                                        ¿Es acaso por su poder material?

Es muy limi­tado; y no podría medir sus armas con ninguna potencia de Europa. ¿Es por el carácter particular por la ciencia por las virtudes de los hombres que han ocupado el solio pontificio? Pero ¿cómo es posible que en el espacio de 18 siglos no hayan tenido infinita variedad los caracteres de los Papas y muy diferentes graduaciones su ciencia y sus virtudes?

A quien no sea católico, y no viere en el pontífice romano al Vicario de Jesucristo aquella piedra sobre la cual edificó la Iglesia, la duración de su autoridad ha de parecerle el más extraordinario de los fenómenos; ha de ofrecérsele como una de las cuestiones más dignas de proponerse a la ciencia que se ocupa en  la historia del espíritu humano la siguiente: ¿cómo es posible que por espacio de tantos siglos haya podido existir una serie no interrumpida de sabios que no se hayan apartado de la doctrina de la Cátedra de Roma?

Al comparar M. Guizot el Protestantismo con la Iglesia romana parece que la fuerza de esta verdad conmovía algún tanto su entendi­miento; y que los rayos de esta luz introducían el desconcierto en sus observaciones. Oigámosle de nuevo; oigamos a ese escritor cuyos talentos y nombradía habrán deslumbrado en estas materias a aquellos lectores que ni examinan siquiera la solidez de las pruebas mientras vengan envueltas en hermosas imágenes; a aquéllos que aplauden toda clase  de  pensamientos mientras desfilen ante sus ojos en un torrente de elocuencia encantadora; que llenos de entusiasmo por el mérito de un hombre le escuchan como infalible oráculo; y mientras blasonan de independencia intelectual suscriben sin examen a las decisiones de su director escuchan con sumisión sus fallos y no se atreven a levan­tar la frente para pedirles los títulos del predominio.

En las palabras de M. Guizot notaremos que sintió como todos los grandes hom­bres del Protestantismo el vacío inmenso que hay en esas sectas y la fuerza y robustez que entraña la religión católica; notaremos que no pudo eximirse  de  la regla general de los grandes ingenios, regla que son prueba los mas explícitos testimonios consignados en los es­critos de los hombres mas eminentes que ha tenido la reforma protes­tante.

Después de haber notado M. Guizot la inconsecuencia con que procedió el Protestantismo y su falta de buena organización en la sociedad intelectual continúa: "No se han sabido hermanar todos los derechos y necesidades de la tradición con las pretensiones de la libertad. Y eso proviene sin duda que la reforma no ha comprendido y aceptado plenamente ni sus principios ni sus efectos".

 ¡Qué re­ligión será ésa que ni comprende ni acepta plenamente sus principios ni sus efectos!

 ¿Salió jamás de boca humana condenación más ter­minante de la reforma?

¿Cómo podrá pretender el derecho de dirigir ni al hombre ni a la sociedad? ¿Pudo decirse jamás otro tanto de las sectas filosóficas antiguas y modernas? "He ahí ese aire de inconse­cuencia continúa M Guizot que ha tenido la reforma y el espíritu limitado que ha manifestado circunstancias que han prestado armas y ventajas a sus adversarios. Sabían éstos bien lo que deseaban y lo que hacían partían de principios fijos y marchaban hasta sus últimas consecuencias. Nunca ha habido un gobierno más consecuente y sistemático que el de la Iglesia romana".

¿Y de dónde trae su origen este sistema tan consecuente? Cuando es tanta la inconstancia y la ­volubilidad del espíritu del hombre: ¿este sistema, consecuencia y principios fijos nada dicen a la filosofía, al buen sentido?

Al reparar en esos terribles elementos de disolución que tienen su  origen en el espíritu del hombre y que tanta fuerza han adquirido  en las sociedades modernas; al notar cómo destrozan y pulverizan todas las escuelas filosóficas todas las instituciones religiosas sociales  y políticas pero sin alcanzar a abrir una brecha en las doctrinas del Catolicismo sin alterar ese sistema tan fijo y consecuente ¿nada se inferirá en favor de la religión católica?

Decir que la Iglesia ha hecho lo que no han podido hacer jamás ninguna escuela ningún gobierno ninguna sociedad ninguna religión ¿no es confesar que es mas sabia que la humanidad entera? Y esto ¿no prueba que no debe su origen al pensamiento del hombre y que ha bajado del mismo seno del Cria­dor del universo?

En una sociedad formada de hombres en un go­bierno manejado por hombres que cuenta 18 siglos de duración, se extiende a todos los países, se dirige al salvaje en sus bosques, al bárbaro en su tienda, al hombre civilizado en medio de las ciudades más populosas; que cuenta entre sus hijos al pastor que se cubre con el pellico, al rústico labrador, al poderoso magnate; que hace resonar igualmente su palabra al oído del hombre sencillo ocupado en sus mecánicas tareas como al del sabio que encerrado en su gabinete está absorto en trabajos profundos; un gobierno como éste tener como ha dicho M. Guizot siempre una idea fija una voluntad eterna y guardar una conducta regular y coherente ¿no es su apología más victoriosa no es su panegírico más elocuente no es una prueba de que encierra en su seno algo de misterioso?

Mil veces he contemplado con asombro ese estupendo prodigio: mil veces he fijado mis ojos sobre ese árbol inmenso que extiende sus ramas desde el Oriente al Occidente desde el Aquilón al Mediodía: le veo cobijando con su sombra a tantos y tan diferentes pueblos y encuentro descansando tranquilamente debajo de ella la inquieta fren­te del Genio.

En Oriente en los primeros siglos de haber aparecido sobre la tierra esa religión divina en medio de la disolución que se había apo­derado de todas las sectas veo que se agolpan para escuchar su pa­labra los filósofos mas ilustres; y en Grecia en Asia en las márgenes del Nilo en todos esos países donde hormigueaba poco antes un sin­número de sectas veo que se levanta de repente una generación de hombres grandes, ricos de erudición, de saber y de elocuencia y todos acordes en la unidad de la doctrina católica.

En Occidente cuando se va a precipitar sobre el caduco imperio una muchedumbre de bárbaros que se presentan a lo lejos como negra nube que asoma en el horizonte preñada de calamidades y desastres en medio de un pueblo sumergido en la corrupción de costumbres y olvidado com­pletamente de su antigua grandeza veo a los únicos hombres que pue­den apellidarse dignos herederos del nombre romano buscar un asi­lo a su austeridad de costumbres en el retiro de los templos y pedir a la religión sus inspiraciones para conservar el antiguo saber y enri­quecerle y agrandarle.

Lléname de admiración y asombro el encon­trar al talento sublime al digno heredero del genio de Platón que después de haber preguntado por la verdad a todas las escuelas y sectas, después de haber recorrido todos los errores con briosa osadía, con indomable independencia se siente al fin dominado por la autoridad de la Iglesia y el filósofo libre se transforma en el grande obispo de Hipona.

En los tiempos modernos desfilan delante de mis ojos esa serie de hombres grandes que brillaron en los siglos de León X y de Luís XIV: veo perpetuarse esa ilustre raza aun al través del ca­lamitoso siglo XVIII; y en el XIX veo que se levantan también nuevos atletas que después de haber acosado el error en todas direcciones van a colgar sus trofeos a las puertas de la Iglesia católica.

¡Qué prodigio es éste! ¡Dónde se ha visto jamás una escuela, secta o una religión semejante! Todo lo estudian de todo disputan a todo responden todo lo saben pero siempre acordes en la unidad de doctrina siempre sumisos a la autoridad siempre inclinando respetuosamente sus frentes siempre humillándolas en obsequio de la fe; esas frentes donde brilla el saber e imprime sus rasgos el sentimiento de noble independencia de donde salen tan generosos arranques.

¿No os parece descubrir un nuevo mundo planetario donde globos luminosos ruedan en vastas órbitas por la inmensidad del espacio pero atraídos por una misteriosa fuerza hacia el centro del sistema? Fuerza que no les permite el extravío sin quitarles pero nada ni de la magnitud de su molécula ni de la grandiosidad de movimiento antes inundándolos de luz y dando a su marcha regularidad majestuosa [vi]  VER NOTA 6


 CAPITULO IV

El Protestantismo lleva en su seno un principio disolvente. Tiende de suyo al aniquilamiento de todas las creencias. Peligrosa dirección que da al entendimiento. Descripción del espíritu humano.

ESA IDEA fija esa voluntad entera ese plan tan sabio y constante ese sistema tan trabado esa conducta tan regular y coherente ese mar­char siempre con seguro paso hacia objeto y fin determinado ese admirable conjunto reconocido y confesado por M. Guizot y que tanto honra a la Iglesia católica mostrando su profunda sabiduría y revelando la altura de su origen no ha sido nunca imitado por el Pro­testantismo ni en bien ni en mal; porque según llevo ya demostrado no puede presentar un solo pensamiento del que tenga derecho a de­cir: esto es mío.

Se ha querido apropiar el principio de examen pri­vado en materias de fe y algunos de sus adversarios tal vez no se han resistido mucho a adjudicárselo por no reconocer en él otro elemento que pudiera llamarse constitutivo; y además por reparar que si de haber engendrado tal principio quisiera gloriarse sería semejante a aquellos padres insensatos que labran su propia ignominia haciendo gala de tener hijos de pésima índole y díscolos en conducta.

Es fal­so sin embargo que tal principio sea hijo suyo; antes al contrario más bien podría decirse que el principio de examen ha engendrado al Protestantismo pues que este principio se halla ya en el seno de todas las sectas y se le reconoce como germen de todos los erro­res: por manera que al proclamar los protestantes el examen privado no hicieron más que ceder a la necesidad que es común a todas las sectas separadas de la Iglesia.

Nada hubo en esto de plan nada de previsión nada de sistema: la simple resistencia a la autoridad de la Iglesia envolvía la necesidad de un examen privado sin límites la erección del entendimiento en juez único; y así fue ya desde un principio enteramente inútil toda la oposición que a las consecuencias y aplicaciones de tal examen hi­cieron los corifeos protestantes: roto el dique no es posible con­tener las aguas.

"El derecho de examinar lo que debe creerse dice una famosa dama protestante (De lallelmagzre par Madame Staél 4e. partie chap. 2) es el principio fundamental del Protestantismo. No lo entendían así los primeros reformadores; creían poder fijar las columnas del espíritu humano en los términos de sus propias luces; pero mal podían esperar7 que sus decisiones fuesen recibidas como infalibles cuando elle negaban este género de autoridad a la religión católica".

Semejante resistencia por parte de ellos sólo sirvió a manifestar que no abrigaba ninguna de aquellas ideas que si extravían el entendimiento muestra ... al menos en cierto modo la generosidad y nobleza del corazón; y c ellos no podrá decir el entendimiento humano que le descaminase  con la mira de hacerle andar con mayor libertad. "La revolución religiosa del siglo XVI dice  M. Guizot no conoció los verdaderos principios de la libertad intelectual; emancipada del pensamiento todavía se empeñaba en gobernarlo por medio de la ley".

Pero en vano lucha el hombre contra la fuerza entrañada por misma naturaleza de las cosas; en vano fue que el Protestantismo quisiera poner límites a la extensión del principio de examen y que a veces levantase tan alto la voz y aun descargase su brazo con tal fuerza que no parecía sino que trataba de aniquilarle.

El espíritu del examen privado estaba en su mismo seno, allí perseveraba y desenvolvía, allí obraba aun a pesar suyo; no tenía medio el Protestantismo: o echarse en brazos de la autoridad es decir reconocer su extravío o dejar al principio disolvente que ejerciera su acción  haciendo desaparecer de entre las sectas separadas hasta la sombra la religión de Jesucristo y viniendo a poner el cristianismo en la clase de las escuelas filosóficas.

Dado una vez el grito de resistencia a autoridad de la Iglesia pudiéronse muy bien calcular los funestos resultados; fue desde luego muy fácil prever que desenvuelto el maligno germen traía consigo la ruina de todas las verdades cristianas ¿Y cómo era posible que no se desenvolviese rápidamente ese germen en un suelo donde era tan viva la fermentación? Señalaron a voz grito los católicos la gravedad e inminencia del riesgo; y en obsequio de la verdad es menester confesar que tampoco se ocultó a la previsión de algunos protestantes. ¿Quién ignora las explícitas confesiones que se oyeron ya desde un principio y se han oído después de la boca sus hombres más distinguidos?

Los grandes talentos nunca se han hallado bien con el Protestantismo; siempre han encontrado en él un inmenso vacío: y por esta causa se los ha visto propender o a la irreligión o a la unidad católica.

El tiempo, ese gran juez de todas las opiniones, ha venido a confirmar el acierto de tan tristes pronósticos y actualmente han llegado ya las cosas a tal extremo que es necesario o estar muy escaso de instrucción o tener muy limitados alcances para no conocer que la religión cristiana tal como la explican los protestantes es una opinión y no más; es un sistema formado de mil partes incoherentes y que pone el cristianismo al nivel de las escuelas filosóficas.

Y nadie debe extrañar que parezca aventajarse algún tanto a ellas y conserve ciertos rasgos que dan a su fisonomía algo que no se encuentra en lo que es puramente excogitado por el entendimiento del hombre; ¿sabéis de dónde nace todo esto?

Nace de aquella sublimidad de la doctrina de aquella santidad de moral que más o menos desfigu­radas resplandecen siempre en todo cuanto conserva algún vestigio de la palabra de Jesucristo. Pero el endeble resplandor que queda luchando con las sombras después que ha desaparecido del horizonte el astro luminoso no puede compararse con la luz del día; las som­bras avanzan se extienden y ahogando el débil reflejo acaban por sumir la tierra en oscuridad tenebrosa.

Tal es la doctrina del Cristianismo entre los protestantes: con sólo dar una ojeada a sus sectas se conoce que ni son meramente filo­sóficas ni tienen los caracteres de religión verdadera: el Cristianismo está entre ellas sin una autoridad y por esto parece un viviente separado de su elemento un árbol secado en su raíz; por esto pre­senta la fisonomía pálida y desfigurada de un semblante que no está ya animado por el soplo de vida.

Habla el Protestantismo de la fe y su principio fundamental la hiere de muerte; ensalza el Evangelio; y el mismo principio hace vacilar su autoridad pues que la deja abandonada al discernimiento del hombre; y si pondera la santidad y pureza de la moral de Jesucristo ocurre desde luego que en algu­nas de las sectas disidentes se les despoja de su divinidad y que todas podrían hacerlo muy bien sin faltar al único principio que les sirve de punto de apoyo.

Y una vez negada o puesta en duda la divinidad de Jesucristo queda cuando más colocado en la clase de los grandes filósofos y legisladores pierde la autoridad necesaria para dar a sus leyes aquella augusta sanción que tan respetables las hace a los mortales, no puede imprimirles aquel sello que tanto las eleva sobre todos los pensamientos humanos y no se ofrecen ya sus consejos sublimes como otras tantas lecciones que fluyen de los labios de la sabiduría increada.

Quitando al espíritu humano el punto de apoyo de una autoridad ¿en qué podrá afianzarse? ¿No queda abandonado a merced de sus sueños y delirios? ¿No se le abre de nuevo la tenebrosa e intrincada senda de interminables disputas que condujo a un caos a los filósofos de las antiguas escuelas?

Aquí no hay réplica y en esto andan acor­des la razón y la experiencia: sustituido a la autoridad de la Iglesia  el examen privado de los protestantes todas las grandes cuestiones sobre la divinidad y el hombre quedan sin resolver; todas las difi­cultades permanecen en pie; y flotando entre sombras el entendi­miento humano sin divisar una luz que pueda servirle de guía seguirá abrumado por la gritería de cien escuelas que disputan de continuo  sin aclarar, nada cae en aquel desaliento y postración en que le había encontrado el Cristianismo y del que le había levantado a costa de grandes esfuerzos.

La duda del pirronismo, la indiferencia serán en­tonces el patrimonio de los talentos más aventajados; las teorías vanas los sistemas hipotéticos los sueños formarán el entreteni­miento de los sabios comunes; la superstición y las monstruosidades serán el pábulo de los ignorantes.

Y entonces ¿qué habría adelantado la humanidad? ¿Qué habría hecho el Cristianismo sobre la tierra? Afortunadamente para el hu­mano linaje no ha quedado la religión cristiana abandonada al tor­bellino de las sectas protestantes; y en la autoridad de la Iglesia católica ha tenido siempre anchurosa base donde ha encontrado firme asiento para resistir a los embates de las cavilaciones y errores.

 Si así no fuera ¿adónde habría ya parado? La sublimidad de sus dogmas la sabiduría de sus preceptos la unción de sus consejos ¿serían acaso más que bellos sueños contados en lenguaje encan­tador por un sabio filósofo?

Sí es preciso repetirlo: sin la autoridad de la Iglesia nada queda de seguro en la fe, es dudosa la divinidad de Jesucristo, es disputable su misión, es decir que desaparece com­pletamente la religión cristiana; porque al no poder ofrecer sus títulos celestiales, ni darnos completa certeza de que ha bajado del seno del Eterno, que sus palabras son palabra del mismo Dios que se dignó aparecer sobre la tierra para la salud de los hombres ya no tiene derecho a exigirnos acatamiento.

Colo­cada en la serie de los pensamientos puramente humanos deberá someterse a nuestro fallo como las demás opiniones de los hombres en el tribunal de la filosofía, podrá sostener sus doctrinas como mas o menos razonables pero siempre tendrá la desventaja de habernos querido engañar de habérsenos presentado como divina cuando no era más que humana; y al empezarse la discusión sobre la verdad de su sistema de doctrinas siempre tendrá en contra de sí una terrible presunción cual es el que con respecto a su origen habrá sido un impostora.

Gloríanse los protestantes de la independencia de su entendimiento y achacan a la religión católica el que viola los derechos más sagrados pues que exigiendo sumisión ultraja la dignidad del hombre cuando se declama en este sentido vienen muy a propósito las exage­raciones sobre las fuerzas de nuestro entendimiento y no se necesita más que echar mano de algunas imágenes seductoras pronunciando las palabras de atrevido vuelo de hermosas alas y otras semejantes para dejar completamente alucinados a los lectores vulgares.

Goce enhorabuena de sus derechos el espíritu del hombre glo­ríese de poseer la centella divina que apellidamos entendimiento recorra ufano la naturaleza y observando los demás seres que le rodean note con complacencia la inmensa altura a que sobre todos ellos se encuentra elevado; colóquese en el centro de las obras con que ha embellecido su morada y señale como nuestras de su gran­deza y poder las transformaciones que se ejecutan donde quiera que estampare su huella llegando a fuerza de inteligencia y de gallarda osadía a dirigir y señorear la naturaleza; mas por reconocer la dig­nidad y elevación de nuestro espíritu mostrándonos agradecidos al beneficio que nos ha dispensado el Criador ¿deberemos llegar hasta el extremo de olvidar nuestros defectos y debilidad?

¿A qué engañarnos a nosotros mismos queriendo persuadirnos de que sabemos lo que en realidad ignoramos? ¿A qué olvidar la inconstancia y volubilidad de nuestro espíritu? ¿A qué disimularnos que en muchas materias aun de aquéllas que son objeto de las ciencias humanas se abruma y confunde nuestro entendimiento y que hay mucho de ilusión en nuestro saber mucho de hiperbólico en la ponderación de los adelantos de nuestros conocimientos? ¿No viene un día a desmentir lo que asentamos otro día? ¿No viene de continuo el curso de los tiempos burlando todas nuestras previsiones deshaciendo nues­tros planes y manifestando lo aéreo de nuestros proyectos?

¿Qué nos han dicho en todos tiempos aquellos genios privilegiados a quienes fue concedido descender hasta los cimientos de nuestras ciencias alzarse con brioso vuelo hasta la región de las más sublimes inspiraciones y tocar por decirlo así los confines del espacio que puede recorrer el entendimiento humano?

Sí los grandes sabios de todos tiempos después de haber tanteado los senderos más ocultos de la ciencia después de haberse arrojado a seguir los rumbos más atrevidos que en el orden moral y físico se presentaban a su actividad y osadía en el anchuroso mar de las investigaciones todos vuelven de sus viajes llevando en su fisonomía aquella expresión de desagrado fruto natural de muy vivos desengaños; todos nos dicen que se ha deshojado a su vista una bella ilusión que se ha desvanecido como una sombra la hermosa imagen que tanto los hechizaba; todos re­fieren que en el momento en que se figuraban que iban a entrar en un cielo inundado de luz han descubierto con espanto una región de tinieblas lean conocido con asombro que se hallaban en una nueva ignorancia.

Y por esta causa todos a una miran con tanta descon­fianza las fuerzas del entendimiento: ellos que tienen un sentimiento íntimo que no les deja dudar que las fuerzas del suyo exceden a las de los otros Hombres. "Las ciencias dice profundamente Pascal tienen dos extremos que se tocan: el primero es la pura ignorancia natural en que se encuentran los hombres al nacer; el otro es aquél en que se hallan las grandes almas que habiendo recorrido todo lo que los hombres pueden saber encuentran que no saben nada".

El Catolicismo dice al hombre: "tu entendimiento es muy flaco y en muchas cosas necesita un apoyo y una guía" y el Protestan­tismo le dice: "la luz te rodea marcha por do quieras no hay para ti mejor guía que tú mismo". ¿Cuál de las dos religiones está de acuerdo con las lecciones de la Inés alta filosofía?

Ya no debe pues parecer extraño que los talentos más grandes que ha tenido el Protestantismo todos hayan sentido cierta pro­pensión a la religión católica y que no haya podido ocultárseles la profunda sabiduría que se encierra en el pensamiento de sujetar en algunas materias el entendimiento humano al fallo de una auto­ridad irrecusable. Y en efecto: mientras se encuentre una autoridad que en su origen en su establecimiento en su conservación en su doc­trina y conducta reúna todos los títulos que puedan acreditarla de divina ¿qué adelanta el entendimiento con no querer sujetarse a ellas? ¿Qué alcanza divagando a merced de sus ilusiones en graví­simas materias siguiendo caminos donde no encuentra otra cosa que recuerdos de extravíos escarmientos y desengaños?

Si tiene el espíritu del hombre un concepto demasiado alto de sí mismo estudie su propia historia y en ella verá palpará que aban­donado a sus solas fuerzas tiene muy poca garantía de acierto. Fe­cundo en sistemas inagotable en cavilaciones tan rápido en concebir un pensamiento como poco a propósito para madurarle; semillero de ideas que nacen hormiguean y se destruyen unas a otras como los insectos que rebullen en un lago; alzándose tal vez en alas de sublime inspiración y arrastrándose luego como el reptil que surca el polvo con su pecho; tan hábil e impetuoso para destruir las obras ajenas como incapaz de dar a las suyas una construcción sólida y duradera; empujado por la violencia de las pasiones desvanecido por el orgullo abrumado  confundido por tanta variedad de ob­jetos como se le presentan en todas direcciones deslumbrado por tantas luces falsas y engañosas apariencias; abandonado enteramente a sí mismo el espíritu humano presenta la imagen de una centella inquieta y vivaz que recorre sin rumbo fijo la inmensidad de los cielos traza en su varío y rápido curso mil extrañas figuras siembra en el rastro de su huella mil chispas relumbrantes encanta un mo­mento la vista con su resplandor su agilidad y sus caprichos y des­aparece luego en la oscuridad sin dejar en la inmensa extensión de su camino una ráfaga de luz para esclarecer las tinieblas de la noche.

Ahí está la historia de nuestros conocimientos: en ese inmenso depósito donde se hallan en confusa mezcla las verdades y los erro­res la sabiduría y la necedad el juicio y la locura; ahí se encon­trarán abundantes pruebas de lo que acabo de afirmar: ellas saldrán en mi abono si se quisiera tacharme de haber recargado el cuadro .[vii]  VER NOTA 7


CAPÍTULO V

Instinto de fe. Se extiende hasta las ciencias. Newton. Descartes. Observaciones sobre la historia de la filosofía. Proselitismo. Actual situación del entendimiento.

 TANTA verdad es lo que acabo de decir sobre la debilidad del hu­mano entendimiento que aun prescindiendo del aspecto religioso es muy notable que la próvida mano del Criador ha depositado en el fondo de nuestra alma un preservativo contra la excesiva volubilidad de nuestro espíritu: y preservativo tal que sin él se hubieran pulve­rizado todas las instituciones sociales o más bien no se hubieran jamás planteado; sin él las ciencias no hubieran dado jamás un paso; y si llegase jamás a desaparecer del corazón del hombre el individuo y la sociedad quedarían sumergidos en el caos.

Hablo de cierta in­clinación a deferir a la autoridad; del instinto de fe digámoslo así instinto que merece ser examinado con mucha detención si se quiere conocer algún tanto el espíritu del hombre estudiar con provecho la historia de su desarrollo y progresos encontrar las causas de mu­chos fenómenos extraños descubrir hermosísimos puntos de vista que ofrece bajo este aspecto la religión católica y palpar en fin lo limi­tado y poco filosófico del pensamiento que dirige el Protestantismo.

Ya se ha observado muchas veces que no es posible acudir a las primeras necesidades ni dar curso a los negocios mas comunes sin la deferencia a la autoridad de la palabra de otros sin la fe; y fácil­mente se echa de ver que sin esa fe desaparecería todo el caudal de la historia y de la experiencia; es decir que se hundiría el funda­mento de todo saber.

Importantes como son estas observaciones y muy a propósito para demostrar lo infundado del cargo que se hace a la religión católica por sólo exigir fe no son ellas sin embargo las que llaman ahora mi atención tratando como trato de presentar la materia bajo otro aspecto de colocar la cuestión en otro terreno donde ganará la verdad en amplitud e interés sin perder nada de su inalterable firmeza.

Recorriendo la historia de los conocimientos humanos y echando una ojeada sobre las opiniones de nuestros contemporáneos se nota constantemente que aun aquellos hombres que más se precian de espíritu de examen y de libertad de pensar apenas son otra cosa que el eco de opiniones ajenas. Si se examina atentamente ese grande aparato que tanto ruido mete en el mundo con el nombre de ciencia se notará que en el fondo encierra una gran parte de autoridad; y al momento que en él se introdujera un espíritu de examen entera­mente libre aun con respecto a aquellos puntos que sólo pertenecen al raciocinio se hundiría en su mayor parte el edificio científico y serían muy pocos los que quedarían en posesión de sus misterios. Ningún ramo de conocimientos se exceptúa de esta regla general por mucha que sea la claridad y exactitud de que se gloríe.

 Ricas como son en evidencia de principios rigurosas en sus deducciones abun­dantes en observaciones y experimentos las ciencias naturales y exac­tas ¿no descansan acaso muchas de sus verdades en otras verdades más altas para cuyo conocimiento ha sido necesaria aquella delica­deza de observación aquella sublimidad de cálculo aquella ojeada perspicaz y penetrante a que alcanza tan sólo un número de hom­bres muy reducido?

Cuando Newton arrojó en medio del mundo científico el fruto de sus combinaciones profundas ¿cuántos eran entre sus discípulos los que pudieran lisonjearse de estribar en convicciones propias aun hablando de aquéllos que a fuerza de mucho trabajo habían llegado a comprender algún tanto al grande hombre? Habían seguido al matemático en sus cálculos se habían enterado del caudal de datos y experimentos que exponía a sus consideraciones el naturalista y habían escuchado las reflexiones con que apoyaba sus aserciones y conjeturas el filósofo: creían de esta manera hallarse plenamente con­vencidos y no deber en su asenso nada a la autoridad sino única­mente a la fuerza de la evidencia y de las razones: ¿sí?

Pues haced que desaparezca entonces el nombre de Newton haced que el ánimo se despoje de aquella honda impresión causada por la palabra de un hombre que se presenta con un descubrimiento extraordinario y que para apoyarle despliega un tesoro de saber que revela un genio prodigioso; quitad repito la sombra de Newton y veréis que en la mente de su discípulo los principios vacilan los razonamientos pier­den mucho de su encadenamiento y exactitud las observaciones no se ajustan tan bien con los hechos; y el hombre que se creyera tal vez un examinador completamente imparcial un pensador del todo independiente conocerá sentirá cuán sojuzgado se Hallaba por la fuerza de la autoridad por el ascendiente del genio; conocerá sen­tirá que en muchos puntos tenía asenso mas no convicción y que en vez de ser un filósofo enteramente libre era un discípulo dócil y aprovechado.

Apélese confiadamente al testimonio no de los ignorantes no de aquéllos que han desflorado ligeramente los estudios científicos sino de los verdaderos sabios de los que han consagrado largas vigilias a los varios ramos del saber: invíteselos a que se concentren dentro de sí mismos a que examinen de nuevo lo que apellidan sus convic­ciones científicas; y que se pregunten con entera calma y despren­dimiento si aun en aquellas materias en que se conceptúan más aventajados no sienten repetidas veces sojuzgado su entendimiento por el ascendiente de algún autor de primer orden y no han de confesar que si a muchas cuestiones de las que tienen más estu­diadas les aplicasen con rigor el método de Descartes se hallarían con más creencias que convicciones.

Así ha sucedido siempre y siempre sucederá así: esto tiene raíces profundas en la íntima naturaleza de nuestro espíritu y por lo mismo no tiene remedio. Ni tal vez conviene que lo tenga; tal vez entra en esto mucho de aquel instinto cíe conservación que Dios con ad­mirable sabiduría ha esparcido sobre la sociedad; tal vez sirve de fuerte correctivo a tantos elementos de. disolución como ésta abriga en su seno.

Malo es en verdad muchas veces malo es y muy malo que el hombre vaya en pos de la huella de otro hombre; no es raro el que se vean por esta causa lamentables extravíos; pero peor fuera aún que el hombre estuviera siempre en actitud de resistencia contra todo otro hombre para que no le pudiese engañar y que se genera­lizase por el mundo la filosófica manía de querer sujetarlo todo a riguroso examen: ¡pobre sociedad entonces! ¡Pobre hombre! ¡Pobres ciencias si cundiese a todos los ramos el espíritu de riguroso de escrupuloso de independiente examen!

Admiro el genio de Descartes reconozco los grandes beneficios que ha dispensado a las ciencias pero he pensado más de una vez que si por algún tiempo pudiera generalizarse su método de duda se hundiría de repente la sociedad; y aun entre los sabios entre los filósofos imparciales me parece que causaría grandes estragos; por lo menos es cierto que en el mundo científico se aumentaría consi­derablemente el número de los orates.

Afortunadamente no hay peligro de que así suceda; y si el hombre tiene cierta tendencia a la locura más o menos graduada también posee un fondo de buen sentido de que no le es posible despren­derse; y la sociedad cuando se presentan algunos individuos de cabeza volcánica que se proponen convertirla en delirante o les contesta con burlona sonrisa o si se deja extraviar por un momento vuelve luego en sí y rechaza con indignación a aquéllos que la habían descaminado.

Para quien conozca a fondo el espíritu humano serán siempre despreciables vulgaridades esas fogosas declamaciones contra las pre­ocupaciones del vulgo contra esa docilidad en seguir a otro hombre contra esa facilidad en creerlo todo sin haber examinado nada. Como si en esto de preocupaciones en esto de asentir a todo sin examen hubiera muchos hombres que no fueran vulgo como si las ciencias no estuvieran llenas de suposiciones gratuitas como si en ellas no hubiera puntos flaquísimos sobre los cuales estribamos buenamente cual en firmísimo e inalterable apoyo.

El derecho de posesión y de prescripción es otra de las singu­laridades que ofrecen las ciencias y es bien digno de notarse que sin haber tenido jamás esos nombres haya sido reconocido este de­recho con tácito pero unánime consentimiento. ¿Cómo es esto po­sible? ¿Cómo? Estudiad la historia de las ciencias y encontraréis a cada paso confirmada esta verdad. En medio de las eternas dispu­tas que han dividido a los filósofos ¿cuál es la causa de que una doctrina antigua haya opuesto tanta resistencia a una doctrina nueva y diferido por mucho tiempo y tal vez impedido completamente su restablecimiento?

Es porque la antigua estaba ya en posesión es porque se hallaba robustecida con el derecho de prescripción: no importa que no se usaran esos nombres el resultado era el mismo; y por esta razón los inventores se han visto muchas veces menos­preciados o contrariados cuando no perseguidos.

Es preciso confesarlo por más que a ello se resista nuestro orgullo y por más que se hayan de escandalizar algunos sencillos admira­dores de los progresos de las ciencias: muchos han sido esos pro­gresos anchuroso es el campo por donde se ha espaciado el enten­dimiento humano vastas las órbitas que ha recorrido y admirables las obras con que ha dado una prueba de sus fuerzas; pero en todas estas cosas hay siempre una buena parte de exageración hay mucho que cercenar sobre todo cuando el nombre de ciencia se refiere a las relaciones morales.

De semejantes ponderaciones nada puede deducirse para probar que nuestro entendimiento sea capaz de mar­char con entera agilidad y desembarazo por toda clase de caminos; nada puede deducirse que contradiga el hecho que hemos establecido de que el entendimiento del hombre está sometido casi siempre aun­que sin advertirlo a la autoridad de otro hombre.

En cada época se presentan algunos pocos poquísimos entendi­mientos privilegiados que alzando su vuelo sobre todos los demás les sirven de guía en las diferentes carreras: se precipita tras ellos una numerosa turba que se apellida sabia y con los ojos fijos en la enseña enarbolada va siguiendo afanosa los pasos del aventajado caudillo. Y ¡cosa singular! todos claman por la independencia en la marcha todos se precian de seguir aquel rumbo nuevo como si ellos le hubieran descubierto como si avanzaran en él guiados única­mente por su propia luz e inspiraciones.

Las necesidades la afición u otras circunstancias nos conducen a dedicarnos a este o aquel ramo de conocimientos; nuestra debilidad nos está diciendo de continuo que no nos es dada la fuerza creatriz; y ya que no podemos ofrecer nada propio ya que nos sea imposible abrir un nuevo camino nos lisonjeamos de que nos cabe una parte de gloria siguiendo la enseña de algún ilustre caudillo: y en medio de tales sueños llegamos tal vez a persuadirnos de que no militamos bajo la bandera de nadie que sólo rendimos homenaje a nuestras convicciones cuando en realidad no somos más que prosélitos de doctrinas ajenas.

En esta parte el sentido común es más cuerdo que nuestra enfer­miza razón; y así es que el lenguaje (esta misteriosa expresión de las cosas donde se encuentra tanto fondo de verdad y exactitud sin saber quién se lo ha comunicado) nos hace una severa recon­vención por tan orgulloso desvanecimiento; y a pesar nuestro llama las cosas por sus nombres clasificándonos a nosotros y a nuestras opiniones del modo que corresponde según el autor a quien hemos seguido por guía. La historia de las ciencias ¿es acaso más que la historia de los combates de una escasa porción de aventajados cau­dillos?

Recórranse los tiempos antiguos y modernos extiéndase la vista a los varios ramos de nuestros conocimientos y se verá un cierto número de escuelas planteadas por algún sabio de primer orden dirigidas luego por otro que por sus talentos haya sido digna de sucederle; y durando así hasta que cambiadas las circunstancias falta de espíritu de vida muere naturalmente la escuela o presen­tándose algún hombre audaz animado de indomable espíritu de inde­pendencia la ataca y la destruye para asentar sobre sus ruinas nueva cátedra del modo que a él le viniera en talante.

Cuando Descartes destronó a Aristóteles ¿no se colocó por de pronto en su lugar? La turba de filósofos que blasonaban de inde­pendientes pero cuya independencia era desmentida por el título que llevaban de Cartesianos eran semejantes a los pueblos que en tiempo de revueltas aclaman libertad y destronan al antiguo mo­narca para someterse después al hombre bastante osado que recoja el cetro y la diadema que yacen abandonados al pie del antiguo solio.

Créese en nuestro siglo como se creyó ya en el anterior que marcha el entendimiento humano con entera independencia; y a fuerza de declamar contra la autoridad en materias científicas a fuerza de ensalzar la libertad del pensamiento se ha llegado a formar la opinión de que pasaron ya los tiempos en que la autoridad de un hombre valía algo y que ahora ya no obedece cada sabio sino a sus propias e íntimas convicciones. Allégase a todo esto que des­acreditados los sistemas y las hipótesis se ha desplegado grande afi­ción al examen y análisis de los hechos y esto ha contribuido a que se figuren muchos que no sólo ha desaparecido completamente la autoridad en las ciencias sino que hasta ha llegado a hacerse im­posible.

A primera vista bien pudiera esto parecer verdad; pero si damos en torno de nosotros una atenta mirada notaremos que no se ha logrado otra cosa sino aumentar algún tanto el número de los jefes y reducir la duración de su mando.

Éste es verdadero tiempo de revueltas y tal vez de revolución literaria científica semejante en un todo a la política en que se imaginan los pueblos que dis­frutan más libertad sólo porque ven el mando distribuido en mayor número de manos y porque tienen más anchura para deshacerse con frecuencia de los gobernantes haciendo pedazos como a tiranos a los que antes apellidaran padres y libertadores; bien que después de su primer arrebato dejan el campo libre para que se presenten otros hombres a ponerles un freno tal vez un poco más brillante pero no menos recio y molesto.

A más de los ejemplos que nos ofrecería en abundancia la historia de las letras de un siglo a esta parte ¿no vemos ahora mismo unos nombres sustituidos a otros nombres unos directores del entendimiento humano sustituidos a otros directores?

En el terreno de la política donde al parecer más debiera campear el espíritu de libertad ¿no son contados los hombres que marchan al frente? ¿No los distinguimos tan claro como a los generales de ejércitos en campaña? En la arena parlamentaria ¿vemos acaso otra cosa que dos a tres cuerpos de combatientes que hacen sus evolu­ciones a las órdenes del respectivo caudillo con la mayor regularidad y disciplina?

¡Oh! ¡cuán bien comprenderán estas verdades aquéllos que se hallan elevados a tal altura! Ellos que conocen nuestra fla­queza ellos que saben que para engañar a los hombres bastan por lo común las palabras ellos habrán sentido mil veces asomar en sus labios la sonrisa cuando al contemplar engreídos el campo de sus triunfos al verse rodeados de una turba preciada de inteligente que los admiraba y aclamaba con entusiasmo habrían oído a algunos de sus más fervientes y más devotos prosélitos cual blasonaban de ilimitada libertad de pensar de completa independencia en las opi­niones y en los votos.

Tal es el hombre: tal nos le muestran la historia y la experiencia de cada día. La inspiración del genio, esa fuerza sublime que eleva el entendimiento de algunos seres privilegiados ejercerá siempre no sólo sobre los sencillos e ignorantes sino también sobre el común de los sabios una acción fascinadora.

¿Dónde está pues el ultraje que hace a la razón humana la religión católica cuando al propio tiempo que le presenta los títulos que prueban su divinidad le exige la fe?

Esa fe que el hombre dispensa tan fácilmente a otro hombre en todas materias aun en aquéllas en que más presume de sabio ¿no podrá prestarla sin mengua de su dignidad a la Iglesia católica? ¿Será un insulto hecho a su razón el señalarle una norma fija que le ase­gure con respecto a los puntos que más le importan dejándole por otra parte amplia libertad de pensar lo que más le agrade sobre aquel mundo que Dios ha entregado a las disputas de los hombres?

 Con esto ¿hace acaso más la Iglesia que andar muy de acuerdo con las lecciones de la más alta filosofía manifestar un profundo conoci­miento del espíritu humano y librarle de tanto males como le acarrea su volubilidad e inconstancia su veleidoso orgullo combinados de un modo extraño con esa facilidad increíble de deferir a la palabra de otro hombre? ¿Quién no ve que con ese sistema de la religión católica se pone un dique al espíritu de proselitismo que tantos daños ha causado a la sociedad?

Ya que el hombre tiene esa irresistible tendencia a seguir los pasos de otro ¿no hace un gran beneficio a la humanidad la Iglesia católica señalándole de un modo seguro el camino por donde debe andar si quiere seguir las pisadas de un Hombre-Dios? ¿No pone de esta manera muy a cubierto la digni­dad humana librando al propio tiempo de terrible naufragio los conocimientos más necesarios al individuo y a la sociedad? [viii]   VER NOTA 8


CAPÍTULO VI

Diferentes necesidades religiosas de los pueblos en relación a los varios estados de su civilización. Sombras que se encuentran al acercarse a los primeros principios dé las ciencias. Ciencias matemáticas. Carácter par­ticular de las ciencias morales. Ilusiones de algunos ideólogos modernos. Error cometido por el Protestantismo en la dirección religiosa del espíritu humano.

EN CONTRA de la autoridad que trata de ejercer su jurisdicción sobre el entendimiento se alegará sin duda el adelanto de las sociedades; y el alto grado de civilización y cultura a que han llegado las na­ciones modernas se producirá como un título de justicia para lo que se apellida emancipación del entendimiento. A mi juicio está tan distante esta réplica de tener algo de sólido está tan mal cimentada sobre el hecho en que pretende apoyarse que antes bien del mayor adelanto de la sociedad debiera inferirse la necesidad más urgente de una regla viva tal como lo juzgan indispensable los católicos.

Decir que las sociedades en su infancia y adolescencia hayan po­dido necesitar esa autoridad como un freno saludable pero que este freno se ha hecho inútil y degradante cuando el entendimiento ha llegado a mayor desarrollo es desconocer completamente la relación que tienen con los diferentes estados de nuestro entendimiento los objetos sobre que versa semejante autoridad.

La verdadera idea de Dios el origen el destino y la norma de conducta del hombre y todo el conjunto de medios que Dios le ha proporcionado para llegar a su alto fin he aquí los objetos sobre que versa la fe y sobre los cuales pretenden los católicos la nece­sidad de una regla infalible; sosteniendo que a no ser así no fuera dable evitar los más lamentables extravíos ni poner la verdad a cu­bierto de las cavilaciones humanas.

Esta sencilla consideración bastará para convencer que el examen privado sería mucho menos peligroso en pueblos poco adelantados en la carrera de la civilización que no en otros que hayan ya ade­lantado mucho en ella. En un pueblo cercano a su infancia hay naturalmente un gran fondo de candor y sencillez disposiciones muy favorables para que recibiera con docilidad las lecciones espar­cidas en el sagrado Texto saboreándose en las de fácil comprensión y humillando su frente ante la sublime oscuridad de aquellos lugares que Dios ha querido encubrir con el velo del misterio.

Hasta su misma posición crearía en cierto modo una autoridad; pues como no estuviera aún afectado por el orgullo y la manía del saber se habría reducido a muy pocos el examinar el sentido de las revelaciones hechas por Dios al hombre y esto produciría naturalmente un punto céntrico de donde dimanara la enseñanza.

Pero sucede muy de otra manera en un pueblo adelantado en la carrera del saber; porque la extensión de los conocimientos a mayor número de individuos aumentando el orgullo y la volubilidad mul­tiplica y subdivide las sectas en infinitas fracciones y acaba por trastornar todas las ideas y por corromper las tradiciones más puras.

El pueblo cercano a su infancia como está exento de la vanidad científica entregado a sus ocupaciones sencillas y apegado a sus antiguas costumbres escucha con docilidad y respeto al anciano venerable que rodeado de sus hijos y nietos refiere con tierna emo­ción la historia y los consejos que él a su vez había recibido de sus antepasados; pero cuando la sociedad ha llegado a mucho des­arrollo cuando debilitado el respeto a los padres de familia se ha perdido la veneración a las canas cuando nombres pomposos apa­ratos científicos grandes bibliotecas hacen formar al hombre un gran concepto de la fuerza de su entendimiento cuando la multi­plicación y actividad de las comunicaciones esparcen a grandes dis­tancias las ideas y haciéndolas fermentar por medio del calor que adquieren con el movimiento les dan aquella fuerza mágica que se­ñorea los espíritus; entonces es precisa indispensable una autoridad que siempre viva siempre presente siempre en disposición de acudir adonde lo exija la necesidad cubra con robusta égida el sagrado depósito de las verdades independientes de tiempos y climas sin cuyo conocimiento flota eternamente el hombre a merced de sus errores y caprichos y marcha con vacilante paso desde la cuna al sepulcro; aquellas verdades sobre las cuales está asentada la sociedad como sobre firmísimo conocimiento que una vez conmovido pierde su aplomo el edificio oscila se desmorona y se cae a pedazos.

La historia literaria y política de Europa de tres siglos a esta parte nos ofrece demasiadas pruebas de lo que acabo de decir; siendo de lamentar que cabalmente estalló la revolución religiosa en el mo­mento en que debía ser más fatal: porque encontrando a las socie­dades agitadas por la actividad que desplegaba el espíritu humano quebrantó el dique cuando era necesario robustecerle.

Por cierto que no es saludable apocar en demasía a nuestro espí­ritu achacándole defectos que no tenga o exagerando aquéllos de que en realidad adolece; pero tampoco es conveniente engreírle sobradamente ponderando más de lo que es justo el alcance de sus fuerzas: esto a más que serle muy dañoso en diferentes sentidos es muy poco favorable a su mismo adelanto; y aun si bien se mira es poco conforme al carácter grave y circunspecto que ha de ser uno de los distintivos de la verdadera ciencia.

Que la ciencia si ha de ser digna de este nombre no ha de ser tan pueril que se muestre ufana y vanidosa por aquello que en realidad no le perte­nece como propiedad suya: es menester que no desconozca los limi­tes que la circunscriben y que tenga bastante generosidad y candidez para confesar su flaqueza.

Un hecho hay en la historia de las ciencias que al propio tiempo que revela la intrínseca debilidad del entendimiento hace palpar lo mucho que entra de lisonja en los desmedidos elogios que a veces se le prodigan; infiriéndose de aquí cuán arriesgado sea el abando­narle del todo a sí mismo sin ningún género de guía.

Consiste este hecho en las sombras que se van encontrando a medida que nos acercamos a la investigación de los secretos que rodean los primeros principios de las ciencias: por manera que aun hablando de las que más nombradía tienen por su verdad evidencia y exactitud en lle­gando a profundizar hasta sus cimientos parece que se encuentra un terreno poco firme poco seguro y vacilante retrocede temeroso de descubrir alguna cosa que lanzara la incertidumbre y la duda sobre aquellas verdades en cuya evidencia se había complacido.

No participo yo del malhumor de Hobbes contra las matemá­ticas y entusiasta como soy de sus adelantos y profundamente con­vencido como estoy de las ventajas que su estudio acarrea a las demás ciencias y a la sociedad mal pudiera tratar ni de disminuir su mérito ni de disputarles ninguno de los títulos que las ennoblecen; pero ¿quién diría que ni ellas se exceptúan de la regla general? ¿Faltan acaso en ellas puntos débiles senderos tenebrosos?

Por cierto que al exponerse los primeros principios de estas cien­cias consideradas en toda su abstracción y al deducir las proposiciones más elementales camina el entendimiento por un terreno llano desembarazado donde ni se ofrece siquiera la idea de que pueda ocurrir el más ligero tropiezo.

Prescindiré ahora de las sombras que hasta sobre este camino podrían esparcir la ideología y la metafísica si se presentasen a disputar sobre algunos puntos aun buscando su apoyo en los escritos de filósofos aventajados; pero ciñéndonos al círculo en que naturalmente se encierran las matemáticas.

¿Quién de los versados en ellas ignora que avanzando en sus teorías se encuen­tran ciertos puntos donde el entendimiento tropieza con una sombra donde a pesar de tener a la vista la demostración y de haberla em­pleado en todas sus partes se halla como fluctuante sintiendo un no sé qué de incertidumbre de que apenas acierta a darse cuenta a sí propio?

¿Quién no ha experimentado que a veces después de dilatados raciocinios al divisar la verdad se halla uno como si hu­biera descubierto la luz del día pero después de haber andado largo trecho a oscuras por un camino cubierto?

Fijando entonces viva­mente la atención sobre aquellos pensamientos que divagan por la mente como exhalaciones momentáneas sobre aquellos movimientos casi imperceptibles que en tales casos nacen y mueren de continuo en nuestra alma se nota que el entendimiento en medio de sus fluc­tuaciones extiende la mano sin advertirlo al áncora que le ofrece la autoridad ajena y que para asegurarse hace desfilar delante de sus ojos las sombras de algunos matemáticos ilustres; y el corazón cómo que se alegra de que aquello esté ya enteramente fuera de duda por haberlo visto de una misma manera una serie de hombres grandes.

¿Y qué? ¿Se sublevará tal vez la ignorancia y el orgullo contra semejantes reflexiones? Estudiad esas ciencias o cuando menos leed su historia y os convenceréis de que también se encuentran en ellas abundantes pruebas de la debilidad del entendimiento del hombre.

La portentosa invención de Newton y Leibnitz ¿no encontró en Europa numerosos adversarios? ¿No necesitó para solidarse bien el que pasara algún tiempo y que la piedra de toque de las apli­caciones viniese a manifestar la verdad de los principios y la exac­titud de los raciocinios?

¿Y creéis por ventura que si ahora se pre­sentara de nuevo esa invención en el campo de las ciencias hasta suponiéndola pertrechada de todas las pruebas con que se la ha ro­bustecido y rodeada de aquella luz con que la han bañado tantas aclaraciones creéis por ventura repito que no necesitaría también de algún tiempo para que afirmada digámoslo así con el derecho de prescripción alcanzase en sus dominios la tranquilidad y sosiego de que actualmente disfruta?

Bien se deja sospechar que no les ha de caber a las demás ciencias escasa parte de esa incertidumbre que trae su origen de la misma flaqueza del espíritu humano; y como quiera que en cuanto a ellas apenas me parece posible que haya quien trate de contradecirlo pasaré a presentar algunas consideraciones sobre el carácter peculiar de las ciencias morales.

Tal vez no se ha reparado bastante que no hay estudio más engañoso que el de las verdades morales; y le llamo engañoso por­que brindando al investigador con una facilidad aparente le empeña en pasos en que apenas se encuentra salida.

Son como aquellas aguas tranquilas que manifiestan poca profundidad un fondo falso pero que encierran un insondable abismo.

Familiarizados nosotros con su lenguaje desde la más tierna infancia viendo en rededor nuestro sus continuas aplicaciones sintiendo que se nos presentan como de bulto y hallándonos con cierta facilidad de hablar de repente sobre muchos de sus puntos nos persuadimos con ligereza de que tampoco nos ha de ser difícil un estudio profundo de sus más altos principios y de sus relaciones más delicadas; y ¡cosa admirable! apenas salimos de la esfera del sentido común apenas tratamos de desviarnos de aquellas expresiones sencillas las mismas que balbucientes pronun­ciábamos en el regazo de nuestra madre nos hallamos en el más confuso laberinto.

Entonces si el entendimiento se abandona a sus cavilaciones si no escucha la voz del corazón que la habla con tanta sencillez como elocuencia si no templa aquella fogosidad que le comunica en orgullo si con loco desvanecimiento no atiende a lo que le prescribe el cuerdo buen sentido llega hasta el exceso de despreciar el depósito de aquellas tan saludables como necesarias verdades que conserva la sociedad para irlas trasmitiendo de gene­ración en generación; y marchando solo a tientas en medio de las densas tinieblas acaba por derrumbarse en aquellos precipicios de ex­travagancias y delirios de que la historia de las ciencias nos ofrece tan repetidos y lamentables ejemplos.

Si bien se observa se nota una cosa semejante en todas las ciencias; porque el Criador ha querido que no nos faltaran aquellos conoci­mientos que nos eran necesarios para el uso de la vida y para llegar a nuestro destino; pero no ha querido complacer nuestra curiosidad descubriéndonos verdades que para nada nos eran necesarias. Sin embargo en algunas materias ha comunicado al entendimiento cierta facilidad que le hace capaz de enriquecer de continuo sus dominios;       

68 pero en orden a las verdades morales le ha dejado en una esteri­lidad completa: lo que necesitaba saber o se lo ha grabado con caracteres muy sencillos e inteligibles en el fondo de su corazón o se lo ha consignado de un modo muy expreso y terminante en el sagrado Texto mostrándole una regla fija en la autoridad de la Iglesia adonde podía acudir para aclarar sus dudas; pero por lo de­más le ha dejado de manera que si trata de cavilar y espaciarse a su capricho recorre de continuo un mismo camino lo hace y deshace mil veces encontrando en un extremo el escepticismo en el otro la verdad pura.

Algunos ideólogos modernos reclamarán tal vez contra reflexiones semejantes y mostrarán en contra de esta aserción al fruto de sus trabajos analíticos. "Cuando no se había descendido al análisis de los hechos dirán ellos cuando se divagaba entre sistemas aéreos y se recibían palabras sin examen ni discernimiento entonces pudiera ser verdad todo esto; pero ahora cuando las ideas de bien y mal moral las hemos aclarado nosotros tan completamente que hemos deslindado lo que había en ellas de preocupación y de filosofía que hemos asentado todo el sistema de moral sobre principios tan sen­cillos como son el placer y el dolor que hemos dado en estas ma­terias ideas tan claras como son las varias sensaciones que nos causa una naranja; ahora decir todo esto es ser ingrato con las ciencias es desconocer el fruto de nuestros sudores".

 Ni me son descono­cidos los trabajos de algunos nuevos ideólogo-moralistas ni la en­gañosa sencillez con que desenvuelven sus teorías dando a las más difíciles materias un aspecto de facilidad y llaneza que al parecer debe de estar todo al alcance de las inteligencias más limitadas: no es éste el lugar a propósito para examinar esas teorías esas investi­gaciones analíticas; observaré no obstante que a pesar de tanta sen­cillez no parece que vaya en pos  de  ellos ni la sociedad ni la ciencia; y que sus opiniones sin embargo de ser recientes son ya viejas.

Y no es extraño: porque fácilmente había de ocurrir que a pesar de su positivismo si puedo valerme de esta palabra son tan hipotéticos esos ideólogos como muchos de los antecesores a quienes ellos motejan y desprecian. Escuela pequeña y de espíritu limitado que sin estar en posesión de la verdad no tiene siquiera aquella belleza con que hermosean a otras los brillantes sueños de grandes hombres: escuela orgullosa y alucinada que cree profundizar un hecho cuando le oscurece y afianzarle sólo porque le asevera; y que en tratándose de relaciones morales se figura que analiza el corazón sólo porque le descompone y diseca.

Si tal es nuestro entendimiento si tanta es su flaqueza con res­pecto a todas las ciencias si tanta es su esterilidad en los conoci­mientos morales que no ha podido adelantar un ápice sobre lo que le ha enseñado bondadosa Providencia ¿qué beneficio ha hecho el Protestantismo a las sociedades modernas quebrantando la fuerza de la autoridad única capaz de poner un dique a lamentables extravíos? [ix]  VER NOTA 9


 CAPÍTULO VII

Indiferencia y fanatismo: dos extremos opuestos acarreados a la Europa por el Protestantismo. Origen del fanatismo. Servicio importante por la Iglesia a la historia del espíritu humano. La Biblia abandonada al examen privado sistema errado y funesto del Protestantismo. Texto notable de OCallaghan. Descripción de la Biblia.

RECHAZADA por el Protestantismo la autoridad de la Iglesia y estri­bando sobre este principio como único cimiento ha debido buscar en el hombre todo su apoyo: y desconocido hasta tal punto el espí­ritu humano y su verdadero carácter y sus relaciones con las ver­dades religiosas y morales le ha dejado ancho campo para precipi­tarse según la variedad de situaciones en dos extremos tan opuestos como son el fanatismo y la indiferencia.

Extraño parecerá quizás enlace semejante y que extravíos tan opuestos puedan dimanar de un mismo origen y sin embargo nada hay más cierto; viniendo en esta parte los ejemplos de la historia a confirmar las lecciones de la filosofía. Apelando el Protestantismo al solo hombre en las materias religiosas no le quedaban sino dos medios de hacerlo: o suponerle inspirado del cielo el descubrimiento de la verdad o sujetar todas las verdades religiosas al examen de la razón: es decir o la inspiración o la filosofía.

El someter las ver­dades religiosas al fallo de la razón debía acarrear tarde o temprano la indiferencia así como la inspiración particular o el espíritu pri­vado había de engendrar el fanatismo.

Hay en la historia del espíritu humano un hecho universal y constante y es su vehemente inclinación a imaginar sistemas que prescindiendo completamente de la realidad de las cosas ofrezcan tan sólo la obra de un ingenio que se ha propuesto apartarse del camino común y abandonarse libremente al impulso de sus propias inspiraciones.

La historia de la filosofía apenas presenta otros cuadros que la repetición perenne de este fenómeno; y en cuanto cabe en las otras materias no ha dejado de reproducirse bajo una u otra forma.-

Concebida una idea singular mírala el entendimiento con aquella predilección exclusiva y ciega con que suele un padre dis­tinguir a sus hijos; y desenvolviéndola con esta preocupación amolda en ella todos los hechos y le ajusta todas las reflexiones. Lo que en un principio no era más que un pensamiento ingenioso y extra­vagante pasa luego a ser un germen del cual nacen vastos cuerpos de doctrina; y si es ardiente la cabeza donde ha brotado ese pensa­miento si está señoreada por un corazón lleno de fuego el calor provoca la fermentación y ésta el fanatismo propagador de todos los delirios.

Se acrecienta singularmente el peligro cuando el nuevo sistema versa sobre materias religiosas o se roza con ellas por relaciones muy inmediatas; entonces las extravagancias del espíritu alucinado se transforman en inspiraciones del cielo la fermentación del delirio en una llama divina la manía de singularizarse en vocación extra­ordinaria.

El orgullo no pudiendo sufrir oposición se desboca fu­rioso contra todo lo que encuentra establecido; e insultando la auto­ridad atacando todas las instituciones y despreciando las personas disfraza la más grosera violencia con el manto del celo y encubre la ambición con el nombre del apostolado.

Más alucinado a veces que seductor el miserable maniático llega quizás a persuadirse profun­damente de que son verdaderas sus doctrinas y de que ha oído la palabra del cielo; y presentando en el fogoso lenguaje de la demencia algo de singular y extraordinario trasmite a sus oyentes una parte de su locura adquiere en breve un considerable número de prosé­litos.

No son a la verdad muchos los capaces de representar el primer papel en esa escena de locura pero desgraciadamente los hombres son demasiado insensatos para dejarse arrastrar por el pri­mero que se arroje atrevido a acometer la empresa; pues que la historia y la experiencia harto nos tienen enseñado que para fascinar un gran número de hombres basta una palabra y que para formar un partido por malvado por extravagante por ridículo que sea no se necesita más que levantar una bandera.

Ahora que se ofrece la oportunidad quiero dejar consignado aquí un hecho que no sé que nadie le haya observado: y es que la Iglesia en sus combates con la herejía ha prestado un eminente servicio a la ciencia que se ocupa en conocer el verdadero carácter las ten­dencias y el alcance del espíritu humano. Celosa depositaria de todas las grandes verdades ha procurado siempre conservarlas intactas; y conociendo a fondo la debilidad del humano entendimiento y su extremada propensión a las locuras y extravagancias le ha seguido siempre de cerca los pasos le ha observado en todos sus movimientos rechazando con energía sus impotentes tentativas cuando él ha tra­tado de corromper el purísimo manantial de que era poseedora.

En las fuertes y dilatadas luchas que contra él ha sostenido ha logrado poner de manifiesto su incurable locura ha desenvuelto todos sus pliegues y le ha mostrado en todas sus fases; recogiendo en la historia de las herejías un riquísimo caudal de hechos un cuadro muy interesante donde se halla retratado el espíritu humano en sus verdaderas dimensiones en su fisonomía característica en su propio colorido: cuadro de que se aprovechará sin duda el genio a quien esté reservada la grande obra que está todavía por hacer: la verda­dera historia del espíritu humano [x] VER NOTA 10

Tocante a extravagancias y delirios del fanatismo por cierto que no está nada escasa la historia de Europa de tres siglos a esta parte: monumentos quedan todavía existentes y por dondequiera que diri­jamos nuestros pasos encontraremos que las sectas fanáticas nacidas en el seno del Protestantismo y originadas de su principio funda­mental han dejado impresa una huella de sangre: Nada pudieron contra el torrente devastador ni la violencia de carácter de Lutero ni los furibundos esfuerzos con que se oponía a cuantos enseñaban doctrinas diferentes de las suyas: a unas impiedades sucedieron presto otras impiedades; a unas extravagancias otras extravagancias; a un fanatismo otro fanatismo; quedando luego la falsa reforma fraccio­nada en tantas sectas todas a cual más violentas cuantas fueron las cabezas que a la triste fecundidad de engendrar un sistema reunie­ron un carácter bastante resuelto para enarbolar una bandera.

Ni era posible que de otro modo sucediese; porque cabalmente a más del riesgo que traía consigo el dejar solo al espíritu humano enca­rado con todas las cuestiones religiosas había una circunstancia que debía acarrear resultados funestísimos: hablo de la interpretación de los libros santos encomendada al espíritu privado.

Se manifestó entonces con toda evidencia que el mayor abuso es el que se hace de lo mejor; y que ese libro inefable donde se halla derramada tanta luz para el entendimiento tantos consuelos para el corazón es altamente dañoso al espíritu soberbio que a la terca resolución de resistir a toda autoridad en materias de fe añada la ilusoria persuasión de que la Escritura Sagrada es un libro claro en todas sus partes de que no le faltará en todo caso la inspiración  del cielo para la disipación de las dudas que pudieran ofrecerse o que recorra sus páginas con el prurito de encontrar algún texto que más o menos violentado pueda prestar apoyo a sutilezas cavilaciones o proyectos insensatos.

No cabe mayor desacierto que el cometido por los corifeos del Protestantismo al poner la Biblia en manos de todo el mundo pro­curando al mismo tiempo acreditar la ilusión de que cualquier cris­tiano era capaz de interpretarla: no cabe olvido más completo de lo que es la Sagrada Escritura.

Bien es verdad que no quedaba otro medio al Protestantismo y que todos los obstáculos que oponía a la entera libertad en la interpretación del sagrado Texto eran para él una inconsecuencia chocante una apostasía de sus propios principios un desconocimiento de su origen; pero esto mismo es su más termi­nante condenación: porque ¿cuáles son los títulos ni de verdad ni de santidad que podrá presentarnos una religión que en su principio fundamental envuelve el germen de las sectas más fanáticas y más dañosas a la sociedad?

Difícil fuera reunir en breve espacio tantos hechos tantas refle­xiones tan convincentes pruebas en contra de ese error capital del Protestantismo como ha reunido un mismo protestante.

Es OCalla­ghan y no dudo que el lector me quedará agradecido de que trans­criba aquí sus palabras; dice así: "Llevados los primeros reforma­dores de su espíritu de oposición a la Iglesia romana reclamaron a voz en grito el derecho de interpretar las Escritura conforme al juicio particular de cada uno .... pero afanados por emancipar al pueblo de la autoridad del pontífice romano proclamaron este dere­cho sin explicación ni restricciones y las consecuencias fueron terribles.

 Impacientes por minar la base de la jurisdicción papal sos­tuvieron sin limitación alguna que cada individuo tiene indisputable derecho a interpretar la Sagrada Escritura por sí mismo; y como este principio tomado en toda su extensión era insostenible fue menester para afirmarle darle el apoyo de otro principio cual es que la Biblia es un libro fácil al alcance de todos los espíritus; que el carácter más inseparable de la revelación divina es tina gran cla­ridad: principios ambos que ora se los considere aislados ora unidos son incapaces de sufrir un ataque serio.

"El juicio privado de Muncer descubrió en la Escritura que los títulos de nobleza y las grandes propiedades son una usurpación impía contraria a la natural igualdad de los fieles e invitó a sus secuaces a examinar si no era ésta la verdad del hecho: examinaron los sectarios la cosa alabaron a Dios y procedieron en seguida por medio del hierro y del fuego a la extirpación de los impíos y a apoderarse de sus propiedades.

El juicio privado creyó también haber descubierto en la Biblia que las leyes establecidas eran una permanente restricción de la libertad cristiana; y helos aquí que Juan de Leyde tira los instrumentos de su oficio se pone a la cabeza de un populacho fanático sorprende la ciudad de Munster se pro­clama a sí mismo rey de Sión toma catorce mujeres a la vez ase­gurando que la poligamia era una de las libertades cristianas. y el privilegio de los santos.

 Pero si la criminal locura de los paisanos extranjeros aflige a los amigos de la humanidad y de una piedad razonable por cierto que no es a propósito para consolarlos la his­toria de Inglaterra durante un largo espacio del siglo XVII. En ese período de tiempo se levantó una gran muchedumbre de fanáticos ora juntos ora unos en pos de otros embriagados de doc­trinas extravagantes y de pasiones dañinas desde el feroz delirio de Fox hasta la metódica locura de Barclay desde el formidable fanatismo de Cromwell hasta la necia impiedad de Praise-God-Bare­bones. La piedad la razón y el buen sentido parecían desterrados del mundo y se habían puesto en su lugar una extravagante algarabía, un frenesí religioso un celo insensato: todos citaban la Escri­tura todos pretendían haber tenido inspiraciones visiones arrobos de espíritu y a la verdad con tanto fundamento lo pretendían unos como otros.

Se   sostenía con mucho rigor que era conveniente abolir el sacer­docio y la dignidad real; pues que los sacerdotes eran los servidores de Satanás y los reyes eran los delegados de la Prostituta de Babi­lonia y que la existencia de unos y otros era incompatible con el reino del Redentor. Esos fanáticos condenaban la ciencia como in­vención pagana y las universidades como seminarios de la impiedad anticristiana. Ni la santidad de sus funciones protegía al obispo ni la majestad del trono al rey; uno y otro eran objeto de desprecio y de odio y degollados sin compasión por aquellos fanáticos cuyo único libro era la Biblia sin notas ni comentarios.

A la sazón estaba en su mayor auge el entusiasmo por la oración la predicación y la lectura de los Libros Santos; todos oraban todos predicaban todos leían pero nadie escuchaba. Las mayores atrocidades se las justi­ficaba por la Sagrada Escritura en las transacciones más ordinarias de la vida se usaba el lenguaje de la Sagrada Escritura; de los nego­cios interiores de la nación de sus relaciones exteriores se trataba con frases de la Escritura; con la Escritura se tramaban conspira­ciones traiciones proscripciones; y todo era no sólo justificado sino también consagrado con citas de la Sagrada Escritura.

Estos hechos históricos han asombrado con frecuencia a los hombres de bien y consternado a las almas piadosas; pero demasiado embebido el lector en sus propios sentimientos olvida la lección encerrada en esta te­rrible experiencia a saber: que la Biblia sin explicación ni comen­tarios no es para ser leída por hombres groseros e ignorantes.

"La masa del linaje HUMANO ha de contentarse con recibir de otro sus instrucciones y no le es dado acercarse a los manantiales de la ciencia. Las verdades mas importantes en medicina en jurispruden­cia en física en matemáticas ha de recibirlas de aquéllos que las beben en los primeros manantiales; y por lo que toca al cristianismo en general se ha constantemente seguido el mismo método y siempre que se le ha dejado hasta cierto punto la sociedad se ha conmovido hasta sus cimientos".

No necesitan comentarios esas palabras de OCallaghan: y por cierto que no se las podrá tachar ni de hiperbólicas ni de declama­torias no siendo más que una sencilla y verídica narración de hechos harto sabidos.

El solo recuerdo de ellos debería ser bastante para convencer de los peligros que consigo trae el poner la Sagrada Escri­tura sin notas ni comentarios en manos de cualquiera como lo hace el Protestantismo acreditando en cuanto puede el error de que para la inteligencia del sagrado Texto es inútil la autoridad de la Iglesia y que no necesita más todo cristiano que escuchar lo que le dictarán con frecuencia sus pasiones y sus delirios.

Cuando el Protestantismo no hubiera cometido otro yerro que éste bastaría ya para que se reprobase se condenase a sí propio pues que no hace otra cosa una religión que asienta un principio que la disuelve a ella misma.

Para apreciar en esta parte el desatiento con que procede el Pro­testantismo y la posición falsa y arriesgada en que se ha colocado con respecto al espíritu humano no es necesario ser teólogo ni católico; basta haber leído la Escritura aun cuando sea únicamente con ojos de literato y de filósofo.

Un libro que encerrando en breve cuadro el extenso espacio de cuatro mil años y adelantándose hasta las profundidades del más lejano porvenir comprende el origen y destinos del hombre y del universo; un libro que tejiendo la historia particular de un pueblo escogido abarca en sus narraciones y pro­fecías las revoluciones de los grandes imperios; un libro en que los magníficos retratos donde se presentan la pujanza y el lujoso esplen­dor de los monarcas de Oriente se encuentran al lado de la fácil pincelada que nos describe la sencillez de las costumbres domésticas o el candor e inocencia de un pueblo en la infancia.

Un libro donde narra el historiador vierte tranquilamente el sabio sus sentencias predica el apóstol enseña y disputa el doctor; un libro donde un profeta señoreado por el espíritu divino truena contra la corrupción y extravío de un pueblo anuncia las terribles venganzas del Dios de Sinaí, llora inconsolable el cautiverio de sus hermanos y la de­vastación y soledad de su patria cuenta en lenguaje peregrino sublime los magníficos espectáculos que se desplegaron a sus ojos en momentos de arrobo en que al través de velos sombríos de figu­ras misteriosas de emblemas oscuros de apariciones enigmáticas viera desfilar ante su vista los grandes sucesos de la sociedad y las catás­trofes de la naturaleza;

Un libro o más bien un conjunto de libros donde reinan todos los estilos y campean los más variados tonos donde se hallan derramadas y entremezcladas la majestad épica y la sencillez pastoril el fuego lírico y la templanza didáctica la marcha grave y sosegada de la narración histórica y la rapidez y viveza del drama; un conjunto de libros escritos en diferentes épocas y países en varias lenguas en circunstancias las más singulares y extraordi­narias ¿cómo podrá menos de trastocar la cabeza orgullosa que re­corre a tientas sus páginas ignorando los climas los tiempos las leyes los usos y costumbres; abrumada de alusiones que la confun­den de imágenes que la sorprenden cíe idiotismos que la oscurecen oyendo hablar en idioma moderno al hebreo o al griego que escri­bieron allá en siglos muy remotos?

¿Qué efectos ha de producir ese conjunto de circunstancias creyendo el lector que la Sagrada Escritura es un libro muy fácil que se brinda de buen grado a la inteligencia de cualquiera y que en todo caso si se ofreciere alguna dificultad no necesita el que lee de la instrucción de nadie sino que le bastan sus propias reflexiones o concentrarse dentro de sí mismo para prestar atento oído a la celeste inspiración que levantará el velo que encubre los más altos misterios? ¿Quién extrañará que se hayan visto entre los protestantes tan ridículos visionarios tan furibundos fanáticos? [xi]  VER NOTA 11


CAPITULO VIII

El fanatismo. Su definición. Sus relaciones con el sentimiento religioso. Imposibilidad de destruirle. Medios de atenuarle. El Catolicismo ha puesto en práctica esos medios muy acertadamente. Observaciones sobre los pretendidos fanáticos católicos. Verdadero carácter de la exaltación reli­giosa de los fundadores de órdenes religiosas.

INJUSTICIA fuera tachar una religión de falsa sólo porque en su seno hubieran aparecido fanáticos: esto equivaldría a desecharlas todas; pues que no sería dable encontrar una que estuviese exenta de se­mejante plaga.

No está el mal en que se presenten fanáticos en medio de una religión sino en que ella los forme en que los incite al fanatismo o les abra para él anchurosa puerta. Si bien se mira en el fondo del corazón humano hay un germen abundante de fana­tismo y la historia del hombre nos ofrece de ello tan abundantes pruebas que apenas se encontrará hecho que deba ser reconocido como más indudable.

Fingid una ilusión cualquiera contad la visión más extravagante forjad el sistema más desvariado; pero tened cui­dado de bañarlo todo con un tinte religioso y estad seguros de que no os faltarán prosélitos entusiastas que tomarán a pecho el sostener vuestros dogmas el propagarlos y que se entregarán a vuestra causa con una mente ciega y un corazón de fuego; es decir tendréis bajo vuestra bandera una porción de fanáticos.

Algunos filósofos han gastado largas páginas en declamar contra el fanatismo y como que se han empeñado en desterrarle del mundo ora dando a los hombres empalagosas lecciones filosóficas ora em­pleando contra el monstruo toda la fuerza de una oratoria fulmi­nante. Bien es verdad que a la palabra fanatismo le han señalado una extensión tan lata que han comprendido bajo esta denominación toda clase de religiones; pero yo creo sin embargo que aun cuando se hubieran ceñido a combatir el verdadero fanatismo habrían hecho harto mejor si no fatigándose tanto hubiesen gastado algún tiempo en examinar esta materia con espíritu analítico tratándola después de atento examen sin preocupación con madurez y templanza.

Por lo mismo que veían que éste era un achaque del espíritu hu­mano escasas esperanzas podían tener si es que fueran filósofos cuerdos y sesudos de que con razones y elocuencia alcanzaran a desterrar del mundo al malhadado monstruo; pues que hasta ahora no sé yo que la filosofía haya sido parte a remediar ninguna de aquellas graves enfermedades que son como el patrimonio del hu­mano linaje.

77 Entre tantos yerros como ha tenido la filosofía del siglo XVIII ha sido uno de los más capitales la manía de los tipos: de la naturaleza del hombre de la sociedad de todo se ha imaginado un tipo allá en su mente; todo ha debido acomodarse a aquel tipo y cuanto no ha podido doblegarse para ajustarse al molde todo ha sufrido tal descarga filosófica que al menos no ha quedado impune por su poca flexibilidad.

¿Pues qué? ¿Podrá negarse que haya fanatismo en el mundo? Y mucho. ¿Podrá negarse que sea un mal? Y muy grave. ¿Cómo se podrá extirpar? De ninguna manera. ¿Cómo se podrá disminuir su extensión atenuar su fuerza refrenar su violencia? Dirigiendo bien al hombre. Entonces ¿no será con la filosofía? Ahora lo veremos.

¿Cuál es el origen del fanatismo? Antes es necesario fijar el ver­dadero sentido de esta palabra. Se entiende por fanatismo tomado en su acepción más lata una viva exaltación del ánimo fuertemente señoreado por alguna opinión o falsa o exagerada. Si la opinión es verdadera encerrada en sus justos límites entonces no cabe el fanatismo; y si alguna vez lo hubiere será con respecto a los medios que se emplean en defenderla; pero entonces ya existirá también un juicio errado en cuanto se cree que la opinión verdadera autoriza para aquellos medios; es decir que habrá error a exageración.

Pero si la opinión fuere verdadera los medios de defenderla legítimos y la ocasión oportuna entonces no hay fanatismo por grande que sea la exaltación del ánimo por viva que sea su efervescencia por vigo­rosos que sean los esfuerzos que se hagan por costosos que sean los sacrificios que se arrostren; entonces habrá entusiasmo en el áni­mo y heroísmo en la acción pero fanatismo no; de otra manera los héroes de todos tiempos y países quedarían afeados con la mancha de fanáticos.

Tomado el fanatismo con toda esta generalidad se extiende a cuan­tos objetos ocupan al espíritu humano; y así hay fanáticos en reli­gión en política y hasta en ciencias y literatura; no obstante el significado más propio de la palabra fanatismo no sólo atendiendo a su valor etimológico sino también usual es cuando se aplica a materias religiosas; y por esta causa el solo nombre de fanático sin ninguna añadidura expresa un fanático en religión; cuando al con­trario si se le aplica con respecto a otras materias debe andar acompañado con el apuesto que las califiquen así se dice: fanáticos políticos fanáticos en literatura y otras expresiones por este tenor.

78 No cabe duda que en tratándose de materias religiosas tiene el hombre una propensión muy notable a dejarse dominar de una idea a exaltarse de ánimo en favor de ella a trasmitirla a cuantos le ro­dean a propagarla luego por todas partes llegando con frecuencia a empeñarse en comunicarla a los otros aunque sea con las mayores violencias.

Hasta cierto punto se verifica también el mismo hecho en las materias no religiosas; pero es innegable que en las religiosas ad­quiere el fenómeno un carácter que le distingue de cuanto acontece en esfera diferente. En cosas de religión adquiere el alma del hombre una nueva fuerza una energía terrible una expansión sin límites: para él no hay dificultades no hay obstáculos no hay embarazos de ninguna clase: los intereses materiales desaparecen enteramente los mayores padecimientos se hacen lisonjeros los tormentos son nada la muerte misma es una ilusión agradable.

El hecho es vario según lo es la persona en quien se verifica según lo son las ideas y costumbres del pueblo en medio del cual se rea­liza; pero en el fondo es el mismo: y examinada la cosa en su raíz se halla que tienen un mismo origen las violencias de los sectarios de Mahoma que las extravagancias de los discípulos de Fox.

Acontece en esta pasión lo propio que en las demás que si pro­ducen los mayores males es sólo porque se extravían de su objeto legítimo o se dirigen a él por medios que no están de acuerdo con lo que dictan la razón y la prudencia: pues que bien observado el fanatismo no es más que el sentimiento religioso extraviado; senti­miento que el hombre lleva consigo desde la cuna hasta el sepulcro y que se encuentra como esparcido por la sociedad en todos los períodos de su existencia.

Hasta ahora ha sido siempre vano el em­peño de hacer irreligioso al hombre: uno que otro individuo se ha entregado a los desvaríos de una irreligión completa pero el linaje humano protesta sin cesar contra ese individuo que ahoga en su co­razón el sentimiento religioso. Como este sentimiento es tan fuerte tan vivo tan poderoso a ejercer sobre el hombre una influencia sin límites apenas se aparta de su objeto legítimo apenas se desvía del sendero debido cuando ya produce resultados funestos: pues que se combinan desde luego dos causas muy a propósito para los mayores desastres como son: absoluta ceguera del entendimiento y una irre­sistible energía en la voluntad.

Cuando se ha declamado contra el fanatismo buena parte de los protestantes y filósofos no se han olvidado de prodigar ese apodo a la Iglesia católica; y por cierto que debieran andar en ello con más tiento cuando menos en obsequio de la buena filosofía.

Sin duda que la Iglesia no se gloriará de que haya podido curar todas las locuras de los hombres y por tanto no pretenderá tampoco que de entre sus hijos haya podido desterrar de tal manera el fanatismo que de vez en cuando no haya visto en su seno algunos fanáticos; pero sí que puede gloriarse de que jamás religión alguna ha dado mejor en el blanco para curar en cuanto cabe este achaque del espí­ritu humano; pudiendo además asegurarse que tiene de tal manera tomadas sus medidas que naciendo el fanatismo le cerca desde luego con un vallado en que podrá delirar por algún tiempo pero no producirá efectos de consecuencias desastrosas.

Esos extravíos de la mente esos sueños de delirio que nutridos y avivados con el tiempo arrastran al hombre a las mayores extra­vagancias y hasta a los más horrorosos crímenes se apagan por lo común en su mismo origen cuando existe en el fondo del alma el saludable convencimiento de la propia debilidad y el respeto y sumisión a una autoridad infalible: y a que a veces no se logre sofocar el delirio en su nacimiento se queda al menos aislado cir­cunscrito a una porción de hechos más o menos verosímiles pero dejando intacto el depósito de la verdadera doctrina y sin quebran­tar aquellos lazos que unen y estrechan a todos los fieles como miem­bros de un mismo cuerpo.

¿Se trata de revelaciones de visiones de profecías de éxtasis? Mientras todo esto tenga un carácter pri­vado y no se extienda a las verdades de fe la Iglesia por lo común disimula, tolera, se abstiene de entrometerse, calla dejando a los crí­ticos la discusión de los hechos y al común de los fieles amplia libertad para pensar lo que más les agrade.

Pero si toman las cosas un carácter más grave, si el visionario entra en explicaciones sobre algunos puntos de doctrina, veréis desde luego que se despierta el espíritu de vigilancia: la Iglesia aplica atentamente el oído para ver si se mezcla por allí alguna voz que se aparte de lo enseñado por el divino maestro: fija una mirada observadora sobre el nuevo pre­dicador por si hay algo que manifieste o al hombre alucinado y errante en materias de dogma o al lobo cubierto con piel de oveja; y en tal caso levanta desde luego el grito advierte a todos los fieles o del error o del peligro y llama con la voz de pastor a la oveja descarriada.

Si ésta no escucha si no quiere seguir más que sus capri­chos entonces la separa del rebaño la declara como lobo y de allí en adelante el error y el fanatismo ya no se hallan en ninguno que desee perseverar en el seno de la Iglesia.

Por cierto que no dejarán los protestantes de echar en cara a los católicos la muchedumbre de visionarios que ha tenido la Iglesia recordando las revelaciones y visiones de los muchos santos que veneramos sobre los altares: echáramos también en cara el fana­tismo que dirán no haberse limitado a estrecho círculo pues que ha sido bastante a producir los resultados más notables.

"Los solos fundadores  de  las órdenes religiosas dirán ellos ¿no ofre­cen acaso el espectáculo de una serie de fanáticos que alucinados ellos mismos ejercían sobre los demás con su palabra y ejemplo la influencia más fascinadora que jamás se haya visto?"

Como no es éste el lugar de tratar por extenso el punto de las comunidades reli­giosas cosa que me propongo hacer en otra parte de esta obra me contentaré con observar que aun dando por supuesto que todas las visiones y revelaciones de nuestros santos y las inspiraciones del cielo con que se creían favorecidos los fundadores de las órdenes religio­sas no pasaran de pura ilusión nada tendrían adelantado los adver­sarios para achacar a la Iglesia católica la nota de fanatismo.

Por de pronto ya se echa de ver que en lo tocante a visiones de un particular mientras se circunscriban a la esfera individual podrá haber allí ilusión y si se quiere fanatismo; pero no será el fanatismo dañoso a nadie y nunca alcanzará a acarrear trastornos a la sociedad. Que una pobre mujer se crea favorecida con particulares beneficios del cielo; que se figure oír con frecuencia la palabra de la Virgen; que se imagine que confabula con los ángeles que le traen mensajes de parte de Dios; todo esto podrá excitar la credulidad de unos y la mordacidad de otros; pero a buen seguro que no costará a la sociedad ni una gota de sangre ni una sola lágrima.

Y los fundadores de las órdenes religiosas ¿qué muestras nos dan de fanatismo? Aun cuando prescindiéramos del profundo respeto que se merecen sus virtudes y de la gratitud con que debe corres­ponderles la humanidad por los beneficios inestimables que le han dispensado; aun cuando diéramos por supuesto que se engañaron en todas sus inspiraciones podríamos apellidarlos ilusos mas no faná­ticos.

En efecto: nada encontramos en ellos ni de frenesí ni de violencia; son hombres que desconfían de sí mismos que a pesar de creerse llamados por el cielo para algún grande objeto no se atreven a poner manos a la obra sin haberse postrado antes a los pies del Sumo Pontífice sometiendo a su juicio las reglas en que pensaban cimentar la nueva orden pidiéndole sus luces sujetándose dócilmente a su fallo y no realizando nada sin haber obtenido su licencia.

 ¿Qué semejanza hay pues de los fundadores de las órdenes religiosas con esos fanáticos que arrastran en pos de sí una muche­dumbre de furibundos que matan destruyen por todas partes de­jando por doquiera regueros de sangre y de ceniza?

En los funda­dores de las órdenes religiosas vemos a un hombre que dominado fuertemente por una idea se empeña en llevarla a cabo aun a costa de los mayores sacrificios; pero vemos siempre una idea fija des­envuelta en un plan ordenado teniendo a la vista algún objeto alta­mente religioso y social; y sobre todo vemos ese plan sometido al juicio de una autoridad examinado con madura discusión y enmen­dado o retocado según parece más conforme a la prudencia.

Para un filósofo imparcial sean cuales fueren sus opiniones religiosas podrá haber en todo esto más o menos ilusión más o menos pre­ocupación más o menos prudencia y acierto; pero fanatismo no de ninguna manera porque nada hay aquí que presente semejante carácter VER  NOTA 12  [xii]


CAPITULO IX

La incredulidad y la indiferencia religiosa acarreadas a la Europa por el Protestantismo. Síntomas fatales que se manifestaron desde luego. Notable crisis religiosa ocurrida en el último tercio del siglo XVII. Bossuet y Leibnitz. Los jansenistas: su influencia. Diccionario de Bayle: observa­ciones sobre la época de su publicación. Deplorable estado de las creencias entre los protestantes.

EL FANATISMO de secta nutrido y avivado en Europa por la inspi­ración privada del Protestantismo es ciertamente una llaga muy profunda y de mucha gravedad; pero no tiene sin embargo un carácter tan maligno y alarmante como la incredulidad y la indi­ferencia religiosa: males funestos que las sociedades modernas tienen que agradecer en buena parte a la pretendida reforma. Radicados en el mismo principio que es la base del Protestantismo ocasionados y provocados por el escándalo de tantas y tan extravagantes sectas que se apellidan cristianas empezaron a manifestarse con síntomas de gravedad ya en el mismo siglo XVI. Andando el tiempo llegaron a extenderse de un modo terrible filtrándose en todos los ramos cien­tíficos y literarios comunicando su expresión y sabor a los idiomas y poniendo en peligro todas las conquistas que en pro de la civili­zación y cultura había hecho por espacio de muchos siglos el linaje humano.

En el mismo siglo XVI en el mismo calor de las disputas y gue­rras religiosas encendidas por el Protestantismo cundía la incredu­lidad de un modo alarmante; y es probable que sería más común de lo que aparentaba pues que no era fácil quitarse de repente la máscara cuando poco antes estaban tan profundamente arraigadas las creencias religiosas. Es muy verosímil que andaría disfrazada la incredulidad con el manto de la reforma; y que ora alistándose bajo la bandera de una secta ora pasando a la de otra trataría de enfla­quecerlas a todas para levantar su trono sobre la ruina universal de las creencias.

No es necesario ser muy lógico para pasar del Protestantismo al Deísmo; y de éste al Ateísmo no hay más que un paso; y es im­posible que al tiempo de la aparición de los nuevos errores no hubiese muchos hombres reflexivos que desenvolviesen el sistema hasta sus últimas consecuencias.

La religión cristiana tal como la conciben los protestantes es una especie de sistema filosófico más o menos razonable; pues que examinada a fondo pierde el carácter de divina; y en tal caso ¿cómo podrá señorear un ánimo que a la reflexión y a las meditaciones reúna espíritu de independencia?

Y a decir verdad una sola ojeada sobre el comienzo del Protestantismo debía de arrojar hasta el escepticismo religioso a todos los hombres que no siendo fanáticos no estaban por otra parte aferrados con el áncora de la autoridad de la Iglesia; porque tal es el lenguaje y la conducta de los corifeos de las sectas que brota naturalmente en el ánimo una vehemente sospecha de que aquellos hombres se bur­laban completamente de todas las creencias cristianas; que encubrían su ateísmo o indiferencia asentando doctrinas extrañas que pudie­ran servir de enseña para reunir prosélitos; que extendían sus escritos con la más insigne mala fe encubriendo el pérfido intento de ali­mentar en el ánimo de sus secuaces el fanatismo de secta.

Esto es lo que dictaba al padre del célebre Montaigne el simple buen sentido pues aunque sólo alcanzó los primeros principios de la Reforma sabemos que decía: "este principio de enfermedad dege­nerará en un execrable ateísmo"; testimonio notable cuya conserva­ción debemos a un escritor que por cierto no era apocado ni faná­tico: a su hijo Montaigne (Ensayos de Montaigne l 2 c. 12). Tal vez no presagiaría ese hombre que con tanta cordura juzgaba la verdadera tendencia del Protestantismo que fuese su hijo una confirmación de sus predicciones; porque es bien sabido que Montaigne fue uno de los primeros escépticos que figuraron con gran nombradía en Europa.­

83 Por aquellos tiempos era menester andar con cuidado en manifestarse ateo o indiferente aun entre los mismos protestantes; pero aun cuando sea fácil sospechar que no todos los incrédulos tendrían el atrevimiento de Gruet por cierto que no ha de costar trabajo el dar crédito al célebre toledano Chacón cuando al empezar el último tercio del siglo XVI decía que "la herejía de los ateístas de los que nada creen andaba muy válida en Francia y en otras partes".

Seguían ocupando la atención de todos los sabios de Europa las controversias religiosas y entretanto la gangrena de la incredulidad avanzaba de un modo espantoso; por manera que al promediar el siglo XVII se conoce que el mal se presentaba bajo un aspecto alar­mante. ¿Quién no ha leído con asombro los profundos pensamien­tos de Pascal sobre la indiferencia en materias de Religión? ¿Quién no ha percibido en ellos aquel acento conmovido que nace de la viva impresión causada en el ánimo por la presencia de un mal terrible?

Se conoce que a la sazón estaban ya muy adelantadas las cosas y que la incredulidad se hallaba muy cercana a poder presentarse como una escuela que se colocara al lado de las demás que se disputaban la preferencia en Europa. Con más o menos disfraz ya se había pre­sentado desde mucho tiempo en el Socinianismo; pero esto no era bastante porque el Socinianismo llevaba al menos el nombre de una secta religiosa y la irreligión empezaba a sentirse demasiado fuerte para que no pudiera apellidarse ya con su propio nombre.

El último tercio del siglo XVII nos presenta una crisis muy no­table con respecto a la religión: crisis que tal vez no ha sido bien reparada pero que se dió a conocer por hechos muy palpables. Esta crisis fue un cansancio de las disputas religiosas marcada en dos tendencias diametralmente opuestas y sin embargo muy natu­rales: la una hacia el Catolicismo la otra hacia el Ateísmo.

Bien sabido es cuánto se había disputado hasta aquella época sobre la religión: las controversias religiosas eran el gusto dominante bas­tando decir que no formaban solamente la ocupación favorita de los eclesiásticos así católicos como protestantes sino también de los sabios seculares habiendo penetrado esa afición hasta en los palacios de los príncipes y reyes.

Tanta controversia debía naturalmente des­cubrir el vicio radical del Protestantismo; y no pudiendo mante­nerse firme el entendimiento en un terreno tan resbaladiza había de esforzarse en salir de él o bien llamando en su apoyo el principio de la autoridad o bien abandonándose al ateísmo o a una completa indiferencia.

84 Estas dos tendencias se hicieron sentir de una manera nada equívoca; y así es que mientras Bayle creía la Europa bastante preparada para que pudiera abrirse ya en medio de ella una cátedra de incredulidad y de escepticismo se había entablado seria y ani­mada correspondencia para la reunión de los disidentes de Alemania al gremio de la Iglesia católica.

Conocidas son de todos los eruditos las contestaciones que media­ron entre el luterano Molano abate de Lockum y Cristóbal obispo de Tyna y después de Neustad y para que no faltase un monu­mento del carácter grave que habían tomado las negociaciones se conserva aún la correspondencia motivada por este asunto entre dos hombres de los más insignes que se contaban en Europa en ambas comuniones: Bossuet y Leibnitz.

No había llegado aún el feliz momento y consideraciones políticas que debieran desaparecer a la vista de tamaños intereses ejercieron maligna influencia sobre la grande alma de Leibnitz para que no conservara en el curso de la discusión y de las negociaciones aquella sinceridad y buena fe y aquella elevación de miras con que el parecer había comenzado.

Aunque no surtiese buen efecto la negociación el solo haberse en­tablado indica ya bastante que era muy grande el vacío descubierto en el Protestantismo cuando los dos hombres más célebres de su comunión Molano y Leibnitz se atrevían ya a dar pasos tan ade­lantados y sin duda debían de ver en la sociedad que los rodeaba abundantes disposiciones para la reunión al gremio de la Iglesia pues no de otra manera se hubieran comprometido en una nego­ciación de tanta importancia.

Alléguese a todo esto la declaración de la universidad luterana de Helmstad en favor de la religión católica y las nuevas tentativas hechas a favor de la reunión por un príncipe protestante que se dirigió al Papa Clemente XI y tendremos vehementes indicios de que la Reforma se sentía ya herida de muerte; y que si obra tan grande hubiese Dios querido que tuviera alguna apariencia de depender en algo de la mano del hombre tal vez no fuera ya entonces imposible que a fuerza de la convicción que de lo ruinoso del sistema protes­tante se habían formado sus sabios más ilustres se adelantase no poco para cicatrizar las llagas abiertas a la unidad religiosa por los perturbadores del siglo XVI.

Pero el Eterno en la altura de sus designios lo tenía destinado de otra manera; y permitiendo que la corriente de los espíritus to­mase la dirección más extraviada y perversa quiso castigar al hombre con el fruto de su orgullo.

 No fue la propensión a la unidad la que dominó en el siglo inmediato sino el gusto por una filosofía escéptica indiferente con respecto a todas las religiones pero muy enemiga en particular de la católica.

Cabalmente a la sazón se com­binaban influencias muy funestas para que la tendencia hacia la unidad pudiese alcanzar su objeto; eran ya innumerables las fracciones en que se habían dividido y subdividido las sectas protestantes; y esto si bien es verdad que debilitaba al Protestantismo sin embargo estan­do él como estaba difundido por la mayor parte de Europa había inoculado el germen de la duda religiosa en la sociedad europea; y como no quedaba ya verdad que no hubiera sufrido ataques ni cabía imaginar error ni desvarío que no tuviera sus apóstoles y pro­sélitos era muy peligroso que cundiera en los ánimos aquel can­sancio y desaliento que viene siempre en pos de los grandes esfuerzos hechos inútilmente para la consecución de un objeto y aquel fastidio que se engendra con interminables disputas y chocantes escándalos.

Para colmo de infortunio para llevar al más alto punto el can­sancio y fastidio sobrevino una nueva desgracia que produjo los más funestos resultados. Combatían con gran denuedo y con no­table ventaja los adalides del Catolicismo contra las innovaciones religiosas de los protestantes; las lenguas la historia la crítica la filosofía todo cuanto tiene de más precioso de más rico y brillante el humano saber todo se había desplegado con el mayor aparato en esa gran palestra; y los grandes hombres que por doquiera se veían figurar en los puestos más avanzados de los defensores de la Iglesia católica parecían consolarla algún tanto de las lamentables pérdidas que le habían hecho sufrir las turbulencias del siglo XVI cuando he aquí que mientras estrechaba en sus brazos a tantos hijos pre­dilectos que se gloriaban de este nombre notó con pasmosa sorpresa que algunos de éstos se le presentaban en ademán hostil bien que solapado; y al través de palabras mal encubiertas y de una conducta mal disfrazada no le fue difícil reparar que trataban de herirla con herida de muerte.

Protestando siempre la sumisión y la obediencia pero sin someterse ni obedecer jamás; resistiendo siempre a la auto­ridad de la Iglesia ensalzando empero de continuo esa misma auto­ridad y su origen divino; encubriendo sagazmente el odio a todas las leyes e instituciones existentes con la apariencia del celo por el restablecimiento de la antigua disciplina; zapando los cimientos de la moral al paso que se mostraban entusiastas encarecedores de su pureza; disfrazando con falsa humildad y afectada modestia la hipocresía y el orgullo; llamando firmeza a la obstinación y entereza de conciencia a la ceguedad refractaria presentaban esos rebeldes el aspecto más peligroso que jamás había presentado herejía alguna; y sus palabras de miel su estudiado candor el gusto por la anti­güedad el brillo de erudición y de saber hubieran sido parte a deslumbrar a los más avisados si desde un principio no se hubiesen distinguido ya los novadores con el carácter eterno e infalible de toda secta de error: el odio a la autoridad.

86 Luchaban empero de vez en cuando con los enemigos declarados de la Iglesia defendían con mucho aparato de doctrina la verdad de los sagrados dogmas citaban con respeto y deferencia los escritos de los Santos Padres manifestaban acatar las tradiciones y venerar las decisiones conciliares y pontificias; y teniendo siempre la extraña pretensión de apellidarse católicos por más que lo desmintieran con sus palabras y conducta no abandonando jamás la peregrina ocu­rrencia que tuvieron desde su principio de negar la existencia de su secta ofrecían a los incautos el funesto escándalo de una disensión dogmática que parecía estar en el mismo seno del Catolicismo.

La  Cabeza de la Iglesia los de­claraba herejes y todos los verdaderos cató­licos acataban profundamente la decisión del Vicario de Jesucristo y de todos los ángulos del orbe católico se levantaba unánimemente un grito que pronunciaba anatema contra quien no escuchara al sucesor de Pedro; pero ellos empeñados en negarlo todo en eludirlo y tergiversarlo todo, se mostraban siempre como una porción de católicos oprimidos por el espíritu de relajación de abusos y de intriga.

Faltaba ese nuevo escándalo para que acabasen de extraviarse los ánimos y para que la gangrena fatal que iba cundiendo por la socie­dad europea se desarrollase con la mayor rapidez presentando los síntomas más terribles y alarmantes.

Tanto disputar sobre la religión tanta muchedumbre y variedad de sectas tanta animosidad entre los adversarios que figuraban en la arena debieron por fin disgustar de la religión misma a aquéllos que no estaban aferrados en el áncora de la autoridad; y para que la indiferencia pudiera erigirse en sistema el ateísmo en dogma y la impiedad en moda sólo faltaba un hombre bastante laborioso para recoger reunir y presentar en cuerpo los infinitos materiales que andaban dispersos en tantas obras; que supiera bañarlos con un tinte filosófico acomodado al gusto que empezaba a cundir entonces comunicando al sofisma y a la declamación aquella fisonomía seductora aquel giro engañoso aquel brillo deslumbrador que aun en medio de los mayores extravíos se encuentran siempre en las producciones del genio.

Este hombre se presentó: era Bayle; y el ruido que metió en el mundo su célebre Diccionario y el curso que tuvo desde luego manifestaron bien a las claras que el autor había sabido comprender toda la oportunidad del momento.

El Diccionario de Bayle es una de aquellas obras que aun pres­cindiendo de su mayor o menor mérito científico y literario forman no obstante mas notable época; porque se recoge en ellas el fruto de lo pasado y se desenvuelven con toda claridad los pliegues de un extenso porvenir. En tales casos no figura el autor tanto por su mérito como por haberse sabido colocar en el verdadero puesto para ser el representante de ideas que de antemano estaban ya muy esparcidas en la sociedad por más que anduvieran fluctuantes sin dirección fija como marchando al acaso.

El solo nombre del autor recuerda entonces una vasta historia porque él es la personificación de ella. La publicación de la obra de Bayle puede mirarse como la inauguración solemne de la cátedra de incredulidad en medio de Europa.

 Los sofistas del siglo XVIII tuvieron a la mano un abundante repertorio para proveerse de toda clase de hechos y argumentos; y para que nada faltase para que pudieran rehabilitarse los cuadros envejecidos avivarse los colores anublados y esparcirse por doquiera los encantos de la imaginación y las agudezas del ingenio; para que no faltara a la sociedad un director que la condujera por un sendero cubierto de flores hasta el borde del abismo apenas había descendido Bayle al sepulcro ya brillaba sobre el horizonte literario un mancebo cuyos grandes talentos competían con su malignidad y osadía: Voltaire.

Necesario ha sido conducir al lector hasta la época que acabo de apuntar porque tal vez no se hubiera imaginado la influencia que tuvo el Protestantismo en engendrar y arraigar en Europa la irreli­gión el ateísmo y esa indiferencia fatal que tantos daños acarrea a las sociedades modernas.

No es mi ánimo el tachar de impíos a todos los protestantes y reconozco gustoso la entereza y tesón con que algunos de sus sabios mas ilustres se han opuesto al progreso de la impiedad.

 No ignoro que los hombres adoptan a veces un principio cuyas consecuencias rechazan y que entonces sería una injusticia el colocarlos en la misma clase de aquéllos que defienden a las claras esas mismas consecuencias; pero también sé que por más que se resistan los protestantes a confesar que su sistema conduzca al ateísmo no deja por ello de ser muy cierto: pueden exigirme que yo no culpe en este punto sus intenciones mas no quejarse de que haya desenvuelto hasta las últimas consecuencias su principio fundamental no desviándome nunca de lo que nos enseñan acordes la filosofía y la historia.

Bosquejar ni siquiera rápidamente lo que sucedió en Europa desde la época de la aparición de Voltaire sería trabajo por cierto bien inútil pues que son tan recientes los hechos y andan tan vulgares los escritos sobre esa materia que si quisiera entrar en ella difícil­mente podría evitar la nota de copiante. Llenaré pues más cumpli­damente mi objeto presentando algunas reflexiones sobre el estado actual de la religión en los dominios de la pretendida reforma.

En medio de tantos sacudimientos y trastornos en el vértigo co­municado a tantas cabezas cuando han vacilado los cimientos de todas las sociedades cuando se han arrancado de cuajo las más robustas y arraigadas instituciones cuando la misma verdad cató­lica sólo ha podido sostenerse con el manifiesto auxilio de la diestra del Omnipotente fácil es calcular cuán mal parado debe de estar el flaco edificio del Protestantismo expuesto como todo lo demás a tan recios y duraderos ataques.

Nadie ignora las innumerables sectas que hormiguean en toda la extensión de la Gran Bretaña la situación deplorable de las creen­cias entre los protestantes de Suiza aun con respecto a los puntos más capitales; y para que no quedase ninguna duda sobre el verda­dero estado de la religión protestante en Alemania es decir en su país natal en aquel país donde se había establecido como en su patrimonio más predilecto el ministro protestante barón de Starch ha tenido cuidado de decirnos que en Alemania no hay ni un solo punto de la fe cristiana que no se vea atacado abiertamente por los mismos ministros protestantes.

 Por manera que el verdadero estado del Protestantismo me parece viva y exactamente retratado en la peregrina ocurrencia de J. Heyer ministro protestante: que publicó en 1818 una obra que se titula Ojeada sobre las confesio­nes de fe y no sabiendo cómo desentenderse de los embarazos que para los protestantes presenta la adopción de un símbolo propone un expediente muy sencillo que por cierto allana todas las difi­cultades y es: desecharlos todos.

El único medio que tiene de conservarse el Protestantismo es falsear en cuanto le sea posible su principio fundamental: es decir apartar a los pueblos de la vía de examen haciendo que permanez­can adheridos a las creencias que se les han trasmitido con la edu­cación y no dejándoles que adviertan la inconsecuencia en que caen cuando se someten a la autoridad de un simple particular mientras resisten a la autoridad de la Iglesia católica. Pero no es éste cabalmente el camino que llevan las cosas y por más que tal vez se pro­pusieran seguirle algunos de los protestantes las solas sociedades bíblicas que con un ardor digno de mejor causa trabajan para extender entre todas las clases la lectura de la Biblia son un poderoso obstáculo para que no pueda adormecerse el ánimo de los pueblos.

Esta difusión de la Biblia es una perenne apelación al examen par­ticular al espíritu privado; ella acabará de disolver lo que resta del Protestantismo bien que al propio tiempo prepara tal vez a las sociedades días de luto y de llanto. No se ha ocultado todo esto a los protestantes y algunos de los más notables entre ellos han levantado ya la voz y advertido del peligro.  [xiii]  VER NOTA 13


CAPÍTULO X

Se resuelve una importante cuestión sobre la duración del Protestantismo. Relaciones del individuo y de la sociedad con el indiferentismo religioso. Las sociedades europeas con respecto al mahometismo y al paganismo. Cotejo del Catolicismo y Protestantismo en la defensa de la verdad. Íntimo enlace del cristianismo con la civilización europea.

QUEDANDO demostrada hasta la evidencia la intrínseca debilidad del Protestantismo ocurre naturalmente una cuestión: ¿cómo es que siendo tan flaco por el vicio radical de su constitución misma no haya desaparecido completamente?

Llevando un germen de muerte en su propio seno ¿cómo ha podido resistir a dos adversarios tan poderosos como la religión católica por una parte y la irreligión y el ateísmo por otra? Para satisfacer cumplidamente a esa pregunta es necesario considerar el Protestantismo bajo dos aspectos: o bien en cuanto significa una creencia determinada o bien en cuanto expresa un conjunto de sectas que teniendo la mayor diferencia entre sí están acordes en apellidarse cristianas en conservar alguna sombra de cristianismo desechando empero la autoridad de la Igle­sia.

Es menester considerarle bajo estos dos aspectos ya que es bien sabido que sus fundadores no sólo se empeñaron en destruir la autoridad y los dogmas de la Iglesia romana sino que procuraron también formar un sistema de doctrina que pudiera servir como de símbolo a sus prosélitos. Por lo que toca al primer aspecto el Protestantismo ha desaparecido ya casi enteramente o mejor dire­mos desapareció al nacer si es que pueda decirse que llegase ni a formarse.

 

    Harto queda evidenciada esta verdad con lo que llevo expuesto sobre sus variaciones y su estado actual en los varios países de Europa; viniendo el tiempo a confirmar cuán equivocados anduvieron los pretendidos reformadores cuando se imaginaron po­der fijar las columnas de Hércules del espíritu humano según la expresión de una escritora protestante: madame de Staél.

Y en efecto las doctrinas de Lutero y de Calvino ¿quién las de­fiende ahora? ¿quién respeta los lindes que ellos prefijaron? Entre todas las iglesias protestantes ¿hay alguna que se dé a conocer por su celo ardiente en la conservación de estos o de aquellos dogmas? ¿cuál es el protestante que no se ría de la divina misión de Lutero y que crea que el Papa es el Anticristo? ¿Quién entre ellos vela por la pureza de la doctrina? ¿quién califica los errores? ¿quién se opone al torrente de las sectas? ¿El robusto acento de la convicción el celo de la verdad se deja percibir ya ni en sus escritos ni en sus púlpitos? ¡Qué diferencia más notable cuando se comparan las igle­sias protestantes con la Iglesia católica!

Preguntadla sobre sus creen­cias y oiréis de la boca del sucesor de San Pedro de Gregorio XVI lo mismo que oyó Lutero de la boca de León X: y cotejad la doc­trina de León X con la de sus antecesores y os hallaréis conducidos por la vía recta siempre por un mismo camino hasta los apóstoles hasta Jesucristo. ¿Intentáis impugnar un dogma? ¿enturbiáis la pu­reza de la moral? La voz de los antiguos padres tronará contra vues­tros extravíos: y estando en el siglo XIX creeréis que se han alzado de sus tumbas los antiguos Leones y Gregorios.

Si es flaca vuestra voluntad encontraréis indulgencia; si es grande vuestro mérito se os prodigarán consideraciones; si es elevada vuestra posición social se os tratará con miramiento; pero si abusando de vuestros talentos queréis introducir alguna novedad en la doctrina si valiéndoos de vuestro poderío queréis exigir alguna capitulación en materias de dogma si para evitar disturbios prevenir escisiones conciliar los ánimos demandáis una transacción o al menos una explicación am­bigua: eso izo jamás os responderá el sucesor de San Pedro; eso no jamás: la fe es un depósito sagrado que nosotros no podemos alterar: la verdad es inmutable es una; y a la voz del Vicario de Jesucristo que desvanecerá todas vuestras esperanzas se unirán las voces de nuevos Atanasios Naciancenos Ambrosios Jerónimos y Agustinos.

Siempre la misma firmeza en la misma fe siempre la misma invariabilidad siempre la misma energía para conservar in­tacto el depósito sagrado para defenderle contra los ataques del error para enseñarle en toda su pureza a los fieles para transmitirle sin mancha a las generaciones venideras.

¿Será eso obstinación ceguera fanatismo? ¡Ah! El transcurso de 18 siglos las revoluciones de los imperios los trastornos más espantosos la mayor variedad de ideas y costumbres las persecuciones de las potestades de la tie­rra las tinieblas de la ignorancia, los embates de las pasiones, las luces de las ciencias ¿nada hubiera sido bastante para alumbrar esa ceguera ablandar esa terquedad enfriar ese fanatismo?

Sin duda que un protestante pensador uno de aquéllos que sepan elevarse so­bre las preocupaciones de la educación al fijar la vista en ese cotejo cuya veracidad y exactitud no podrá menos de reconocer si es que tenga instrucción sobre la materia; sentirá vehementes dudas sobre la verdad de la enseñanza que ha recibido; y que deseará cuando menos examinar de cerca ese prodigio que tan de bulto se presenta en la Iglesia católica. Pero volvamos al intento.

A pesar de la disolución que ha cundido de un modo tan espan­toso entre las sectas protestantes a pesar de que en adelante irá cundiendo todavía más no obstante hasta que llegue el momento de reunirse los disidentes a la Iglesia católica nada extraño es que no desaparezca enteramente el Protestantismo mirado como un con­junto de sectas que conservan el nombre y algún rastro de cristia­nas. Para que esto no sucediera así sería menester o que los pue­blos protestantes se hundiesen completamente en la irreligión y en el ateísmo o bien que ganase terreno entre ellos alguna otra religión de las que se hallan establecidas en otras partes de la tierra. Uno y otro extremo es imposible y he aquí la causa por qué se conserva y se conservará bajo una u otra forma el falso cristianismo de los protestantes hasta que vuelvan al redil de la Iglesia.

Desenvolvamos con alguna extensión estos pensamientos. ¿Por qué los pueblos protestantes no se hundirán enteramente en la irre­ligión y en el ateísmo o en la indiferencia?

Porque todo esto puede suceder con respecto a un individuo mas no con respecto a un pue­blo. A fuerza de lecturas corrompidas de meditaciones extrava­gantes de esfuerzos continuados puede uno que otro individuo sofocar los más vivos sentimientos de su corazón acallar los clamo­res de su conciencia y desentenderse de las preciosas amonesta­ciones del sentido común; pero un pueblo no: un pueblo conserva siempre un gran fondo de candor y docilidad que en medio de los más funestos extravíos y aun de los crímenes más atroces le hace prestar atento oído a las inspiraciones de la naturaleza. Por más corrompidos que sean los hombres en sus costumbres son siempre pocos los que de propósito han luchado mucho consigo mismos para arrancar de sus corazones aquel abundante germen de buenos senti­mientos aquel precioso semillero de buenas ideas con que la mano próvida del Criador ha cuidado de enriquecer nuestras almas.

La expansión del fuego de las pasiones produce es verdad lamentables desvanecimientos tal vez explosiones terribles; pero pasado el calor el hombre vuelve a entrar en sí mismo y deja de nuevo accesible su alma a los acentos de la razón y de la virtud.

Estudiando con aten­ción la sociedad se nota que por fortuna es poco abundante aquella casta de hombres que se hallan como pertrechados contra los asaltos de la verdad y del bien; que responden con una frívola cavilación a las reconvenciones del buen sentido que oponen un frío estoicismo a las más dulces y generosas inspiraciones de la naturaleza y que ostentan como modelo de filosofía de firmeza y de elevación de alma la ignorancia la obstinación y la aridez de un corazón helado. El común de los hombres es más sencillo más cándido más natural; y por tanto mal puede avenirse con un sistema de ateísmo o de in­diferencia. Podrá semejante sistema señorearse del orgulloso ánimo de algún sabio soñador podrá cundir como una convicción muy cómoda en las disposiciones de la mocedad; en tiempos muy re­vueltos podrá extenderse a un cierto círculo  de  cabezas volcánicas; pero establecerse tranquilamente en medio de una sociedad formar su estado normal eso no sucederá jamás.

No mil veces no: un individuo puede ser irreligioso; la familia y la sociedad no lo serán jamás. Sin una base donde pueda encontrar su asiento el edificio social sin una idea grande matriz de donde nazcan las de razón virtud justicia obligación derecho ideas todas tan necesarias a la existencia y conservación de la sociedad como la sangre y el nutrimento a la vida del individuo la sociedad des­aparecería; y sin los dulcísimos lazos con que traban a los miembros de la familia las ideas religiosas sin la celeste armonía que esparcen sobre todo el conjunto de sus relaciones la familia deja de existir o cuando más es un nudo grosero momentáneo semejante en un todo a la comunicación de los brutos.

Afortunadamente ha favore­cido Dios a todos los seres con un maravilloso instinto de conser­vación y guiadas por ese instinto la familia y la sociedad rechazan indignadas aquellas ideas degradantes que secando con su maligno aliento todo jugo de vida quebrantando todos los lazos y trastor­nando toda economía las harían retrogradar de golpe hasta la más abyecta barbarie y acabarían por dispersar sus miembros como al impulso del viento se dispersan los granos de arena por no tener entre sí ni apego ni enlace.

Ya que no la consideración del hombre y de la sociedad al menos las repetidas lecciones de la experiencia debieran haber desengañado a ciertos filósofos de que las ideas y sentimientos grabados en el corazón por el dedo del Autor de la naturaleza no son para des­arraigados con declamaciones y sofismas; y si algunos efímeros triun­fos han podido alguna vez engreírlos dándoles exageradas esperan­zas sobre el resultado de sus esfuerzos el curso de las ideas y de los sucesos han venido luego a manifestarles que cuando cantaban alborozados su triunfo se parecían al insensato que se lisonjeara de haber desterrado del mundo el amor maternal porque hubiese lle­gado a desnaturalizar el corazón de algunas madres.

La sociedad y cuenta que no digo el pueblo ni la plebe la socie­dad si no es religiosa será supersticiosa si no cree cosas razonables las creerá extravagantes si no tiene una religión bajada del cielo la tendrá forjada por los hombres; pretender lo contrario es un delirio; luchar contra esa tendencia es luchar contra una ley eterna; esforzarse en contenerla es interponer una débil mano para detener el curso de un cuerpo que corre con fuerza inmensa: la mano des­aparece y el cuerpo sigue su curso. Llámesela superstición fana­tismo seducción todo podrá ser bueno para desahogar el despecho de verse burlado pero no es mas que amontonar nombres y azotar el viento.

Siendo como es la religión una verdadera necesidad tenernos ya la explicación de un fenómeno que nos ofrecen la historia y la expe­riencia: y es que la religión nunca desaparece enteramente; y que en llegando el caso de una mudanza las dos religiones rivales luchan más o menos tiempo sobre el mismo terreno ocupando progresivamen­te la una los dolnonios que va conquistando de la otra. De aquí saca­remos también que para desaparecer enteramente el Protestantismo sería necesario que se pusiese en su lugar alguna otra religión; ). que no siendo esto posible durante la civilización actual a menos que no sea la católica irán siguiendo las sectas protestantes ocu­pando con más o menos variaciones el país que han conquistado.

Y en efecto en el estado actual de la civilización de las sociedades protestantes ¿es acaso posible que ganen terreno entre ellas ni las necedades del Alcorán ni las groserías de la idolatría?

Derramado como está el espíritu del Cristianismo por las venas de las sociedades modernas impreso su sello en todas las partes de la legislación esparcidas sus luces sobre todo linaje de conocimientos mezclado su lenguaje con todos los idiomas reguladas por sus pre­ceptos las costumbres marcada su fisonomía hasta en los hábitos y modales rebosando de sus inspiraciones todos los monumentos de genio comunicado su gusto a todas las bellas artes; en una palabra filtrado por decirlo así el Cristianismo en todas las partes de esa civilización tan grande tan variada y fecunda de que se glorían las sociedades modernas

¿Cómo era posible que desapareciese hasta el nombre de una religión que a su venerable antigüedad reúne tantos títulos de gratitud tantos lazos tantos recuerdos? ¿Cómo era po­sible que encontrara acogida en medie de las sociedades cristianas ninguna de esas otras religiones que a primera vista muestran desde luego el dedo del Hombre; que a primera vista manifiestan como dis­tintivo un sello grosero donde está escrito degradación y envileci­miento?

Aun cuando el principio fundamental del Protestantismo zape los cimientos de la religión cristiana por más que desfigure su belleza y rebaje su majestad sublime; sin embargo con tal que se conserven algunos vestigios de cristianismo con tal que se conserve la idea que éste nos da de Dios y algunas máximas de su moral estos vestigios valen mas se elevan a mucho mayor altura que todos los sistemas filosóficos que todas las otras religiones de la tierra.

He aquí por qué ha conservado el Protestantismo alguna sombra de religión cristiana: no es otra la causa sino que era imposible que desapareciese del todo el nombre cristiano atendido el estado de las naciones que tomaron parte en el cisma; y he aquí cómo no debe­mos buscar la razón en ningún principio de vida entrañado por la pretendida reforma. Añádanse a todo esto los esfuerzos de la polí­tica el natural apego de los ministros a sus propios intereses el en­sanche con que lisonjea al orgullo la falta de toda autoridad los restos de preocupaciones antiguas el poder de la educación y otras causas semejantes y se tendrá completamente resuelta la cuestión; y no parecerá nada extraño que vaya siguiendo el Protestantismo ocu­pando muchos de los países en que por fatales combinaciones al­canzó establecimiento y arraigo.


CAPÍTULO XI

Doctrinas del Protestantismo. Su clasificación en positivas y negativas. Fenómeno muy singular; la civilización europea ha rechazado uno de los dogmas más principales de los fundadores del Protestantismo. Servicio importante prestado a la civilización europea par el Catolicismo con la defensa del libre albedrío. Carácter del error. carácter de la verdad.

No HAY mejor prueba de la profunda debilidad entrañada por el Protestantismo considerado como cuerpo de doctrina que la escasa influencia que ha ejercido sobre la civilización europea por medio de sus doctrinas positivas. Llamo doctrinas positivas aquéllas en que ha procurado establecer un dogma propio y de esta manera las distingo de las demás que podríamos llamar negativas porque no consisten en otra cosa que en la negación  de  la autoridad.

Estas últi­mas como muy conformes a la inconstancia y volubilidad del espí­ritu humano han encontrado acogida; pero las demás no: todo ha desaparecido con sus autores todo se ha sepultado en el olvido. Si algo se ha conservado  de  cristianismo entre los protestantes ha sido solamente aquello que era indispensable para que la civilización europea no perdiera enteramente su naturaleza s- carácter; por ma­nera que aquellas doctrinas que tenían una tendencia demasiado directa a desnaturalizar completamente esa civilización la civilización las ha rechazado mejor diremos las ha despreciado.

Hay en esta parte un hecho muy digno de llamar la atención y en que sin embargo quizás no se haya reparado y es lo acontecido con respecto a la doctrina de los primeros novadores relativa a la libertad humana. Bien sabido es que uno de los primeros y más capitales errores de Lutero y Calvino consistía en negar el libre albe­drío; hallándose consignada esta su funesta enseñanza en las obras que de ellos nos han quedado. Esta doctrina parece que debía conservarse con crédito entre los protestantes y que debía ser sos­tenida con tesón pues que regularmente así acontece cuando se trata de aquellos errores que han servido como de primer núcleo para la formación de tina secta. Parece además que habiendo alcanzado el Protestantismo tanta extensión y arraigo en varias naciones de Eu­ropa esa doctrina fatalista debía también influir mucho en la legis­lación  de  las naciones protestantes y ¡cosa admirable! nada de esto ha sucedido: y las costumbres europeas la han despreciado la legis­lación no la ha tomado por base y la sociedad no se ha dejado do­minar ni dirigir por un principio que zapaba todos los cimientos de la moral y que si hubiese sido aplicado a las costumbres y a la legislación hubiera reemplazado la civilización y dignidad europeas con la barbarie y abyección musulmana.

96 Sin duda que no han faltado individuos corrompidos por tan funesta doctrina sin duda que no han faltado sectas más o menos numerosas que la han reproducido; y no puede negarse tampoco que sean de mucha consideración las llagas abiertas por ella a la mo­ralidad de algunos pueblos.

Pero es cierto también que en la genera­lidad de la gran familia europea los gobiernos los tribunales la ad­ministración la legislación las ciencias las costumbres no han dado oídos a esa horrible enseñanza de Lutero en que se despoja al hom­bre de su libre albedrío en que se hace a Dios autor del pecado en que se descarga sobre el Criador toda la responsabilidad de los deli­tos de la criatura humana en que se le presenta como un tirano pues que se afirma que sus preceptos son imposibles en que se con­funden monstruosamente las ideas de bien y de mal y se embota el estímulo de toda virtud asegurando que basta la fe para salvarse que todas las obras de los justos son pecados.

La razón pública el buen sentido las costumbres se pusieron en este punto de parte del Catolicismo; y los mismos pueblos que abra­zaron en teoría religiosa esas funestas doctrinas las desecharon por lo común en la práctica: porque era demasiado profunda la impre­sión que en esos puntos capitales les había dejado la enseñanza cató­lica porque era demasiado vivo el instinto de civilización que de las doctrinas católicas se había comunicado a la sociedad europea.

Así fue como la Iglesia católica rechazando esos funestos errores difun­didos por el Protestantismo preservaba a la sociedad del envileci­miento que consigo traen las máximas fatalistas; se constituía en barrera contra el despotismo que se entroniza siempre en medio de los pueblos que han perdido el sentimiento de su dignidad; era un dique contra la desinoralización que cunde necesariamente cuando el hombre se cree arrastrado por la ciega fatalidad como por una cadena de hierro; así libertaba al espíritu de aquel abatimiento en que se postra cuando se ve privado de dirigir su propia conducta y de influir en el curso de los acontecimientos.

Así fue como el Papa condenando esos errores de Lutero que formaban el núcleo del naciente Protestantismo dio el grito de alarma contra una irrupción de barbarie en el orden de las ideas salvando de esta manera la moral las leyes el orden público la sociedad; así fue como el Vaticano conservó la dignidad del hombre asegurándole el noble sentimiento de la libertad en el santuario de la conciencia; así fue como la Cátedra de Roma luchando con las ideas protestantes y defendien­do el sagrado depósito que le confiara el divino maestro era al propio tiempo el numen tutelar del porvenir de la civilización.

Reflexionad sobre esas grandes verdades entendedlas bien vosotros que habláis de las disputas religiosas con esa fría indiferencia con esos visos de burla y de compasión como si nunca se tratase de otra cosa que de frivolidades de escuela. Los pueblos izo viven de solo paz: viven también de ideas de máximas que convertidas en jugo o les comunican grandeza vigor y lozanía o los debilitan los postran los condenan a la nulidad y al embrutecimiento. Tended la vista por la faz del globo recorred los períodos de la historia de la humanidad comparad tiempos con tiempos naciones con naciones y veréis que dando la Iglesia católica tan alta importancia a la con­servación de la verdad en las materias más trascendentales y no transigiendo nunca en punto a ella ha comprendido y realizado mejor que nadie la elevada y saludable máxima de que la verdad debe ser la reina del mundo de que del orden de las ideas depende el orden de los hechos y de que cuando se agitan cuestiones sobre las grandes verdades se interesan en esas cuestiones los destinos de la humanidad.

Resumamos lo dicho: el principio esencial del Protestantismo es un principio disolvente ahí está la causa de sus variaciones incesan­tes ahí está la causa de su disolución y aniquilamiento.

Como reli­gión particular ya no existe porque no tiene ningún dogma propio ningún carácter positivo ninguna economía nada de cuanto se ne­cesita para formar un ser: es una verdadera negación. Todo lo que se encuentra en él que pueda apellidarse positivo no es más que vestigios ruinas todo está sin fuerza sin acción sin espíritu de vida.

No puede mostrar un edificio que haya levantado por su mano no puede colocarse en medio de esas obras inmensas entre las cuales pue­de situarse con tanta gloria el Catolicismo y decir: esto es mío. El Protestantismo puede sólo sentarse en medio de espantosas ruinas; y de ellas sí que puede decir con toda verdad: yo las he amontonado.

98 Mientras pudo durar el fanatismo de esta secta mientras ardía la llamarada encendida por fogosas declamaciones y avivada por fu­nestas circunstancias desplegó cierta fuerza que si bien no mani­festaba la verdadera robustez mostraba al menos la convulsiva ener­gía del delirio. Pero su época pasó la acción del tiempo ha dispersado los elementos que daban pábulo al incendio; y por más que se haya trabajado por acreditar la Reforma como obra de Dios no se ha po­dido encubrir lo que era en realidad: obra de las pasiones del hom­bre.

No deben causarnos ilusión esos esfuerzos que actualmente pa­rece hacer de nuevo: quien obra en ello no es el Protestantismo en vida; es la falsa filosofía tal vez la política quizás el mezquino inte­rés que toman su nombre se disfrazan con su manto; y sabiendo cuán a propósito es. para excitar disturbios provocar escisiones y disolver las sociedades van recogiendo el agua de los charcos que han quedado manchados con su huella impura seguros de que será un violento veneno para dar la muerte al pueblo incauto que llegue a beber de la dorada copa con que pérfidamente se le brinda.

Pero en vano se esfuerza el débil mortal en luchar contra la diestra del Omnipotente: Dios no abandonará su obra; y por más que el hombre forcejee por más que se empeñe en remedar la obra del Altísimo no podrá borrar los caracteres eternos que distinguen el error de la verdad. La verdad es de suyo fuerte robusta; y como es el conjunto de las mismas relaciones de los seres que se enlaza se traba fuertemente con ellos y no son parte a desasirla ni los esfuerzos de los hombres ni los trastornos de los tiempos.

El error mentida imagen de los grandes lazos que vinculan la compacta masa del uni­verso se tiende sobre sus usurpados dominios como un informe conjunto de ramos mal trabados que no reciben jamás el jugo de la tierra que tampoco le comunican verdor ni frescura y sólo sirven de red engañosa tendida a los pasos del caminante.

¡Pueblos incautos! No os seduzcan ni aparatos brillantes ni pala­bras pomposas ni una actividad mentida: la verdad es cándida mo­desta y confiada porque es pura y fuerte; el error es hipócrita y ostentoso porque es falso y débil. La verdad es una mujer hermosa que desprecia el afectado aliño porque conoce su belleza; el error se atavía se pinta violenta su talle porque es feo descolorido sin expresión de vida en su semblante sin gracia ni dignidad en su for­ma.

¿Admiráis tal vez su actividad y sus trabajos? Sabed que sólo es fuerte cuando es el núcleo de una facción o la bandera de un partido; sabed que entonces es rápido en su acción violento en sus medios es un meteoro funesto que fulgura truena y desaparece dejando en pos de sí la oscuridad la destrucción y la muerte; la verdad es el astro del día despidiendo tranquilamente su luz vivísima y saludable fecundando con suave calor la naturaleza y derramando por todas partes vida alegría y hermosura.

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CAPÍTULO XII

Examen de los efectos que produciría en España el Protestantismo. Estado actual de las ideas irreligiosas. Triunfos de la religión. Estado actual de la ciencia y de la literatura. Situación de las sociedades modernas. Con­jeturas sobre su porvenir y sobre la futura influencia del Catolicismo. Sobre las probabilidades de la introducción del Protestantismo en España. La Inglaterra. Sus relaciones con España. Pitt. Carácter de las ideas religiosas en España. Situación de España. Sus elementos de regeneración.

PARA APRECIAR en su justo valor el efecto que pueden producir sobre la sociedad española doctrinas protestantes será bien dar una ojeada al actual estado de las ideas religiosas en Europa. A pesar del vértigo intelectual que es uno de los caracteres dominantes de la época es un hecho indudable que el espíritu de incredulidad y de irreli­gión ha perdido mucho de su fuerza; y que en la parte que desgra­ciadamente le queda de existencia es reas bien transformado en indiferentismo que no conservando aquella índole sistemática de que se hallaba revestido en el pasado siglo.

 Con el tiempo se gastan todas las declamaciones los apodos fastidian las continuas repeticiones fati­gan; irritase el ánimo con la intolerancia y la mala fe de los partidos descúbrense el vacío de los sistemas la falsedad de las opiniones lo precipitado de los juicios lo inexacto de los raciocinios; andando el tiempo van publicándose datos que ponen de manifiesto las solapa­das intenciones lo engañoso de las palabras la mezquindad de las miras lo maligno y criminal de los proyectos; y al fin se restablece en su imperio la verdad recobran las cosas sus propios nombres toma otra dirección el espíritu público y lo que antes se encontraba inocente y generoso se presenta como culpable y villano; y rasgados los fementidos disfraces muéstrase la mentira rodeada de aquel des­crédito que debiera haber sido siempre su único patrimonio.

Las ideas irreligiosas como todas aquéllas que pululan en socie­dades muy adelantadas no quisieron ni pudieron mantenerse en el recinto de la especulación e invadiendo los dominios de la práctica quisieron señorear todos los ramos de administración y de política. El trastorno que debían producir en la sociedad debía serles fatal a ellas mismas: porque no hay cosa que ponga más de manifiesto los defectos y vicios de un sistema y sobre todo que más desengañe a los hombres que la piedra de toque de la experiencia.

Yo no sé qué facilidad tiene nuestro entendimiento para concebir un objeto bajo muchos aspectos y qué fecundidad funesta para apoyar con un sinnúmero de sofismas las mayores extravagancias; pues que en tra­tándose de apelar a la disputa apenas puede la razón desentenderse de las cavilaciones del sofisma. Pero en llegando a la experiencia todo se cambia: el ingenio enmudece sólo hablan los hechos; y si la experiencia se ha verificado en grande y sobre objetos de mucho interés o de alta importancia difícil es que pueda ofuscarse con especiosas razones la convincente elocuencia de los resultados.

Y de aquí es que observamos a cada paso que un hombre que haya ad­quirido grande experiencia llega a poseer cierto tacto tan delicado y seguro que a la sola exposición de un sistema señala con el dedo todos sus inconvenientes: la inexperiencia fogosa confiada apela a las razones, al aparato de doctrinas; pero el buen sentido, el pre­cioso, el raro inapreciable buen sentido inunda cuerdamente la ca­beza, encoge tranquilamente los hombros y dejando escapar una ligera sonrisa abandona seguro sus predicciones a la prueba del tiempo.

No es necesario ponderar ahora los resultados que han tenido en la práctica aquellas doctrinas cuya divisa era la incredulidad; tanto se ha dicho ya sobre esto que quien emprenda el tocarlo de nuevo corre mucho riesgo de pasar plaza de insulso declamador.

Bastará decir que aun aquellos hombres que por principios por intereses recuerdos u otras causas como que pertenecen aún al siglo pasado se han visto precisados a modificar sus doctrinas a limitar los prin­cipios a paliar las proposiciones a retocar los sistemas a templar el calor y el arrebato de las invectivas; y que queriendo dar una muestra de su aprecio y veneración a aquellos escritores que forma­ron las delicias de su juventud dicen con indulgente tono "que aquellos hombres eran grandes sabios pero que eran sabios de gabi­nete": como si en tratándose de hechos y de práctica lo que se llama sabiduría de mero gabinete no fuese una peligrosa ignorancia.

Como quiera lo cierto es que de estos ensayos ha resultado el pro­yecto de desacreditarse la irreligión como sistema; y que los pueblos la miran si no con horror al menos con desvío y desconfianza.

Los trabajos científicos provocados en todos los ramos por la irreligión que con locas esperanzas había creído que los cielos dejarían de cantar la gloria del Señor que la tierra desconocería a aquél que le dió su cimiento y que la naturaleza toda levantaría su testimonio contra Dios que le dió el ser y la animó con la vida han hecho desaparecer el divorcio que con escándalo se iba introduciendo entre la religión y las ciencias y los acentos del antiguo hombre de la tierra de Hus se ha visto que podían resonar sin desdoro del saber en la boca de los sabios del siglo XIX. ¿Y qué diremos del triunfo de la religión en todo lo que existe de bello de tierno y de sublime sobre la tierra?

¡Cuán grande se ha manifestado en este triunfo la acción de la Providencia! ¡Cosa admirable! En todas las grandes crisis de la sociedad esa mano misteriosa que rige los destinos del universo tiene como en reserva a un hombre extraordinario; llega el momento el hombre se presenta marcha él mismo no sabe adónde pero marcha con paso firme a cumplir el alto destino que el Eterno le ha señalado en la frente.

El ateísmo anegaba a la Francia en un piélago de sangre y de lágri­mas y un hombre desconocido atraviesa en silencio los mares: mien­tras el soplo de la tempestad despedaza las velas de su navío él escucha absorto el bramar del huracán y contempla abismado la majestad del firmamento.

Extraviado por las soledades de América pregunta a las maravillas de la creación el nombre de su Autor; y el trueno le contesta en el confín del desierto las selvas le responden con sordo mugido y la bella naturaleza con cánticos de amor y de armonía. La vista de una cruz solitaria le revela misteriosos secretos la huella de un misionero desconocido le excita grandes recuerdos que enlazan el nuevo mundo con el mundo antiguo; un monumento arruinado una choza salvaje le inspiran aquellos sublimes pensamien­tos que penetran hasta el fondo de la sociedad y del corazón del hom­bre. Embriagado con los sentimientos que le ha sugerido la grandeza de tales espectáculos llena su mente de conceptos elevados y rebo­sando su pecho de la dulzura que han producido en él los encantos  de tanta belleza pisa de nuevo el suelo de su patria. Y ¿qué encuen­tra allí?

La huella ensangrentada del ateísmo, las ruinas y cenizas de los antiguos templos o devorados por el fuego o desplomados a los golpes de bárbaro martillo; sepulcros numerosos que encierran los restos de tantas víctimas inocentes y que poco antes ofrecieran en su lobreguez un asilo oculto al cristiano perseguido.

Nota sin em­bargo un movimiento que la religión quiere descender de nuevo sobre Francia como un pensamiento de consuelo para aliviar un infortunio como un soplo de vida para reanimar un cadáver: desde entonces oye por todas partes un concierto de célica armonía; se agitan rebullen en su grande alma las inspiraciones de la meditación y de la soledad y enajenado y extático canta con lengua de fuego las bellezas de la religión revela las delicadas y hermosas relaciones que tiene con la naturaleza y hablando un lenguaje superior y divino muestra a los hombres asombrados la misteriosa cadena de oro que une el cielo con la tierra : era Chateaubriand.

102 Sin embargo es preciso confesarlo un vértigo como se ha intro­ducido en las ideas no se remedia con poco tiempo; y no es fácil que desaparezca sin grandes trabajos la huella profunda que ha de­bido dejar la irreligión con sus estragos. Los ánimos es verdad van cansados del sistema de irreligión; una desazón profunda agita la sociedad; ella ha perdido su equilibrio la familia ha sentido aflojar sus lazos y el individuo suspira por un rayo de luz por una gota de consuelo y esperanza. Pero ¿dónde hallará el mundo el apoyo que la falta? ¿Seguirá el buen camino el único cual es entrar de nuevo en el redil de la Iglesia católica? ¡Ali!

Sólo Dios es el dueño de los secretos del porvenir sólo él mira desplegados con toda cla­ridad delante de sus ojos los grandes acontecimientos que se prepa­ran sin duda a la humanidad; sólo él sabe cuál será el resultado de esa actividad y energía que vuelve a apoderarse  de  los espíritus en el examen de las grandes cuestiones sociales y religiosas; sólo él sabe cuál será el fruto que recogerán las generaciones venideras de los triunfos conseguidos por la religión en las bellas artes en la litera­tura en las ciencias en la política en todos los ramos por donde se explaya el humano entendimiento.

Nosotros débiles mortales que arrastrados rápidamente por el pre­cipitado curso de las revoluciones y trastornos tenemos apenas el tiempo necesario para dar una fugaz mirada al caos en que está envuelto el país que atravesamos ¿qué podremos decir que tenga alguna prenda de acierto?

 Sólo podemos asegurar que la presente es una época de inquietud de agitación de transición; que multi­plicados escarmientos y repetidos desengaños fruto de espantosos trastornos y de inauditas catástrofes han difundido por todas partes el descrédito de las doctrinas irreligiosas y desorganizadoras sin que por esto haya tomado en su lugar el debido ascendiente la verdadera religión; que el corazón fatigado de tantos infortunios se abre de buen grado a la esperanza sin que el entendimiento deje de contemplar en grande incertidumbre el porvenir y de columbrar tal vez una nueva cadena de calamidades.

Merced a las revoluciones al vuelo de la industria, a la actividad y extensión del comercio al adelanto y expansión prodigiosa de la imprenta a los progresos científicos a la facilidad rapidez y amplitud de las co­municaciones al gusto por los viajes a la acción disolvente del Pro­testantismo de la incredulidad y del escepticismo presenta en la actualidad el espíritu humano una de aquellas fases singulares que forman época en su historia.

103 El entendimiento, la fantasía el corazón se hallan en estado de grande agitación, de movilidad, de desarrollo; presentando al propio tiempo los contrastes más singulares las extravagancias más ridículas y hasta las contradicciones más absurdas.

Observad las ciencias y sin notar en su estudio aquellos trabajos prolijos aquella paciencia incansable aquella marcha pausada y de­tenida que caracterizan los estudios de otras épocas descúbrase sin embargo un espíritu de observación un prurito de generalizar de alzar las cuestiones a un punto de vista elevado y trascendente y sobre todo un afán de tratar todas las ciencias bajo aquel aspecto en que se divisan los puntos de contacto que entre sí tienen los lazos que las hermanan y los canales por donde se comunican recíproca­mente la luz.

Las cuestiones de religión de política de moral de legislación de economía todas van enlazadas marchan de frente dándose al hori­zonte científico un grandor una inmensidad que no había jamás alcanzado. Este adelanto este abuso o este caos si se quiere es un dato que no debe despreciarse cuando se estudia el espíritu de la época cuando se examina su situación religiosa; pues que no es la obra de ningún hombre aislado no es un efecto casual es el resul­tado de un sinnúmero de causas que han conducido la sociedad a este punto es un grande hecho fruto de otros hechos es una expre­sión del estado intelectual en la actualidad es un síntoma de fuerzas y enfermedades un anuncio de transición y de mudanza tal vez una señal consoladora tal vez un funesto presagio.

 Y ¿quién no ha notado el vuelo que va tomando la fantasía y la prodigiosa expansión del corazón en esa literatura tan varia tan irregular tan fluctuante pero al propio tiempo tan rica de hermosísimos cuadros rebosante de sen­timientos delicadísimos y embutida de pensamientos atrevidos y ge­nerosos.-

Dígase lo que se quiera del abatimiento de las ciencias del descaecimiento de los estudios nómbrese con tono mofador las luces del siglo vuélvase la vista dolorida hacia tiempos más estudiosos más sabios más eruditos; en esto habrá sus verdades sus falsedades sus exageraciones como acontece siempre en declamaciones semejantes; pero no podrá negarse que sea lo que fuere de la utilidad de sus trabajos tal vez nunca había desplegado el espíritu humano semejante actividad y energía tal vez nunca se le había visto agitado con un movimiento tan vivo tan general tan variado; tal vez nunca como ahora se habrá deseado con tan excusable curiosidad e impaciencia el levantar una punta del velo que encubre un inmenso porvenir. ¿Quién dominará tan opuestos y poderosos elementos?

104 ¿Quién po­drá restablecer el sosiego en ese piélago combatido por tantas bo­rrascas? ¿Quién podrá dar unión enlace consistencia para formar un todo compacto capaz de resistir a la acción de los tiempos? ¿Quién podrá darlo a esos elementos que se rechazan con tanta fuer­za que luchan sin cesar estallando con detonaciones horrorosas?

¿Se­rá el Protestantismo con su principio fundamental? ¿Será sentando, difundiendo, acreditando el principio disolvente del espíritu privado en materias religiosas realizando este pensamiento con derramar a manos llenas entre todas las clases de la sociedad los ejemplares de la Biblia?

Sociedades inmensas orgullosas con su poderío engreídas de su saber disipadas por los placeres refinadas con el lujo opuestas de continuo a la poderosa acción de la imprenta disponiendo de unos medios de comunicación que hubieran parecido fabulosos a nuestros mayores; donde todas las grandes pasiones encuentran su objeto, to­das las intrigas una sombra toda corrupción un velo todo crimen, un título todo error un intérprete, todo interés un pábulo trocados los nombres socavados todos los cimientos cargadas de escarmientos y desengaños flotando entre la verdad y la mentira con horrorosa in­certidumbre dando de vez en cuando una mirada a la antorcha celes­tial para seguir sus resplandores y contentándose luego con fugaces vislumbres; haciendo un esfuerzo para dominar la tormenta y aban­donándose luego a merced de los vientos y de las ondas las sociedades modernas presentan un cuadro tan extraordinario como intere­sante donde pueden campear con toda amplitud y libertad las espe­ranzas y temores los pronósticos y conjeturas pero sin que sea dable lisonjearse de acierto sin que el hombre sensato pueda tornar más cuerdo partido que esperar en silencio el desenlace que está señalado en los arcanos del Señor a cuyos ojos están desplegados con toda claridad los sucesos de todos los tiempos y los futuros destinos de los pueblos.

Pero sí que se alcanza fácilmente que siendo como es el Protes­tantismo disolvente por su propia naturaleza nada puede producir en el orden moral y religioso que sea en pro de la felicidad de los pueblos; ya que esta felicidad no es dable que exista estando en continua guerra los entendimientos con respecto a las más altas e importantes cuestiones que ofrecerse puedan al espíritu humano.

­105 Cuando en medio de ese tenebroso caos donde vagan tantos elementos tan diferentes tan opuestos y tan poderosos que luchando de continuo se chocan se pulverizan - se confunden busca el ob­servador un punto luminoso de donde pueda venir una ráfaga que alumbre al inundo una idea robusta que enfrenando tanto desorden y anarquía se enseñoreé de los entendimientos  los vuelva al camino de la verdad ocurre desde luego el Catolicismo como el único manan­tial de tantos bienes: al ver cuál se sostiene aún con brillantez y pujanza a pesar  de  los. inauditos esfuerzos que se están haciendo todos los días para aniquilarle llenase de consuelo el corazón y brotando en él la esperanza parece que le convida a saludar a esa religión divina felicitándola por el nuevo triunfo que va a adquirir sobre la tierra.

Hubo  un tiempo en que inundada la Europa por una nube de bárbaros vió desplomarse de un golpe todos los monumentos de la antigua civilización y cultura: los legisladores con sus leyes, el im­perio con su brillo y poderío, los sabios con las ciencias, las artes con sus monumentos, todo se hundió; y esas inmensas regiones donde florecían poco antes toda la civilización y cultura que habían adqui­rido los pueblos por espacio de muchos siglos viéronse sumidas de repente en la ignorancia y en la barbarie.

Pero la brillante centella de luz arrojada sobre el inundo desde la Palestina continuaba fulgu­rando aún en medio del caos; en vano se levantó la espesa polvareda que amagaba envolverla en las tinieblas; alimentada por el soplo del Eterno continuaba resplandeciendo; pasaron los siglos fue extendien­do su órbita brillante y los pueblos que tal vez no pensaban que pudiera servirles mas que de guía para marchar sin tropiezo por entre la oscuridad la vieron presentarse como sol resplandeciente esparciendo por todas partes la luz y la vida.

Y ¿quién sabe si en los arcanos del Eterno no le está reservado otro triunfo más difícil no menos saludable y brillante?

Instruyendo la ignorancia, civilizando la barbarie, puliendo la rudeza, amansando la ferocidad preservó a la sociedad de ser víctima tal vez para siempre de la brutalidad más atroz y de la estupidez más degradante pero ¿qué timbre mas glorioso para ella si rectificando las ideas centrali­zando y purificando los sentimientos asentando los eternos principios de toda sociedad enfrenando las pasiones templando los enconos cercenando las demasías y señoreando todos los entendimientos y voluntades pudiera levantarse como una reguladora universal que estimulando todo linaje de conocimientos y adelantos inspirara la debida templanza a esta sociedad agitada con tanta furia por tan poderosos elementos que privados de un punto céntrico y atrayente la están de continuo amenazando con la disolución y el caos?

106 No es dado al hombre penetrar en el porvenir; pero el mundo físico se disolverá con espantosa catástrofe si faltase por un momento el principio fundamental que da unidad, orden y concierto a los variados movimientos de todos los sistemas; y si la sociedad llena como está de movimiento de comunicación y de vida no entra bajo la direc­ción de un principio regulador universal y constante al fijar la vista sobre la suerte de las generaciones venideras el corazón tiembla y la mente se anubla.

Hay empero un hecho sumamente consolador y es el admirable progreso que hace el Catolicismo en varios países. En Francia y en Bélgica se robustece; en el norte de Europa parece que se le teme cuando de tal manera se le combate; en Inglaterra es tanto lo que ha ganado en menos de medio siglo que sería increíble si no constara en datos irrecusables; y en sus misiones vuelve a manifestarse tan em­prendedor y fecundo que nos recuerda los tiempos de su mayor ascendiente y poderío.

Y cuando los otros pueblos tienden a la unidad ¿podría prevalecer el desbarro de que nosotros nos encaramáramos al cisma?

Cuando los demás pueblos se alegrarían infinito de que subsistiera entre ellos algún principio vital que pudiese restablecerles las fuerzas que les ha quitado la incredulidad España que conserva el Catolicismo y toda­vía solo todavía poderoso ¿admitiría en su seno ese germen de muerte que la imposibilitaría de recobrarse de sus dolencias que aseguraría a no dudarlo su completa ruina?

 En esa regeneración moral a que aspiran los pueblos anhelantes por salir de posición angustiosa en que los colocaron las doctrinas irreligiosas

¿será posible que no se quiera parar la atención en la inmensa ventaja que la España lleva a muchos de ellos por ser uno de los menos tocados de la gangrena de la irre­ligión y por conservar todavía la unidad religiosa inestimable he­rencia de una larga serie de siglos?

¿Será posible que no se advierta lo que puede ser esa unidad si la aprovecharnos cual merece; esa uni­dad que se enlaza con todas nuestras glorias que despierta tan bellos recuerdos y que admirablemente podría servir para elemento de re­generación en el orden social?

Si se pregunta lo que pienso sobre la proximidad del peligro y si las tentativas que están haciendo los protestantes para este efecto tienen alguna probabilidad de resultado responderé con alguna dis­tinción. El Protestantismo es profundamente débil ya por su natura­leza y además por ser viejo y caduco; tratando de introducirse en España ha de luchar con un adversario lleno de vida y robustez y que está muy arraigado en el país; y por esta causa y bajo este aspecto no puede ser temible su acción.

107 Pero ¿quién impide que si llegase a establecerse en nuestro suelo por más reducido que fuera su dominio no causara terribles males?

Por de pronto salta a la vista que tendríamos otra manzana de dis­cordia y no es difícil columbrar las colisiones que ocasionaría a cada paso. Como el Protestantismo en España a más de su debilidad in­trínseca tendría la que le causara el nuevo clima en que se hallaría tan falto de su elemento se viera forzado a buscar sostén arrimándose a cuanto le alargase la mano; entonces es bien claro que serviría como un punto de reunión para los descontentos; y va que se apartare de su objeto fuera cuando menos un núcleo de nuevas facciones, una bandera de pandillas. Escándalos, rencores, desmoralización, distur­bios y quizás catástrofes he aquí el resultado inmediato infalible de introducirse entre nosotros el Protestantismo: apelo a la buena fe de todo hombre que conozca medianamente al pueblo español.

Pero no está todo aquí; la cuestión se ensancha y adquiere una importancia incalculable si se la mira en sus relaciones con la política extranjera.

¿Qué palanca tendría entonces para causar en nuestra desgraciada patria toda clase de sacudimientos? ¡Oh! ¡y cómo se asiría ávidamente de ella! ¡cómo trabaja quizás para buscar un punto de apoyo!

Hay en Europa una nación temible por su inmenso pode­río, respetable por su mucho adelantamiento en las ciencias y artes y que teniendo a la mano grandes medios de acción por todo el ám­bito de la tierra sabe desplegarlos con una sagacidad y astucia ver­daderamente admirables.

Habiendo sido la primera de las naciones modernas en recorrer todas las fases de una revolución religiosa y política y que en medio de terribles trastornos contemplara las pa­siones en toda su desnudez, el crimen en todas sus formas se aven­taja a las otras en el conocimiento de toda clase de resortes; al paso que fastidiada de vanos nombres con que en esas épocas suelen en­cubrirse las pasiones más viles y los intereses más mezquinos tiene sobrado embotada su sensibilidad para que puedan fácilmente excitar en su seno las tormentas que a otros países los inundan de sangre y de lágrimas.

No se altera su paz interior en medio de la agitación y del acaloramiento de las discusiones; y aunque no deje de columbrar en un porvenir más o menos lejano las espinosas situaciones que po­drían acarrearle gravísimos apuros disfruta entretanto de aquella calma que le aseguran su constitución sus hábitos sus riquezas y sobre todo el Océano que la ciñe.

Colocada en posición tan ventajosa acecha la marcha de los otros pueblos para uncirlos a su carro con doradas cadenas si tienen candor bastante para escuchar sus halagüeñas palabras; o al menos procura embarazar su marcha y ata­jar sus progresos en caso que con noble independencia traten de emanciparse de su influjo.

108 Atenta siempre a engrandecerse por me­dio de las artes y comercio con una política mercantil en grado eminente cubre no obstante la materialidad  de  los intereses con todo linaje de velos; y si bien cuando se trata  de  los demás pueblos es indiferente del todo a la religión e ideas políticas sin embargo se vale diestramente de tan poderosas armas para procurarse amigos desba­ratar a sus adversarios y envolverlos a todos en la red mercantil que tiene de continuo tendida sobre los cuatro ángulos de la tierra.

No es posible que se escape a su sagacidad lo mucho que tendría adelantado para contar a España en el número  de  sus colonias si pudiese lograr que fraternizase con ella en ideas religiosas; no tanto por la buena correspondencia que semejante fraternidad promovería entre ambos pueblos como porque sería éste el medio seguro para que el español perdiese del todo ese carácter singular esa fisonomía austera que le distingue de todos los otros pueblos olvidando la única idea nacional y regeneradora que ha permanecido en pie en medio de tan espantosos trastornos quedando así susceptible de toda clase de impresiones ajenas y dúctil y flexible en todos los sentidos que pu­diera convenir a las interesadas miras de los solapados protectores.

No lo olvidemos: no hay nación en Europa que conciba sus planes con tanta previsión que los prepare con tanta astucia que los ejecute con tanta destreza ni que los lleve a cabo con igual tenacidad. Como después de las profundas revoluciones que la trabajaron ha permane­cido en un estado- regular desde el último tercio del siglo XVII es enteramente extraña a los trastornos sufridos en este período por los  demás pueblos  de  Europa ha podido seguir un sistema de política concertado así en lo interior como en lo exterior; y de esta manera sus hombres de gobierno han podido formarse más plenamente here­dando los datos y las miras que guiaron a los antecesores.

Conocen sus gobernantes cuán precioso es estar de antemano apercibidos para todo evento; y así no descuidan escudriñar a fondo qué es lo que hay en cada nación que los pueda ayudar o contrastar; saliendo de la órbita política penetran en el corazón de la sociedad sobre la cual se proponen influir; y rastrean allí cuáles son las condiciones de su existencia cuál es su principio vital cuáles las causas de su fuerza y energía.

Era en el otoño de 1805 y daba Pitt una comida de campo a la que asistían varios de sus amigos. Le  llegó entretanto un pliego en que se le anunciaba la rendición de Alack en Ulma con cuarenta mil hombres y la marcha de Napoleón sobre Viena.

109 Comunicó la funesta noticia a sus amigos quienes al oírla exclamaron: "todo está perdido ya no hay remedio contra Napoleón". "Todavía hay re­medio replicó Pitt todavía hay remedio si consigo levantar una guerra nacional en Europa y esta guerra ha de comenzar en España".

"Sí señores añadió después España será el primer pueblo donde se encenderá esa guerra patriótica, la sola que pueda libertar Europa".

Tanta era la importancia que daba ese profundo estadista a la fuerza de una idea nacional tanto era lo que de ella esperaba; nada menos que hacer lo que no podían todos los esfuerzos de todos los gabinetes europeos: derrocar a Napoleón libertar la Europa. No es raro que la marcha  de  las cosas traiga combinaciones tales que las mismas ideas nacionales que un día sirvieron de poderoso auxiliar a las miras de un gabinete le salgan otro día al paso y le sean un poderoso obstáculo: entonces lejos de fomentarlas y avivarlas lo que le interesa es sofocarlas.

Lo que puede salvar a una nación liber­tándola de interesadas tutelas y asegurándole su verdadera indepen­dencia son ideas grandes y generosas arraigadas profundamente en­tre los pueblos; son los sentimientos grabados en el corazón por la acción del tiempo por la influencia de instituciones robustas por la antigüedad de los hábitos y de las costumbres; es la unidad de pensa­miento religioso que hace de un pueblo un solo hombre.

Entonces lo pasado se enlaza con lo presente y lo presente se extiende al por­venir; entonces brotan a porfía en el pecho aquellos arranques de entusiasmo manantial de acciones grandes; entonces hay desprendi­miento, energía, constancia; porque hay en las ideas fijeza y eleva­ción porque hay en los corazones generosidad y grandeza.

No fuera imposible que en alguno de los vaivenes que trabajan a esta nación desventurada tuviéramos la desgracia de que se levan­tasen hombres bastante ciegos para ensayar la insensata tentativa de introducir en nuestra patria la religión protestante.

Estamos dema­siado escarmentados para dormir tranquilos; y no se han olvidado sucesos que indican a las claras hasta dónde se hubiera ya llegado algunas veces si no se hubiese suprimido la audacia de ciertos hombres con el imponente desagrado de la inmensa mayoría de la nación.

Y no es que se conciban siquiera posibles las violencias del reinado de Enrique VIII pero sí que podría suceder que aprovechándose de una fuerte ruptura con la Santa Sede de la terquedad y ambición de algunos eclesiásticos del pretexto de aclimatar en nuestro suelo el espíritu de tolerancia o de otros motivos semejantes se tantease con este o aquel nombre que eso poco importa el introducir entre nos­otros las doctrinas protestantes.

110 Y no sería por cierto la tolerancia lo que se nos importaría del extranjero; pues que ésta ya existe de hecho y tan amplia que se­guramente nadie recela el ser perseguido ni al molestado por sus opiniones religiosas; lo que se nos traería y se trabajaría por plantear fuera un nuevo sistema religioso pertrechándole de todo lo necesario para alcanzar predominio y para debilitar o destruir si fuera posible el Catolicismo.

Y mucho me engaño si en la ceguedad y rencor que han manifestado algunos de nuestros hombres que se dicen de go­bierno no encontrase en ellos decidida protección el nuevo sistema religioso una vez que le hubiéramos admitido. Cuando se tratara de admitirle se nos presentaría quizás el nuevo sistema en ademán mo­desto reclamando tan sólo habitación en nombre de la tolerancia y de la hospitalidad; pero bien pronto le viéramos acrecentar su osadía reclamar derechos extender sus pretensiones y disputar a palmos el terreno de la religión católica. Resonaran entrences con más y más vigor aquellas rencorosas y virulentas declamaciones que tan fatigados nos traen por espacio de algunos años; esos ecos de una escuela que delira porque está por expirar.

 El desvío con que mirarían los pue­blos a la pretendida reforma sería a no dudarlo culpado de rebeldía, las pastorales de los obispos serían calificadas de insidiosas sugestiones el celo fervoroso de los sacerdotes católicos acusado de provocación sediciosa y el concierto de los fieles para preservarse de la infección sería denunciado como una conjura diabólica urdida por la in­tolerancia y el espíritu de partido y confiada en su ejecución a la ignorancia y al fanatismo.

En medio de los esfuerzos de los unos .y de la resistencia de los otros viéramos mas o menos parodiadas escenas de tiempos que ya pa­saron; y si bien el espíritu de templanza que es uno de los carac­teres del siglo impediría que se repitiesen los excesos que mancharon de sangre los fastos de otras naciones no dejarían sin embargo de ser irritados.

 Porque es menester no olvidar que tratándose de religión no puede contarse en España con la frialdad e indiferencia que en caso de un conflicto manifestarían en la actualidad otros pueblos: en éstos han perdido los sentimientos religiosos mucho de su fuerza pero en España son todavía muy hondos muy vivos muy enérgicos y el día que se los combatiera de frente abordando las cuestiones sin rebozo se sentiría un sacudimiento tan universal COMO recio. Hasta ahora si bien es verdad que en objetos religiosos se han presenciado lamentables escándalos y hasta horrorosas catástrofes no ha faltado nunca un disfraz que más o menos transparente encubría empero algún tanto la perversidad de las intenciones.

Unas veces ha sido el ataque contra esta o aquella persona a quien se han achacado maquinaciones políticas; otras contra determinadas clases acusadas de crímenes ima­ginarios; tal vez se ha desbordado la revolución y se ha dicho que era imposible contenerla y que los atropellamientos los insultos los escarnios de que ha sido objeto lo más sagrado que hay en la tierra y en el cielo eran sucesos inevitables tratándose de un populacho des­enfrenado: aquí mediaba al menos un disfraz y un disfraz poco o mucho siempre cubre; pero cuando se viesen atacados de propósito a sangre fría todos los dogmas del Catolicismo despreciados los pun­tos más capitales de la disciplina ridiculizados los misterios más au­gustos escarnecidas las ceremonias más sagradas; cuando se viera levantar un templo contra otro templo una cátedra contra otra cátedra ¿qué sucedería?

Es innegable que se exasperarían los ánimos hasta el extremo y si no resultaran como fuera de temer estrepitosas explosiones tomarían al menos las controversias religiosas un carácter tan violento que nos creeríamos trasladados al siglo XVI.

Siendo tan frecuente entre nosotros que los principios dominantes en el orden político sean enteramente contrarios a los dominantes en la sociedad sucedería a menudo que el principio religioso rechazado por la sociedad encontraría su apoyo en los hombres influyentes en el orden político: reproduciéndose con circunstancias agravantes el triste fenómeno que tantos años ha estarnos presenciando de querer los gobernantes torcer a viva fuerza el curso de la sociedad.

 Ésta es una de las diferencias más capitales entre nuestra revolución y la de otros países; ésta es la clave para explicar chocantes anomalías: allí las ideas de revolución se apoderaron de la sociedad y se arrojaron en seguida sobre la esfera política; aquí se apoderaron primero de la esfera política y trataron en seguida de bajar a la esfera social; la sociedad estaba muy distante de hallarse preparada para semejantes innovaciones y por esto han sido indispensables tan rudos y repetidos choques.

De esta falta de armonía ha resultado que el gobierno en España ejerce sobre los pueblos muy escasa influencia entendiendo por in­fluencia aquel ascendiente moral que no necesita andar acompañado de la idea de la fuerza. No hay duda que esto es un mal porque tiende a debilitar el poder necesidad imprescindible para toda so­ciedad; pero no han faltado ocasiones en que ha sido un gran bien: porque no es poca fortuna cuando un gobierno es liviano e insensato el que se encuentre con una sociedad mesurada y cuerda que mientras aquél corre a precipitarse desatentado vaya ésta marchando con paso sosegado y majestuoso.

 

Mucho hay que esperar del buen ins­tinto de la nación española mucho hay que prometerse de su pro­verbial gravedad aumentada además con tanto infortunio; mucho hay que prometerse de ese tino que le hace distinguir tan bien el verdadero camino de su felicidad y que la vuelve sorda a las insi­diosas sugestiones con que se ha tratado  de  extraviarla.

 Si van ya muchos años que por una funesta combinación  de  circunstancias y por la falta de armonía entre el orden político y el social no acierta a darse un gobierno que sea su verdadera expresión que adivine sus instintos que siga sus tendencias que la conduzca por el camino  de  la prosperidad esperanza alimentamos  de  que ese día vendrán que brotará del seno  de  esa sociedad rica  de  vida y de porvenir esa misma armonía que le falta ese equilibrio que ha perdido.

Entretanto es altamente importante que todos los hombres que sientan latir en su pecho un corazón español que no se complazcan en ver desgarra­das las entrañas de su patria se reúnan, se pongan de acuerdo obren concertados para impedir el que prevalezca el genio del mal alcan­zando a esparcir en nuestro suelo una semilla  de  eterna discordia añadiendo esa otra calamidad a tantas otras calamidades y ahogando los preciosos gérmenes de donde puede rebrotar lozana y brillante nuestra civilización remozada alzándose del abatimiento y postración en que la sumieran circunstancias aciagas.

¡Ay! Se oprime el alma con angustiosa pesadumbre al solo pensa­miento de que pudiera venir un día en que desapareciese de entre nosotros esa unidad religiosa que se identifica con nuestros hábitos, nuestros usos, nuestras costumbres, nuestras leyes, que guarda la cuna de nuestra monarquía en la cueva de Covadonga que es la enseña de nuestro estandarte en una lucha de ocho siglos con el formidable poder de la Media Luna, que desenvuelve lozanamente nuestra civili­zación en medio de tiempos tan trabajosos, que acompaña a nuestros terribles tercios cuando imponían silencio a la Europa, que conduce a nuestros marinos al descubrimiento de nuevos mundos a dar los primeros la vuelta a la redondez del globo que alienta a nuestros guerreros al llevar a cabo conquistas heroicas y que en tiempos más recientes sella el cúmulo de tantas y tan grandiosas hazañas derro­cando a Napoleón.

Vosotros que con precipitación tan liviana con­denáis las obras de los siglos que con tanta avilantes insultáis a la nación española que tiznáis de barbarie y oscurantismo el principio que presidió a nuestra civilización ¿sabéis a quién insultáis? ¿sabéis quién inspiró el genio del gran Gonzalo de Hernán Cortés de Pi­zarro, del Vencedor de Lepanto?

Las sombras de Garcilaso de Herrera de Ercilla de Fray Luis de León de Cervantes de Lope de Vega ¿no os infunden respeto?

¿Osaréis pues quebrantar el lazo que a ellos nos une y hacernos indigna prole de tan esclarecidos varones? ¿Quisierais separar por un abismo nuestras creencias de sus creencias nuestras costumbres de sus costumbres rompiendo así con todas nues­tras tradiciones olvidando los más embelesantes y gloriosos recuerdos y haciendo que los grandiosos y augustos monumentos que nos legó la religiosidad de nuestros antepasados sólo permanecieran entre nos­otros como una represión la más elocuente y severa?

¿Consentiríais que se cegasen los ricos manantiales adonde podemos acudir para resucitar la literatura vigorizar la ciencia reorganizar la legislación restablecer el espíritu de nacionalidad restaurar nuestra gloria y co­locar de nuevo a esta nación desventurada en el alto rango que sus virtudes merecen dándole la prosperidad y la dicha que tan afanosa busca y que en su corazón augura?


CAPÍTULO XIII

Empieza el cotejo del Protestantismo con el Catolicismo en sus relaciones con el adelanto social de los pueblos. Libertad. Vago sentido de esta palabra. La civilización europea se debe principalmente al Catolicismo. Comparación del Oriente con el Occidente. Conjeturas sobre los destinos del Catolicismo en las catástrofes que pueden amenazar a la Europa. Observaciones sobre los estudios filosófico-históricos. Fatalismo de cierta escuela Histórica moderna.

PARANGONADOS ya bajo el aspecto religioso el Catolicismo y el Pro­testantismo en el cuadro que acabo de trazar y evidenciada la supe­rioridad de aquél sobre éste no sólo en lo concerniente a certeza sino también en todo lo relativo a los instintos a los sentimientos a las ideas al carácter del espíritu humano será bien entrar ahora en otra cuestión no más importante por cierto pero sí menos dilucidada y en que será preciso luchar con fuertes antipatías y disipar consi­derable número de prevenciones y errores.

En medio de las dificul­tades de que está erizada la empresa que voy a acometer, aliéntame una poderosa esperanza, y es que lo interesante de la materia, y el ser muy del gusto científico del siglo, convidará quizás a leer, ob­viándose de esta manera el peligro que suele amenazar a los que escriben en favor de la religión católica: son juzgados sin ser oídos.

He aquí, pues, la cuestión en sus precisos términos: comparados el Catolicismo y el Protestantismo, ¿cuál de los dos es más conducente parí la verdadera libertad, para el verdadero adelanto de los pueblos, para la causa de la civilización?

Libertad: ésta es una de aquellas palabras tan generalmente usadas como poco entendidas; palabras que por envolver cierta idea vaga muy fácil de percibir, presentan la engañosa apariencia de una entera claridad, mientras que por la muchedumbre y variedad de objetos a que se aplican, son susceptibles de una infinidad de sentidos, hacién­dose su comprensión sumamente difícil. ¿Y quién podrá reducir a guarismo las aplicaciones que se hacen de la palabra libertad? Sal­vándose en todas ellas una idea que podríamos apellidar radical, -son infinitas las modificaciones y graduaciones a que se la sujeta.

Circula el aire con libertad; se despejan los alrededores ole una planta para que crezca y se extienda con libertad; se mondan los conductos de un regadío para que el agua corra con libertad; al pez cogido en la red, al avecilla enjaulada se los suelta, y se les da libertad; se trata a un amigo con libertad; hay modales libres, pensamientos libres, ex­presiones libres, herencias libres, voluntad libre, acciones libres; no tiene libertad el encarcelado, carece de libertad el hijo de familia, tiene poca libertad una doncella, una persona casada ya no es libre, un hombre en tierra extraña se porta con más libertad, el soldado no tiene libertad; hay hombres libres de quintas, libres de contribuciones; hay votaciones libres, dictámenes libres, interpretación libre, versifi­cación libre; libertad de comercio, libertad de enseñanza, libertad de imprenta, libertad de conciencia, libertad civil, libertad política, li­bertad justa, injusta, racional, irracional, moderada, excesiva, come­dida, licenciosa, oportuna, inoportuna: mas ¿a qué fatigarse en la enumeración, cuando es poco henos que imposible el dar cima a tan enfadosa tarea?

Pero menester parecía detenerse algún tanto en ella, aun a riego de fastidiar al lector; quizás el recuerdo de este fastidio podrá contribuir a grabar profundamente en el ánimo la saludable verdad, de que cuando en la conversación, en los escritos, en las discusiones públicas, en las leyes, se usa tan a menudo esta palabra, aplicándola a objetos ole la mayor importancia, es necesario reflexio­nar maduramente sobre el número y naturaleza de ideas que en el respectivo caso abarca, sobre el sentido que la materia consiente, so­bre las modificaciones que las circunstancias demandan, sobre las precauciones y, tino que las aplicaciones exigen.

Sea cual fuere la acepción en que se tome la palabra libertad, échase de ver que siempre entraña en su significado ausencia de causa que impida o coarte el ejercicio de alguna facultad: infiriéndose de aquí, que para fijar en cada paso el verdadero sentido de esa palabra, es indispensable atender a la naturaleza y circunstancias de la facultad cuyo uso se quiere impedir o limitar, sin perder de vista los varios objetos sobre qué versa, las condiciones de su ejercicio, cómo y tam­bién el carácter, la eficacia y la extensión de la causa que al efecto se empleare.

Para aclarar la materia propongámonos formar juicio de esta proposición: el hombre ha de tener libertad de pensar. Aquí se afirma que al hombre no se le ha de coartar el pensamiento. Ahora bien: ¿habláis de coartación física ejercida inmediatamente sobre el mismo pensamiento? Pues entonces es de todo punto inútil la pro­posición; porque como semejante coartación es imposible, vano es decir que no se la debe emplear. ¿Entendéis que no se debe coartar la expresión del pensamiento, es decir que no se ha de impedir ni restringir la libertad de manifestar cada cual lo que piensa?

Entonces habéis dado un salto inmenso, habéis colocado la cuestión en muy diferente terreno; y si no queréis significar que todo hombre, a todas horas, en todo lugar, pueda decir sobre cualquier materia cuanto le viniere a la mente, y del modo que más le agradare, deberéis distin­guir cosas, personas, lugares, tiempos, modos, condiciones, en una palabra, atender a mil y mil circunstancias, impedir del todo en unos casos, limitar en otros, ampliar en éstos, restringir en aquéllos, y así tomaros tan largo trabajo, que de nada os sirva el haber sentado en favor de la libertad del pensamiento aquella proposición tan general, con toda su apariencia de sencillez y claridad.

Aun penetrando en el mismo santuario del pensamiento, en aquella región donde no alcanzan las miradas de otro hombre, y que sólo está patente a los ojos de Dios, ¿qué significa la libertad de pensar? ¿Es acaso que el pensamiento no tenga sus leyes a las que ha de su­jetarse por precisión, si no quiere sumirse en el caos? ¿Puede des­preciar la norma de una sana razón? ¿Puede desoír los consejos del buen sentido? ¿Puede olvidar que su objeto es la verdad? ¿Puede desentenderse de los eternos principios de la moral?

He aquí cómo examinando lo que significa la palabra libertad, aun aplicándola a lo que seguramente hay de más libre en el hombre como es el pensamiento, nos encontramos con tal muchedumbre y variedad de sentidos, que nos obligan a un sinnúmero de distinciones, y nos llevan por necesidad a restringir la proposición general, si algo quere­mos expresar que no esté en contradicción con lo que dictan la razón y el buen sentido, con lo que prescriben las leyes eternas de la moral, con lo que demandan los mismos intereses del individuo, con lo que reclaman el buen orden y la conservación de la sociedad.

¿Y qué no podría decirse de tantas otras libertades como se invocan de conti­nuo, con nombres indeterminados y vagos, cubiertos a propósito con el equívoco y las tinieblas?

Pongo estos ejemplos, sólo para que no se confundan las ideas; porque defendiendo como defiendo la causa del Catolicismo, no nece­sito abogar por la opresión, ni invocar sobre los hombres una mano de hierro, ni aplaudir que se huellen sus derechos sagrados. Sagrados, sí, porque según la enseñanza de la augusta religión de Jesucristo, sagrado es un hombre a los ojos de otro hombre, por su alto origen y destino, por la imagen de Dios que en él resplandece, por haber sido redimido con inefable dignación y amor por el mismo Mijo del Eterno; sagrados declara esa religión divina los derechos del hombre, cuando su augusto Fundador amenaza con eterno suplicio, no tan sólo a quien le matare, no tan sólo a quien le mutilare, no tan sólo a quien le robare, sino, ¡cosa admirable!, hasta a quien se propasare a ofenderle con solas palabras. "Quien llamare a su hermano fatuo, será reo del fuego del infierno." Mateo 5. v. 22.) Así hablaba el Divino Maestro.

Levantase el pecho con generosa indignación, al oír que se achaca a la religión de Jesucristo, tendencia a esclavizar. Cierto es que si se confunde el espíritu de verdadera libertad con el espíritu de los de­magogos, no se le encuentra en el Catolicismo; pero si no se quieren trastrocar monstruosamente los nombres, si se da a la palabra libertad su acepción más razonable, más justa, más provechosa, más dulce, entonces la religión católica puede reclamar la gratitud del humano linaje: ella ha civilizado las naciones que la han profesado; y la civi­lización es la verdadera libertad.

Es un hecho ya generalmente reconocido y paladinamente confe­sado, que el cristianismo ha ejercido muy poderosa y saludable in­fluencia en el desarrollo de la civilización europea; pero a este hecho no se le da todavía por algunos la importancia que merece, a causa de no ser bastante bien apreciado. Con respecto a la civilización, se distingue a veces el influjo del Cristianismo, del influjo del Catoli­cismo, ponderando las excelencias de aquél y escaseando los enco­mios a éste; sin reparar que cuando se trata de la civilización europea, puede el Catolicismo demandar una consideración siempre principal, y por lo tocante a mucho tiempo, hasta exclusiva, pues que se hallé) por largos siglos enteramente solo en el trabajo de esa grande abra.

No se ha querido ver que al presentarse el Protestantismo en Europa estaba ya la obra por concluir; y con una injusticia e ingratitud que no acierta uno a calificar, se ha tachado al Catolicismo de espíritu de barbarie, de oscurantismo, de opresión, mientras se hacía ostentosa gala de la rica civilización, de las luces y de la libertad que a él prin­cipalmente son debidas.

Si no se tenía gana de profundizar las íntimas relaciones del Catoli­cismo con la civilización europea, si faltaba la paciencia que es me­nester en las prolijas investigaciones a que tal examen conduce, al menos parecía del caso dar una mirada al estado de los países donde en siglos trabajosos no ejerció la religión católica todo su influjo, y compararlos con aquellos otros en que fue el principio dominante. El Oriente y el Occidente, ambos sujetos a grandes trastornos, ambos profesando el cristianismo, pero de manera que el principio católico se halló débil y vacilante allí, mientras estuvo robusto y profunda­mente arraigado entre los occidentales, hubieran ofrecido dos puntos de comparación muy a propósito para estimar lo que vale el Cristia­nismo sin el Catolicismo, cuando se trata de salvar la civilización y la existencia de las naciones.

En occidente los trastornos fueron repe­tidos y espantosos, el caos llegó a su complemento, y sin embargo del caos han brotado la luz y la vida. Ni la barbarie de los pueblos que inundaron estas regiones, y que adquirieron en ellas asiento, ni las furiosas arremetidas del islamismo, aun cuando estaba en su mayor brío y pujanza, bastaron para que se ahogase el germen de una .ci­vilización rica y fecunda: en oriente todo iba envejeciendo y cadu­cando, nada se remozaba, y a los embates del ariete que nada había podido contra nosotros, todo cayó. Ese poder espiritual de Roma, esa influencia en los negocios temporales, dieron por cierto frutos muy diferentes de los que produjeron en semejantes circunstancias sus rencorosos rivales.

Si un día estuviese destinada la Europa a sufrir de nuevo algún espantoso y general trastorno, o por un desborde universal de las ideas revolucionarias, o por alguna violenta irrupción del pauperismo sobre los poderes sociales y sobre la propiedad; si ese coloso que se levanta en el Norte en un trono asentado entre eternas nieves, te­niendo en su cabeza la inteligencia y en su mano la fuerza ciega, que dispone a la vez de los medios de la civilización y de la barbarie, cuyos ojos van recorriendo de continuo el Oriente, el Mediodía y el Occidente, con aquella mirada codiciosa y astuta, señal característica que nos presenta la historia en todos los imperios invasores; si ace­chado el momento oportuno se arrojase a una tentativa sobre la independencia de Europa, entonces quizás se vería una prueba de lo que vale en los grandes apuros el principio católico, entonces se palparía el poder de esa unidad proclamada y sostenida por el Catoli­cismo, entonces recordando los siglos medios se vería una de las cau­sas de la debilidad del Oriente y de la robustez del Occidente, enton­ces se recordaría un hecho que aunque es de ayer, empieza ya a olvidarse, y es que el pueblo contra cuyo denodado brío se estrelló el poder de Napoleón, era el pueblo proverbialmente católico.

Y ¿quién sabe si en los atentados cometidos en Rusia contra el Catoli­cismo, atentados que ha deplorado en sentido lenguaje el Vicario de Jesucristo, quién sabe si influye el secreto presentimiento, o quizás la previsión, de la necesidad de debilitar aquel sublime poder, que tratándose de la causa de la humanidad, ha sido en todas épocas el núcleo de los grandes esfuerzos? Pero volvamos al intento.

No puede negarse que desde el siglo XVI se ha mostrado la civiliza­ción europea muy lozana y brillante; pero es un error atribuir este fenómeno al Protestantismo. Para examinar la influencia y eficacia de un hecho no se han de mirar tan sólo los sucesos que han venido después de él; se ha de considerar si estos sucesos estaban ya prepa­rados, si son algo más que un resultado necesario de hechos ante­riores, conviene no hacer aquel raciocinio que tachan de sofístico los dialécticos: después de esto, luego por esto; post hoc, ergo propter hoe. Sin el Protestantismo, y antes del Protestantismo, estaba ya muy adelantada la civilización europea por los trabajos e influencia de la religión católica; y la grandeza y esplendor que sobrevinieron des­pués, no se desplegaron a causa del Protestantismo, sino a pesar del Protestantismo.

Al extravío de ideas en esta materia ha contribuido no poco el estudio poco profundo que se ha hecho del cristianismo, el haberse contentado no pocas veces con una mirada superficial sobre los prin­cipios de fraternidad que él tanto recomienda, sin entrar en el debido examen de la historia de la Iglesia. Para comprender a fondo una institución, no basta pararse en sus ideas más capitales; es necesario seguirle también los pasos, ver cómo va realizando esas ideas, cómo triunfa de los obstáculos que le salen al encuentro.

Nunca se for­mará concepto cabal sobre un hecho histórico, si no se estudia dete­nidamente su historia; y el estudio de la historia de la Iglesia católica en sus relaciones con la civilización deja todavía mucho que desear. Y no es que sobre la historia de la Iglesia no se hayan hecho estudios profundos, sino que desde que se ha desplegado el espíritu de análisis social, no ha sido todavía objeto de aquellos trabajos admirables que tanto la ilustraron bajo el aspecto dogmático y crítico.

Otro embarazo media para que pueda dilucidarse cual conviene esta materia, y es el dar sobrada importancia a las intenciones de los hombres, distrayéndose de considerar la marcha grave y majestuosa de las cosas. Se mide la magnitud y se califica la naturaleza de los acontecimientos por los motivos inmediatos que los determinaron, y por los fines que se proponían los hombres que en ellos intervinieron; y esto es un error muy grave: la vista se ha de extender a mayor espacio y se 1Ia ele observar el sucesivo desarrollo de las ideas, el in­flujo que anduvieron ejerciendo en los sucesos, las instituciones que de ellas iban brotando, pero considerándolo todo corno es en sí, es decir, en un cuadro grande, inmenso, sin pararse en hechos particu­lares contemplados en su aislamiento y pequeñez.

Que es menester grabar profundamente en el ánimo la importante verdad de que cuando se desenvuelve alguno de esos grandes hechos que cambian la suerte ele una parte considerable del humano linaje, rara vez lo comprenden los mismos hombres que en ello intervienen, y que como poderosos agentes figuran: la marcha cíe la humanidad es un gran drama, los papeles se distribuyen entre los individuos que pasan y desaparecen, el hombre es muy pequeño, sólo Dios es grande.

Ni los actores de las escenas de los antiguos imperios de Oriente, ni Alejan­dro arrojándose sobre el Asia y avasallando innumerables naciones, ni los romanos sojuzgando el mundo, ni los bárbaros derrocando y destrozando el Imperio Romano, ni los musulmanes dominando el Asia, el África y amenazando la independencia de Europa, pensaron ni pensar podían en que sirviesen de instrumento para realizar los des­tinos cuya ejecución nosotros admiramos.

Quiero indicar con esto, que cuando se trata de civilización cris­tiana, cuando se van notando y analizando los hechos que señalan su marcha, no es necesario, y muchas veces ni conveniente, el suponer que los hombres que a ella han contribuido de una manera muy principal, conocieran en toda su extensión el resultado de su propia obra; bástale a la gloria de un hombre, el que se le señale como esco­gido instrumento de la Providencia, sin que sea menester atribuir demasiado a su conocimiento particular, a sus intenciones personales.

Basta reconocer que un rayo de luz ha bajado del cielo y,ha ilumi­nado su frente, pero no hay necesidad de que él mismo previera que ese raro, reflejando, se desparramara en inmensas madejas sobre las generaciones venideras. Los hambres pequeños son comúnmente más pequeños de lo que piensan; pero los hombres grandes son a veces más grandes de lo que creen: y es que no conocen todo su grandor, por no saber que son instrumentos de altos designios de la Providencia.

Otra observación debe tenerse presente en el estudio de esos gran­des hechos, y es que no se debe buscar un sistema, cuya trabazón y armonía se descubran a la primera ojeada. Preciso es resignarse a sufrir la vista de algunas irregularidades y algunos objetos poco agra­dables: es menester precaverse contra la pueril impaciencia de querer adelantarnos al tiempo, es indispensable despojarse de aquel deseo, que más o menos vivo nunca nos abandona, de encontrarlo todo amol­dado conforme a nuestras ideas, de verlo marchar todo de la manera que Irás nos agrada.

¿No veis esa naturaleza tan grande, tan variada, tan rica, cómo prodiga en cierto desorden sus productos ocultando inestimables piedras y preciosísimos veneros entre montones de tierra ruda, cuál despliega inmensas cordilleras, riscos inaccesibles, horren­das fragosidades, que contrastan con amenas y espaciosas llanuras? ¿No veis ese aparente desorden, esa prodigalidad, en medio de las cuales están trabajando en secreto concierto innumerables agentes para producir el admirable conjunto que encanta nuestros ojos y ad­mira al naturalista?

Pues he aquí la sociedad: los hechos andan dis­persos, desparramados acá y allá, sin ofrecer muchas veces visos de orden ni concierto; los acontecimientos se suceden, se empujan, sin que se descubra un designio; los hombres se aúnan, se separan, se auxilian, se chocan; pero va pasando el tiempo, ese agente indispen­sable para la producción de las grandes obras y va todo caminando al destino señalado en los arcanos del Eterno.

He aquí cómo se concibe la marcha de la humanidad, he aquí la norma del estudio filosófico de la historia, he aquí el modo de com­prender el influjo de esas ideas fecundas, de esas instituciones pode­rosas que aparecen de vez en cuando entre los hombres para cambiar la faz de la tierra. En semejante estudio, y cuando se descubre obran­do en el fondo de las cosas una idea fecunda, una institución pode­rosa, lejos de asustarse el ánimo por encontrar alguna irregularidad, se complace y se alienta; porque es excelente señal de que la idea está llena de verdad, de que la institución rebosa de vida, cuando se las ve atravesar el caos de los siglos, y salir enteras de entre los más horrorosos sacudimientos.

 Que estos o aquellos hombres no se hayan regido por la idea, que no hayan correspondido al objeto de la ins­titución, nada importa, si la institución ha sobrevivido a los trastornos, si la idea ha sobrenadado en el borrascoso piélago de las pasiones. Entonces el mentar las flaquezas, las miserias, la culpa, los crímenes de los hombres, es hacer la más elocuente apología de la idea y de la institución.

Mirados los hombres de esta manera, no se los saca de su lugar propio, ni se exige de ellos lo que racionalmente no se puede exigir. Encajonados, por decirlo así, en el hondo cauce del gran torrente de los sucesos, no se atribuye a su inteligencia ni voluntad mayor esfera de la que les corresponde; y sin dejar por eso de apreciar debidamente la magnitud y naturaleza de las obras en que tomaron parte, no se da exagerada importancia a sus personas, honrándolas con encomio que no merezcan, o achacándoles cargos injustos.

En­tonces no se confunden monstruosamente tiempos y circunstancias; el observador mira con sosiego y templanza los acontecimientos que se van desplegando ante sus ojos; no habla del imperio de Carlo­magno como hablar pudiera del imperio de Napoleón, ni se desata en agrias invectivas contra Gregorio VII, porque no siguió en su política la misma línea de conducta que Gregorio XVI.

Y cuenta que no exijo del historiador filósofo una impasible indi­ferencia por el bien y por el mal, por lo justo y lo injusto; cuenta que no reclamo indulgencia para el vicio, ni pretendo que se escaseen los elogios a la virtud; no simpatizo con esa escuela histórica fatalista que ha vuelto a presentar sobre el mundo el Destino de los antiguos: escuela que si extendiera mucho su influencia, malograría la más hermosa parte de los trabajos históricos y ahogaría los destellos de las inspiraciones más generosas. En la marcha de la sociedad veo un plan, veo un concierto, mas no ciega necesidad; no creo que los sucesos se revuelvan, barajen en confusa mezcolanza en la oscura urna del destino, ni que los hados tengan ceñido el mundo con un aro de hierro.

Veo sí una cadena maravillosa tendida sobre el curso de los siglos; pero es cadena que no embarga el movimiento de los individuos ni el de las naciones; que ondeando suavemente se aviene con el flujo y reflujo demandado por la misma naturaleza de las cosas; que con su contacto hace brotar de la cabeza de los hombres pensamientos gran­diosos: cadena de oro que está pendiente de la mano del Hacedor Supremo, labrada con infinita inteligencia y regida con inefable amor.


CAPITULO XIV

Estado religioso, social y científico del mundo a la época de la aparición del cristianismo. Derecho romano. Conjeturas sobre la influencia ejercida por las ideas cristianas sobre el derecho romano. Vicios de la organización política del imperio. Sistema del cristianismo para regenerar la sociedad: su primer paso se dirigió al cambio de las ideas. Comparación del cristia­nismo con el paganismo en la enseñanza de las buenas doctrinas. Observa­ciones sobre el púlpito de los protestantes.

¿EN Que estado encontró al mundo el Cristianismo? Pregunta es ésta en que debemos fijar mucho nuestra atención, si queremos apreciar debidamente los beneficios dispensados por esa religión divina al individuo y a la sociedad; si deseamos conocer el verdadero carácter de la civilización cristiana.

Sombrío cuadro por cierto presentaba la sociedad en cuyo centro nació el cristianismo. Cubierta de bellas apariencias, y herida en su corazón con enfermedad de muerte, ofrecía la imagen de la corrup­ción más asquerosa, velada con el brillante ropaje de la ostentación y de la opulencia. La moral sin base, las costumbres sin pudor, sin freno las pasiones, las leyes sin sanción, la religión sin Dios, flotaban las ideas a merced de las preocupaciones, del fanatismo religioso, y de las cavilaciones filosóficas. Era el hombre un hondo misterio para sí mismo, y ni sabía estimar su dignidad, pues que consentía que se le rebajase al nivel de los brutos; ni cuando se empeñaba en pon­derarla, acertaba a contenerse en los lindes señalados por la razón y la naturaleza, siendo a este propósito bien notable, que mientras una gran parte del humano linaje gemía en la más abyecta esclavitud, se ensalzasen con tanta facilidad los héroes, y hasta los más detestables monstruos, sobre las aras de los dioses.

Con semejantes elementos debía cundir tarde o temprano la disolu­ción social; y aun cuando no hubiera sobrevenido la violenta arre­metida de los bárbaros, más o menos tarde aquella sociedad se hu­biera trastornado: porque no había en ella ni una idea fecunda, ni un pensamiento consolador, ni una vislumbre de esperanza que pu­diese preservarla de la ruina.

La idolatría había perdido su fuerza: resorte gastado con el tiempo y por el uso grosero que de él habían hecho las pasiones, expuesta su frágil contextura al disolvente fuego de la observación filosófica, estaba en extremo desacreditada; y si por efecto de arraigados hábitos, ejercía sobre el ánimo de los pueblos algún influjo maquinal, no era esto capaz ni de restablecer la armonía de la sociedad, ni de producir aquel fogoso entusiasmo inspirador de grandes acciones: entusiasmo, que tratándose de corazones vírgenes puede ser excitado hasta por la superstición más irracional y absurda.

A juzgar por la relajación de costumbres, por la flojedad en los ánimos, por la afeminación y el lujo, por el completo abandono a las más repugnantes diversiones y asquerosos placeres, se ve claro que las ideas religiosas nada conser­vaban de aquella majestad que notamos en los tiempos heroicos; y que faltas de eficacia ejercían sobre el ánimo de los pueblos escaso ascendiente, mientras servían de un modo lamentable como instru­mentos de disolución.

Ni era posible que sucediese de otra manera: pueblos que se habían levantado al alto grado de cultura de que pueden gloriarse griegos y romanos, que habían oído disputar a sus sabios sobre las grandes cuestiones acerca de la Divinidad y el hombre, no era regular que permaneciesen en aquella candidez que era nece­saria para creer de buena fe los intolerables absurdos de que rebosa el paganismo; y sea cual fuere la disposición de ánimo de la parte más ignorante del pueblo, a buen seguro que le creyeran cuantos se levantaban un poco sobre el nivel regular, ellos que acababan de oír filósofos tan cuerdos como Cicerón, y que se estaban saboreando en las maliciosas agudezas de sus poetas satíricos.

Si la religión era impotente, quedaba al parecer otro recurso: la ciencia. Antes de entrar en el examen de lo que podía esperarse de ella, es necesario observar que jamás la ciencia fundó una sociedad, ni jamás fue bastante a restituirle el equilibrio perdido.

Revuélvase la historia de los tiempos antiguos: se hallarán al frente de algunos pueblos hombres eminentes que ejerciendo un mágico influjo sobre el corazón de sus semejantes, dictan leyes, reprimen abusos, rectifi­can las ideas, enderezan las costumbres, y asientan sobre sabias insti­tuciones un gobierno, labrando más o menos cumplidamente la dicha y la prosperidad de los pueblos que se entregaron a su dirección y cuidado. Pero muy errado anduviera quien se figurase que esos hom­bres procedieron a consecuencia de lo que nosotros llamamos com­binaciones científicas: sencillos por lo común, y hasta rudos y grose­ros, obraban a impulsos de su buen corazón, y guiados por aquel buen sentido, por aquella sesuda cordura, que dirigen al padre de familia en el manejo de los negocios domésticos; mas nunca tuvieron por norma esas miserables cavilaciones que nosotros apellidamos teorías, ese fárrago indigesto de ideas que nosotros disfrazamos con el pomposo nombre de ciencia.

¿Y qué? ¿Fueron acaso los mejores tiempos de la Grecia aquéllos en que florecieron los Platones y los Aristóteles? Aquellos fieros romanos que sojuzgaron el mundo no poseían por cierto la extensión y variedad de conocimientos que ad­miramos en el siglo de Augusto; y ¿quién trocara sin embargo unos tiempos con otros tiempos, unos hombres con otros hombres?

Los siglos modernos podrían también suministrarnos abundantes pruebas de la esterilidad de la ciencia en las instituciones sociales; cosa tanto más fácil de notar cuando son tan patentes los resultados prácticos que han dimanado de las ciencias naturales. En éstas diría­se que se ha concedido al hombre lo que en aquéllas le fue negado; si bien que mirada a fondo la cosa no es tanta la diferencia como a primera vista pudiera parecer.

Cuando el hombre trata de hacer aplicación de los conocimientos que ha adquirido sobre la naturaleza, se ve forzado a respetarla; y como aunque quisiese, no alcanzara con su débil mano a causarle considerable trastorno, se limita en sus en­sayos a tentativas de poca monta, excitándole el mismo deseo del acierto, a obrar conforme a las leyes a que están sujetos los cuerpos sobre los cuales se ejercita.

En las aplicaciones de las ciencias sociales sucede muy, de otra manera: el hombre puede obrar directa e inme­diatamente sobre la misma sociedad; con su mano puede trastornarla, no se ve por precisión limitado a practicar sus ensayos en objetos de poca entidad y respetando las eternas leyes de las sociedades, sino que puede imaginarlas a su gusto, proceder conforme a sus cavilaciones, y acarrear desastres de que se lamente la humanidad. Recuérdense las extravagancias que sobre la naturaleza han corrido muy válidas en las escuelas filosóficas antiguas y modernas, y véase lo que hubiera sido de la admirable máquina del universo, si los filósofos la hubieran podido manejar a su arbitrio.

Por desgracia no sucede así en la sociedad: los ensayos se hacen sobre ella misma, sobre sus eternas bases, y entonces resultan gravísimos reales, pero males que eviden­cian la debilidad ele la ciencia del hombre. Es menester no olvidarlo: la ciencia, propiamente dicha, vale poco para la organización de las sociedades; y en los tiempos modernos que tan orgullosa se mani­fiesta por su pretendida fecundidad, será bien recordarle que atri­buye a sus trabajos lo que es fruto del transcurso de los siglos, del sano instinto de los pueblos, y a veces de las inspiraciones de un genio: y ni el instinto de los pueblos, ni el genio, tienen nada de parecido a la ciencia.

            

Pero dando de mano a esas consideraciones generales, siempre muy útiles como que son tan conducentes para el conocimiento del hom­bre, ¿qué podía esperarse de la falsa vislumbre de ciencia que se conservaba sobre las ruinas de las antiguas escuelas, a la época de que hablamos?

Escasos como eran en semejantes materias los cono­cimientos de los filósofos antiguos, aun de los más aventajados, no puede menos de confesarse que los nombres de Sócrates, de Platón, de Aristóteles, recuerdan algo de respetable; y, que en medio de des­aciertos y aberraciones, ofrecen conceptos dignos de la elevación de sus genios.

Pero cuando apareció el cristianismo, estaban sofocados los gérmenes del saber esparcidos por aquellos grandes hombres: los sueños habían ocupado el lugar de los pensamientos altos y fecundos, el prurito de disputar reemplazaba el amor de la sabiduría, y los so­fismas y las cavilaciones se habían sustituido a la madurez del juicio y a la severidad del raciocinio. Derribadas las antiguas escuelas, formadas de sus escombros otras tan estériles como extrañas, brotaba por todas partes cuantioso número de sofistas, como aquellos insectos inmundos que anuncian la corrupción de un cadáver. La Iglesia nos ha conservado un dato preciosísimo para juzgar de la ciencia de aque­llos tiempos: la historia de las primeras herejías. Si prescindimos de lo que en ellas indigna, cual es su profunda inmoralidad, '¿puede verse cosa más vacía, más insulsa, más digna de lástima?

La legislación romana tan recomendable por la justicia y equidad que entraña, y por el tino y sabiduría con que resplandece, si bien puede contarse como uno de los más preciosos esmaltes de la civili­zación antigua, no era parte sin embargo a prevenir la disolución de que estaba amenazada la sociedad.

Nunca debió ésta su salvación a jurisconsultos; porque obra tamaña no está en la esfera del influjo de la jurisprudencia. Que sean las leyes tan perfectas como se quiera, que la jurisprudencia se haya levantado al mas alto punto de esplendor, que los jurisconsultos estén animados de los sentimientos mas puros, que vayan guiados por las miras más rectas, ¿de qué servirá todo esto, si el corazón de la sociedad está corrompido, si los principios morales han perdido su fuerza, si las costumbres están en perpetua lucha con las leyes?

Ahí están los cuadros que de las costumbres romanas nos han de­jado sus mismos historiadores, y véase si en ellos se encuentran retra­tadas la equidad, la justicia, el buen sentido, que han merecido a las leyes romanas el honroso dictado de razón escrita.

Como una prueba de imparcialidad omito de propósito el notar los males que no carece el derecho romano; no fuera que se me achacase que trato de rebajar todo aquello que no es obra del Cristia­nismo.[xiv] VER NOTA 14

126 No debe, sin embargo, pasarse por alto que no es verdad que al Cristianismo no le cupiese ninguna parte en la perfección de la jurisprudencia romana; no sólo con respecto al período de los empera­dores cristianos, lo que no admite duda, sino también hablando de los anteriores. Es cierto que algún tiempo antes de la venida de Jesucristo era muy crecido el número de las leyes romanas, y que su estado y arreglo llamaba la atención de los hombres más ilustres.

Sabemos por Suetonio (in Cesar. c. 44) que Julio César se había propuesto la utilí­sima tarea de reducir a pocos libros, lo más selecto y necesario que an­daba desparramado en la inmensa abundancia de leyes; un pensamiento semejante había ocurrido a Cicerón, quien escribió un libro sobre la redacción metódica del derecho civil (De jure civil ¡in arte re­digendo), como atestigua Gelio (Noce. Att. 1. 1. c. 22); y según nos dice Tácito (Aun. l. 3. c. 28), este trabajo había también ocupado la atención del emperador Augusto.

Esos proyectos revelan cierta­mente que la legislación no estaba en su infancia; pero no deja por ello de ser verdad, que el derecho romano, tal como le tenemos, es casi todo un producto de siglos posteriores. Varios de los juriscon­sultos más afamados, y cuyas sentencias forman una buena parte del derecho, vivían largo tiempo después de la venida de Jesucristo; y las constituciones de los emperadores llevan en su propio nombre el recuerdo de su época.

Asentados estos hechos, observaré que por ser paganos los em­peradores y los jurisconsultos, no se infiere que las ideas cristianas dejasen de ejercer influencia sobre sus obras. El número de los cris­tianos era inmenso por todas partes; la misma crueldad con que se los había perseguido, la heroica fortaleza con que arrostraban los tor­mentos y la muerte, debían de haber llamado la atención de todo el mundo; y es imposible que entre los hombres pensadores no se existiera la curiosidad de examinar cuál era la enseñanza que la religión nueva comunicaba a sus prosélitos.

La lectura de las apologías del cristianismo escritas ya en los primeros siglos con tanta fuerza de ra­ciocinio y, elocuencia, las obras de varias clases publicadas por los primeros padres, las homilías de los obispos dirigidas a los pueblos, encierran un caudal tan grande de sabiduría, respiran tanto amor a la verdad y a la justicia, proclaman tan altamente los eternos princi­pios de la moral, que no podía menos de hacerse sentir su influencia aun entre aquéllos que condenaban la religión del Crucificado.

Cuando van extendiéndose doctrinas que tengan por objeto aque­llas grandes cuestiones que más interesan al hombre, si estas doctrinas son propagadas con fervoroso celo, aceptadas con ardor por un cre­cido número de discípulos, y sustentadas con el talento y el saber de hombres ilustres, dejan en todas direcciones hondos surcos, y afectan aun a aquéllos mismos que las combaten con acaloramiento.

Su in­fluencia en tales casos es imperceptible, pero no deja de ser muy real y verdadera; se asemejan a aquellas exhalaciones de que se impregna la atmósfera: con el aire que respiramos absorbemos a veces la muer­te, a veces un aroma saludable que nos purifica y conforta.

No podía menos de verificarse el mismo fenómeno con respecto a una doctrina predicada de un modo tan extraordinario, propagada con tanta rapidez, sellada su verdad con torrentes de sangre, y de­fendida por escritores tan ilustres como Justino, Clemente de Ale­jandría, Ireneo y Tertuliano. La profunda sabiduría, la embelesante belleza de las doctrinas explicadas por los doctores cristianos, debían de llamar la atención hacia los manantiales donde las bebían; y es re­gular que esa picante curiosidad pondría en manos de muchos filó­sofos y jurisconsultos los libros de la Sagrada Escritura.

 ¿Qué tuviera de extraño que Epicteto se hubiese saboreado largos ratos en la lectura del sermón sobre la montaña; ni que los oráculos de la jurisprudencia recibiesen sin pensarlo las inspiraciones de una religión que, creciendo de un modo admirable en extensión y pujanza, andaba apoderándose de todos los rangos de la sociedad? El ardiente amor a la verdad y a la justicia, el espíritu de fraternidad, las grandiosas ideas sobre la dig­nidad del hombre, temas perpetuos de la enseñanza cristiana, no eran para quedar circunscritos al solo ámbito de los hijos de la Iglesia.

 Con más o menos lentitud, se iban filtrando por todas las clases; y cuando con la conversión de Constantino adquirieron influencia política y predominio público, no se hizo otra cosa que repetir el fenómeno de que en siendo un sistema muy, poderoso en el orden social, pasa a ejer­cer un señorío o al menos su influencia, en el orden político.

 Con entera confianza abandono estas reflexiones al juicio de los hombres pensadores; seguro de que si no las adoptan, al menos no las juzgarán desatendibles. Vivimos en una época fecunda en acontecimientos, y en que se han realizado revoluciones profundas: y por eso estamos más en proporción de comprender los inmensos efectos de las influen­cias indirectas y- lentas, el poderoso ascendiente de las ideas, la fuer­za irresistible con que se abren paso las doctrinas.

A esa falta de principios vitales para regenerar la sociedad, a tan poderosos elementos de disolución como abrigaba en su seno, se allega­ba otro mal y, no de poca cuantía, en lo vicioso de la organización política. Doblegada la cerviz del mundo bajo el yugo de Roma, se veían cientos de pueblos, muy diferentes en usos y costumbres, amonto­nados en desorden como el botín de un cuerpo de batalla, forzados a formar un cuerpo facticio, como trofeos ensartados en el astil de una lanza.

128 La unidad en el gobierno no podía ser provechosa, porque era vio­lenta; y añadiéndose que esta unidad era despótica, desde la silla del imperio hasta los últimos mandarines, no podía traer otro resultado que el abatimiento y la degradación de los pueblos; siéndoles imposible desplegar aquella elevación y energía de ánimo, frutos preciosos del sentimiento de la propia dignidad, y el amor a la independencia de la patria.

Si al menos Roma hubiese conservado sus antiguas costumbres, si abrigara en su seno aquellos guerreros tan célebres por la fama de sus victorias como por la sencillez y austeridad de costumbres, se pudiera concebir la esperanza de que emanara a los pueblos vencidos algo de las prendas de los vencedores, como un corazón joven y robusto reanima con su vigor un cuerpo extenuado con las más rebeldes do­lencias.

Pero desgraciadamente no era así: los Fabios, los Camilos, los Escipiones, no hubieran conocido su indigna prole; y, Roma, la señora del mundo, yacía esclava bajo los pies de unos monstruos, que ascen­dían al trono por el soborno y la violencia, manchaban el cetro con su corrupción y crueldad, y acababan la vida en manos de un asesino. La autoridad del senado y la del pueblo habían desaparecido: queda­ban tan sólo algunos vanos simulacros, vestigia inorientis libertatis, co­mo los apellida Tácito, vestigios de la libertad expirante: y aquel pue­blo rey que antes distribuía el imperio, las fasces, las legiones, y todo, a la sazón ansiaba tan sólo dos cosas: paz y juegos.

Qui dabat olim Imperiunz, fasces, legiones, ownia, nunc se Continet, atgue ditas tantunn res anxius optat, Panesn et circenses. Juvenal, Satyr. 10

Vino por fin la plenitud de los tiempos, el Cristianismo apareció, y sin proclamar ninguna alteración en las formas políticas, sin atentar contra ningún gobierno, sin ingerirse en nada que fuese mundanal y terreno, llevó a los hombres una doble salud, llamándolos al camino de una felicidad eterna, al paso que iba derramando a manos llenas el único preservativo contra la disolución social, el germen de una regenera­ción lenta y pacífica, pero grande, inmensa, duradera, a la prueba de los trastornos de los siglos. Y ese preservativo contra la disolución social, y ese germen de inestimables mejoras, era una enseñanza ele­vada y pura, derramada sobre todos los hombres, sin excepción de edades, de sexos, de condiciones, como una lluvia benéfica que se desata en suavísimos raudales sobre una campiña mustia y agostada.

129

No hay religión que se haya igualado al Cristianismo, ni en conocer el secreto de dirigir al hombre, ni cuya conducta en esa direc­ción sea un testimonio más solemne del reconocimiento de la alta dignidad humana.

El Cristianismo ha partido siempre del principio de que el primer paso para apoderarse de todo el hombre, es apode­rarse de su entendimiento; que cuando se trata o de extirpar un mal, o de producir un bien, es necesario tornar por blanco principal las ideas; dando de esta manera un golpe mortal a los sistemas de violen­cia, que tanto dominan dondequiera que él no existe, y proclamando la saludable verdad de que cuando se trata de dirigir a los hombres, el medio más indigno y más débil es la fuerza. Verdad benéfica y fecunda, que abría a la humanidad un nuevo y venturoso porvenir.

Sólo desde el Cristianismo se encuentran, por decirlo así, cátedras de la más sublime filosofía, abiertas a todas horas, en todos lugares, para todas las clases del pueblo: las más altas verdades sobre Dios y el hombre, las reglas de la moral más pura, no se limitan ya a ser comunicadas a un número escogido de discípulos en lecciones ocul­tas y misteriosas: la sublime filosofía del Cristianismo ha sido más resuelta, se ha atrevido a decir a los hombres la verdad entera y des­nuda, y eso en público, en alta voz, con aquella generosa osadía com­pañera inseparable de la verdad.

"Lo que os digo de noche decidlo a la luz del día, y lo que os digo al oído, predicadlo desde los terrados". Así hablaba Jesucristo a sus discípulos. (1Mat. c. 10. v. 27).

Luego que se hallaron encarados el Cristianismo y el paganismo, se hizo palpable la superioridad de aquél, no tan sólo por el contenido de las doctrinas, sino también por el modo de propagarlas: se pudo conocer desde luego que una religión cuya enseñanza era tan sabia y tan pura, y que para difundirla se encaminaba sin rodeos, en dere­chura, al entendimiento y al corazón, había de desalojar bien pronto de sus usurpados dominios a otra religión de impostura y mentira. Y en efecto, ¿qué hacía el paganismo para el bien de los hombres?, ¿cuál era su enseñanza sobre las verdades morales?, ¿qué diques opo­nía a la corrupción de costumbres?

 "Por lo que toca a las costum­bres, dice a este propósito San Agustín, ¿cómo no cuidaron los dioses de que sus adoradores no las tuvieran tan depravadas? El verdadero Dios a quien no adoraban los desechó, y con razón; pero los dioses, cuyo culto se quejan que se les prohíba esos hombres ingratos, esos dioses, ¿por qué a sus adoradores no les ayudaron con ley alguna para bien vivir?

130 Ya que los hombres cuidaban del culto, justo era que los dioses no olvidasen el cuidado de la vida y costumbres. Se me dirá que nadie es malo sino por su voluntad; ¿quién lo niega? Pero cargo era de los dioses no ocultar a los pueblos, sus adoradores, los preceptos de la moral, sino predicárselos a las claras, reconvenir y reprender por medio de los vates a los pecadores, amenazar públi­camente con la pena a los que obraban mal, y prometer premios a los que obraban bien. En los templos de los dioses ¿cuándo resonó una voz alta y vigorosa que a tamaño objeto se dirigiese?" (De Civit. Dei, 1. 2. c. 4.)

 Traza en seguida el Santo doctor un negro cuadro de las torpezas y abominaciones que se cometían en los espectáculos y juegos sagrados celebrados en obsequio de los dioses, a que él mismo dice que había asistido en su juventud, y luego continúa: "in­fiérese de esto que no se curaban aquellos dioses de la vida y cos­tumbres de las ciudades y naciones que les rendían culto, dejándolas que se abandonasen a tan horrendos y detestables males, no dañando tan sólo a sus campos y viñedos, no a su casa y hacienda, no al cuer­po sujeto a la mente, sino permitiéndoles sin ninguna prohibición imponente, que abrevasen de maldad a la directora del cuerpo, a su misma alma. Y si se pretende que vedaban tales maldades, que se nos manifieste, que se nos pruebe.

 Jáctanse de no sé qué susurros que sonaban a los oídos de muy pocos, en que bajo un velo misterioso se enseñaban los preceptos de una vida honrada y pura; pero mués­trennos los lugares señalados para semejantes reuniones, no los luga­res donde los farsantes ejecutaban los juegos con voces y acciones obscenas, no donde se celebraban las fiestas frugales con la más es­tragada licencia, sino donde oyesen los pueblos los preceptos de los dioses, sobre reprimir la codicia, quebrantar la ambición, y refrenar los placeres: donde aprendiesen esos infelices aquella enseñanza que con severo lenguaje les recomendaba Persio (Satyr. 3)

cuando decía: "Aprended, oh miserables, a conocer las causas de las cosas, lo que somos, a qué nacimos, cuál debe ser nuestra conducta, cuán delez­nable es el término de nuestra carrera, cuál es la razonable templanza en el amor del dinero, cuál su utilidad verdadera, cuál la norma de nuestra liberalidad con nuestros deudos y nuestra patria, adónde te ha llamado Dios y cuál es el lugar que ocupas entre los hombres".

Dígasenos en qué lugar solían recitarse de parte de los dioses seme­jantes preceptos, donde pudiesen oírlos con frecuencia los pueblos, sus adoradores; muéstrensenos esos lugares, así como nosotros mostramos iglesias instituidas para este objeto, dondequiera que se ha difundido la religión cristiana". (De Civit. Dei 1. 2. c. 6.)­

131 Esa religión divina, profunda conocedora del hombre, no ha olvidado jamás la debilidad e inconstancia que le caracterizan; y por esta causa ha tenido siempre por invariable regla de conducta, inculcarle sin cesar, con incansable constancia, con paciencia inalterable, las saludables verdades de qué dependen su bienestar temporal y su feli­cidad eterna. En tratándose de verdades morales el hombre olvida fácilmente lo que no resuena de continuo a sus oídos, y si se con­servan las buenas máximas en su entendimiento, quedan como semilla estéril, sin fecundar el corazón.

 Bueno es y muy saludable que los padres comuniquen esta enseñanza a sus hijos: bueno es y muy sa­ludable que sea éste un objeto preferente en la educación privada; pero es necesario además que haya un ministerio público, que no le pierda nunca de vista, que se extienda a todas las clases y a todas las edades, que supla el descuido de las familias, que avive los recuerdos y las impresiones que las pasiones y el tiempo van de continuo borrando.

Es tan importante para la instrucción y moralidad de los pueblos este sistema de continua predicación y enseñanza practicado en todas épocas y lugares por la Iglesia Católica, que debe juzgarse como un gran bien el que en medio del prurito que atormentó a los primeros protestantes, de desechar todas las prácticas de la Iglesia, conserva­sen sin embargo la de la predicación.

Y no es necesario por eso el desconocer los daños que en ciertas épocas han traído las violentas declamaciones de algunos ministros, o insidiosos o fanáticos; sino que en el supuesto de haberse roto la unidad, en el supuesto de haber arrojado a los pueblos por el azaroso camino del cisma, habrá influi­do no poco en la conservación ele las ideas más capitales sobre Dios y el hombre, y de las máximas fundamentales de la moral, el oír los pueblos con frecuencia explicadas semejantes verdades por quien las había estudiado de antemano en la Sagrada Escritura.

 Sin duda que el golpe mortal dado a las jerarquías por el sistema protestante, y la consiguiente degradación del sacerdocio, hace que la cátedra de la predicación no tenga entre los disidentes el sagrado carácter de cá­tedra del Espíritu Santo; sin duda que es un grande obstáculo para que la predicación pueda dar fruto, el que un ministro protestante no pueda ya presentarse como un ungido del Señor, sino que, como ha dicho un escritor de talento, sólo sea un hombre vestido de negro que sube al púlpito todos los domingos para hablar de cosas razona­bles; pero al menos oyen los pueblos algunos trozos de las excelentes pláticas morales que se encuentran en el sagrado Texto, tienen con frecuencia a su vista los edificantes ejemplos esparcidos en el viejo y nuevo Testamento; y sobre todo se les refieren a menudo los pasos de la vida de Jesucristo, de esa vida admirable, modelo de toda per­fección; y que aun mirada con ojos humanos, es, en confesión de todo el mundo, la pura santidad por excelencia, el más hermoso con­junto moral que se viera jamás, la realización de un bello ideal que bajo la forma humana jamás concibió la filosofía en sus altos pen­samientos, jamás retrató la poesía en sus sueños brillantes.

132 Esto es muy útil, altamente saludable: porque siempre lo es el nutrir el ánimo de los pueblos con el jugoso alimento de las verdades morales, y el excitarlos a la virtud con el estímulo de tan altos ejemplos.


CAPÍTULO XV

 La Iglesia no fue tan sólo una escuela grande y fecunda, sino también una asociación regeneradora. Objetos que tuvo que llenar. Dificultades que tuvo que vencer. La esclavitud. Quién abolió la esclavitud. Opinión de Guizot. Número inmenso de esclavos. Con qué tino debía procederse en la abolición de la esclavitud. La abolición repentina era imposible. Se  Impugna la opinión de Guizot.

POR GRANDE que fuese la importancia dada por la Iglesia a la propa­gación de la verdad, y por más convencida que estuviera de que para disipar esa informe masa de inmoralidad y degradación que se ofrecía a su vista, el primer cuidado había de dirigirse a exponer el error al disolvente fuego de las doctrinas verdaderas, no se limitó a esto; sino que descendiendo al terreno de los hechos, y siguiendo un sistema lleno de sabiduría y cordura, hizo de manera que la humanidad pu­diese gustar el precioso fruto, que hasta en las cosas terrenas dan las doctrinas de Jesucristo.

No fue la Iglesia sólo una escuela grande y fecunda, fue una asociación regeneradora; no esparció sus doctri­nas generales arrojándolas como al acaso, con la esperanza de que fructificaran con el tiempo, sino que las desenvolvió en todas sus re­laciones, las aplicó a todos los objetos, procuró inocularlas a las cos­tumbres y a las leyes, y realizarlas en instituciones que sirviesen de silenciosa pero elocuente enseñanza a las generaciones venideras.

Véase desconocida la dignidad del hombre, reinando por doquiera la esclavitud; degradada la mujer, ajándola la corrupción de costumbres y abatiéndola la tiranía del varón; adulteradas las relaciones de familia, concediendo la ley al padre unas facultades que jamás le dió la naturaleza; despreciados los sentimientos de humanidad en el aban­dono de la infancia, en el desamparo del pobre y del enfermo; lle­vadas al más alto punto la barbarie y la crueldad en el derecho atroz que regulaba los procedimientos de la guerra; veáse por fin coro­nando el edificio social rodeada de satélites y cubierta de hierro la odiosa tiranía, mirando con despreciados desdén a los infelices pue­blos que yacían a sus plantas, amarrados con remachadas cadenas.­

133 En tamaño conflicto no era pequeña empresa la de desterrar el error, reformar y suavizar las costumbres, abolir la esclavitud, corre­gir los vicios de la legislación, enfrenar el poder y armonizarle con los intereses públicos, dar nueva vida al individuo, reorganizar la familia y la sociedad; y sin embargo, esto, y nada menos que esto, ejecutó la Iglesia.

Empecemos por la esclavitud. Ésta es una materia que conviene profundizar, dado que encierra una de las cuestiones que más pueden excitar la curiosidad de la ciencia, e interesar los sentimientos del co­razón. ¿Quién ha abolido entre los pueblos cristianos la esclavitud? ¿Fue el cristianismo? ¿Y fue él solo, con sus ideas grandiosas sobre la dignidad del hombre, con sus máximas y espíritu de fraternidad y caridad, y además con su conducta prudente, suave y benéfica? Me lisonjeo de poder manifestar que sí.

Ya no se encuentra quien ponga en duda que la Iglesia Católica ha tenido una poderosa influencia en la abolición de la esclavitud; es una verdad demasiado clara, salta a los ojos con sobrada evidencia para que sea posible combatirla. M. Guizot, reconociendo el empeño y la eficacia con que trabajó la Iglesia para la mejora del estado social, dice: "Nadie ignora con cuánta obstinación combatió los gran­des vicios de aquel estado, la esclavitud, por ejemplo".

 Pero a renglón seguido, y como si le pesase de asentar sin ninguna limitación un hecho, que por necesidad había de excitar a favor de la Iglesia Ca­tólica las simpatías de la humanidad entera, continúa: "Mil veces se ha dicho y repetido que la abolición de la esclavitud en los tiempos modernos, es debida enteramente a las máximas del Cristianismo. Esto es, a mi entender, adelantar demasiado: mucho tiempo subsistió la esclavitud en medio de la sociedad cristiana, sin que semejante esta­do la confundiese o irritase mucho".

Muy errado anda M. Guizot queriendo probar que no es debida exclusivamente al Cristianismo la abolición de la esclavitud, porque subsistiese tal estado por mucho tiempo en medio de la sociedad cristiana. Si se quería proceder con buena lógica era necesario mirar antes si la abolición repentina de la esclavitud era posible; y si el espíritu de orden y de paz que anima a la Iglesia podía permitir que se arrojase a una empresa, con la que hubiera trastornado el mundo, sin alcanzar el objeto que se proponía.

134 El número de los esclavos era inmenso; la esclavitud estaba profun­damente arraigada en las ideas, en las costumbres, en las leyes, en los intereses individuales y sociales: sistema funesto sin duda, pero que era una temeridad pretender arrancarle de un golpe, pues que sus raíces penetraban muy hondo, se extendían a largo trecho de­bajo las entrañas de la tierra.

Se contaron en un censo de Atenas veinte mil ciudadanos y cua­renta mil esclavos; en la guerra del Peloponeso se les pasaron a los enemigos nada menos que veinte mil, según refiere Tucídides.

 El mismo autor nos dice que en Quío era crecidísimo el número de los esclavos, y que la defección de estos pasándose a los atenienses puso en apuros a sus dueños; y en general era tan grande su número en todas partes, que no pocas veces estaba en peligro por ellos la tran­quilidad pública. Por esta causa era necesario tomar precauciones pa­ra que no pudieran concertarse.

 "Es muy conveniente, dice Platón (Dial. 6. De las leyes), que los esclavos no sean de un mismo país, y que en cuanto fuere posible, sean discordes sus costumbres y vo­luntades; pues que repetidas experiencias han resultado en las fre­cuentes defecciones que se han visto entre los mismos, y en las demás ciudades que tienen muchos esclavos de una misma lengua, cuántos daños suelen de esto resultar".

Aristóteles en su Economía (lib. 1. c. 5) da varias reglas sobre el modo con que deben tratarse los esclavos, y es notable que coincide con Platón, advirtiendo expresamente: "que no se han de tener mu­chos esclavos de un mismo país".

En su Política (1. 2. c. 7) nos dice que los tesalios se vieron en graves apuros por la muchedumbre de sus penestas, especie de esclavos; aconteciendo lo propio a los lace­demonios, de parte de los ilotas.

"Con frecuencia ha sucedido, dice, que los penestas se han sublevado en Tesalia; y los lacedemonios, siempre que han sufrido alguna calamidad, se han visto amenazados por las conspiraciones de los ilotas". Ésta era una dificultad que lla­maba seriamente la atención de los políticos, y no sabían cómo sal­var los inconvenientes que traía consigo esa inmensa muchedumbre de esclavos. Se lamenta Aristóteles de cuán difícil era acertar en el verdadero modo de tratarlos, y se conoce que era ésta una materia que daba mucho cuidado. Transcribiré sus propias palabras: "A la verdad, que el modo con que se debe tratar a esa clase de hombres es tarea trabajosa y llena de cuidados; porque si se usa de blandura, se hacen petulantes y quieren igualarse con los dueños, y si se los trata con dureza, conciben odio y maquinan asechanzas".

135 En Roma era tal la multitud de esclavos, que, habiéndose pro­puesto el darles un traje distintivo, se opuso a esta medida el senado, temeroso de que si ellos llegaban a conocer su número, peligrase el orden público: y a buen seguro que no eran vanos semejantes te­mores, pues que ya de mucho antes habían los esclavos causado con­siderables trastornos en Italia. Platón, para apoyar el consejo arriba citado, recuerda que "los esclavos repetidas veces habían devastado la Italia con la piratería y el latrocinio": y en tiempos más recientes, Espartaco, a la cabeza de un ejército de esclavos, fue por algún tiem­po el terror de Italia, y dio mucho que entender a distinguidos ge­nerales romanos.

Había llegado a tal exceso en Roma el número de los esclavos, que muchos dueños los tenían a centenares. Cuando fue asesinado el prefecto de Roma, Pedanio Secundo, fueron sentenciados a muerte 400 esclavos suyos (Tácit. Ann. 1. 14); y Pudentila, mujer de Apu­leyo, los tenía en tal abundancia que dio a sus hijos nada menos de 400.

Esto había llegado a ser un objeto de lujo, y a competencia se esforzaban los romanos en distinguirse por el número de sus es­clavos. Querían que al hacerse la pregunta de Quot paseit sernos, cuántos esclavos mantiene, según expresión de Juvenal (Satyr 3. v. 140), pudiesen ostentarlos en grande abundancia; llegando la cosa a tal extremo, que según nos atestigua Plinio, más bien que al séquito de una familia, se parecían a un verdadero ejército.

No era solamente en Grecia e Italia donde era tan crecido el nú­mero de los esclavos; en Tiro se sublevaron contra sus dueños, y fa­vorecidos por su inmenso número, lo hicieron con tal resultado que los degollaron a todos.

 Pasando a pueblos bárbaros, y prescindiendo de otros más conocidos, nos refiere Herodoto (l. 3) que volviendo de la media los escitas, se encontraron con los esclavos sublevados, viéndose forzados los dueños a cederles el terreno abandonando su patria; y César en sus Comentarios (De Bello Gall. 1. 6) nos atestigua lo abundante que eran los esclavos en la Galia.

Siendo tan crecido en todas partes el número de esclavos, ya se ve que era del todo imposible predicar su libertad, sin poner en confla­gración el mundo. Desgraciadamente queda todavía en los tiempos modernos un punto de comparación, que, si bien en una escala muy inferior, no deja de cumplir a nuestro propósito. En una colonia don­de los esclavos negros sean muy numerosos ¿quién se arroja de golpe a ponerlos en libertad?

136 ¿Y cuánto se agrandan las dificultades, qué dimensión tan colosal adquiere el peligro, tratándose no de una co­lonia, sino del universo? El estado intelectual y moral de los escla­vos los hacía incapaces de disfrutar de un tal beneficio en provecho suyo y de la sociedad; y en su embrutecimiento, aguijoneados por el rencor y el deseo de venganza nutridos en sus pechos con el ml tratamiento que se les daba, hubieran reproducido en grande las san­grientas escenas con que dejaran ya manchadas en tiempos anterio­res las páginas de la historia.

¿Y qué hubiera acontecido entonces? Que amenazada la sociedad por tan horroroso peligro, se hubiera pues­to en vela contra los principios favorecedores de la libertad, los hubiera mirado en adelante con prevención y suspicaz desconfianza, y lejos de aflojar las cadenas de los esclavos, se las habría remachado con más ahínco y tenacidad. De aquella inmensa masa de hombres bru­tales y furibundos puestos sin preparación en libertad y movimiento, era imposible que brotase una organización social: porque una or­ganización social no se improvisa, y mucho menos con semejantes elementos; y en tal caso, habiéndose de optar entre la esclavitud y el aniquilamiento del orden social, el instinto de conservación que anima a la sociedad, como a todos los seres, hubiera acarreado in­dudablemente la duración de la esclavitud allí donde hubiese perma­necido todavía, y su restablecimiento allí donde se la hubiese destruido.

Los que se han quejado de que el Cristianismo no anduviera mas pronto en la abolición de la esclavitud, debían recordar que aun cuando supongamos posible una emancipación repentina o muy rá­pida, aun cuando queramos prescindir de los sangrientos trastornos que por necesidad habrían resultado, la sola fuerza de las cosas sa­liendo al paso con sus obstáculos insuperables, hubiera inutilizado semejante medida.

 Demos de mano a todas las consideraciones so­ciales y políticas, y fijémonos únicamente en las económicas. Por de pronto era necesario alterar todas las relaciones de la propiedad; porque figurando en ellas los esclavos como una parte principal, cul­tivando ellos las tierras, ejerciendo los oficios mecánicos, en una pa­labra, estando distribuido entre ellos lo que se llama trabajo, y hecha esta distribución en el supuesto de la esclavitud, quitada esta base se acarreaba una dislocación tal, que la mente no alcanza a comprender sus últimas consecuencias.

Quiero suponer que se hubiese procedido a despojos violentos, que se hubiese intentando un reparto, una nivelación de propiedades, que se hubiesen distribuido tierras a los emancipados, y que a los más opulentos señores se los hubiese forzado a manejar el azadón y el arado; quiero suponer realizados todos estos absurdos, todos esos sueños de un delirante, ni aun así se habría salido del paso: porque es menester no olvidar que la producción de los medios de subsistencia ha de estar en proporción con las necesidades de los que han de sub­sistir; y esto era imposible supuesta la emancipación de los esclavos.

La producción estaba regulada, no suponiendo precisamente el número de individuos que a la sazón existían, sino también que la ma­yor parte de éstos eran esclavos; y las necesidades de un hombre libre son alguna cosa más que las necesidades de un esclavo.

Si ahora, después de diez y ocho siglos, rectificadas las ideas, sua­vizadas las costumbres, mejoradas las leyes, amaestrados los pueblos y los gobiernos, fundados tantos establecimientos públicos para el so­corro de la indigencia, ensayados tantos sistemas para la buena dis­tribución del trabajo, repartidas de un modo más equitativo las ri­quezas, hay todavía tantas dificultades para que un número inmenso de hombres no sucumba víctima de horrorosa miseria; si es éste el mal terrible que atormenta a la sociedad, y que pesa sobre su porvenir como un ensueño funesto,

 ¿qué hubiera sucedido con la emancipa­ción universal al principio del Cristianismo, cuando los esclavos no eran reconocidos en el derecho corno personas sino como cosas, cuando su unión conyugal no era juzgada como matrimonio, cuando la pertenencia de los frutos de esa unión era declarada por las mis­mas reglas que rigen con respecto a los brutos, cuando el infeliz esclavo era maltratado, atormentado, vendido, y aun muerto, con­forme a los caprichos de su dueño? ¿No salta a los ojos que el curar males semejantes era obra de siglos? ¿No es esto lo que nos están en­señando las consideraciones de humanidad, de política y de economía?

Si se hubiesen hecho insensatas tentativas, a no tardar mucho, los mismos esclavos habrían protestado contra ellas, reclamando una es­clavitud que al menos les aseguraba pan y abrigo, y despreciando una libertad incompatible con su existencia. Éste es el orden de la naturaleza; el hombre necesita ante todo tener para vivir, y si le faltan los medios de subsistencia, no le halaga la misma libertad. No es necesario recorrer a ejemplos de particulares, que se nos ofrecie­ron con abundancia; en pueblos enteros se ha visto una prueba pa­tente de esta verdad. Cuando la miseria es excesiva, difícil es que no traiga consigo el envilecimiento, sofocando los sentimientos más generosos, desvirtuando los encantos que ejercen sobre nuestro co­razón las palabras de independencia y libertad. "La plebe, dice Cé­sar, hablando de los galos (l. 6. de Bello Gallico), está casi en el lugar de los esclavos; y de sí misma ni se atreve a nada, ni es contado su voto para nada; y muchos hay que agobiados de deudas y de tri­butos, u oprimidos por los poderosos, se entregan a los nobles en esclavitud: habiendo sobre estos así entregados, todos los mismos de­rechos que sobre los esclavos".

En los tiempos modernos no faltan tampoco semejantes ejemplos; porque sabido es que entre los chinos abundan en gran manera los esclavos, cuya esclavitud no reconoce otro origen, sino que ellos o sus padres no se vieron capaces de proveer a su subsistencia.

Estas reflexiones, apoyadas en datos que nadie me podrá contestar, manifiestan hasta la evidencia la profunda sabiduría del Cristianismo en proceder con tanto miramiento en la abolición de la esclavitud. Se hizo todo lo que era posible en favor de la libertad del hombre, no se adelantó más rápidamente en la obra, porque no podía eje­cutarse sin malograr la empresa, sin poner gravísimos obstáculos a la deseada emancipación, de aquí el resaltado que al fin vienen a dar siempre los cargos que se hacen a algún procedimiento de la Iglesia: se le examina a la luz de la razón, se le coteja con los hechos, viniéndose a parar a que el procedimiento de que se la culpa está muy conforme con lo que dicta la más alta sabiduría, y con los con­sejos de la más exquisita prudencia.

¿Qué quiere decirnos, pues, M. Guizot, cuando después de haber confesado que el Cristianismo trabajó con ahínco en la abolición de la esclavitud, le echa en cara que consintiese su duración por largo tiempo? ¿Con qué lógica pretende de aquí inferir que no es verdad que sea debido exclusivamente al Cristianismo ese inmenso beneficio dispensado a la humanidad? Duró siglos la esclavitud en medio del Cristianismo, es cierto; pero anduvo siempre en decadencia, y su du­ración fue sólo la necesaria para que el beneficio se realizase sin violencias, sin trastornos, asegurando su universalidad y su perpetua conservación. Lo de estos siglos en que duró, se debe todavía cercenar una parte muy considerable, a causa de que en los tres primeros se halló la Iglesia proscripta a menudo, mirada siempre con aversión, y enteramente privada de ejercer influjo directo sobre la orga­nización social.

Se debe también descontar mucho de los siglos pos­teriores, porque había transcurrido todavía muy poco tiempo desde que la Iglesia ejercía su influencia directa y pública, cuando sobre­vino la irrupción de los bárbaros del Norte, que combinada con la disolución de que se hallaba atacado el imperio, y que cundía de un modo espantoso, acarreó un trastorno tal, una mezcolanza tan infor­me de lenguas, de usos, de costumbres, de leyes, que no era casi po­sible ejercer con mucho fruto una acción reguladora.

Si en tiempos más cercanos ha costado tanto trabajo destruir el feudalismo, si después de siglos de combates quedan todavía en pie muchas de sus reliquias, si el tráfico de los negros a pesar de ser limitado a determinados países, a peculiares circunstancias, está todavía resistiendo al grito universal de reprobación que contra semejante infamia se le­vanta de los cuatro ángulos del mundo, ¿cómo hay quien se atreva a manifestar extrañeza, a inculpar al Cristianismo, porque la esclavi­tud duró algunos siglos, después de proclamadas la fraternidad entre todos los hombres y su igualdad ante Dios?

 



[i] NOTA  1 La historia de las variaciones de los protestantes de Bossuet es una de aquellas obras que agotan su objeto; que ni dejan réplica ni consienten añadidura. Leída con reflexión esta obra inmortal, la causa del Protestantismo está fallada bajo un aspecto dogmático; no queda medio alguno entre el Catolicismo y la incredulidad.

Gibbon la había leído en su juventud, y se había hecho católico, abandonando la religión protestante en que había sido educado. Después volvió a separarse de la Iglesia católica, pero no fijó protestante sino incrédulo. Quizás no disgustará a los lectores, el oír de la boca de este célebre escritor el juicio que formaba de la obra de Bossuet, y la relación del efecto que le produjo su lectura; dice así: "En la historia de las variaciones, ataque tan vigoroso como bien dirigido, desenvuelve con felicísima mezcla de raciocinio y de narración, las faltas, los extravíos, las incertidumbres y la contradicciones de nuestros primeros reformadores, cuyas variaciones, como él sostiene habilmente llevan el carácter del error, mientras que la no interrumpida unidad de la Iglesia católica es la señal y testigo de la infalible verdad: leí, aprobé, creí". (GIBBON, Memorias).

 

[ii] NOTA 2   Lutero, a quien se empeñan todavía algunos en presentárnosle como un hombre de altos conceptos, de pecho noble Y, generoso, de vindicador de los derechos de la humanidad, nos ha dejado en sus escritos el más seguro y evidente testimonio de su carácter violento, de su extremada grosería y de la más feroz intolerancia.

Enrique VIII, rey de Inglaterra, había refutado el libro de Lutero llamado de Captivitate Babilonica, y enojado éste por semejante atrevimiento, escribe al rey llamándole sacrílego, loco, insensato, el más grosero de todos los puercos y de todos los asnos. Si la majestad real no inspiraba a Lutero respeto ni miramiento, tampoco tenía ninguna consideración al mérito.

 Erasmo, quizás el hombre más sabio de su siglo, o al menos el más erudito, más literato y brillante, y que por cierto no escaseó de indulgencia con Lutero y sus secuaces, fué no obstante tratado con tanta virulencia por el fogoso corifeo, así que éste vió que no podía atraerle a la nueva secta, que, lamentándose de ello Erasmo decía: "que en su vejez se veía obligado a pelear con una bestia feroz, o con un furioso jabalí". No se contentaba Lutero con palabras, sino que pasaba a los (techos; y bien habido es que por instigación suya fué desterrado Carlostadio de los estados del duque de Sajonia, hallándose por efecto de la persecución reducido a tal miseria, que se veía precisado a ganarse el sustento llevando leña, y haciendo otros oficios muy ajenos de su estado.

 En sus ruidosas disputas con los zuinglianos, no desmintió Lutero su carácter, llamándolos hombres condenados, insensatos, blasfemos. Cuando así trataba a sus compañeros disidcntes, nada extraño es que llamase a los doctores de Lovaina verdaderas bestias, puercos, paganos, epicúreos, ateos, que prorrumpiese en otras expresiones que la decencia no permite copiar, y que desenfrenándose contra el papa dijese: "que era un lobo rabioso, que todo el inundo debía armarse contra él, sin esperar orden alguna de los magistrados; que en este punto sólo podía caber arrepentimiento por no haberle pasado el pecho con la espada; y que todos aquellos que le seguían debían ser perseguidos como los soldados de un capitán de bandoleros, aunque fueran reyes o emperadores". Éste es el espíritu de tolerancia y libertad de que estaba animado Lutero: y cuenta, que asas sería fácil aducir muchas otras pruebas.

No se crea que tal intolerancia fuese exclusivamente propia de Lutero: extendíase a todo el partido, y se hacían sentir sus retos de un modo cruel.

 Afortunadamente, tenemos de esta crueldad un testigo irrefragable. Es Melanchtón, cl discípulo querido de Lutero, uno de los hombres más distinguidos ha tenido el Protestantismo. "Me hallo en tal esclavitud (decía oscribiendo a su amigo Camerario) como si estuviera en la cueva de los cíclopes; por manera que apenas me es posible explicarte mis penas, viniéndome  a cada paso tentaciones de escaparme". "Son gente ignorante (decía en otra carta) que no conoce piedad ni disciplina; mirad a los que mandan, veréis que estoy como Daniel en la cueva de los leones".

Y se dirá todavía que presidía a humana empresa un pensamiento generoso, y que se trataba de emancipar el pensamiento humano? La intolerancia de Calvino es bien conocida, pues a más de quedar consignada en el hecho indicado en el texto, se manifiesta a cada paso en sus obras por el tratamiento que da a sus adversarios. Malvados, tunantes, borrachos, locos, furiosos, rabiosos, toros, puercos, asnos, perros, viles esclavos de Satanás, he aquí las lindezas que se hallan a cada paso en los escritos del célebre reformador. ¡Cuánto y cuánto de semejante podría añadir si no temiese fastidiar a los lectores!

 

[iii]  NOTA 3 En la dieta de Spira se había hecho un decreto que contenía varias disposiciones relativas al cambio y ejercicio de religión; catorce ciudades del imperio no quisieron someterse a este decreto y presentaron una protesta; de aquí vino que los disidentes empezaron a llamarse protestantes. Como este nombre es la condenación de las iglesias separadas, han tratado algunas veces de apropiarse otros, pero siempre en vano. Los nombres que se daban eran falsos, y un nombre falso no dura. Qué pretendían significar cuando se llamaban evangélicos? ¿Acaso el que se atenían únicamente al Evangelio? Fn tal caso mejor debían llamarse bíblicos, pues que no pretendían atenerse precisamente al Evangelio, sino a la Biblia.

Llámanse también a veces reformados, y algunos suelen apellidar al Protestantismo  Reforma, pero basta pronunciar este nombre para descubrir su impropiedad. Revolución religiosa le cuadraría mucho mejor.

 

[iv] NOTA 4 El conde de Maistre en su obra Del Papa, ha desenvuelto este punto de los nombres de una manera inimitable. Entre otras muchas observaciones hay una muy atinada, cual es que sólo la Iglesia católica tiene un nombre positivo y propio, con que se llame ella a sí misma, y con que la llamen los otros. I,as iglesias separadas han excogitado varios, pero no han podido apropiárselos. "Si cada uno, dice, es libre de darse el nombre que le agrada, la misma Lais en persona podría escribir sobre la puerta de su casa: Palacio de Artemisa. La dificultad está en obligar a los demás a darnos el nombre que nosotros escogemos".

No se crea que sea el conde de Maistre el inventor de ese argumento de los nombres: habíanle empleado de antemano San Jerónimo y San Agustín. "Si oyeres, dice San Jerónimo, que se llaman marcionistas, valentinianos, montanistas, sepas que no son la Iglesia de Cristo, sino la sinagoga del Anticristo". "Si audieris nuncupari marcionistas, valentinianos, montanenses, scito, non Ecclesiam Christi, sed Antichristi erse Sinagogam". (Hieron  lió. adversus Luciferianos)". "Tiéne la Iglesia, dice San Agustín, el mismo nombre de católica, pues que no sin causa, y entre tantas sectas, le obtuvo ella sola, y de tal manera, que queriéndose llamar católicos todos los herejes, sin embargo, si un peregrino les pregunta por el templo católico, ninguno de los herejes se atreve a mostrarle su basílica o su casa'

 "Tenet me in Ecclesia ipsum catholicae nomen, quod non sine cansa ínter tam multas haereses, sic ipsa sola obtinuit, ut cum omnes haereticise catholicos dice velint, quaerente tamen peregrino alicui, ubi ad catholicam conveniatur,mullus haereticorum vel Basilicamsuam vel domum audeatostendre” ( S Agustin):

Esto que pensaba San Agustín en su tiempo, se ha verificado también con respecto a los protestantes, y pueden dar de ello un testinumip los que han visitado aquellos países en que hay diferentes comuniones. Un ilustre español del siglo XVII  que había pasado mucho tiempo en Alemania, nos dice: “todos quieren llamarse católicos y apostólicos; pero los demás los llaman luteranos v calvinistas".

"Singuri voluntdici catholiciad apostolici, sed volunt, et ab aliis non hoc paetenso illi nomine, sed Luterani potius aut Calviniani nominantur”. (CARUMEL)

"He habitado, continúa  el mismo, en ciudades de herejes, y vi con mis ojos y oí con mis oídos, una cosa que debieran pesar los heterodoxos: esto es, que a excepción del predicador protestante, y de algunos pocos que pretenden saber mas de lo que conviene,todo el vulgo de los herejes llama catolicos a los romanos..

Habitavi in haereticorum civitatibus;et oc propriis oculis vidi, propriis audivi auribus, quod deberet ab haeterodoxis ponderari. Praeter praedicamem et pauculos qui piu sapiunt quam oportet sapere, totum haereticorum vulgus catholicos vocat romanos

Tanta es la fuerza de la verdad. Los ideólogos saben muy bien que semejantes fenómenos proceden de causas profundas: y que estos argumentos son algo más que sutilezas.

 

[v] NOTA 5  Tanto se ha hablado de los abusos, tanto se ha exagerado su influencia en los desastres que en los últimos siglos han afligido a la Iglesia, teniéndose cuidado al propio tiempo de ensalzar con hipócritas encomios la pureza de las costumbres y la rigidez de la disciplina de los primeros siglos, que algunos han llegado a imaginarse una línea divisoria entre unos tiempos y otros; no concibiendo en los primeros más que verdad y santidad, y no atribuyendo a los segundos otra cosa que corrupción y mentira; como si en los primeros siglos de la Iglesia todos sus ministros hubieran sido ángeles, como si en todas épocas no hubiese tenido la Iglesia que corregir errores, y enfrentar pasiones.

 Con la historia en la mano sería fácil reducir a su justo valor estas ideas exageradas; exageración de que se hizo cargo el mismo Erasmo, por cierto poco inclinado a disculpar a sus contemporáneos. En un cotejo de su tiempo con los primeros siglos de la Iglesia, hace ver hasta la evidencia cuán infundado y pueril era el prurito que ya entontes cundía de ensalzar todo lo antiguo para deprimir lo presente. Un fragmento de este cotejo se halla entre las obras de Marchetti, en sus observaciones sobre la historia de Fleuri..

Curioso fuera también hacer una reseña de las disposiciones tomadas por la Iglesia para refrenar toda clase de abusos. Las colecciones de los concilios podrían suministrarnos tan copiosa materia psra comprobar este aserto, que no sería fácil encerrarla en pocos volúmenes; o más bien, las mismas colecciones con toda su mole asombradora, no son otra cosa de un extremo a otro que una prueba evidente de estas dos verdades:

primera, que en todos tiempos ha habido muchos abusos que corregir; cosa necesaria, atendida la debilidad y la corrupción humanas;

segunda, que en todas épocas la Iglesia ha procurado corregirlos, pudiendo desde luego asegurarse que no es posible señalar uno, sin que se ofrezca también la correspondiente disposición canónica que lo reprime o castiga. Estas observaciones acaban de dejar en claro que el Protestantismo no tuvo su principal origen en los abusos, sino que era una de aquellas grandes calamidades que atendida la volultilidad del espíritu humano y el estado en que se encontraba la sociedad, puede decirse que son inevitables.

 En el mismo sentido que dijo Jesucristo que era necesario que hubiese escándalos, no porque nadie se halle forzado a darlos, sino porque tal es la corrupción del corazón humano, que siguiendo las cosas el orden regular, no puede menos de haberlos.

 

[vi] NOTA 6 Ese concierto, esa unidad, que se descubren en el Catolicismo, deben llenar de admiración y asombro a todo hombre juicioso, sean cuales fueren sus ideas religiosas. Si no suponemos que hay aquí el dedo de Dios, ¿cómo será posible explicar ni concebir la duración del centro de la unidad, que es la Cátedra de Roma? Tanto se ha dicho ya sobre la supremacía del Papa que es muy difícil añadir nada nuevo; pero quizás no desagradará a los lectora; el que les presente un interesante trozo de San Francisco de Sales, en que reunió los varios y no­tables títulos que ha dado a los Sumos Pontífices, y a su silla, la antigüedad eclesiástica. Este trabajo del santo obispo es interesante, no tan sólo por lo que pica la curiosidad, sino también porque da margen a gravísimas refle­xiones que el lector hará sin duda por sí mismo. Helo aquí:

 

NOMBRES QUE SE LE HAN DADO AL PAPA

 

El muy santo Obispo de la Iglesia Católica.

En el concilio de Soissons, de 300 obispos.

El muy santo y muy feliz Patriarca.

Ibid. tomo. 7. Concil.

El muy feliz Señor.

S. Agustín. Ep. 95.

El Patriarca universal.

S. León P. Ep. 62.

 El Jefe de la Iglesia del mundo.

 lnnoc. ad PP. Concil. Milevit.

El Obispo elevado a la cumbre apostólica.

S. Cipr., Ep. 3 et 12.

El Padre de los Padres.

Concil. de Calced. ses. 3.

El Soberano Pontífice de los obispos.

Ibid. in praef.

El Soberano Sacerdote.

Concil. de Calced., ses. 16.

El Príncipe de los Sacerdotes.

Esteban, Ob. de Cartago.

El Prefecto de la Casa de Dios, y el Custodio y guarda de la viña del Señor.

Concil. de Calced., Ep. ad Damasum.

El Vicario de Jesucristo, y el Confirmador de la fe de los cristianos.

Jerón. prado. in Ev. ad S. Damasum.

El Sumo Sacerdote.

Valentiniano y toda la antigüedad.

El Soberano Pontífice.

Concil. de Calced.in Ep. ad Theod.Imper.

El Príncipe de los obispos.

Ibid.

El Heredero de los apóstoles.

S. Bern. lib. de Consid.

Abrahán por el Patriarcado.

S. Ambros. in 1 ad Tim. 3.

Melchisedech por el orden.

Concil. de Calced. Epist. ad Leonem.

Moisés por la autoridad.

S. Bern. Epist. 190.

Samuel por la jurisdicción.

Ibid. et in lib. de Consid.

Pedro por el poder.

Ibid.

Cristo por la unción.

Ibid.

El Pastor del aprisco de Jesucristo.

Ibid. lib. 2. Consid.

El Llavero de la casa de Dios.

Idem, ibid. cap. 8.

El Pastor de todos los pastores.

Ibid.

El Pontífice amado a la plenitud del poder.

Ibid.

San Pedro fué la boca de Jesucristo.

S. Chrysost. Homil.2. in divers. serm.

La Boca y el jefe del apostolado.

Orig. Hom. 55. in Matth.

La Cátedra y la Iglesia principal.

S. Cypr. Ep. 55. ad. Corn.

El Origen de la unidad sacerdotal.

Idem,. Epist. 3. 2.

El Lazo de la unidad.

Id. ibid. 4. 2.

La Iglesia donde reside el poder principal.

Id. ibid. 3. 8.

La Iglesia Raíz y Matriz de todas las de-más Iglesias.

S. Anaclet. Pap. Ep. ad cm. Episc. et fide!.

La Sede sobre la cual ha construido el Señor la Iglesia universal.

S. Dámas. Ep. ad univ. Episc.

El Punto Cardinal y el Jefe de todas las Iglesias.

S. Marcelin. Pap. Ep. ad Episch. Antioch.

El Refugio de los obispos.

Conc. de Alex. Ep. ad Felic. P.

La Suprema Sede Apostólica.

San Atanasio.

La Iglesia presidente.

Imp. Justin. in. 1. 8 Cod. de SS. Trinit.

La Sede Suprema que no puede ser juzgada por otra.

S. León in na. SS. Apos.

La Iglesia antepuesta y preferida a todas las demás Iglesias.

Víctor de Útica, in lib. de perfect.

La primera de todas las Sedes.

S. Prosperin, lib. de Ingrat.

La fuente apostólica.

S. Ignat. Ep. ad Rom. in Subscript.

El Puerto segurísimo de toda la Comunión Católica.

Concil. Rom. por S. Gelasio.

 

[vii] NOTA 7     

He dicho que los más distinguidos protestantes sintieron el vacío que encerraban todas las sectas separadas de la Iglesia católica: voy a presentar las pruebas de esta aserción, que quizás algunos juzgarían aventurada. Oigamos al mismo Lutero, que escribiendo a Zuinglio decía: "Si dura mucho el mundo, será de nuevo necesario, a causa de las varias interpretaciones de la Escritura que ahora circulan, para conservar la unidad de la fe, recibir los decretos de los concilios y refugiarnos en ellos. (Si diutius steterit mundus, iterum erit necessario propter diversas Scripturae interpretationes quae nunc sunt, ad conservandam fidei unitatem ut conciliorum decreta recipiamus atque ad ea fugiamus)".

Melanchton, lamentándose de las funestas consecuencias de la falta de jurisdicción espiritual, decía: "resultará una libertad de ningún provecho a la posteridad"; y en otra parte dice estas notabilísimas palabras: "En la Iglesia se necesitan inspectores para conservar el orden, observar atentamente a los que son llamados al ministerio eclesiástico, velar sobre la doctrina de los sacerdotes, y ejercer los juicios eclesiásticos; por manera que si no hubiera obispos sería menester crearlos. La monarquía del Papa serviría también nnzclso para conservar entre tan diversas naciones la uniformidad de la doctrina".

Oigamos a Calvino: "Colocó Dios la silla de su culto en el centro de la tierra, poniendo allí un pontífice único, a quien miraran todos para conservarse mejor en la unidad. (Cultus sui sedem in medio terrae collocavit, illi unum Antistitem praefecit, quem omnes respicerent, quo melius in unitate continerentur".(Calv. inst. 6, § 11.)

"Atormentáronme también a mí mucho y por largo tiempo, dice Reza, esos mismos pensamientos que tú me pintas: ven a los nuestros divagando a merced de todo viento de doctrina, y levantados en alto caerse ahora a una parte, después a otra. Lo que piensan hoy de la religión quizá podrás saberlo; lo que pensarán mañana, no. Las iglesias que han declarado la guerra al Romano Pontífice, ¿en qué punto de la religión convienen?

 Recórrelo todo desde el principio al fin, y apenas encontrarás cosa afirmada por uno que desde luego no la condene otro como impía.

(Exercuerunt me diu et multum illae ipsae, quas describis cogitationes: video nostros palantes omni doctrinae viento et in altum sublatos, modo ad liarse, modo ad illam partem Jefe rri. Horum quae sit hodie de Religione sententia scire fortasse possis; sed quae; eras de eadem futura sit opinio, neque tu cerro affirmare queas. In quo tandem religionis capite congruunt inter se Ecclesiae, quae Romano Pontifici bellum indixerunt? A capite ad calcem si percurras omnia, nihil propemodum reperias, ab uno affirmari, quod alter statim non impium esse clamitet. (Th. Reza. Epist. ad Andream Duditium)".

Grocio, uno de los hombres más sabios que haya tenido el Protestantismo, conoció también la flaqueza de los ' cimientos en que estriban las sectas separadas. No son pocos los que han creído que había muerto católico.

 Los protestantes le acusaron de que intentaba convertirse al Catolicismo, y los católicos que le habían tratado en París pensaban de la misma manera. No diré que sea verdad lo que se cuenta del insigne P. Petau, amigo de Grocio, de que habiendo sabido su muerte había celebrado misa por él; pero lo cierto es que Grocio en su obra titulada De Antichristo no piensa como los protestantes que el Anticristo sea el Papa; lo cierto es que en otra obra titulada Votum pro pace Ecclesiae, dice redondamente que "sin el primado del Papa, no es posible dar fin a las disputas, como acontece entre los protestantes"; lo cierto es que en su obra póstuma Rivetiani apologetici discussio, asienta abiertamente el principio fundamental del Catolicismo, a saber, que "los dogmas de la fe deben decidirse por la tradición y la autoridad de la Iglesia, y no por la sola Sagrada Escritura".

La ruidosa conversión del célebre Papín es otra prueba de lo mismo que estamos demostrando. Meditaba Papín sobre el principio fundamental del Protestantismo, y la contradicción en que estaba con este principio la intolerancia de los protestantes, pues que estribando en el examen privado apelaban para conservarse a la vía de la autoridad, y argumentaba de esta manera: "Si la vía de la autoridad de que pretenden asirse es inocente y legítima,ella condena su origen en el que no quisieron sujetarse a la autoridad de la Iglesia católica; mas si la vía del examen que en sus principios abrazaron fué recta y conforme, resulta entonces condenada la vía de autoridad, que ellos han ideado para evitar excesos: quedando así abierto y allanado el camino a los mayores desórdenes de la impiedad".

Puffendorf, que por cierto no puede ser notado de frialdad cuando se trata de atacar el Catolicismo, no pudo menos de tributar su obsequio a la verdad, estampando una confesión que le agradecerán todos los católicos. "La supresión de la autoridad del Papa ha sembrado en el mundo infinitas semillas de discordia; pues no habiendo ya ninguna autoridad soberana para terminar las disputas que se suscitaban en todas partes, se ha visto a los protestantes dividirse entre sí mismos, y despedazarse las entrañas con sus propias manos". (PUFFENDORF, de Monarch. Pont. Rom.).

Leibnitz, ese grande hombre que, según la expresión de Fontenelle, conducía de frente todas las ciencias, reconoció también la debilidad del Protestantismo, y la firmeza de organización de la Iglesia católica. Sabido es que lejos de participar del furor de los protestantes contra el Papa, miraba su supremacía religiosa con las mayores simpatías.

Confesaba paladinamente la superioridad de las misiones católicas sobre los protestantes; y las mismas comunidades religiosas objeto para muchos de tanta aversión, eran para él altamente respetables. Cuando tales antecedentes se tenían sobre las ideas religiosas de ese grande hombre, vino a confirmarlos más y más una obra suya póstuma, publicada en París por la primera vez en 1819. Quizás no disgustará a los lectores una breve noticia sobre acontecimiento tan singular. En el citado año dióse a luz en París la Exposición de la doctrina de Leibnitz sobre la religión, seguidade pensamientos extraídos de las obras del mismo autor, por M. Emery, antiguo superior general de San Sulpicio. En esta obra de M. Emery está contenida la póstuma de Leibnitz, y cuyo título en el manuscrito original es: Sistema teológico.

El principio de la obra es notable por su gravedad y sencillez, dignas ciertamente de la grande alma de Leibnitz.

Hele aquí: "Después de largo y profundo estudio sobre las controversias en materia de religión, implorada la asistencia divina, y depuesto, al menos en cuanto es posible al hombre, todo espíritu de partido, me he considerado como un neófito venido del Nuevo Mundo, y que todavía no hubiese abrazado ninguna opinión: he aquí dónde al fin me he detenido, y entre todos los dictámenes que he examinado, lo que me parece que debe ser reconocido por todo hombre exento de preocupaciones, como lo más conforme a la Escritura Santa, a la respetable antigüedad, y hasta a la recta razón y Ios hechos históricos más ciertos".

Leibnitz establece en seguida la existencia de Dios, la Encarnación, la Trinidad, y los otros dogmas del cristianismo, adopta con candor y defiende con mucha ciencia la doctrina de la Iglesia católica sobre la tradición, los sacramentos, el sacrificio de la misa, el culto de las reliquias y de las santas imágenes, la jerarquía eclesiástica, y el primado del Romano Pontífice. "En todos los casos, dice, que no permiten los retardos de la convocación de un concilio general, o que no merecen ser tratados en él, es preciso admitir que el primero de los obispos, o el Soberano Pontífice, tiene el mismo poder que la Iglesia entera"

[viii] NOTA 8 Quizá algunos podrían creer que lo dicho sobre la vanidad de las ciencias humanas, y sobre la debilidad de nues­tro entendimiento es con la sola mira de realzar la necesidad de una regla en materias de fe. Muy fácil fuera aducir larga serie de textos sacados de los escritos de los hombres más sabios, antiguos y modernos; pero me conten­to con insertar un excelente trozo de  un ilustre español, de uno de los hombres más grandes del siglo XVI. Es Luís Vives.

"Jan mens ipsa, suprema animi et celsissima pars, videbit quantopere sit tum natura sua tarda ac praepedita, tum tenebris peccati ceca, etc. doctrina, usu, ac solertia imperita et rudis, ut ne ea quidem que videt, queque manibus contrectat, cujusmodi sint, aut qui fiant assequatur nedum ut in abdito illa naturae arcana possit penetrare; sapienterque ab Aristóteles illa est posita sententia:Mentem nostram ad manifestissima naturae non aliter habere se, quam noctuae oculum ad lumen solis: ca omnia, qua universum hominum genus novit, quota sunt pars corum qua ignoramus? nec solum id in universitate artium est verum, sed in singulis earum, in quarum nulla tantum est humanum ingenium progressum, ut ad medium pervenerit, etiam in infimis illis ac vilissimis; ut nihil existimetur verius esse dictum ab Academicis, quam: scire nihil". (Ludovicus VIVES, De Concordia et Discordia, L. 4, C. 3).

Así pensaba este grande hombre, que a más de estar muy versado en toda clase de erudición, así sagrada como profana, había meditado profundamente sobre el mismo entendimiento humano; que había seguido con ojo observador la marcha de las ciencias, y que como lo acreditan sus escritos, se había propuesto regenerarlas. Sensible es que no se puedan copiar por extenso sus palabras, así del lugar citado como de su obra inmortal sobre las causas de la decadencia de las artes y ciencias y el modo de enseñadas.

Como quiera, a quien se manifestase descontento porque se han dicho algunas verdades sobre la debilidad de nuestros alcances, y tuviese recelos de que esto dañara al progreso de las ciencias, porque así se apoca el entendimiento, será bien recordarle que el mejor modo de hacer progresar a nuestro espíritu, es el que se conozca a sí mismo; pudiendo a este propósito citarse la profunda sentencia de Séneca: "Pienso que muchos hubieran podido alcanzar la sabiduría, si no hubiesen presumido que la habían alcanzado". Puto multos ad sapientiam potuisse pervenire, nisi am crederent pervenisse.

 

[ix] NOTA 9  Es cierto que al acercarse a los pri­meros principios de las ciencias se en­cuentra el entendimiento rodeado de espesas sombras. He dicho que de esta regla general no se exceptúan las mismas matemáticas, cuya certeza y evi­dencia se han hecho proverbiales.

El cálculo infinitesimal que en el estado actual de la ciencia puede decirse que la domina, estriba sin embargo en al­gunas ideas sobre los límites, ideas que hasta ahora nadie ha podido aclarar bien. Y no es que trate de poner en duda su certeza y verdad; sólo me propongo hacer notar, que si se qui­siera llamar a examen en el tribunal de la metafísica las ideas que son como los elementos de ese cálculo, no dejarían de poder esparcirse sobre ellas algunas sombras.

 Aun concretándonos a la parte elemental de la ciencia, se podrían también descubrir algunos puntos que no sufrirían sin algún da­ño un detenido análisis metafísico e ideológico; cosa que sería muy fácil manifestar, si lo consintiese el género de esta obra. Entretanto, puede reco­mendarse a los lectores la preciosa carta dirigida por el distinguido je­suita español Eximeno a su amigo Juan Andrés; donde se hallan observaciones muy oportunas sobre la materia, hechas por un hombre a quien de segu­ro no se puede recusar por incompe­tente. Esta carta está en latín, y su título es: Epístola ad clarissimum virum Joannem Andresium.

Por lo que toca a las otras ciencias no es necesario insistir en manifestar cuánta oscuridad se encuentra al acer­carse a sus primeros principios; pu­diéndose asegurar que los brillantes sueños de los hombres más ilustres han reconocido este origen.

 Impulsados por el sentimiento de sus propias fuerzas, penetraban hasta los abismos en busca de la verdad; allí la antorcha se apagaba en sus manos, por valerme de la expresión de un ilustre poeta contemporáneo, y extraviados por un oscuro laberinto se entregaban a merced de su fantasía y de sus inspiraciones, tomando por la realidad los hermosos sueños de su genio.

 

[x] NOTA 10 Para ver con toda claridad, para sentir con viveza la innata debilidad del espíritu humano, no hay cosa más a propósito que recorrer la historia de las herejías, historia que debemos a la Iglesia por el sumo cuidado que ha tenido en definirlas y clasificarlas. Desde Simón Mago que se apellidaba el legislador de los judíos, el reparador del mundo, el Paracleto, mientras tributaba a su querida Helena culto de latría bajo el nombre de Minerva, hasta Hermán predicando la matanza de todos los sacerdotes y magistrados del mundo, y asegurando que él era el verdadero hijo de Dios; puede un observador contemplar ese vasto cuadro, que si bien es muy desagradable, cuando no por otras causas, al menos por su extravagancia, no deja sin embargo de sugerir graves y profundas reflexiones sobre el verdadero carácter del espíritu humano, manifestando la sabiduría del Catolicismo, cuando en ciertas materias se empeña en sujetarle a una regla.

 

[xi] NOTA 11 Quizás no todos se persuadirán fácilmente de que las ilusiones y el fanatismo estén como en su elemento, en medio de los protestantes; y por esto será preciso traer aquí el irrecusable testimonio de los hechos. Podrían escribirse sobre el particular crecidos volúmenes, pero habré de contentarme con una rapidísima reseña, empezando desde Lutero. Yo no sé si puede llevarse más allá el delirio, que el pretender haber sido enseñado por el diablo, y gloriarse de ello, y sostener con tamaña autoridad las nuevas doctrinas. Y sin embargo, el fundador del Protestantismo, el mismo Lutero es quien así delira, dejándonos consignado en sus obras el testimonio de su entrevista con Satanás. ¿Puede darse mayor desvarío? Ya fuese real la aparición, ya fuese un sueño de cabeza calenturienta, ¿puede llegarse más allá en la línea del fanatismo que jactarse de haber tenido tal maestro?

Varios fueron los coloquios que, según nos dice él mismo, tuvo con el diablo, pero es digna de referirse la visión, en que, según nos cuenta con toda seriedad, le obligó Satanás con sus argumentos a prohibir la misa privada. La descripción que del caso nos hace es muy viva.

Despierta Lutero a medianoche; se le aparece Satanás. Lutero se horroriza, suda, tiembla, y el corazón le palpita de un modo horrible.

 Entáblase no obstante la disputa; el diablo, a fuer de buen dialéctico, le estrecha con sus argumentos de tal manera que no le queda respuesta. Lutero queda vencido; y no es extraño, porque la lógica del diablo dice que andaba acompañada con una voz tan horrorosa que helaba la sangre. "Entonces entendí, dice este miserable, lo que sucede a menudo, de que mueren repentinamente muchos al amanecer, y es que el demonio puede matar o ahogar a los hombres; y hasta sin esto, los pone con sus disputas en tales apuros, que puede causar la muerte de esta manera, como muchas veces lo he experimentado yo". El pasaje es peregrino.

El fantasma de Zuinglio, fundador del Protestantismo en Suiza, no deja también de presentar un ejemplo de ridícula extravagancia. Quería este heresiarca negar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, pretendiendo que lo que hay debajo de las especies consagradas no es más que un signo. Como en la Sagrada Escritura se expresa tan claramente lo contrario, se hallaba embarazado con la autoridad del sagrado texto, cuando he aquí que mientras se imaginaba que estaba disputando con el Secretario de la Ciudad, se le aparece un fantasma blanco o negro, como nos dice él mismo, y le señala una salida que le deja libre del apuro. Este gracioso cuento lo sabemos por el mismo Zuinglio.

¿Quién no se aflige al ver a un hombre como Melanchton entregado a las preocupaciones y manías de la superstición más ridícula; al verle neciamente crédulo en materia de sueños, de fenómenos raros, de pronósticos astrológicos? Y, sin embargo, nada hay más cierto; léanse sus cartas y se tropezará a cada paso con semejantes miserias.

Al tiempo, de celebrarse la dieta de Augsburgo, parecíanle presagios muy favorables al nuevo Evangelio: una inundación del Tíber, el que en Roma una mula hubiese dado a luz un monstruo con un pie de grulla y el haber nacido en el territorio de Augsburgo un becerro con dos cabezas. Estos acontecimientos, eran para él anuncios indudables de un cambio en el universo y, singularmente, de la próxima ruina de Roma por el cisma. Así escribía seriamente a Lutero. Forma él mismo el horóscopo de su hija, pero está temblando por ella a causa de que Marte presenta un aspecto horrible, asustándole no menos la pavorosa llama de un cometa muy septentrional.

Dos astrólogos habían pronosticado que por el otoño serían los astros más favorables a las disputas eclesiásticas, y ese pronóstico hasta para consolar a nuestro buen hombre de que las conferencias de Augsburgo sobre religión, vayan tan lentamente; y se ve además que sus amigos, es decir, los jefes del partido, se dejan dominar también por tan poderosas razones. Como si no tuviera bastantes penas, se le pronostica que había de padecer un naufragio en el Báltico; y él se guardará de surcar aquellas aguas fatales.

Cierto franciscano, había tenido la humorada de profetizar que el poder del Papa iba a debilitarse, y en seguida a caer para siempre, como también que en el año 1600, el turco dominaría la Italia y la Alemania; y el bueno de Melanchton se gloría de tener en su poder la profecía original, además que los terremotos que suceden le confirman en su creencia.

Apenas acababa de erigirse en juez único el espíritu privado, ya la Alemania, estaba inundada de sangre por las atrocidades del más furioso fanatismo. Matías Harlem, anabaptista, puesto a la cabeza de una turba feroz, manda saquear las iglesias, destrozar sus ornamentos, y quemar todos los libros como impíos o inútiles, exceptuando sólo la Biblia. Situado en677

Múnster, que él llama La montaña de Sion, hace llevar a sus pies todo el oro y plata y joyas preciosas que poseen los habitantes; lo deposita en un tesoro común, y nombra diáconos para la distribución. Obliga a todos sus discípulos a comer en común, a vivir en perfecta igualdad y a prepararse para la guerra que habían de emprender, saliendo de la Montaña de Sion, para someter —según decía— a su poder, todas las naciones de la tierra; y muere por fin, en un arrojo temerario, en que se prometía que, cual nuevo Gedeón, exterminaría con un puñado de hombres el ejército de los impíos.

No faltó a Matías un heredero de fanatismo, presentándose luego Becold, quizás más conocido bajo el nombre de Juan de Leyde. Este fanático —sastre de profesión— echó a correr por las calles de Múnster gritando: El rey de Sion viene.

Entró en su casa, se encerró allí por tres días, y cuando el pueblo se presentó preguntando por él, aparentó que no podía hablar. Como otro Zacarías pidió por señas recado de escribir, y escribió que Dios le había revelado que el pueblo había de ser regido por jueces, a imitación del pueblo de Israel. Nombró doce jueces, escogiendo aquéllos que le eran más adictos, y hasta que la autoridad de los nuevos magistrados fué reconocida, tuvo él la precaución de no dejarse ver de nadie.

Estaba ya asegurada en cierto modo la autoridad del nuevo profeta, pero no se contentó con el mando efectivo, sino que le ambicionó rodeado de toda pompa y majestad; propúsose nada menos que proclamarse rey. En tan lastimoso vértigo estaban los fanáticos sectarios, que no le fué difícil salir a cabo con su loca empresa; no se necesitaba más que jugar una grosera farsa. Un platero, que estaba en inteligencia con el aspirante a rey, y que también se hallaba iniciado en el arte de profetizar, se presenta a los jueces de Israel y les habla de esta manera: He aquí lo que dice el Señor Dios, el Eterno: como en otro tiempo yo establecí a Saúl sobre Israel, y después de él a David, no siendo mas que un simple pastor, así establezco hoy a Becold, mi profeta, rey de Sion.

Los jueces no podían determinarse a renunciar, pero Becold aseguró que también había tenido él la misma revelación; que la había callado por humildad, pero que habiendo Dios hablado a otro profeta, era menester resignarse a subir al trono, para cumplir las órdenes del Altísimo.

 Los jueces insistieron en que se convocase al pueblo, que en efecto, se reunió en la plaza del mercado, y allí, habiéndosele presentado por un profeta de parte de Dios, se le dió una espada desnuda, en señal de quedar constituído justiciero sobre toda la tierra, para extender el imperio de Sion por los cuatro ángulos del mundo, fué proclamado rey con ruidosa alegría y coronado solemnemente en 24 de junio de 1534.

Como se había casado con la esposa de su predecesor, la elevó también a la dignidad real; pero si bien a esta sola miró como reina, no dejó de tener hasta diez y siete mujeres, todo conforme a la santa libertad que en esta materia había proclamado.

Las orgías, los asesinatos, las atrocidades y delirios de todas clases que se siguieron, no hay por qué referirlo, pudiendo asegurarse que los 16 meses del reinado de este frenético no fueron más que una cadena de crímenes.

 Clamaron los católicos contra tamaños excesos, clamaron también, es verdad, los protestantes; pero ¿quién tenía la culpa?, ¿no eran aquellos que habían proclamado la resistencia a la autoridad de la Iglesia, y que habían arrojado la Biblia en medio de aquellos miserables, para que con la interpretación individual, se les trastornase la cabeza, y se arrojaran a proyectos tan criminales como insensatos? Así lo conocieron los mismos anabaptistas, y así es que se indignaron sobremanera contra Lutero, que con sus escritos los condenaba.

Y en efecto: quien había sentado el principio, ¿qué derecho tenía para atajar las consecuencias? Si Lutero encontraba en la Biblia que el Papa era el Anticristo, y de su propia autoridad se arrojaba a destruir el reino del Papa, exhortando a todo el mundo a conjurarse contra él, ¿por qué no podían también los anabaptistas decir: que habían hablado con Dios, y que habían recibido el mandato de exterminar a todos los impíos, y de constituir un nuevo mundo en que vivieran solamente los píos e inocentes, siendo dueños de todas las cosas?

Hermán, predicando la matanza de todos los sacerdotes y magistrados del mundo; David Jorge, proclamando que sólo su doctrina era perfecta, que la del antiguo y nuevo Testamento era imperfecta, y que él era el verdadero Hijo de Dios; Nicolás, desechando la fe y el culto como inútiles, despreciando los preceptos fundamentales de la moral y enseñando que era bueno perseverar en el pecado para que la gracia pudiese abundar; Hacket, pretendiendo que había descendido sobre él el espíritu del Mesías, enviando a dos de sus discípulos, Arthington y Coppinger, a vocear por las calles de Londres que el Cristo venía allí con su vaso en la mano y, clamando él mismo a la lista del cadalso, y en el trance del suplicio: "¡Jehovah! ¡Jehovah! ¿No veis que los cielos se abren, y a Jesucristo que viene a libertarme?"

Esos deplorables espectáculos, y cien otros que podríamos recordar, son pruebas harto evidentes del terrible fanatismo nutrido y avivado por el sistema protestante.

Venner, Fox, William Sympson, J. Naylor, el conde Tinzendorf, Wesley, el barón de Sweedenborg, y otros nombres semejantes, bastan para recordar un conjunto de sectas tan locas, y una serie de extravagancias y crímenes tales, que darían materia para formar gruesos volúmenes donde se presentarían los cuadros más ridículos y más negros, las mayores miserias y extravíos del espíritu humano.

Esto no es fingir, no es exagerar; ábrase la historia, consúltense los autores no precisamente católicos, sino protestantes o sean cuales fueren; por dondequiera se encontrarán abundancia de testigos que deponen de la verdad de esos hechos; hechos ruidosos, sucedidos a la luz del día, en medio de grandes capitales, en tiempos que casi tocan a los nuestros. Y no se crea que se haya agotado con el transcurso del tiempo ese manantial de ilusión y de fanatismo; a lo que parece, no lleva camino de cegarse, y la Europa está condenada todavía a escuchar la relación de otras visiones como la acaecida en la fonda de Londres al barón de Sweedenborg, y a ver pasaportes de tres sellos como los que despachaba para el cielo Juana Soutchote.

[xii] NOTA 12 Nada más palpable que la diferencia que media en este punto entre los protestantes y los católicos. En ambas partes, hay personas que se pretenden favorecidas con visiones celestiales; pero, con las visiones, los protestantes se vuelven orgullosos, turbulentos, frenéticos; mientras los católicos ganan en humildad y en espíritu de paz y de amor. En el mismo siglo XVI, cuando el fanatismo de los protestantes llevaba revuelta la Europa entera y la inundaba de sangre, había en España una mujer que, a juicio de los protestantes y de los incrédulos, debe ser una de las que más han adolecido de achaque de ilusión y fanatismo; pero el pretendido fanatismo de esa mujer, ¿hizo derramar acaso ni una gota de sangre, ni una sola lágrima? Y sus visiones, ¿eran acaso órdenes del cielo para exterminar a los hombres, como desgraciadamente sucedía entre los protestantes? Después que en la nota anterior se habrá horrorizado el lector con las visiones de los sectarios, quizás no le desagradará tener a la vista un cuadro tan bello como apacible.

Es Santa Teresa, que escribiendo su propia vida, por motivos de pura obediencia nos refiere sus visiones, con un candor angelical, con una dulzura inefable. "Quiso el Señor que viese aquí algunas veces está visión: veía un ángel cabe mí, hacia el lado izquierdo, en forma corporal; lo que no suelo ver, sino por maravilla, aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada, que dije primero.

En esta visión quiso el Señor la viese ansí, no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido, que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan: deben ser los que llaman serafines, que los nombres no me los dicen, mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Éste me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrazada en amor grande de Dios". (Vida de Santa Teresa, capítulo 29 n9 11).

He aquí otra muestra: "Estando en esto, veo sobre mi cabeza una paloma bien diferente de las de acá, porque no tenía estas plumas, sino las de unas conchitas, que echaban de sí gran resplandor. Era grande más que paloma, paréceme que oía el ruido que hacía con las alas. Estaría aleando por espacio de una Ave María. Ya el alma estaba de tal suerte, que perdiéndose a sí, de sí la perdió de vista. Sosegóse el espíritu con tan buen huésped, que según mi parecer, la merced tan maravillosa le debía de desasosegar y espantar, y como comenzó a gozarla quitósele el miedo y comenzó la quietud con el gozo, quedando en arrobamiento". (Vida, Cáp. 28, Nº 7).

Difícil será encontrar algo tan bello, expresado con tan vivo colorido, y con tan amable sencillez.

No será inoportuno el copiar otros dos trozos de distinto género, que al paso que harán sensible lo que nos proponemos evidenciar, podrán contribuir a despertar la afición hacia cierta clase de escritores castellanos que van cayendo en olvido entre nosotros, mientras los extranjeros los buscan con afán, y hacen de ellos lujosas ediciones.

"Estando una vez en las Horas con todas, de presto se recogió mi alma, y parecióme ser como un espejo claro toda, sin haber espaldas, ni lados, ni alto, ni bajo, que no estuviese toda clara, y en el centro de ella se me representó Cristo nuestro Señor como le suelo ver. Parecíame en todas las partes de mi alma, le vía claro como en un espejo, y también este espejo.

[xiii] NOTA 13 He indicado las sospechas que inspiraban algunos de los corifeos de la reforma, de que procediendo de mala fe, y, no dando asenso a lo mismo que predicaban, tratasen únicamente de alucinar a sus prosélitos. No quiero que se diga que he andado con ligereza en achacarles ese cargo, y así produciré algunas pruebas que garanticen mi aserción.

Oigamos al mismo Lutero: "Muchas veces pienso a mis solas, que casi no sé dónde estoy, ni si enseño la verdad o no, (Saepe sic mecum cogito: propemodum nescio, quo loco sim, et utrum veritatem doceam, necne)". (Later. colloq. Isleb. de Christo). Y éste es el mismo hombre que decía: `Es cierto que yo he recibido mis dogmas del cielo; no permitiré que juzguéis de mi doctrina ni vosotros, ni los mismos ángeles del cielo". "Certum est dogmata mea habere me ele coelo. Non sinam vel r os vel ipsos angelos de coelo de mea doctrina judicare"). (Luth. Contra Reg. Ang.).

Jean Matthei, que publicó algunos escritos sobre la vida de Lutero, y que se deshace en alabanzas del heresiarca, nos ha conservado una anécdota curiosa sobre las convicciones de Lotero; dice así: "Un predicante llamado Juan Musa me contó que cierta vez se había lamentado con Lutero de que no podía resolverse a creer lo que predicaba a los otros. Bendito sea Dios -respondió Lutero-, pues que sucede a los demás lo mismo que a mí; antes creía yo que sólo a mí me sucedía". (Johannes Matthesius, concione 12).

Las doctrinas de la incredulidad no se hicieron esperar mucho y, quizás, no se figurarían algunos lectores, que se hallen consignadas expresamente en varios lugares de las obras de Lutero.

"Es verosímil -dice- que excepto pocos, todos duermen insensibles". "Soy de parecer que los muertos están sepultados en tan inefable sueño, que sienten o ven menos que los que duermen con sueño común.”

"Las almas de los muertos no entran ni en el purgatorio ni en el infierno.” "El alma humana duerme, embargados todos los sentidos.” "En la mansión de los muertos no hay tormentos.”.

"(Verisimile est exceptis paucis, omnes dormire inscrisibiles". "Ego puto niortuos sic ineffabili, et miro sonmo sopitos, ut minus sentiant aut videant, quam hi qui alias dormiunt". "Anima mortuorum non ingredientur in purgatorium nec infernum". "Anima humana dorinit omnibus scnsibus sepultas". "Mortuorum locus cruciitus nullos liabet"). (Tom. 2, Episr. Latin, Isleb, fol. 44, Tom. 6, Lit. Wittemberg, in cal). 2, cap. 23, cap. 25, cap. 42, et cap. 49, Genes. et Tom. 4, Lat. Wit-temberg, fol. 109).

No faltaba quien recogiese semejantes doctrina:, y los estragos que tal enseñanza andaba haciendo eran tales, que el luterano Brentzen, discípulo y sucesor de Lutero, no duda en decir lo siguiente:

 "Aunque no exista entre nosotros ninguna profesión pública de que el alma perezca con el cuerpo, y que no haya resurrección de muertos, sin embargo la vida impurísima y profanísima que la mayor parte lleva, indica bien a las claras que no creen que haya otra vida y a algunos se les escapan ya semejantes expresiones, no sólo entre el calor de los brindis, sí que también en la templanza de las conversaciones familiares.”

(Etsi inter nos mulla sit publica professio, quod anima simul cum corpore intereat, et quod non sit niortuorum resurrectio; tanien impurissinia et profanissima illa vita, quam mixinia par hominum sectatur, perspicuo indicat quod non sentiat vitam post hanc.

Nonnullis etiam tales voces, tam ebriis inter pocula excidunt, quani sobrias in familiaribus colloquiis". (Brentius, hom. 35, in cap. 20, Luc).

En el mismo siglo XVI, no faltaron algunos que sin curarse de dar su nombre a esta o aquella secta, profesaban sin rebozo la incredulidad y el escepticismo. Sabido es que al famoso Gruet le costó la cabeza su atrevimiento en este punto; y no fueron los católicos los que se la hicieron cortar, sino los calvinistas, que llevaban a mal el que este desgraciado se hubiese e tomado la libertad de pintar con sus verdaderos colores, el carácter y la conducta de Calvino, y de fijar en Ginebra algunos pasquines, en que acusaba de inconsecuencia a los pretendidos reformados, por la tiranía que querían ejercer sobre las conciencias, después de haber sacudido ellos mismos el yugo de la autoridad. Todo esto sucedía no mucho después de haber nacido el Protestantismo, pues que la sentencia de Gruet fué ejecutada en el año 1549.

Montaigne, de quien hé señalado como uno de los primeros escépticos que alcanzaron mucha nombradía, llevaba la cosa tan allá que ni siquiera admite ley natural. "Graciosos están --dice--cuando para dar alguna certeza a las leyes, asientan que hay algunas firmes, perpetuas e inmutables, que ellos llaman naturales, grabadas en el linaje humano por la condición de su propia esencia".

"Ils sont plaisants quand, pour donner quelque certitude aux lois, ils disent, quiil y en a aucunes fermes, perpétuelles et  iminuables, quiils momment naturelles, qui sont enipreintes en l´humain genre par la condition de leur propre essence, etc.". (Montaigne. Ess. Tom. 2, chap. 22).

Ya hemos visto lo que pensaba Lutero sobre la muerte, o al menos, las expresiones que sobre este particular se le habían escapado; no es extraño, pues, que Montaigne pretendiese morir como verdadero incrédulo, y que, hablando de este terrible trance, dijera: "Estúpidamente, y con la cabeza baja, me sumerjo en la muerte, sin considerarla ni reconocerla, como en una profundidad silenciosa y oscura que me traga de un golpe, y me ahoga en un instante, en un hondo sueño lleno de insensibilidad y de indolencia.

"Je me plonge, la séte baissée, stupidement dans la mort sans la considérer et reconnaitre, connne dans une prófondeur muette et obscure, qui méngloutit d'un saut, et métouffe en un instant dún profond sommeil plein d'insipidité et d'indolence". (Montaine, Livr. 3, chap. 9).

Pero este hombre que deseaba que la muerte le sorprendiese plantando sus hortalizas, y. sin curarse de ella (Je veux que la mort me tronve plantant mes choux, mais sans zne soncier d'elle), no lo pensó así en sus últimos momentos, pues que, estando para expirar, quiso que se celebrara en su mismo aposento el santo sacrificio de la misa, y expiró en el mismo instante en que acaballa de hacer un esfuerzo para levantarse sobre su cama, en el acto de la adoración de la Sagrada Hostia.

Bien se ve que no había quedado estéril en su corazón aquel pensamiento con que hablando de la religión cristiana decía: El orgullo es lo que aparta al hombre de los caminos comunes, que le hace abrazar novedades, prefiriendo ser jefe de una turba errante y descaminada, enseñando el error y la mentira, a ser discípulo de la escuela de la verdad".

 Acordaríase también de lo que había dicho en otro lugar, condenando de un rasgo todas las sectas disidentes: "En materia de religión es preciso atenerse a los que son establecidos jefes de doctrina y que tienen una autoridad legítima, y no a los más sabios y a los más hábiles". "En matiére de religión il fant s'attacher e ceux qui sont établis juges de la doctrine, et qui ont une autorité légitime, non pas aux plus savants et aux plus hábiles".

Por lo que acabo de decir, se echa de ver con cuánta razón he culpado al Protestantismo de haber sido una de las principales causas de la incredulidad en Europa. Repito aquí lo que he dicho en el texto, que no es mi ánimo desconocer los esfuerzos que hicieron algunos protestantes para oponerse a la incredulidad; pues lo que ataco no son las personas sino las cosas y respeto el mérito dondequiera que se encuentre. Añadiré también que si en el siglo XVII se notó que no pocos protestantes tendían hacia el Catolicismo, debió de ser a causa de que veían los progresos que iba haciendo la incredulidad; progresos que no era posible atajar, sino asiéndose del áncora de la autoridad que les ofrecía la Iglesia católica.

No me es posible, sin salir de los límites que me he prefijado, dar noticias circunstanciadas sobre la correspondencia entre Molano y el obispo de Tyna, y entre Leibnitz y Bossuet; pero los lectores que quieran instruirse a fondo en la materia podrán verlo, parte en las mismas obras de Bossuet, parte en la interesante obra del abate Bausset, que precede a la edición de las obras de Bossuet hecha en París en 1814.

[xiv] NOTA 14 Para formarse idea del estado de la ciencia al tiempo de la aparición del Cristianismo, y convencerse de lo que podía esperarse del espíritu humano, abandonando a sus propias luces, basta recordar las monstruosas sectas que pululaban por doquiera, en los primeros siglos de la Iglesia, y que reunían en sus doctrinas la mezcolanza más informe, más extravagante e inmoral, que concebirse pueda, Cerinto, Menandro, Ebión, Saturnino, Basílides, Nicolao, Carpócrates, Valentino, Marción, Montano y otros, son nombres que recuerdan sectas donde el delirio andaba hermanado con la inmoralidad. Echando una ojeada sobre aquellas sectas filosófico-religiosas, se reconoce que ni eran capaces de concebir un sistema filosófico un poco concertado, ni de idear un conjunto de doctrinas y prácticas que pudiese merecer el nombre de religión. Todo lo trastornan, todo lo mezclan y confunden; el judaísmo, el Cristianismo, los recuerdos de las antiguas escuelas, todo se amalgama en sus delirantes cabezas; no olvidándose empero de soltar la rienda a todo linaje de corrupción y, obscenidad.

Abundante campo ofrecen aquellos siglos a la verdadera filosofía para conjeturar lo que hubiera sido del humano saber si el Cristianismo no hubiese alumbrado el mundo con sus doctrinas celestiales; si no hubiese venido esa religión divina a confundir el desalentado orgullo del hombre, mostrándole cuán vanos e insensatos eran sus pensamientos, y cuán descarriado andaba del camino de la verdad.

¡Cosa notable! ¡Y esos mismos hombres cuyas aberraciones hacen estremecer, se apellidaban a sí mismos Gnósticos, por el superior conocimiento de que se imaginaban dotados! Está visto: el hombre en todos los siglos es el mismo.